La misteriosa muerte de lady Pickens I. El arribo
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La misteriosa muerte de lady Pickens

La misteriosa muerte de lady Pickens

Por Lourdes Corzo

© inepub.com

I. El arribo

—¡Qué mansión tan espectacular! —exclamó Lucy al verla entre los árboles.

—Estoy de acuerdo contigo. Y deja que la veas por dentro, es aún más impresionante. Al menos así la recuerdo de mi niñez, aunque supongo que estará descuidada y hasta abandonada —contestó Rebecca con un dejo de tristeza en su voz.

—¿Por qué lo dices? ¿Hace cuánto que no vienes? —preguntó Lucy al tiempo que jugaba con los rizos rojizos que se habían soltado de su siempre recogida cabellera.

Finalmente llegaron a la casona, donde un grupo de criados ya las estaba esperando.

—¡Frederick! ¡Pero si eres tú! ¡No has cambiado nada! Claro que tu cabello es blanco, pero sigues siendo el mismo.

—Es muy amable al recordarme, señorita. En cambio, usted es toda una mujer.

—Me hubiera enfadado contigo si me hubieras dicho que no he cambiado, ¿eh?

De 20 a 32 se ve la diferencia. Sin embargo, y te lo digo en serio Frederick, tú sigues igualito.

Quizá con una arruguita más en la cara, pero eso es todo.

¿Cómo le haces para mantenerte? Ah, por cierto, te presento a mi amiga Lucy.

Lucy, éste es el mejor mayordomo que verás en el planeta —y acercándose a Lucy le dijo quedo, pero suficientemente alto para que el mayordomo la escuchara—.

Prepara el chocolate con malvaviscos más exquisito del mundo; ya lo verás.

Frederick enrojeció notoriamente e inclinando levemente la cabeza en dirección a Lucy, sonrió de una manera que, si Becca hubiera puesto atención, habría notado la enorme alegría que le prodigó a su amiga.

En cuanto él mismo se dio cuenta, volvió su atención hacia Becca e inmediatamente ordenó a las mucamas que llevaran su equipaje y desempacaran.

Al entrar en el gran recibidor, ambas chicas quedaron maravilladas.

Estaba impecable, para nada abandonado ni descuidado.

El piso de mármol lucía pulido y brillante; la gran mesa redonda del centro sostenía un jarrón de porcelana inglesa con hermosas flores de largo tallo y tenues colores, que, por cierto, combinaban con los sillones y las cortinas, contrastando con la oscuridad de las puertas de un color rojo muy oscuro.

A la derecha del recibidor se encontraba la biblioteca.

Era un recinto con los muros recubiertos de libros y con una escalera que permitía llegar hasta el más alto rincón.

Tenía una gran mesa de madera tallada, con una lámpara siempre encendida y un pequeño florero rebosante de rosas inglesas. Exactamente igual que hacía 12 años.

Las jóvenes iban de un lado a otro, deteniéndose a observar los detalles; cada pieza de cristal o porcelana era admirada y acariciada.

Conforme iban recorriendo la casa, Lucy fue quedando más encantada; Rebecca, en cambio, entraba más y más en un estado de melancolía.

Al subir a la habitación, dirigidas por Frederick, Becca le preguntó:

—¿Quiénes más asistirán a la fiesta?

—Vendrá su hermano, el señor Sebastián, con su esposa, la señora Nelly.

También su prima, la señora Maggie, con su esposo, el señor Nigel; el hermano de la señora Maggie, el señor Marvin, que al parecer vendrá con un compañero de la universidad.

Además, ha sido invitado el doctor de lady Pickens junto con su esposa y el abogado de su tía, el señor Doyle también con su esposa. Trece a la mesa, señorita.

—¡Uy, qué miedo! —dijo con una sonrisa y luego continuó—. Y dime, Frederick, ¿a qué hora podré ver a mi tía, lady Pickens?

—Bajará a tomar el té con ustedes. Pide que la disculpen por no comer en su compañía, pero desea guardar fuerzas para la fiesta de mañana.

—¿No estará enferma, o sí?

—La verdad, señorita, lady Pickens no se ha sentido bien últimamente.

—¿Por qué? ¿Qué tiene? ¿Ya la vio el doctor?

