La misteriosa muerte de lady Pickens III. El encuentro
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III. El encuentro

Precisamente, a una semana del cumpleaños de lady Catherine, su familia comenzó a llegar y, poco a poco, la gran casona se llenó de risas y algarabía; sin embargo, lady Pickens no apareció.

Los invitados solo tuvieron, en voz de Frederick, palabras de disculpa y la promesa de que se les uniría más tarde.

Cuando estaban por terminar el desayuno, Frederick se presentó en el comedor.

—Lamento molestarles, pero lady Pickens me ha pedido que me encargue personalmente de unas compras de último minuto.

—No te preocupes por nosotros, Frederick. Ve a hacer lo que necesites —contestó de inmediato Becca.

—Gracias, señorita, pero lo que me agobia es que no podrán ser atendidos durante la tarde, ya que el personal se encuentra en el área de servicio preparándolo todo.

—Eso no es problema, nada necesitamos, y aunque así fuera, nosotros mismos nos atenderemos.

—Muchas gracias por su comprensión, señorita. Regresaré en un par de horas.

En cuanto Frederick salió del comedor, todos retomaron su plática, la cual, después de un rato, recayó en lady Pickens.

—¿No les extrañó recibir la invitación? —preguntó Maggie.

—En realidad, sí —respondió Sebastián—. Desde que nos pidió amablemente que nos fuéramos, no supe absolutamente nada de ella. Hasta llegué a pensar que había muerto sin que nosotros nos enteráramos.

—Nosotros tampoco sabíamos nada, y creo que mamá perdió todo contacto con ella. De hecho, me parece que siendo su hermana menor, era lógico — completó Maggie.

—Mamá recibía sus cartas con frecuencia —dijo Becca.

—Eso sí que no lo sabía —agregó Sebastián—. A mí nunca me dijo nada ni me las enseñó.

—No tenía por qué, eran cosas de hermanas; yo me involucré, porque le ayudaba a leerlas y, a veces, a contestarlas —dijo Becca, con sencillez.

Todos retomaron sus conversaciones no haciendo más caso a la correspondencia de lady Pickens.

Se fueron despidiendo, uno a uno, quedando en verse a la hora de la comida. Algunos se retiraron a sus habitaciones a descansar; Becca, Lucy, Sebastián y Thomas —el compañero de universidad de Marvin—, salieron al jardín.

Pasado el mediodía y notando que Frederick y las mucamas no habían regresado, los invitados se dirigieron a la cocina para resolver el asunto de la comida; allí encontraron, en la gran mesa central de preparación, dos grandes charolas con bocadillos y una nota escrita por Frederick, con perfecta caligrafía.

1. «Señorita Becca. En caso de que deseen comer y no me sea posible atenderlos, sean tan gentiles de disfrutar estos bocadillos, Frederick.».

—Bien que Frederick se acuerda de que tú eres la comelona, ¿eh, Becca? —dijo jovialmente, Sebastián.

Todos rieron de buena gana; Becca también disfrutó la broma, haciéndole los honores al primer bocadillo, parada junto a la mesa.

En cuanto lo probó sintió que le hacía falta condimento, así que buscó en la alacena y sacó varios frascos de aderezos y mayonesas junto con unos cuchillos.

Al cabo de un momento, todos estaban reunidos en la cocina colocando en sus platos suficientes porciones de lo preparado por Frederick.

Por un momento todos volvieron a ser niños.

La conversación giró en torno a los asistentes a la cena, y todos se sorprendieron al saber que entre los convidados estaba el señor Doyle, abogado de su tía.

—¿Y el doctor? —preguntó Marvin—. ¿Acaso es de mucha confianza? ¿O será una medida precautoria? ¿Está tan enferma?

—Aparentemente sí, pero no lo sé con certeza —respondió Becca, pues todas las preguntas estaban dirigidas a ella, porque los demás esperaban que supiera algo más que ellos—.

Solo sé quiénes vienen y que están citados para mañana a las 7 p.

m., pues la cena es a las 8. Frederick no me ha permitido ver a mi tía, así que no tengo idea de nada más.

Se me hace muy extraño. No nos vemos desde hace 12 años; nos manda una invitación a cada uno y evidentemente no estaba del todo preparada, pues tuvo que mandar a Frederick a comprar cosas que no tenía listas. No es así como recuerdo a la tía.

—Tienes razón, Becca, no es lógico —comentó Maggie—. Tampoco lo es que estando en su casa desde ayer, ni tú la hayas visto. Yo creo que debemos subir a su habitación y ver cómo está. Además, sin Frederick ni las mucamas, puede necesitar algo sin nadie que la vaya a atender.

—¿No se molestará tu tía? —preguntó Lucy deteniendo el brazo de Becca—. ¿Por qué habría de molestarse? Aunque, podría estar dormida. Tocaremos con mucho cuidado. Venimos en un momento.

Becca se levantó de la silla y salió junto con Maggie rumbo a la escalera. Estando al pie de esta, encontraron a Frederick bajando y francamente sorprendido de verlas ahí.

—¡Señoritas! —dijo visiblemente nervioso—.

Perdónenme por no haberles avisado en el momento en que regresé, pero quise subir primero a ver a lady Pickens y me pidió que le subiera unos bocadillos y un té.

Ya venía a verlos para informarles que ya estaba de vuelta y que la señora se encuentra descansando.

Bajará a las siete a tomar el té con ustedes.

Ambas regresaron al comedor a informar lo que había sucedido y, visiblemente más tranquilos, se retiraron a descansar y prepararse para la cena. Durante un par de horas, la casa estuvo en total silencio.

Una vez que dieron las ocho, hora usual para la cena, poco a poco, todos se fueron presentando en la sala para tomar algo antes de cenar. Cuando ya estaban todos allí reunidos, llegó Frederick excusando a su ama de no estar con ellos.

—Pide que la disculpen; no se ha sentido muy bien últimamente, y como no quiere perderse la reunión de mañana, les solicita un poco más de su paciencia y espera verlos a todos mañana en la noche. Si llega a sentirse mejor, de inmediato les avisará para que tomen el té juntos.

Todos se voltearon a ver entre extrañados y alarmados. Sin embargo, decidieron no externar sus sentimientos, aceptar la palabra del mayordomo y esperar para verla al día siguiente, a más tardar en la cena.

Después de disfrutar de una abundante y deliciosa cena, todos fueron al estudio para tomar café y un digestivo, y si bien, la plática sonaba animada, Maggie y Becca no lo estaban. Cruzaban miradas de preocupación. Cuando se despidieron para ir a dormir, dijeron:

—Mañana.

—Mañana.

Así, poco a poco, fueron dejando sus tazas y copas, aunque no todos; Sebastián siguió dando buena cuenta de la botella de whisky recién abierta.

A la mañana siguiente, el desayuno se llevó a cabo como normalmente se hacía. Se ponían platones en una mesa lateral y cada uno se servía lo que quería y cuando deseaba. Además de algunos platillos, había tostadas, mermeladas, mantequilla, pastelillos, café y té.

Sebastián no apareció.

Durante la hora del té, recibieron la noticia de que lady Catherine tampoco no bajaría, pero aseguraba que a la noche sí lo haría.

Maggie y Becca volvieron a cruzar sus miradas sin decir palabra.