CAPÍTULO 20 #4
Los asistentes salieron tras la novia dejando la iglesia vacía en el acto. Arthur se quedó en su sitio, plantado en el altar, viendo cómo se despejaba el templo sagrado en segundos. Pero no todo el mundo se marchó. Una persona seguía ocupando su asiento.
Lilian Rigby. La única que no se había movido ni un milímetro.
Tras unos instantes en que se observaron en silencio, ella se acercó a él caminando despacio.
—Deberías estar agradecido por tenerlos de amigos.
—¿Te refieres a esos traidores?
—No me han dejado oportunidad alguna de interrumpir la boda… yo también iba a hacerlo…
—Después de esos tres, ya no quedaba mucho que añadir… Solo les ha faltado blasfemar que soy impotente… —bromeó sin ganas. Se sentía ridículo en aquel solitario altar, vestido de novio y abandonado por todos. ¡Él! ¡Todo un duque!—. Márchate Lilian, no es un buen momento, prefiero estar solo.
—Arthur… lady Winter no era la novia adecuada… si lo fuese no hubiese huido…
—Después de lo que han dicho esos idiotas… ninguna se habría quedado...
—Yo sí.
Él la miró a los ojos.
—Yo hubiese seguido adelante… y lo habría hecho a pesar de todo lo que han dicho tus testigos y el señor Henkins.
¿Por qué? —le sonrió—. Porque no me importaría que fueses un derrochador en el casino, pues te acompañaría a gastar todo nuestra fortuna al Infierno Nocturno si después prometieras llevarme a una de esas salas privadas para perdernos en el placer; tampoco me importaría que insinúen que estás chiflado o cantas a la luna llena, pues sé de sobra que lo estás, lo he podido comprobar de primera mano viéndote hacer mil locuras por mi culpa; y si tu padre fuera el señor Henkins te felicitaría por tener un progenitor tan dispuesto a luchar por tu felicidad, con la elegancia que él lo ha hecho.
El duque la miraba y escuchaba con atención.
—Arthur Westley, me enamoraste en diez horas… pero te amaré para siempre.
Tras decir esto, giró sobre sus talones y también salió de la iglesia. Arthur la vio marcharse y en la soledad del templo permaneció un largo rato, retumbándole en los oídos las últimas palabras que ella había pronunciado.
Esa misma mañana y todavía vestido con su traje de novio, Arthur abandonó la ciudad.
Montó su mejor caballo y fue en busca de refugió en su casa de campo, Caven Manor.
Si se quedaba en Londres asesinaría a cualquiera, empezando por su ayuda de cámara.
¡Maldito Henkins, esparciendo rumores de que era hijo suyo!
¡Un bastardo! ¡Un duque bastardo! ¿De dónde demonios había sacado semejante argucia para desprestigiarlo ante la viuda Winter?
Seguro que los folletines de sociedad ya se habían hecho eco de su fracaso matrimonial, de su probable ilegitimidad, de que era un tarado mental y un pésimo jugador de apuestas arruinado.
Lo que menos necesitaba en esos momentos era ser el centro de burlas, y sabía que a la sociedad le encantaban los rumores si eran recientes y denigrantes.
Horas más tarde, sentado en el salón principal frente a la chimenea, con una copa en la mano, pensó en cómo se había desarrollado el día.
Recordó a sus amigos y Henkins diciendo todas aquellas disparatadas cosas sobre él.
Sacudió la cabeza. Y volvió a pensar en ello.
Esta vez recordando la escena y cada detalle de lo sucedido...
de las caras del obispo, de las caras de la viuda Winter, de las reacciones de los invitados…
y fue entonces, cuando lo pensó seriamente, que se descubrió a sí mismo riéndose a carcajada limpia.
Tanto que hasta sus ojos se llenaron de lágrimas de tanto reír.
Realmente había sido un esperpento de boda: su ayuda de cámara hablando con su solemnidad habitual, lanzando aquel bombazo, como el que habla del tiempo, nombrando que tuvo un idilio con su madre y que él era fruto de ello.
Luego se imaginó a sí mismo subido a un tejado, desnudo y cantándole a la luna llena en mitad de la noche.
Entonces sus carcajadas se incrementaron más si cabe.
Después, pensó en su inseparable cachorro, su joven amigo Lennox que siempre lo seguía a todas partes buscando su protección, y ahora había sido él quien había intentado protegerlo, diciendo que era un jugador compulsivo y arruinado… ¡Malditos tres amigos!
Los amaba hasta los huesos, tanto como conseguían sacarlo de sus casillas.
Lilian tenía razón, tenía suerte de tener a tres personas como ellos en su vida.
Habían evitado una boda que estaba abocada al fracaso.
No solo no amaba a lady Winter, sino que era precisamente lo más opuesto a la mujer que él pudiera tener de compañera: egoísta, estirada, fría…
¿En qué había pensado para proponerle matrimonio?
Y luego estaba su mocosa testaruda que, mirándolo a los ojos, había jurado y perjurado que lo amaba.
¿Qué habría sucedido con Forrester para que ella decidiera de repente olvidarlo y conformarse con él?
¿El abogado le habría dado calabazas? Porque mientras Forrester fue una opción, él nunca fue el elegido.
Seguramente, la había rechazado y Lilian pensó que él podría ser una buena opción, igual que él lo hizo con la viuda Winter…
Debía ser eso… ¿Qué otra cosa sino?