La misteriosa muerte de lady Pickens II. Lady Pickens
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II. Lady Pickens

En las afueras del concurrido Londres, en una zona que aún no tenía nombre, nació la primera hija de Mary y Jonathan.

La llamaron Eliza por su diminuto tamaño y porque su llanto casi no se escuchaba.

Al cabo de tres años y luego de varios abortos, nació su hermana Sara, la futura madre de Rebecca.

Y a los dos años, nació Hanna, quien casi le cuesta la vida a su madre.

Sin embargo, tras un tiempo, se recuperó y volvió al trabajo.

Durante los siguientes años, su vida fue muy dura, pero al menos siempre había una comida diaria y algo semejante al té para ayudarles a entrar en calor.

Jonathan trabajaba en las minas de carbón y Mary en el servicio doméstico.

Mientras ambos trabajaban, las tres niñas se quedaban solas en la pequeña casita, recibiendo cuidado eventual de algunas de las vecinas que permanecían en el barrio, porque ahí trabajaban y se daban un rato entre clientes, para irlas a ver.

Así pasaron algunos años, hasta que su madre contrajo tifus y, al poco tiempo, murió, dejando a las niñas y a su marido solos.

Eliza, pequeña y muy delgada, ya estaba definiendo sus facciones, y, para ser honestos, era muy bonita. Caminaba con elegancia, aunque nadie sabía dónde había adquirido esa gracia.

Así sobrevivieron, hasta el día en que las vecinas tampoco estaban nada bien y ya no pudieron ayudarlas.

Su padre, al sentir toda la responsabilidad sobre sus hombros, comenzó a descargar su frustración con ellas: las agredía, las golpeaba y las insultaba de tal modo, que todo el barrio se enteraba de las golpizas que les daba.

Algunos, hasta temían que sucediera algo más en sus incontables borracheras.

Solo les quedaba irse de ahí, pero no tenían más familia ni amigos, por lo que una de las vecinas, que había hecho de su casa un burdel, las acogió temporalmente, advirtiéndole a Eliza que no sería gratis.

La pequeña, aunque menuda y muy joven, supo de inmediato lo que debía hacer.

Accedió, y a partir de entonces la niña se convirtió en mujer.

Debido a su corta edad, Eliza fue muy solicitada; además, le pagaban más que a las otras chicas, por lo que tuvo que comprar “protección”. A pesar de ello, le alcanzaba para que ella y sus hermanas tuvieran comida y abrigo.

La higiene no era algo común entre los habitantes de esa zona, pero Eliza siempre recordaba lo que su madre, que atendía la limpieza de las grandes casas, le decía: que sus señoras la obligaban a lavarse muy bien todos los días y que una de las reglas de la casa era que, si algún mozo abusaba de ella o sus compañeras —lo cual no era extraño—, tenía que lavarse de inmediato y usar un polvo para evitar quedar embarazada.

Si alguna, por olvido o pereza no lo hacía, y quedaba embarazada, sería corrida de inmediato.

Jamás olvidó esa enseñanza. A Eliza, desde chica, le agradó la idea de estar limpia y siempre, sin importar lo cansada que estuviera, lavaba su ropa, pues le gustaba oler fresco.

Esa fue una de las cualidades que le dio lo suficiente para vivir y la convirtió en la mujer de importancia que llegó a ser.

Nunca permitió que Sara o Hanna fueran prostitutas.

Al cabo de un par de años, y siendo sumamente cuidadosa con el dinero que la ahora Madame le daba, salieron de esa casa y encontraron un pequeño piso donde vivir.

Sara y Hanna se encargaban de mantenerlo limpio y arreglado, y Eliza recibía a sus clientes ahí.

Cabe decir que le pagaban un buen dinero y así pudo comenzar a pensar en salir de ahí.

Pasados los 23 años, le ofrecieron un trabajo de criada en una gran casa, donde además aceptarían a sus hermanas como aprendices, pues ya tenían edad para trabajar.

Eliza aceptó, porque, aunque ganaba bien, no iba a quedarse de prostituta toda su vida; soñaba con llegar muy alto.

Al poco tiempo, se fue a otra casa como mucama.

Allí no era supervisada pues el dueño, lord Pickens, era viudo y no le interesaba la casa ni lo que sucediera ahí.

Entonces, Eliza tomó en sus manos la administración y el cuidado de la gran mansión, dejando al lord muy impresionado.

Tanto él como su hijo observaban a la criada cómo podría mezclarse con las demás damas si no llevara su delantal de peto.

Cierto día, lord Pickens le preguntó si sabía cómo arreglarse para la sociedad, a lo que Eliza respondió que sí.

Luego, llegó la modista y, a pedido del lord, le fueron realizados dos vestidos de campo.

Le solicitaron — no le ordenaron, pues los intereses de los señores Pickens estaban cambiando—, que por favor se arreglara para salir a un día de campo, pero no como sirvienta, sino como acompañante.

A Eliza no le importaban los motivos; se estaba encaminando, como siempre fue su objetivo, a convertirse en una dama.

