II. Lady Pickens #2
Al cabo de una hora, Frederick regresó caminando con el cuerpo de lord Pickens terriblemente maltrecho y sangrante sobre el lomo del alto corcel.
Su cabello estaba revuelto y lodoso, sus manos sangradas y uno de sus pies descalzo.
Frederick, tuvo cuidado de arreglarse un poco antes de regresar con su ama; no obstante, se notaba el esfuerzo que hizo para sacar a lord Pickens de la enorme zanja.
Cuando Catherine los vio no pudo resistir el llanto, al grado que el resto del personal salió para ver qué sucedía.
Al llegar el mayordomo, los mozos y las criadas jóvenes se apresuraron a bajar el cuerpo de su señor y llevarlo al interior de la casa, mientras Frederick fue al teléfono para llamar al doctor, aunque bien sabía qué lo había matado: una tremenda caída, a toda carrera, en una profunda zanja lodosa cuyo fondo de piedras fue una sentencia segura.
De esa manera, lady Pickens heredó su fortuna, título y Richcot’s Manor.
A finales de 1881, con una tristeza evidente para toda la servidumbre y habiendo cerrado el salón para bailes y banquetes, le informó a Frederick que quería que la acompañara en un viaje para que la atendiera y cuidara.
No quería estar más tiempo en la gran casona donde todo le recordaba a su difunto marido.
Durante casi un año, la servidumbre solo recibió cartas de Frederick, en las que les comunicaba que la señora estaba bien y un poco menos triste. Terminaba la carta siempre igual: «ya pronto regresará».
A inicios del siguiente año, recibieron una nueva misiva en la que Frederick les comunicaba que él llegaría en febrero, mientras que su ama, visitaría París.
En la Ciudad Luz, en el hotel Crillon , en la Place de la Concorde , estaba un caballero alto, de cabello castaño y ojos verdes, que portaba un bastón con una empuñadura de marfil —claramente tallada a mano— y detalles en oro que representaban a un elefante de largos colmillos.
Ella lo observó mientras se acercaba a la recepción; sin embargo, ¡ella era una dama!
El caballero en cuestión era el conocido, monsieur Henry de Chavanel, quien, en tan solo unos segundos, quedó prendado por la belleza, elegancia y aplomo de tan exquisita dama.
Un par de horas más tarde, lady Catherine bajó al salón de té y ahí, con la calma que ese lugar dispensaba, decidió cuál sería su primera visita financiera. Su difunto marido la había aleccionado muy bien para la época, y Catherine le había demostrado que no era una mujer como todas.
Al día siguiente, cuando lady Catherine Pickens fue anunciada en la oficina del director de Barclays París, éste no podía creer su suerte: la dama que lo había encantado, ahora se presentaba en su oficina.
Monsieur de Chavanel se arregló su saco y sus mancuernillas, y con la mejor de sus sonrisas abrió personalmente la puerta.
Después de presentarse, ella le informó el motivo de su visita: prever para el futuro. Por supuesto, él le ofreció los mejores planes y como los analizaron juntos, M. de Chavanel quedó aún más maravillado por su intelecto, su gran habilidad y su comprensión de los términos financieros.
Ella regresó a Inglaterra, pero solamente para renovar su guardarropa, pues regresaría a París. Nuevamente dejó a Frederick al mando para que mantuviera la mansión funcionando y en orden.
El mayordomo notó que su ama había regresado vestida de negro, más cuando salió hacia París ya no llevaba el color del luto, sino tenues colores pastel que adornaban su muy buena figura.
Al poco tiempo de su arribo a París, M. de Chavanel le pidió que fuera su esposa, alegando que, si bien ella aún era muy joven, él ya no.
Como era de esperarse, lady Pickens alargó la decisión por varios meses, aceptándolo finalmente.
Tras haber aceptado la propuesta, lady Pickens decidió regresar a Richcot’s Manor, donde un mes más tarde sería alcanzada por M.
de Chavanel. Resolvieron contraer nupcias en la mansión y que su futuro marido no trabajara más.
El arribo de M. de Chavanel fue todo un acontecimiento, tanto para la casa como para los vecinos y conocidos.
Todos querían pasar a presentar sus respetos a tan conocido banquero; quizá por ello, cuando, antes de la boda, lady Pickens ofreció un baile, la enorme mansión apenas se dio abasto para atender a la gran cantidad de invitados.
Por supuesto, el novio se sintió maravillado y muy orgulloso de ser tratado con la deferencia que le prodigaron tras haber llegado a Inglaterra.
Sin embargo, el matrimonio acordó que después de unos meses, regresarían a vivir a París.
La boda se realizó tal y como fue programada: con lo más selecto de la sociedad inglesa y algunos invitados más, procedentes de París. La mansión podía albergar a un par de decenas de invitados, así que el estatus de la dueña de la casa quedó de manifiesto.