—El doctor vino hace unos días, pero fuera de que ocasionalmente tiene problemas para respirar y una fuerte depresión, no hay un diagnóstico claro.

—Imagino que le mandará hacer algunos estudios, ¿no?

—Lo mismo supongo, señorita, pero aún no; al menos no que yo sepa.

—Ay, Frederick, dudo mucho que pase algo en Richcot's Manor que tú no sepas. Aunque, estarán de acuerdo con que el que tenga ánimos para una fiesta es bueno. Ni modo, Lucy, ya la conocerás a la hora del té.

Después de comer, pasaron a la terraza. La belleza de los jardines era impresionante.

—¿Por qué decías que la casa estaría abandonada o al menos descuidada? Nada de eso se deja ver —preguntó Lucy, curiosa.

—Porque hace muchos años que mi tía enviudó y me imaginé que al estar sola en casa ya no la tendría tan cuidada como cuando recibía gente en fiestas y reuniones.

—A ver, Becca, ahora sí, no te salvas. Nunca me has contado la historia de lady Pickens. Cuéntamela con calma, pero desde el principio, ¿de acuerdo?

—Ok. Lady Pickens es la ama de Richcot's Manor. “Manor” se le llama a una propiedad de este tipo y “Richcot” es su nombre. Perteneció a su primer esposo, el coronel lord Pickens.

— Ah, sí. Tuvo varios, ¿verdad?

—Sí, mira, Después de un poco más de un año de la muerte del coronel, quien era bastante mayor que mi tía, ella se fue a recorrer el mundo.

Bueno, no llegó demasiado lejos, pues en París conoció al que sería su segundo marido, Henry de Chavanel.

Como era de esperarse, se quedó a vivir en París.

Unos dos años más tarde, a él le dio un infarto y murió, dejando a mi tía en una soledad terrible y con un dolor que ella no hubiera querido vivir de nuevo.

Tras la muerte de su esposo, permaneció casi un año en Francia, para lo cual llamó a su sirviente de más confianza, Frederick.

Según me contaba mi mamá, mi tía no tenía cabeza para hacerse cargo de la casa; ni siquiera de ella misma.

»Y uno o dos años más tarde, no lo recuerdo bien, decidió que ahora sí conocería el mundo y se embarcó a Estados Unidos.

Ahí conoció al señor Owens. Como era lógico, se casaron poco tiempo después y se asentaron en Nueva York.

Ahí vivieron hasta que de nuevo un infarto acabó con la vida de su marido.

Mi tía ya no quería saber de infartos ni de hombres de negocios, así que decidió regresar a Richcot's Manor y no volverse a casar.

Como el lugar era demasiado grande para ella sola, le propuso a mi madre que viniéramos a vivir con ella; así, llegamos en 1897; mi hermano Sebastián tenía 10 años, y yo, 8.

La casa seguía siendo muy grande, así que también invitó a su hermana Hanna, y así llegaron ella y mis dos primos, Maggie y Marvin.

Cuatro niños y tres adultos, llenábamos la casa.

En fin, de repente, y sin que nosotros supiéramos cómo ni porqué, mi tía salió con que se casaba de nuevo.

No cabe la menor duda de que hay personas que simplemente no saben, o no pueden, estar solas.

En fin, a pesar de que él la había cortejado muy poco tiempo y de que mi mamá le decía que se esperara para adquirir ese compromiso, pues casi no sabíamos nada de ese hombre, quien además era mucho mayor que ella, mi tía no hizo caso y nos informó que se casaría en el verano de ese año; deja hago cuentas…

1909. Mi mamá me contó que a la ceremonia asistió lo más selecto de la sociedad y no se escatimó ni un penique en lograr que la boda y el banquete fueran espectaculares.

Luego, supe que mi tía les dijo a sus hermanas que mucho les agradecería desocupar la casa antes de su regreso, que sería como en un mes.

Mi mamá y mi tía ya conocían bien el carácter de su hermana Catherine; ella no preguntaba, indicaba.

Así que nadie dijo nada. También me contó que le entregó un sobre a cada una.

Años después, supe que contenían boletos de viaje, instrucciones sobre el uso del dinero y cómo recibir una mensualidad que permitiera nuestra manutención y escuela.

Como ves, en realidad no hay más que agradecimiento y comprensión hacia mi tía, ya que una recién casada no quiere vivir con cuatro jóvenes, ¿no crees?

