La misteriosa muerte de lady Pickens II. Lady Pickens #3
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II. Lady Pickens #3

Cuando la propuesta de matrimonio fue el tema de todas las reuniones, las cartas de felicitación para la pareja y las invitaciones a fiestas y bailes, no se dejaron esperar. Una boda de ese nivel ocupaba buena parte del tiempo de la gente importante de Nueva York.

En 1890, a sus aún muy elegantes 43 años, se llevó a cabo la ceremonia de su matrimonio.

Asistió lo más notorio de la sociedad neoyorquina; sin embargo, en algunos círculos se comentó la evidente ausencia de familiares de la novia.

La ceremonia y el banquete se convirtieron en lo más sonado del año.

Estuvieron viviendo ahí por lo menos un año, hasta que lady Catherine le sugirió a su esposo ir a Richcot’s Manor, su casa.

Quizá no quería que sintiera una preocupación por sus finanzas; probablemente deseaba demostrarle que ella no necesitaba su dinero; o tal vez quería mostrarle lo magnífica y proclive que era la mansión para albergar niños.

Lady Catherine ya le había dicho que no podía tener hijos y comenzó a insinuarle la posibilidad de adoptar.

Mr. Owens no decía nada, así que lady Pickens no insistió.

El hecho es que decidieron ir a Inglaterra el siguiente mes.

Ella le hizo ver que el clima no era muy propicio para viajar; sin embargo, él la tranquilizó explicándole que no sería su primera vez en un vapor.

Organizaron todo y, antes de viajar, Catherine quiso ir con un abogado para hacer su testamento.

Ella le dijo a su marido que nunca se es suficientemente precavido.

Él aprovechó y lo hizo también. Él le dejaba todo a ella; ella hizo lo propio con él.

Se embarcaron el siguiente octubre, decididos a pasar las fiestas juntos en Richcot’s Manor.

Los primeros días a bordo todo fue calma; la mar se comportaba como una dama: paciente, tranquila y silenciosa.

Todas las noches, después de bailar hasta agotarse, ambos salían a cubierta, pedían una botella de champaña y no se iban a acostar hasta haberla terminado.

Bien que parecían recién casados: siempre de la mano, bailando, platicando y compartiéndolo todo. Eran la envidia de cuantos los veían.

Una noche, la mar decidió no darles tanta calma; no porque las olas estuvieran muy altas, pero no estuvo con la paz que habían estado disfrutando.

Terminaron de bailar y salieron, como cada noche, a tomar su botella y seguir viviendo la vida.

Mr. Owens se mareó debido a las olas y la champaña, y cuando quiso asomarse para constatar el oleaje, perdió el equilibrio y cayó al mar.

Lady Pickens gritó lo más fuerte que pudo; corrió de un lado al otro buscando ayuda, al punto que —en algún momento— perdió una zapatilla; finalmente, encontró a un miembro de la tripulación, pero ya muy tarde.

Todos saben que los transatlánticos son seguidos por tiburones, y que girar un barco de ese tamaño lleva mucho tiempo.

Resultó imposible recuperar el cuerpo de su esposo.

Aunque no era la primera vez que Mr. Owens viajaba en un transatlántico, nunca lo había hecho en tan agradable y fiestera compañía; así lo comentaron todos; también atestiguaron que —como le ocurre a casi cualquiera, después del vino con la comida y los digestivos—, tomar una botella de champaña era cosa muy seria.

Por otra parte, todos celebraban y se sorprendían ante la resistencia de la señora Owens.

El resultado fue un accidente debido a la felicidad.

Así, justamente así, lo dijo el capitán al día siguiente en la mañana —una, por cierto, totalmente clara y despejada, con una mar que no se parecía en nada a la de anoche—.

Mrs. Owens pensaba que era una maravilla que su esposo estuviera en una tumba tan pacífica y hermosa.

El capitán congregó, a quien quisiera asistir a despedir formalmente a Mr. Owens, en la cubierta principal; allí, leyó una oración de la que Mrs. Owens no pudo recordar casi nada, tan solo la frase final: «un accidente debido a la felicidad».

Luego del accidente, lady Pickens mandó un mensaje a Richcot’s Manor informando lo sucedido. Por alguna razón no quería llegar a su casa ahora, así que al desembarcar, y sin poder vestirse de luto, se dirigió a Canterbury, un pequeño y tranquilo pueblo, donde nadie la conocía.

Alquiló una habitación con todo el servicio incluido, y mandó llamar a la modista más recomendada para que le cosiera varios vestidos de luto; luego de eso, comenzó a recorrer el lugar.

No era una mujer a la que le importara lo que los demás pensaran de ella, así que, si quería detenerse en un café, lo hacía; si quería pasear por un parque, también; y fue gracias a esa seguridad y tranquilidad que por fin pudo comenzar a pensar en alguien más que en ella.

Para esas fechas, Sara ya tenía unos 41 años y era la madre de su sobrina consentida, Becca. Estaba segura de que esa niña sería todo lo que ella hubiera deseado para una hija suya.

Toda su vida cuidó de sus hermanas. Catherine se había mantenido en contacto con Sara y sabía que gracias a ella, sus hermanas y sus hijos no pasaban penurias. ¡Decidió que jamás lo harían!

Al regresar a su mansión, y con el recuerdo y el sentido del deber hacia su familia, se decidió a enviarles, a través de Frederick, una carta pidiéndoles que fueran a vivir con ella a Richcot’s Manor.

Tanto Sara como Hanna dijeron de inmediato que les encantaría; así, unos seis meses más tarde, la mansión se llenó de risas, pláticas y juegos.

Todo sucedía en armonía y Catherine se sorprendió de sentirse tan a gusto con sus hermanas y sus sobrinos; de pronto, se encontró de nuevo con ganas de salir y viajar.

Comenzó a frecuentar a la sociedad de Londres.

Al menos una vez al mes iba a la ópera y a los eventos que se llevaban a cabo en los jardines de Buckingham; hasta se animó a asistir a las carreras de Ascot.

En fin, comenzó a vivir como quería. En junio de 1898, volvió a asistir al gran evento de Ascot, pero no se presentó sola; durante sus salidas a Londres, había conocido a lord Skeeton.

Sus amistades en común los presentaron y, para su suerte, se entendieron muy bien desde el inicio.

Él la cortejó durante un año y a principios de 1899 le pidió que se casaran.