La misteriosa Lilian Rigby (Damas Insólitas nº 1) CAPÍTULO 21 #2
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CAPÍTULO 21 #2

—Cuando veníamos hacia aquí… —aclaró—. ¿Qué sentías?

—Nada. No veía por dónde íbamos, ni a dónde me traías… ¿Cómo iba a sentir algo?

—Y… ¿te gustaba esa sensación?

—No especialmente.

—Sé sincero, Arthur… ¿Dime realmente cómo te sentías cuando no sabías a dónde ibas y cuando no obtenías ni una simple respuesta por mi parte a tus dudas?

Arthur lo pensó un segundo, pero decidió ser sincero.

—Muy enfadado —reconoció al fin con un gruñido—. No entiendo por qué me has traído así, ni por qué tengo esta maldita venda aún en los ojos, ni por qué razón hablo yo más que tú, cuando se supone que eres tú quien debe convencerme a mí de que me amas…

—Enfado —apuntó ella—. Está bien… El enfado es un buen inicio. Sigue, Arthur, ¿qué más? ¿Qué más has sentido?

—Sinceramente… me siento estafado… Esto no es lo que yo esperaba…

—Estafado… —repitió ella—. ¿Alguna sensación más…?

—Incluso te estoy cogiendo algo de tirria, Lilian. Me estás exasperando… —reconoció también.

—Bueno, para un primer análisis es más que suficiente… con lo que has dicho me basta…

—¿Para qué?

—Para que entiendas quién era Lilian Rigby cuando me encontraste en el jardín del pecado.

Tú apenas has llevado esa venda puesta poco más de una hora y estás desquiciado.

Yo la llevé puesta ocho años, negándome a ver el mundo que me rodeaba.

Como tú ahora, yo estaba enfadada, rabiosa, exasperada, no entendía nada.

¿Por qué mi vida tenía que ser así? ¿Por qué mi padre me había privado del amor del señor Forrester?

Con una venda en los ojos se pasa por los caminos sin ver nada, sin saber hacia dónde vas, sin tener respuestas…

solo sientes desasosiego, miedo, angustia y enfado.

Y en ese momento de mi vida, cuando más perdida y confusa estaba, apareció un hombre que brillaba por sí mismo y empezó a abrirme los ojos, quitando de un zarpazo todas esas capas que me cubrían y que yo pensé que me protegían.

—Lilian hizo una pausa y luego le preguntó—.

Arthur, si ahora te quitase la venda y te hiciera mirar un cielo brillante, ¿qué sentirías?

El duque permaneció reflexivo un instante.

—Supongo que no podría mirarlo directamente… dolería… mis ojos deberían acostumbrarse primero…

—Tú eras ese cielo, Arthur… brillabas demasiado para mí… me dolías… debía acostumbrarme primero a ti…

—Pero elegías a Forrester…

—Jamás lo elegí a él, solo me aferraba a un recuerdo, a una fantasía…

Pero has de saber que reencontrarme con Luke Forrester ha sanado mi alma.

Gracias a ti comprobé que Forrester solo vivía en mi imaginación.

Pensé que mi amor estaba intacto, que mi corazón era suyo como lo fue el de aquella muchacha adolescente, pero cuando fui a su encuentro y estuve con él…

—suspiró— supe que todo aquello había muerto porque había florecido otro amor en mí.

Uno mucho más profundo, más maduro y más bello.

Ni tan siquiera sé por qué acudí a Manchester, supongo que fue pura inconsciencia, como la viuda Winter lo ha sido para ti estos días…

un arrebato de no sé qué locura, pero cuando estaba con Luke, solo pensaba en ti…

Porque ya era tuya… cuando fui a buscarle a Manchester ya era tuya al cien por cien.

—¿Por qué entonces me rechazaste una segunda vez… si ya eras mía como tú dices?

—Supongo que todavía no estaba preparada para quitarme la venda del todo.

—¿Y qué pasó para que ahora… hayas decidido desprenderte de ella?

—Porque… deseo vivir.

Arthur se quedó sin palabras. Buscó a tientas las manos de la joven y cuando las encontró las estrechó con las suyas. Luego las subió hasta localizar su rostro que acarició con ternura.

—Lilian… —susurró.

—Cuando has llevado una venda puesta durante ocho años y te has negado a existir, cuando te has convertido en una sombra de ti misma es muy difícil volver a confiar y volver a ver el mundo real.

No me ha sido fácil borrar esos ocho años de oscuridad y poder mirar hacia el futuro…

pero un testarudo duque se empeñó en sacarme de mi zona de confort, sacudió mis cimientos y puso mi mundo patas arriba…

Él la interrumpió:

—Te recuerdo que esa jovencita mocosa e impertinente también puso el mundo del revés de ese sufrido duque…

Lilian sonrió.

—Pero no solo eso… La enseñó a amar… y que ese amor inspira a vivir…

a perdonar, a superar los miedos y a luchar por él.

Siento mucho haber tenido que recorrer este largo camino en el que sé que te he hecho daño…

pero debía dar esos pasos para llegar hasta aquí, hasta darme cuenta de cuál era mi verdadero destino…

que no es otro que estar junto a ti, Arthur.

—¿Y Luke?

—¿Qué sucede con él?

—Tienes el corazón dividido, creo que yo solo formo parte de una pequeña porción de él.

—Envié una carta a Luke despidiéndome de él.

No era feliz a su lado porque tú eclipsabas mi mente a todas horas.

