La misteriosa muerte de lady Pickens II. Lady Pickens #4
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II. Lady Pickens #4

Para Catherine resultaron muy divertidas las expresiones de asombro de todos; ella no era mujer que preguntara opiniones, pero sabía que todos se escandalizarían, al menos un poco, al enterarse de repente de su inminente boda con lord Robert Skeeton, del cual nadie sabía nada; ni cuándo ni dónde se conocieron; ni siquiera sabían si tenía dinero o iba por el de ella.

Para su familia era escandaloso, pero Catherine hizo caso omiso de sus expresiones de asombro y les informó que en breve se casaría con él.

La ceremonia se llevó a cabo a los pocos meses.

Extrañamente, fue muy íntima, pero sí muy lujosa.

Al terminar los festejos, los recién casados informaron a la familia que se irían de luna de miel y que esperaban que a su regreso, las hermanas y sobrinos de lady Pickens, hubieran desocupado la mansión.

Sin embargo, Catherine no las corrió si más, dejó unos sobres para Sara y Hanna con instrucciones precisas de dónde vivir; ya había dispuesto de dos propiedades: una en California, Estados Unidos, y la otra en Turín, Italia.

Tendrían alrededor de un mes para mudarse; además les dejó los recursos que necesitaban para vivir muy cómodamente.

Ante eso nadie se ofendió y, lógicamente, cuando los recién casados regresaron, la casa estaba de nuevo en silencio.

Lord Skeeton y lady Pickens (nunca quiso deshacerse del apellido de su primer esposo), gozaban de los placeres de la hermosa campiña inglesa.

Montaban a caballo diariamente; recibían a amigos en fiestas y tardes de té, regularmente; y, ocasionalmente, organizaban fines de semana para salir a cazar.

Increíblemente, lady Catherine aprendió más cosas y secretos de la nobleza sin ayuda de nadie.

Y, nuevamente — aunque esta vez con lord Skeeton— comenzó a insinuar la posibilidad de adoptar un hijo o hija, pero su marido no se sentía inclinado a eso.

Se sentía muy a gusto estando solo con ella.

Lady Pickens decidió esperar y ver cómo se desarrollaban las cosas.

Cada vez que salían de cacería, lady Catherine decía que no encontraba el sentido de acorralar a un pequeño e indefenso animal y masacrarlo impunemente.

También comentaba que, si la caza se llevara en situaciones más equitativas, ella no tendría ningún problema.

Estos comentarios casi nunca pasaban desapercibidos.

Algunas damas coincidían con ella; otras, por el contrario, no aceptaban la caza de ninguna manera; a los caballeros, por su parte, esas opiniones, tan analizadas y frías, los llenaban de intriga y fascinación.

Además, cuando salían de cacería, lady Pickens organizaba los clásicos juegos de mímica, los invitaba a tocar el piano o a salir a cabalgar.

Su vida era como la había imaginado: causaba asombro por su cultura; su capacidad para los negocios y las finanzas; y su habilidad para los idiomas; en fin, era una dama de alcurnia que provocaba envidias entre otras damas no tan agraciadas como ella.

Lord Skeeton iba a Londres con frecuencia a revisar algunos de sus negocios. Siempre iba solo, hasta que su esposa le pidió que ya no lo hiciera así, porque ella quedaba inquieta. Entonces, agradeciéndole su preocupación, decidió llevarse a Frederick en cada viaje.

Ella se quedaba en casa, donde recibía invitados a tomar el té, o seguía con sus clases de idiomas —incluyó el francés—, y hacía lo que casi toda dama refinada haría. Cuando el lord regresaba, todo eran atenciones y largas charlas hasta bien entrada la noche.

En una de esas noches, él se sintió mal; subió a recostarse y no despertó más.

Otra vez, lady Catherine enviudó. Gritó a los cuatro vientos que jamás se casaría de nuevo, ni tendría un esposo.

Fueron cuatro maravillosos años; fue más feliz de lo que esperaba. Y ahora, a sus 54 años, se encontraba de nuevo de luto.

Al principio, algunas de sus amigas la iban a ver y a tomar el té, pero eso solo duró un par de años; comenzó a poner pretextos para no verlas; incluso inventaba viajes para no recibir a nadie, excepto a sus abogados, banqueros y médicos.

Cada vez dependía más y más de la presencia de Frederick; solamente platicaba con él, y hasta comenzó a beber un poco más de oporto, lo que era socialmente aceptable.

Estaban a punto de cumplirse siete años de la muerte de su último esposo, cuando decidió que haría una fiesta.

Le pidió a Frederick que escribiera las cartas para los invitados y que las llevara al señor Doyle para que él se encargara de su envío.

Cabe decir que Catherine había seguido en correspondencia con Sara hasta su muerte, hacía ya diez años; sin embargo, luego continuó la correspondencia con Becca y, gracias a ello, Frederick conocía a la perfección la lista de invitados.

Sabía que Rebecca iría con su mejor amiga, una chica americana llamada Lucy; que Sebastián llegaría con su esposa, la señora Nelly; que Maggie acudiría con su esposo, Nigel; y que Marvin estaría acompañado de un compañero de su trabajo.

Serían ocho invitados para los cuales habría que preparar habitaciones y tener todo listo.

Lady Catherine Pickens, viuda de lord Pickens, de M. de Chavanel, de Mr. Owens y de lord Skeeton, tendría a su familia en su casa, con ella, otra vez.