—¡Por supuesto! Ni qué decir.

—Para cuando ellos regresaron, nosotros ya nos habíamos ido.

Es lo menos que podíamos hacer después de que nos lo habían pedido claramente, ¿verdad?

En fin, empezamos nuestra vida en California y, al poco tiempo, unos 4 años después, nos enteramos de que la tía había enviudado otra vez.

Yo imaginaba que nos llamaría para que regresáramos a vivir con ella, pero para mi sorpresa, eso no sucedió.

Solamente sabía de mi tía por las cartas que recibía mi madre, y cuando ella murió, mi tía y yo nos seguimos escribiendo con frecuencia.

Finalmente, me llegó una carta junto con los boletos y dinero para que asistiera a la celebración.

Así que como ves, tiene mucho que no veo a mi tía y como ya suponía que estaba enferma, pensé que la casa se vería como me la imagino a ella.

—¿Y en sus cartas nunca te dijo que estaba enferma?

—No, para nada. Lo más que llegó a decirme era que extrañaba a su marido, aunque nunca me dijo a cuál —contestó con una pícara sonrisa.

—La historia de lady Pickens es verdaderamente intrincada. ¿Cuatro maridos? Y yo que no puedo encontrar ni siquiera uno.

Este último comentario provocó risas en ambas mujeres quienes, aún con la sonrisa en los labios, se levantaron para recorrer los hermosos jardines, dando tiempo a la tan esperada hora del té.

—Señorita Rebecca—, dijo Frederick con voz suave y acercándose sigilosamente.

—Dime, Frederick. ¿Dónde tomaremos el té?

lady Pickens se disculpa con ustedes por no acompañarlas a tomar el té. Dice que se siente un poco indispuesta y ruega que no se ofenda. Le asegura que se verán mañana en el almuerzo.

—Lo lamento tanto. Por favor dile a mi tía que deseo su pronta recuperación y que por nosotras no se preocupe, que nos vemos mañana. Pensándolo bien, Frederick, ¿crees que sería oportuno pasar a saludarla? De verdad tengo muchos deseos de verla.

—Le preguntaré de inmediato, con permiso —dijo tajante al retirarse, para regresar tan sólo unos minutos más tarde.

—¿Qué te dijo, Frederick? ¿Puedo subir a verla?

—Le pide que la perdone pero que no se siente como para recibir visitas; además, no está arreglada y no desea que la vea en ese estado.

Le asegura que mañana se verán y platicarán de todo lo que tienen pendiente.

En cuanto a usted, señorita Lucy, le pide que personalmente la disculpe y que de ninguna manera tome su ausencia como una descortesía hacia su persona.

Que por favor se sienta en su casa. Por último, señorita Rebecca, me permito recordarle que su tía sigue acostumbrada a tomar una siesta a esta hora —con estas palabras, dio media vuelta en dirección a la casa y se perdió en su interior.

—¿Qué fue eso? —preguntó Lucy con curiosidad.

—Que como mi tía duerme, no hagamos ruido.

Entraron a la casa y cuando les fue ofrecido el té, solamente Becca quiso tomarlo; Lucy se disculpó y subió a recostarse un rato.

Tras quedarse sola tomando el té en la terraza, Becca decidió hacer un recorrido, empezando por los jardines.

Cuando regresó, la tarde ya empezaba a pardear y, sintiéndose cansada, se dirigió a la biblioteca para tomar algo antes de cenar.

Entrando se topó con Lucy, quien, al parecer, ya tenía un rato ahí; estaba leyendo cómodamente sentada en uno de los sillones y tomando una copa de oporto.

—Aquí estás, Lucy —dijo Becca, sorprendida.

—Fíjate que ya en la cama estuve dando vueltas y vueltas sin poder dormir, así que después de un rato decidí bajar a leer un libro.

Hay de todo; no me podía decidir, así que tomé lo primero que me llamó la atención y aquí estoy: bebiendo una copa de oporto y leyendo sobre las tribus del oeste de África —dijo con una franca sonrisa.

—Debe estar muy divertido —respondió Becca devolviéndole la sonrisa y sirviéndose un oporto. Justo cuando estaban por terminar sus bebidas, Frederick entró, informándoles que la cena estaba servida. Al término de la misma, ambas se subieron a descansar.