La ceremonia y el subsiguiente banquete fue el tema de conversación de las reuniones y, por supuesto, no faltaron los artículos en el Illustrated London News ; el periódico —de reciente aparición, y preferido por sus grabados e ilustraciones—, detalló con precisión la ceremonia, aunque no el banquete, lo que causó la envidia de aquellos que no gozaban de la amistad de los contrayentes: monsieur Henry de Chavanel y lady Catherine Pickens.
Un par de meses después de la boda, tal y como lo habían acordado, organizaron su regreso a París, y, debido a la solicitud expresa de la ahora madame de Chavanel, Frederick los acompañaría.
Un poco antes de su cuarto aniversario, M.
de Chavanel sufrió un ataque al corazón.
Los médicos que lo atendían sabían con cuánta intensidad quería tener familia; además, al revisarlo notaron un gran desorden en la cama matrimonial y que monsieur no traía ropa alguna, por ello, achacaron su muerte a ello.
¡A su edad, los hombres deben ser mucho más cuidadosos al momento de la intimidad!
Lady Pickens se quedó en París, pero no quiso hacer los trámites por el fallecimiento de su marido ni encargarse de la casa, así que dejó a Frederick a cargo de todo.
Él organizó pacientemente las cosas para dejar esa casa para siempre.
No había herederos, así que no hubo problemas.
Lady Pickens, viuda de Chavenel, contrató a Barclays para que hiciera el trámite de la venta, luego de que decidió el monto y el destino del mismo.
Cuando terminaron todo, no quiso regresar de inmediato a Inglaterra; mandó un mensaje a sus hermanas diciéndoles que se quedaría un tiempo en Francia y que mantendría a Frederick con ella para que la atendiera. A nadie le sorprendió esa decisión; no había mejor asistente que él.
Ambos fueron a una pequeña ciudad llamada Rennes: una pacífica ciudad medieval que invitaba a largos paseos y meditación.
Estuvieron ahí unos seis o siete meses y, de pronto, decidió que quería ir a Nueva Orleans, una creciente y joven ciudad de la cual le habían hablado mucho.
Al llegar, se hospedaron en un elegante hotel en las afueras, y unos tres meses más tarde, envió a Frederick a Richcot’s Manor, para prepararla para su regreso, lo cual haría en unos 4 o 6 meses.
Antes quería ir a la ciudad de Nueva York. En realidad, se había cansado de la calma y necesitaba el bullicio y la vida agitada y espectacular que solo Nueva York podía ofrecer.
Cuando llegó a La Gran Manzana, un representante de Barclays la estaba esperando; eso lo menos que podía hacerse cuando un cliente con la cartera de lady Pickens requería algo.
La llevaron al mejor hotel y al día siguiente le hicieron un pequeño recorrido por lo más suntuoso y elegante de la gran ciudad.
Estaba fascinada, aunque al mes, comenzó a extrañar la calma de Rennes y, sobre todo, la de Richcot’s Mannor.
Decidió buscar distracciones, pues todavía se encontraba triste y además, muy aburrida.
Ya sin la constante compañía del representante de Barclays, se aventuró a ir a la ópera, pues si bien no había asistido nunca, le contaron que ahí estaba la crema y nata de la gran sociedad neoyorquina.
La sala le pareció espectacular y el palco en el que estaba le permitía ver y ser vista.
No pasó desapercibida para Mr. John Owens, un neoyorkino viudo, sin hijos y con una vasta fortuna, old money .
Al terminar la ópera, lady Pickens se encontró con Mr. Owens, quien estaba esperándola frente a la salida del palco con un claro pero encantador descaro que realmente la tomó por sorpresa.
Él le ofreció el brazo para acompañarla a la calle por su carruaje que ya la esperaba en la acera. Conversaron muy poco, pero él no dejó pasar la oportunidad de preguntarle si podría ir a visitarla algún día; ella sencillamente sacó una pequeña tarjeta de su bolso y se la entregó.
Al día siguiente recibió una nota del caballero, en la que le preguntaba si tendría la amabilidad de recibirlo el domingo a las 4; es decir, dos días después.
El mensajero esperaba la respuesta de pie en la puerta, pero lady Pickens le pidió que por favor regresara por la respuesta en dos horas.
El criado volvió a la hora acordada, pero la dama aún no se decidía y lo dejó esperando casi una hora más. Finalmente, la respuesta fue afirmativa, aunque solicitó que la cita fuese a las 5 y no a las 4.
Así comenzó su galanteo. El americano quedó muy impresionado con la fineza de su habla y escritura, lo mismo que con su forma de comportarse.
Transcurrió más tiempo del que Mr. Owens hubiera deseado para que Catherine le diera el sí, pero era tal su fascinación, que esperó pacientemente.
Cuando esto sucedió, lady Pickens ya era muy conocida entre la alta sociedad neoyorquina, por lo que era invitada frecuentemente a las fiestas y tertulias que se organizaban en primavera y otoño.
Dichos eventos nunca se realizaban en verano, porque era tan bochornoso que las damas encontraban muy difícil mantenerse hermosas.