CAPÍTULO 20 #2
—¡Lord Sheppard! —gritó Lilian al verlo—. ¡Necesito hablar con Arthur!
Lennox entornó los ojos intentando averiguar quién era la joven que preguntaba por su amigo. Le costó reconocerla, ya no se parecía en nada a la Lilian Rigby que él estaba habituado a ver, pero supo que se trataba de ella.
—¡Señorita Rigby! —exclamó—. ¿Qué hace aquí?
—¡Lléveme con Arthur! Por favor. Necesito hablar con él… urgentemente.
—Claro… claro… —le hizo un gesto al mayordomo como dando su consentimiento para que la dejara entrar—. Adelante. Sígame, por favor.
Lennox la acompañó por un largo pasillo mientras lo interrogaba.
—¿Con quién se casa? —preguntó Lilian.
—La viuda Winter.
—No puede casarse con ella.
—Lo sé… ya se lo hemos dicho.
—Debo detenerlo.
—Estoy de acuerdo con usted.
—Y… ¿Por qué no lo han hecho ya?
—¿Cree que nos escucha?
—No lo entiendo… ¿Por qué se casa con ella?
—Usted lo rechazó.
Lilian fue a responder algo, pero en cuanto abrió la boca la volvió a cerrar, pues el marqués puntualizó:
—Dos veces… para ser más exactos…
En cuanto llegaron frente a una puerta, el marqués la señaló y le dijo que Arthur estaba en aquella habitación.
Lilian entró sin tan siquiera llamar. Se encontró al duque sentado frente al tocador y a su valet acabándolo de afeitar, deslizando una navaja barbera sobre su gaznate y una capa de espuma blanca.
Rockingham, que también estaba en la habitación sentado en una silla, se levantó y se dispuso a salir de la habitación, en cuanto la reconoció, para dejarlos solos. Al pasar por su lado, murmuró:
—Una oportuna visita por su parte, señorita Rigby. Si hace falta átelo al poste de esa cama, pero no permita que vaya a la iglesia… —dijo antes de abandonar la estancia.
Arthur ni se inmutó por su presencia. Solo la observó una única vez a través del reflejo del cristal, después desvió la mirada y siguió hablando con su ayuda de cámara como si ella no estuviese presente.
—Henkins, rasúrame también las patillas —le pidió mientras ladeaba la cara frente al espejo.
El valet siguió con su trabajo, afanándose en el meticuloso afeitado de su señor.
Lilian se cruzó de brazos, molesta porque la estuviese ignorando por completo.
Carraspeó exageradamente. El duque volvió a mirarla por el espejo de nuevo un segundo y volvió a desviar la mirada, inmutable.
Cuando el sirviente hubo acabado con el afeitado, retirado el jabón y aplicado una loción refrescante sobre el rostro, dijo:
—Hora de vestirlo, excelencia. ¿Desea que lo haga en presencia de la dama que hay tras nosotros y que se empeña en ignorar?
Arthur lo fulminó con la mirada. Su descarado sirviente cada vez era más grosero.
—Considero que no sería adecuado que, el día de su boda, otra mujer, que no es su prometida, lo vea en paños menores… ¿No cree?
—Henkins… —lo llamó al orden.
—Intuyo, por cómo lo está mirando, que desea hablar con usted. Esperaré fuera hasta que acaben.
¡Perfecto! Sus dos amigos y su ayuda de cámara se habían escabullido de la habitación y lo habían dejado a solas con Lilian.
Al otro lado de la puerta, Lennox y Rockingham vieron cómo Henkins la cerraba tras salir y pegaba la oreja a la madera:
—¡¿Henkins?! —le reprendió Lennox—. ¿Espías al duque?
—Cállese y peguen también la oreja.
—¿Hablas en serio? ¿Crees que un conde y un marqués haríamos semejante bajeza?
—Schhhh… —chistó con un dedo frente a los labios—. Si no fuera por estas pequeñas cosas, la vida de un sirviente sería demasiado aburrida —se justificó—. Dejen la caballerosidad a un lado y den rienda suelta a su parte chismosa.
Lennox y Rockingham se encogieron de hombros y pegaron también la oreja a la puerta, quedando los tres pendientes de la voz del duque que había empezado a hablar.
—Gritas como una auténtica verdulera… —reprochó Arthur a Lilian haciendo referencia a cómo lo había llamado desde la puerta de la casa.
—No tuve otra opción. No me dejaban pasar.
—Ya estás dentro.
—¿No vas a girarte para que hablemos? —le recriminó. Él seguía de espadas a ella mirándola a través del espejo.
—No tengo tiempo que perder, Lilian. Por si no te has dado cuenta, hoy tengo cosas que hacer.
—Ya me he enterado… casarte con la viuda Winter.
—Exacto, en media hora… —apuntó mirando el reloj que había sobre el tocador—. O sea que será mejor que te marches y dejes que mi valet me acabe de vestir.
—¿Por qué?
—¿Por qué qué?
—¡Arthur! —no estaba para tonterías.
—Sabes de sobras por qué…
—No lo hagas…
El duque se echó a reír a carcajada limpia. Entonces, se puso en pie y se acercó a ella hasta quedar a una distancia mínima entre ellos.
—¿Por qué no debería hacerlo?
Lilian tragó saliva, levantó la barbilla y lo miró intensamente.
—Porque te amo.
¿Qué había dicho? Definitivamente debía estar perdiendo el oído porque había entendido algo que no podía ser cierto.
—¡¿Qué…?! —preguntó levantando una ceja.
Lilian lo miró con los ojos llenos de emoción y pronunció las mismas palabras.
