La misteriosa Lilian Rigby (Damas Insólitas nº 1) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Un par de semanas después, el duque de Cavendish seguía manteniéndose alejado de todo y de todos, exiliado voluntariamente en su casa de campo. Necesitaba esa reclusión en sí mismo para poder pensar sin interferencias externas y decidir qué iba a hacer a partir de aquel momento con su vida.

Sus pensamientos daban muchas vueltas, pero siempre terminaban regresando al mismo lugar. A dos palabras que seguían grabadas en su alma con una intensidad casi dolorosa.

Te amo.

¿Cómo había sido Lilian capaz de pronunciar una declaración tan profunda si no lo sentía?

¿Qué demonios habría sucedido en Manchester?

¿Luke Forrester la habría rechazado?

¿Tan despechada se sentía que había decidido vengar su dolor entregándose a él, un hombre al que había jurado y perjurado no amar jamás?

Tras pasar días y días con aquellas cuestiones incendiando sus neuronas, llegó a una conclusión definitiva: no entendía absolutamente nada. Lo único que tenía claro era el escozor que le producía la crueldad con la que ella pronunció aquel te amo sin sentirlo realmente.

Cansado de darle vueltas al asunto, decidió dejar de elaborar elucubraciones insanas que no lo llevaban a ninguna parte y se propuso obtener respuestas más concluyentes. Regresó a Londres y envió una nota a casa de Lilian, citándola para verse en la pastelería Bowman.

A las cuatro de la tarde, allí estaban los dos, sentados en una mesa del fondo con dos tazas de café frente a ellos.

—¿Dónde has estado estas semanas? Estaba muy preocupada por ti —le preguntó Lilian.

—Lejos. Intentando comprender. Buscando respuestas, pero creo que solo tú me las puedes ofrecer.

—¿Respuestas a qué?

—¿Por qué de repente sí, Lilian? Me rechazaste en dos ocasiones, me hiciste creer que estaba todo perdido.

—Cuando te lo dije pensé que era así… no te engañé.

—¿Lo hiciste porque creías tener opciones con Luke?

—No.

—¿Entonces?

—Te rechacé porque creía no tener opciones contigo.

—Pero nunca me elegiste a mí… Siempre fue Luke por quien te decantabas.

—Fue Luke… en pasado —remarcó—. Pero ya no… De hecho, si lo pienso bien, nunca lo elegí a él… solo te rechazaba a ti.

Arthur se pasó la mano por la cara.

—Lilian… te seré sincero. Me siento tu segunda opción. ¿Por qué ahora has decidido aceptarme? ¿Por pena? ¿Caridad? ¿Por despecho a Luke? No sé por qué… pero no me creo que sea por amor.

—¿Sigues empeñado en no creerme cuando te digo que te amo?

—Sí… Desconfío de ti, Lilian.

Ella lo miró a los ojos.

—¿Qué debo hacer para que me creas?

—No lo sé. Supongo que no habrá nada que puedas hacer o decir para que no me sienta de esta forma.

Siento que estás jugando conmigo… cruelmente…

porque lo que hay en juego son sentimientos demasiado fuertes.

Sabes lo que siento por ti. Desde el primer día que te encontré en el jardín del pecado empecé a amarte…

tras esas gafas de sabelotodo y tu lengua afilada, me dejaste marcado de por vida…

—¿Me estás lanzando un desafío?

El duque arqueó una ceja.

—¿Desafío? —preguntó.

—Cuando te propusiste enamorarme me pediste cinco citas y yo te otorgué aquellas diez horas para que lo consiguieras. Hoy, soy yo quien te pide a ti una única cita y te convenceré de que mis sentimientos son reales.

—¿Y si no lo consigues?

—Seremos infelices los dos… pero si lo consigo, me pedirás de nuevo matrimonio.

Arthur intentó sonreír ante las rocambolescas ideas de Lilian.

—¿Matrimonio por tercera vez? —le recordó con un deje de sarcasmo.

—Pero esta vez, sabes que diré que sí… —rebatió con un brillo de esperanza en los ojos.

—¿Y qué piensas hacer en esa cita? ¿Dónde piensas llevarme? Porque te aseguro que ahora mismo tengo el corazón roto.

—Excelencia, permítame no confesar lo que tengo pensado para generar cierta expectación hacia la cita que tengo pensada.

Tan solo le diré que se deje llevar y, sobre todo, acuda sin límites ni en su mente ni en su corazón.

Le enviaré una nota a su casa indicándole el lugar y la hora de nuestro encuentro —informó divertida emulando el proceder del duque cuando era ella el objetivo de la conquista.

—Espere. Yo también expondré mis condiciones… —dijo él con retintín—. Su cita no superará las dos horas y no habrá visitas inesperadas a mi casa. Por otro lado, mantendré mi aspecto real en público.

Lilian no tuvo más opción que reírse, al descubrir que aquello sonaba totalmente ridículo dicho por otra persona. En cambio, cuando ella misma lo pronunció el día que expuso sus cláusulas parecía que estuviese recitando un evangelio sagrado muy convincente. Al verla reír, Arthur le preguntó:

—¿Le parece divertido, señorita Rigby?

—¡En absoluto! —exclamó—. Me ha puesto un listón muy alto.

Dispongo de dos horas para demostrarle que mis sentimientos hacia usted son reales, que lo amo con devoción y que es el único hombre con el que deseo casarme.

He de convencerle de que el gran amor de mi vida es usted y no Luke Forrester, cuando le había dicho incesantemente que usted no lo sería jamás.

