La misteriosa muerte de lady Pickens IV. Frederick
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IV. Frederick

Frederick sabía que si quería llegar a ser alguien, primero debía ir a Londres: la gran ciudad, el centro del mundo.

Descalzo y únicamente con lo que llevaba puesto, comenzó a caminar.

En cada pueblo al que llegaba se ofrecía para trabajar a cambio de comida, y si el trabajo era de varios días, también pedía un lugar donde dormir.

Nunca le fue difícil lograrlo, ya que poseía una personalidad callada y seria, y parecía un poco mayor de lo que en realidad era.

Le tomó casi un año llegar a Londres, pero cuando lo logró llevaba un cambio de ropa, zapatos, comida para un par de días y los nombres de un par de personas que quizá podrían darle trabajo.

Ubicó con precisión los lugares de sus posibles empleadores; sin embargo, emplearse en Londres no fue tan sencillo como en la campiña.

En la ciudad, había mucha mano de obra, así que no le iba a ser fácil.

Pasó muchos meses caminando por avenidas importantes y zonas de grandes casas; entonces, se le ocurrió acercarse a una donde se veía gente en la parte inferior trasera.

Generalmente no corría con buena suerte, hasta que llegó a esa casa donde se veía que los criados reían y platicaban; se encaminó hacia ellos, específicamente a una señora de apariencia imponente, pero de sonrisa cálida.

Cuando ella lo vio se compadeció de él por su revuelto cabello rojizo, su delgadez y lo maltratadas que se encontraban sus manos, llenas de callos y cortadas.

Lo llamó y lo metió a la casa para darle un buen plato de comida.

Frederick recordaría toda su vida lo que aquella cocinera le ofreció ese día: guisado de corazón de ternera, pudín de arroz y un vaso de cerveza. ¡Jamás había comido tan bien!

Los siguientes ocho años, ya no salió de ahí.

Empezó de mozo; cargaba el carbón, limpiaba las estufas y correteaba a los animales del pequeño corral que tenía la casa; también aprendió a matar a los que se cocinarían.

Se fijaba en los sirvientes de mayor jerarquía; en su manera de hablar, de caminar y de comportarse; incluso consiguió que uno de ellos le enseñara a leer y escribir.

Con las ganas que tenía y su inteligencia, no tardó en aprender; además, tenía una escritura clarísima y elegante.

En el invierno de 1876, supo que lord coronel Pickens, amigo de los dueños de la casa, necesitaba un aprendiz de mayordomo; animado por sus compañeros, fue a presentarse para ofrecer sus servicios.

Cuando el coronel lo vio, notó su porte, seriedad, su tono bajo al hablar y su excelente escritura.

Lo contrató para que comenzara el siguiente año.

Así, en 1877, con 26 años, Frederick comenzó a trabajar para lord Pickens.

A los pocos días se mudaron a la campiña, a una mansión que se conocía con el nombre de Richcot’s Manor.

El joven mayordomo fue enviado de “avanzada” —como le dijo el coronel— para preparar la casa para la llegada lord Pickens, su hijo y su prometida.

Frederick solo conocía al coronel, pero no se amedrentó e hizo que su nuevo amo se sintiera muy satisfecho con él a su llegada.

A finales de ese año, también arribó una pequeña comitiva que Frederick había contratado, siguiendo las instrucciones de su nuevo amo.

Todos los miembros de la nueva servidumbre se encontraban en la imponente entrada de la casona, esperando el carruaje de sus señores, para darles la bienvenida y hacerse cargo de sus necesidades.

Cuando el coronel descendió, Frederick quiso sonreír y mostrarle —como niño pequeño— sus logros, pero se contuvo, pues detrás de él y su hijo, apareció la mujer más hermosa que él hubiera visto jamás: refinada en cada movimiento, ataviada como una reina y con una sonrisa que le derritió el corazón.

A partir de ese instante, y aun sin escuchar su educada voz, se enamoró perdidamente de ella.

Por su parte, lady Catherine no le hizo el menor caso, pues sabía que eso es lo que se esperaba de ella; no obstante, lo miró disimuladamente, haciendo un muy leve movimiento de su perfecta cabeza.

Desde ese momento, Frederick no hizo más que vivir entregado, en cuerpo y alma, a su ama.

¡No había nada que él no hiciera por ella!