La misteriosa Lilian Rigby (Damas Insólitas nº 1) CAPÍTULO 21 #3
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CAPÍTULO 21 #3

—¿Tienes habilidades para hacerlo? —dijo pasándose la manga del vestido por los ojos.

—Así es. Consiste en sustituir la alegría por otra emoción más potente.

—¿Cuál?

—La lujuria. —El duque se aproximó a ella y le susurró al oído—. Sería un pecado estar en el jardín del pecado y no pecar.

Lilian se echó a reír por la tontería del juego de palabras.

—Podrían vernos…

—¿Qué podría ser lo peor que sucediese? ¿Qué me obligaran a casarme contigo? Correré ese riesgo —le susurró divertido mientras le daba un mordisquito en el cuello.

Ambos se enroscaron en abrazos y se comieron a besos, hasta que la excitación alcanzó un nivel peligroso. Entonces el duque se detuvo.

—¿Pasa algo? —preguntó Lilian confusa.

—No… pero he pensado que tu primera vez no va a ser aquí, como si fuésemos dos amantes clandestinos.

Merece que suceda en mi cama, en el lecho que nos acogerá como los esposos que seremos hasta el fin de los días, sobre un mullido colchón y con sábanas que huelen a lavanda. ¿Puedo llevarte a casa, amor mío?

Lilian lo miró juguetona e hizo un mohín.

—Me temo que no va a ser posible. Se nos han acabado las dos horas, excelencia. Será mejor que me lleve a casa o incumpliremos su tácito acuerdo de no rebasar esa duración.

El duque la apretó contra su cuerpo.

—Las dos horas hace rato que han acabado. Ahora ya eres mía para siempre.

Sacó el anillo y se lo colocó en su dedo sin florituras.

—Sé que no ha sido muy romántico, pero ahora que estamos comprometidos oficialmente te necesito en mi cama sin perder ni un segundo más.

Lilian soltó una carcajada.

—Espera. Antes tengo una condición.

—¿Ya estamos con las exigencias?

—Solo es una. Iré a tu cama —dijo un tanto avergonzada— si prometes que no me dejarás dormirme hasta que tú no hayas…

Ahora fue el turno del duque de soltar una carcajada.

—Jovenzuela descarada… hoy no te me escapas —dijo entre risas y le dio la mano para ayudarla a levantarse del banco de piedra.

Se dirigieron hacia el carruaje, pero a mitad de camino se cruzaron con el señor Fisher, el vicario que casi los descubre el día que se conocieron. Arthur no desvió el rumbo y se aproximaron a él con decisión, mientras Lilian iba enrojeciendo por momentos.

—Que pase buena noche, señor vicario. La nuestra ha sido exquisita —dijo el duque.

Lilian le propinó un codazo entre las costillas por su fanfarronería, pero aun así no pudo evitar sonreír de felicidad por poder gritar a los cuatro vientos aquel amor. Porque ya no era un secreto… y nunca más lo sería.

Al llegar al carruaje, el duque le indicó al cochero que fueran a casa. Entonces, cayó en la cuenta de un detalle.

—Estamos a tan solo diez minutos de casa, Lilian. ¿Qué puñetas ha hecho el cochero para tardar tanto en traernos antes hasta aquí?

—En la nota que preparé indicaba que diese unos cuantos rodeos.

El duque golpeó la capota.

—Esta vez, nada de vueltas inútiles —exclamó—. Directos a casa y rapidito.

Lilian se subió a horcajadas sobre él y se enroscó a su cuello.

—Adoro cuando te subes así sobre mí, tan inocente y tan descarada a la vez.

—Bésame, Arthur.

—A sus órdenes, duquesa.

Se comieron a besos hasta que llegaron a la casa de Cavendish. Una vez en el dormitorio, Arthur tomó la iniciativa.

—¿Puedo desvestirte? —Estaba febril por verla desnuda.

—Sí… estoy deseando que lo hagas.

A pesar de su excitación Arthur prefirió no asustarla y se tomó su tiempo en retirar cada prenda con delicadeza, rozando su cuerpo contra el de ella en cada movimiento. Mientras lo hacía Lilian propuso:

—¿Puedo desvestirte, a la vez, yo a ti?

—Soy tuyo… y estoy rendido a tus deseos… puedes hacer conmigo lo que quieras, amor…

—Te amo, Arthur… ¿lo sabes?

—Sí, vida mía. Lo sé… Y yo a ti… Te amo, Lilian… Te he amado incluso cuando intenté dejar de hacerlo.

Los dos fueron quitando las ropas al otro. Cuando Lilian retiró la camisa a Arthur se quedó embelesada observando los músculos que se marcaban en su espalda y en sus brazos. Besó su piel con el roce de sus labios, unas caricias que eran puro fuego.

—¿Me ayudas con esta parte? —Lilian se detuvo posando la mano en la presilla de sus pantalones. Aquello ya era… territorio prohibido.

—Mi desvergonzada jovenzuela… —hizo alusión a cómo la llamó en su primer encuentro— adoro pervertirte… por lo que no… no pienso facilitarte las cosas —dijo malicioso—. Desabrocha mis pantalones… tú solita…

Lilian lo miró a los ojos, asumiendo el reto.

Se armó de valor y se acuclilló frente al duque.

A él se le aceleró el pulso al pensar que ella hubiese adoptado esa posición por iniciativa propia.

Se imaginó todas las obscenidades que una dama podía hacer a un hombre en esa postura.