Dispongo de dos horas para que se arrodille frente a mí y me pida matrimonio…

por tercera vez… —puntualizó—. Le aseguro que no es para nada divertido… Más bien es aterrador.

—Aun así… ¿acepta el reto?

—¿Acaso no confía en mis aptitudes? —le respondió con una sonrisa de medio lado.

***

Un par de días más tarde, Arthur recibió la nota de Lilian.

“Futuro esposo,

Recójame con su carruaje, esta noche a las once en mi casa.

PD: Lleve el anillo. Lo necesitará.

Lilian”

Arthur sonrió interiormente. ¿Qué travesura habría planificado Lilian? La amaba tanto que le dolía pensar que ella le hubiese confesado unos sentimientos que no existían. Estaba comprobando que eso era mucho peor que su rechazo.

A las once en punto, Lilian salió de su casa con una capa por encima de los hombros y se refugió enseguida en el interior del carruaje. El duque la miraba expectante.

—Y bien, ¿a dónde vamos?

—La dirección está escrita en este papel. ¿Serías tan amable de dárselo al cochero para que nos lleve hasta allí?

—Por supuesto. Hoy usted manda.

Arthur extendió el papel por la rendija para que el cochero lo leyera y guiara el vehículo en esa dirección.

Mientras tanto, en el interior, Lilian extrajo un pañuelo negro de su escote con movimientos lentos y sensuales.

Se acercó al duque y se subió a horcajadas sobre él remangándose la falda hasta los muslos. En respuesta él se tensó.

—Sin límites, excelencia… —susurró ella.

La respiración se le cortó. Tener a Lilian sobre su regazo lo estaba excitando y no era eso a lo que él había ido. No estaba dispuesto a poseerla ni a tocarla. Ella debía aclararle antes sus sentimientos y convencerlo. Usar sus encantos para seducirlo era juego sucio.

—Lilian… no… —se quejó.

—Shhhsss… —le hizo callar con un suave siseo. Después le ordenó con dulzura—. Por favor, cierra los ojos.

El duque obedeció a regañadientes. Lilian usó el pañuelo negro para taparle los ojos.

—Simplemente no deseo que veas a dónde nos dirigimos, solo eso.

—Pensé que ibas a…

—¿Desilusionado? —inquirió traviesa mientras se bajaba de encima suyo y volvía a sentarse frente a él—. Todavía no… pero te prometo que a partir de hoy disfrutarás de mí siempre que quieras porque soy tuya en cuerpo y alma.

Ambos se mantuvieron en sus asientos mientras el traqueteo del carruaje los mecía en silencio.

—¿Entonces no vas a decirme a dónde me llevas? —preguntó Arthur.

Ella no contestó.

—¿Lilian?

Ante su desconcertante silencio, Arthur volvió a insistir.

—¿Has escuchado lo que te decía…?

Ella seguía sin responder.

—¿Estás ahí? —preguntó al final, sospechando que posiblemente estaba hablando solo.

Ella simplemente le tocó el muslo y susurró:

—Sí…

¿Dónde lo estaría llevando? Juraría que había pasado por lo menos media hora … o quizás más…

—Lilian… ¿es posible que se haya equivocado el cochero? ¿Tan lejos está el lugar al que me llevas?

Arthur se estaba impacientando. Lilian nuevamente no contestó y él se enfadó.

—Lilian, es muy molesto que no me contestes… ¿lo sabes?

—Shhh… —le ordenó callar de nuevo.

Arthur hizo un mohín, se cruzó de brazos y hundió la espalda en el asiento.

Pasado un buen rato, volvió a preguntar.

—¿Así piensas demostrarme que me amas? ¿Sin hablarme siquiera?

—Su voz sonaba bastante molesta—. Deberías estar aprovechando cada minuto, o mejor dicho, cada segundo para convencerme de que es así, de que te deshaces por tocarme y que soy el único hombre que deseas en tu vida para el resto de la eternidad…

Pero Lilian se mantenía en silencio. Arthur gruñó.

Los minutos se le estaban haciendo eternos y sus nervios comenzaban a crisparse.

Desde luego no imaginó una cita de ese estilo.

¡Vaya porquería de plan! Estaba claro que si quería algo divertido debía organizarlo él mismo, porque aquello era tedioso a más no poder.

—¿Qué hora es? —preguntó confuso e irritado. Había perdido la noción del tiempo por completo.

—Shhhh…

—Lilian… estoy empezando a cansarme… —refunfuñó. A esas alturas ya estaba de muy mal humor y ya no se veía capaz de disimularlo.

La respuesta de la muchacha fue, otra vez, el mutismo.

Por suerte, unos minutos después el carruaje se detuvo.

—Hemos llegado —informó Lilian.

—¡¡¡Por fin!!! —exclamó. Jamás un trayecto en carruaje se le había hecho tan espantoso—. ¿Puedo quitarme ya la venda?

—No. Yo seré tus ojos fuera de este carruaje. ¿Confías en mí, Arthur?

Dudó unos instantes.

—No me queda otra… ¿O sí?

—Sabes que no… —le susurró ella con ternura.

Arthur escuchó cómo ella abría la puerta y bajaba, al tiempo que le sujetaba ambas manos.

—Baja con cuidado…

Él obedeció y, como un ciego, descendió a suelo firme. Notó que ella lo guiaba alejándose del vehículo. Se dejó llevar. Pronto percibió que bajo sus pies el suelo adoquinado daba paso a una hierba mullida por la que caminaron un rato hasta que Lilian lo invitó a tomar asiento.

—Siéntate y cuéntame cómo te has sentido.

—¿Qué? —preguntó Arthur sin entender la pregunta.