Cuando estuvo lista, bajó la escalera y la reacción de ambos caballeros no dejó duda alguna de que había superado sus expectativas.

Durante el día de campo, tuvo que ser enseñada a servir el té, cómo sentarse en el suelo y cómo levantarse, pero no mucho más que eso. Por si fuera poco, siempre fue de muy rápido aprendizaje, por lo que solo debieron explicarle las cosas una vez.

Lord Pickens y su hijo se habían cansado de buscar una dama de sociedad que no estuviera interesada en su título y propiedades, y mientras más trataban con Eliza, más se convencían de que finalmente habían encontrado a la mujer indicada.

Su trato deferente con el lord, y su actitud atenta y hasta cariñosa con su hijo, Joseph, le valió para que siguieran preparándola con el objetivo de casarla con el futuro lord.

Ya le habían enseñado a leer, escribir, comportarse y conversar, así que cuando llegó el día de presentarla en sociedad, Eliza se movió como pez en el agua.

A partir de ese momento, cambió su nombre a Catherine; ya no sería más Eliza la prostituta, la criada.

Lord Pickens consideró salir de Londres; poseía una casona en Guildford.

Sin embargo, no deseaba llevarse a ningún miembro del personal; no iba con los planes que tenía para su hijo, por lo que —y debido a la recomendación de un amigo suyo—, contrató los servicios de un muchacho muy hábil, educado y profesional. Lo envió de avanzada a la casona.

Así, se mudaron solamente los tres y no dijeron nada de su destino.

A los 6 meses, se anunció la boda y Catherine fue tratada como una dama de sociedad.

La boda, consecuentemente, ¡fue todo un éxito!

Nadie los conocía; se sabía que venían de Londres, pero nada más, y como no había criadas que dijeran algo del pasado de la nueva dama, ya que todas fueron contratadas del lugar, no hubo chismes ni nada que afectara a la familia.

El cambio de clima y la tranquilidad de Guildford le sentó de maravilla a lord Pickens.

El médico que comenzó a ver ahí estaba muy satisfecho con su notable progreso, augurándole una larga y feliz vida.

Desafortunadamente, eso no sucedió. Al pasar un poco más de un año de su llegada, lord Pickens murió.

Después de haber estado cabalgando y nadando en el río cercano, expresó su cansancio y pidió una copa de oporto.

Catherine ya sabía que a una, seguían dos o tres, por lo que se ofreció a subirle la licorera y la copa.

Ya entrada la cálida y húmeda noche, lord Pickens salió a su balcón para terminar su copa.

Al día siguiente, su cuerpo fue encontrado al pie de su balcón, dos pisos abajo, con el camisón de noche y el cráneo destrozado.

El médico solo pudo suponer que, por tanta actividad, sufrió un ataque cardíaco que lo hizo caer. ¡Una auténtica tragedia!

A partir de ese momento, lady Pickens descubrió el placer de leer; le gustaba mucho Oscar Wilde, pero más le apasionaba Sir Arthur Conan Doyle; también comenzó a pintar, a tocar el piano y a mostrar interés por los idiomas; su marido supervisaba discretamente la elección de sus vestidos y le regalaba joyas que acentuaban su belleza natural; poco a poco se fue valiendo por ella misma y a ser muy apreciada por la sociedad.

A sus casi 28 años, su cambio se había realizado totalmente.

¡Hablaba, vestía y caminaba como aristócrata!

Joseph le había expresado su deseo de tener hijos, pero ella le decía que no entendía cómo era que aún no les hubiera llegado. Ambos eran muy diligentes, sin embargo, Catherine no lograba embarazarse. Quizá no pudiera.

Sin tener familia que atender y cuidar, se dedicaron el uno al otro.

Con Frederick al mando de la casa, ambos se desentendían de los posibles chismes y de dar órdenes, eso lo hacía Frederick de manera muy eficiente.

Solo él los atendía de manera directa, salvo a la hora de las comidas, pues muchos sirvientes eran necesarios en esos momentos.

El nuevo lord Pickens le enseñó a su esposa a ser ordenada con sus finanzas; le mostró lo que había, dónde y cómo estaba repartido, y a quién llamar en caso de que algo le sucediera; en fin, era un hombre muy precavido.

Como cada tarde de verano y otoño, salieron a cabalgar por la propiedad y sus alrededores.

Les gustaba —lo que ellos llamaban— explorar.

Un día, lady Pickens regresó a Richcot´s Manor a todo galope y gritando por ayuda.

Obviamente, Frederick salió corriendo a auxiliar a su ama.

Al verlo, desmontó de su caballo con la agilidad y seguridad que alguien que domina la equitación, y le dijo, gritando desesperada, que su marido se había caído del caballo en una enorme zanja, que había tratado de sacarlo pero no había podido con su peso, que fuera de inmediato.

No le permitió que se entretuviera cambiando de caballo, así que le dio las riendas del suyo.

Acto seguido, el fiel mayordomo salió velozmente a buscar a su amo.