La joven empezó a desabrochar el pantalón y lo deslizó hacia abajo.

Sus manos temblaban porque se intuía un gran bulto bajo la tela.

Dio un último tirón de la prenda y la enorme erección de Arthur rebotó firme una vez liberada.

Lilian cayó sobre su propio trasero ante el impacto visual de los atributos masculinos.

—Arthur… —exclamó alterada—. ¿Eso… eso es para mí? —preguntó con espanto.

—Eso me temo… —El duque creyó entender que no era suficiente.

—¡Eso es imposible! —Se echó las manos a la cara y se tapó los ojos, temiendo un gran dolor. Aquello no podía entrar en ella de ninguna forma humana—. ¡Es… enorme…!

Arthur se sacó los pantalones por los tobillos y, ya completamente desnudo, se acercó a ella. La envolvió en sus brazos.

—Me habías asustado, mocosa… pensé que era una queja hacia el tamaño.

—No sé de qué te ríes. Sobre eso precisamente basaba mi lamento.

—Iremos despacio…

—La velocidad no es precisamente lo que me da pavor… sino… las dimensiones de…

—No temas. La naturaleza es sabia, mi vida. Deja que siga su propio curso… Sin límites y…

—… déjate llevar… —acabó ella la frase por él y se sujetó a su cuello.

Arthur la besó de nuevo y ambos se rindieron a la fuerza inevitable de aquel amor que llevaba demasiado tiempo esperando ser desatado.

Lilian no se mostró como una inexperta sumisa.

Lejos de ello, pronto empezó a tomar la iniciativa imitando lo que él le hacía a ella.

¿Besarse en el cuello? ¡Eso también sabía hacerlo ella!

Se sentía poderosa al ver las reacciones del duque ante su descaro.

Pero su mente se nubló cuando él descendió por su cuerpo y se detuvo en sus pechos.

Con ambas manos jugó con ellos masajeándolos mientras su boca los succionaba.

Lilian arqueó su espalda y en su vientre se despertó una sensación extraña, pero ahora conocida, gracias a la otra noche que pasaron juntos.

Solo los jadeos le permitían recuperar el aire que parecía escapar de sus pulmones ante las expertas caricias de él.

Era maravilloso. No deseaba que se retirase ni un ápice de su contacto.

—Arthur… —gimió.

—No puedo detenerme… eres deliciosa…

—No lo hagas…

El duque abandonó los senos femeninos y capturó otra vez la boca de Lilian.

La joven estaba tan derretida por dentro y su mente tan nublada que no fue consciente del momento exacto en que él la tomó en brazos y la llevó hasta la cama.

Arthur la depositó con delicadeza, tumbándola boca arriba y después trepó por su cuerpo besándola sin descanso.

Deslizó una mano entre su intimidad, húmeda y anhelante, y se dedicó a prodigarle tiernas caricias.

En respuesta, ella arqueó la espalda y se aferró fuerte a las sábanas.

Llevaban tanto rato alimentando aquel deseo —sumando todos los besos y caricias compartidas desde el jardín del pecado, pasando por el carruaje hasta llegar a esa cama— que apenas les quedaban fuerzas para gritar de éxtasis.

El duque se posicionó en el centro de ella.

—Mi vida, voy a entrar en ti —le susurró—. Me siento el hombre más feliz de la tierra porque me otorgues este privilegio… Gracias, amor mío, por preservar este momento mágico para mí… por entregarte de este modo y por amarme como lo haces… Te adoro y te venero… te amo con todo mi ser…

Arthur se deslizó en su interior colmándola de placer.

Ni el breve instante de una punzada de dolor enturbió aquella arrolladora pasión.

La danza de sus cuerpos fue maravillosa y el hechizo del amor los envolvió hasta elevarlos a las estrellas y cruzar el firmamento con un profundo gemido de gozo que los hizo estremecer de pies a cabeza.

Saciados, se abrazaron intentando recuperar el aliento y volver a aterrizar en la tierra, después de haber estado en el mismísimo cielo. Lilian apoyó la cabeza sobre el pecho de Arthur.

—Gracias a ti, vida mía, por mostrarme lo que es realmente el amor. Por tu paciencia e insistencia en conquistarme y derruir todos mis muros, por luchar por mí hasta poder llegar a este momento. Me siento tan dichosa, tan viva…

Un par de lágrimas inesperadas hicieron aparición en las mejillas de Lilian.

—Así me siento yo a tu lado…

—¿El resto de nuestra vida será igual de maravilloso?

—¿Tienes ese pañuelo con el que me has tapado antes los ojos?

—Sí…

—Pues, te auguro que será aún mejor… —sonrió—.

Te enseñaré un par de cosas que podemos hacer con él mientras estamos en esta cama para hacer más maravillosa aún nuestra vida juntos —le dijo mientras acariciaba la fina piel que separaba los senos de Lilian—.

Incluso puede que algún día te vende yo los ojos a ti mientras nos amamos.

—Y… ¿Me enseñarás lo que ocultan las salas del Infierno Nocturno?

—Sí. Pero todavía no… Soy demasiado egoísta para no ser yo mismo quien te descubra todo lo relacionado con el placer.

Mi desvergonzada y atrevida jovenzuela, voy a colmarte de pasión y a beberme todos los gemidos de tu cuerpo, profanaré todos los rincones de tu piel y te haré mía de mil formas posibles, hasta dejarte sin aliento y agotarte a límites imposibles.

—¿Es una amenaza, duque?

—No. Es la consecuencia inevitable de amarte como te amo.