Ese testarudo duque ya corría por mis venas.

Entonces fui a casa de mi padre para informarle de que iba a casarme contigo porque te amaba…

y tras una intensa charla pude reconciliarme con él…

—¿Has perdonado a tu padre?

—Debía hacerlo para ser tuya, para poder ser una esposa digna de ti. Era necesario para acabar de sanar los jirones rotos de mi piel y lamer las últimas heridas que todavía me atormentaban.

—Tu padre debe estar encantado de que yo sea un duque.

—No… —Arthur se quedó extrañado por su respuesta—. Al contrario. Dice que prepares un buen discurso para convencerlo porque no me entregaría ni a un rey si no descubre que eres digno de mí… y que solo me desposará un hombre de honor que me ame hasta la médula.

—¿Dudas de que esté enamorado de ti?

—No… Pero todavía debo convencerte de que yo sí lo estoy de ti.

—¿Y cómo piensas hacerlo?

Lilian metió la mano en el bolsillo del duque, extrajo su reloj y miró la hora.

—Nos quedan cinco minutos para finalizar las dos horas de nuestra cita.

—¿Solo?

—Sí. Creo que, si a estas alturas aún no lo he conseguido, quizás haya perdido el desafío. ¿Te he convencido de que te amo?

Arthur seguía callado, evaluando todo lo que habían hablado.

—Sí, lo has hecho —contestó sin demasiado convencimiento—. Aunque no sé si te creo porque quiero creerte o te creo porque es verdad lo que dices.

—Quítate la venda.

Arthur deshizo el nudo del pañuelo y al fin su sentido de la vista cobró vida.

Lilian estaba preciosa frente a él, sentada en un banco de piedra, iluminada por el reflejo de la luna.

¡Dios mío que delicia de mujer! Hubiese saltado sobre sus labios carnosos en aquel instante, pero hizo un esfuerzo por contenerse.

En cuanto miró a su alrededor, comprendió dónde estaban.

—¿Me has traído aquí? —exclamó sin poder contener una sonrisa.

—¿Qué mejor escenario que aquí… donde todo empezó?

Arthur recorrió su vista por el jardín del pecado. A esas horas no había nadie y ellos estaban ocultos en un banco de piedra tras unos rosales.

—No puedo abrir mi corazón para que veas qué hay en él.

Si pudiera, lo sacaría de mi pecho y lo diseccionaría ante ti para que comprobaras que es tuyo por entero.

Pero no puedo hacerlo, por lo que debes confiar en mí cuando te digo que cada gramo de él late por ti, que cada latido dice tu nombre y que cada vez que tú estás a mi lado lo haces dar saltos de alegría.

Lo aceleras como un caballo de carreras y golpea tan fuerte que a veces me da miedo.

Porque no solo te amo, te deseo… y no solo te deseo, te necesito… porque sin ti… sé que no podré vivir.

Una lágrima brotó y descendió por la mejilla de Lilian. Arthur la secó con el pulgar y aprovechó para acariciar el rostro femenino y la atrajo hacia él.

—No eres mi segundo plato, Arthur. Eres mi todo. Me preguntaste por qué lloraba cada noche en Manchester… —lo miró a los ojos—. Era por ti…

El duque sintió su alma partida en dos mientras ella continuaba su relato:

—Te habías filtrado bajo mi piel, en cada fibra de mi cuerpo.

No podía sacarte de mi cabeza. Estaba en Manchester y lo único que hacía era echarte de menos.

Te deseaba a mi lado, necesitaba tu abrazo, tu calor, sentir todo tu ser junto a mí.

Cuando me salvaste de esos dos salvajes en aquel oscuro callejón, fue el único momento mágico en aquella ciudad.

Solo en esos minutos mi corazón fue dichoso y lo era porque estuve entre tus brazos.

Cuando me abrazas siento paz… siento que mi piel te pertenece y que solo tú eres digno de tocarla.

—Lilian, yo…

—Arthur… tú me protegiste. Salvaguardaste mi inocencia para que fuera solo tuya y yo deseo entregártela por entero.

Si tú quieres, seré tu esposa… —en ese instante, el semblante de Lilian se tornó serio—, pero desde que decidí serlo, desde que pensé que sería tu mujer…

tengo una extraña presión aquí dentro —se señaló el centro del pecho.

—¿Una presión?

—Miedo… mucho miedo…

—¿De qué, amor? —le preguntó el duque, acariciando su rostro.

—Porque no sé si seré digna de ser tuya, ni si seré capaz de hacerte feliz…

Arthur aproximó sus labios a los de ella y la besó. Fue un beso tierno y lleno de calma. Él se retiró lo suficiente y apoyó su frente con la suya.

—Ahora sé que me amas.

—¿Sí?

—Sí… porque es así. Amar da miedo… Nos vuelve vulnerables. Nos obliga a dejar el corazón en manos de otra persona y solo desear hacer feliz al otro. Pero podemos estar juntos en este viaje.

Lilian se abrazó a él y los dos se quedaron de ese modo unos instantes, reconciliándose con todos los temores, la frustración y el dolor pasado. Cuando se retiró, Lilian estaba llorando.

—¿Lloras de alegría o de pena porque vas a ser la esposa de un viejo verde? —dijo burlonamente, intentando hacerla sonreír.

—Duque arrogante, sabes que lloro de alegría… —dijo dándole un golpecito en la pechera.

—Mi mocosa testaruda, creo que conozco una forma bastante efectiva de borrar esas lágrimas de tu rostro.