—Te amo —repitió.
Arthur no dijo nada. Automáticamente, Lilian sintió un escalofrío helado y un miedo atroz. ¿Quizá ya era tarde? ¿Por qué él simplemente la observaba sin expresar nada?
Arthur se había quedado tan impactado que no podía mover ni un solo músculo de su cuerpo. En cuanto reaccionó, se retiró de ella y le ordenó que saliera del cuarto.
—Sal de aquí, Lilian.
—¿Has oído lo que te he dicho?
—Lo he oído demasiado bien, no soy sordo ni estoy tan mayor como para necesitar trompetilla —espetó con una mezcla de sarcasmo y enojo.
«¡Está enfadado!», pensó Lilian. No era para menos. Acababa de regresar de Manchester, después de haber estado citándose con Luke, el amor de su juventud, y le había pedido a él que la olvidase para siempre.
—Acabo de decirte que te amo… —volvió a insistir—. ¿Acaso eso no significa nada para ti?
—Te he oído, maldita sea… ¿Has venido a complicar las cosas?
—¿Yo? —exclamó ofendida—. Pensé que querrías oír lo que siento por ti.
—¡Pues no! No lo quiero saber. Y perdona, pero no te creo...
—¿No me crees? —Aquello sí que no se lo esperaba—. ¿Así reaccionas ante mis sentimientos?
—¡Oh!… —espetó con ironía—. Perdona si reacciono de forma poco convencional. Te has estado viendo con Luke Forrester durante más de una semana, intentando reconquistarlo ya que se trata de tu gran amor y… ahora me dices que me amas… ¿A mí?
Arthur se mantenía lejos de ella, necesitaba distancia.
Después del impacto de sus palabras, se había dado cuenta de lo que había sucedido realmente: se había convertido en el segundo plato de Lilian.
Ella rechazó su pedida matrimonial y, ahora, desengañada por algo que hubiese sucedido con Luke en Manchester, se arrojaba a sus brazos, al parecer queriendo volver con él.
Pero sabía que nada de lo que decía ella era cierto. Solo la movía el despecho hacia Luke.
—Sal de la habitación, Lilian —gruñó alterado.
—¡No!
—¡Sigues desafiándome en todo lo que ordeno! —le recriminó exaltado.
—No puedes casarte con ella.
Arthur ladeó la cabeza.
—Por supuesto que puedo y es lo que voy a hacer. ¿Quién lo va a impedir? ¿Tú? —El duque se echó a reír.
—Así es… —dijo dando un paso al frente, apoyando sus manos sobre sus caderas.
El corazón del duque se había cubierto de hermetismo.
Su orgullo herido rugía como un león: ¡Él no era el segundo plato de nadie!
No era una migaja que alguien pudiera aprovechar cuando no había nada más que comer en el plato.
Estaba tremendamente enfadado, iracundo.
Lilian evaluó su gesto y temió que, a pesar de confesarle sus sentimientos, él siguiese adelante con la boda.
—¡Cásate conmigo! —exclamó sin pensar.
—¡Vaya!... ¿De pronto has cambiado de opinión? ¿Ahora aceptas a un duque? ¿Qué ha pasado con el hombre con el que has soñado desde que dejaste de ser una niña? ¿Acaso ya no lo amas?
—Te he dicho que te amo a ti.
—Y ya te he dicho que no te creo. —Y sin poder ocultar su enojo añadió— No soy tan estúpido…
—A veces sí lo eres… ¿Cómo te atreves a opinar de mis sentimientos de esa forma? —inquirió molesta.
—Lilian, me importa un comino lo que haya pasado en Manchester para que ahora me pidas una segunda oportunidad, aunque para ser más concretos debería decir una tercera.
Ya he hecho bastante el idiota, me he arrastrado delante de ti en muchas ocasiones, pero el orgullo de un hombre tiene un límite, y en mi caso, se ha rebasado con creces.
De hecho, me has abierto los ojos: un matrimonio sin sentimientos puede resultar mucho más cómodo para los implicados… y eso es precisamente lo que deseo.
—No, no es lo que deseas, Arthur… Si te casas con ella… te arrepentirás… —dijo compungida. No sabía qué decir para hacerle cambiar de opinión—. Lo lamentarás cada día del resto de tu vida…
Arthur la miró con una sonrisa de medio lado.
—Finalmente, Lilian, puede que te salgas con la tuya… —dijo con desdén— quizás te tome como amante… es lo que querías y es lo que hacemos los hombres casados… buscamos una descarga fuera del matrimonio. Ya me dirás si estás disponible cuando te necesite… porque es lo único que quiero de ti.
—¡Maldito seas, Arthur! —Lilian lanzó su mano contra su mejilla, pero este agarró su muñeca al vuelo antes de que entrara en contacto con su rostro.
—No me hagas aparecer con la marca de tus dedos en el altar, preciosa.
—¿Pretendes hacerme daño?
—No… dejé de protegerte y de dañarte, ambas cosas al mismo tiempo.
—¿Pues qué pretendes entonces?
—Solo pretendo que te vayas de una vez…
Sin soltarla, el duque se dirigió a la puerta y la abrió. Se encontró a los tres hombres, pillados infraganti, trastabillando hacia delante. Los miró perplejo, se tragó varios improperios, y en su lugar dijo:
—Henkins, entra de nuevo y ayúdame a vestirme. Lennox, que preparen ya el carruaje, nos vamos en cinco minutos. Rockingham, acompaña a la dama a la calle, ya se marchaba… —ordenó soltando la muñeca de Lilian.