La misteriosa Lilian Rigby (Damas Insólitas nº 1) CAPÍTULO 20 #3
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CAPÍTULO 20 #3

¡La estaba echando! ¡No podía ser cierto! Respiró profundamente y salió de la habitación, pensando que la vida de ambos sería un infierno a partir de ese instante si no conseguía hacerlo cambiar de opinión.

Media hora más tarde, el duque se hallaba en el altar flanqueado por sus dos padrinos.

De repente la música del órgano sonó y la novia hizo su aparición.

Una radiante viuda Winter recorrió el pasillo del brazo de su padre.

Una vez que los novios estuvieron uno frente al otro, el obispo dio inicio a la ceremonia, eso sí, sin perder de vista a la jovencita sentada en uno de los bancos.

La reconoció nada más volver a verla y supo con seguridad que interrumpiría aquella boda llegado el momento…

Se lamentó para sus adentros, pero siguió con su ensayado discurso ceremonial.

Acomodada al lado del señor Henkins, Lilian observaba la escena sin creerse que el duque se estuviese uniendo de por vida a una mujer que no fuese ella, y mucho menos con la viuda Winter, una dama por la que él no sentía ningún tipo de emoción.

Desde el altar, Arthur le lanzaba miradas fugaces, casi de reojo y con el alma en vilo, observando las lágrimas de impotencia de la muchacha que resbalaban por sus mejillas.

Entonces, llegó el momento que el obispo más temía. Miró a Lilian, temeroso, anticipando la tragedia.

—Si alguno de los presentes tiene algo que decir, que hable ahora o calle para siempre.

Para su sorpresa, la muchacha no llegó a abrir la boca. Antes, los dos padrinos del novio gritaron al unísono:

—¡YO! —estallaron Rockingham y Lennox.

El duque se volvió hacia ellos y los interrogó con la mirada. ¿Qué puñetas estaban haciendo esos dos boicoteando su boda?

Rockingham no esperaba que Lennox también hubiese pensado decir algo, y viceversa. Los dos amigos habían tenido la misma idea sin tan siquiera haberla compartido anteriormente. El conde, con un gesto de su mano, dio paso a Lennox para que fuese él el primero en hablar.

—Yo tengo algo que objetar. Lady Winter…

ha de saber que… —Arthur alzó una ceja, incrédulo por lo que tuviera que alegar su amigo.

O mejor dicho, ex amigo: Lennox era hombre muerto— el duque tiene enormes deudas de juego y es por eso que ha acelerado un matrimonio tan rápido con usted.

Desposándola adquiere la riqueza de su anterior marido y…

en fin, creí que debía saberlo antes de que fuera demasiado tarde.

Si decide seguir adelante con la boda, podría acabar en bancarrota.

La novia dedicó una mirada suspicaz a Arthur. Lo consideraba un hombre bastante cabal y no de los que gastaban su fortuna en una mesa de juego. Aun así, las dudas la asaltaron. El duque la miró y le aclaró:

—No crea una palabra de lo que ha dicho mi padrino… el cual, a partir de este momento, deja de serlo —dijo taladrándolo con la mirada.

Lennox bajó del altar y se sentó junto a Henkins y Lilian. Había hecho lo que había podido. Entonces Rockingham tomó la palabra.

—Lady Winter, ha de saber que el duque… —Arthur iba a matar a esos dos.

Y ya había pensado cuándo y dónde: después de la boda y antes del banquete, justo en cuanto saliera de la iglesia— tiene un problema muy…

grave. Algunas noches entra en delirios y sale al jardín desnudo y canta a la luna…

En ocasiones extremas ha llegado a subirse a algún árbol…

o incluso al tejado… y tiene arranques de ira peligrosos…

—¡Cállate, idiota! ¡No estoy loco! —gritó Arthur haciendo aspavientos.

Sin embargo, el tono y la manera en que lo hizo, dejaron a la novia todavía con más dudas sobre si la cordura del duque no era tal.

En ese momento, sí que parecía bastante descentrado.

Incluso le palpitaba una vena en la sien y tenía los ojos inyectados en sangre—. No haga caso a mis padrinos…

—Yo… ya no sé qué pensar —expresó lady Winter.

Arthur le susurró a Rockingham con los dientes apretados que se fuera del altar si no quería acabar con un ojo morado, e hizo un gesto a Henkins para que subiera a reemplazarlo.

Un padrino debería ser suficiente. Su fiel ayuda de cámara, se situó a su lado, con su solemnidad habitual: espalda recta, vista al frente y rictus imperturbable.

—Excelencia, qué gran honor poder ser su padrino de boda. Tranquilícese y acabemos con esta unión. Por un momento pensé que estaba todo perdido y que esos dos habían interrumpido para descubrir que usted es en realidad un simple bastardo, fruto de aquella noche de pasión entre su madre y yo.

La iglesia entera exclamó un tremendo «¡Ooooh!». La viuda Winter no sabía dónde mirar. Si de aquellas tres cosas, tan solo una de ellas era verdad, su vida sería un martirio.

—¿Se puede uno casar sin padrinos? —preguntó el duque al obispo mientras fulminaba a su sirviente con los ojos al rojo vivo.

Este volvió a su asiento, con su misma e inalterable expresión.

—No hará falta padrinos… —exclamó la viuda de repente—. No pienso seguir adelante con esta farsa.

Dicho esto, la novia se sujetó su falda, levantó la barbilla y salió de la iglesia ofendida y resoplando por la nariz. Sabía que no la amaba, pero que le hubiese ocultado informaciones de ese calibre era imperdonable.