La misteriosa Lilian Rigby (Damas Insólitas nº 1) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

Lilian disfrutó unos cuantos días más en casa de sus padres aprovechando que habían aclarado aquel conflicto enquistado en el tiempo y que tanta tensión había generado entre ellos.

Sin embargo, también se moría de ganas por regresar a Londres y hablar con Arthur.

Finalmente, fue el viernes cuando se decidió a subir a un tren que la llevaría de vuelta a la capital.

En cuanto pisó el andén de Londres lo primero que hizo fue mirar la hora.

Comprobó que era demasiado tarde para hacer visitas.

Pero no pasaba nada. No había prisa, tenía toda la vida por delante para declararle su amor a los cuatro vientos.

«Mañana, Arthur Westley», pensó. «Mañana sabrás que seré tu esposa».

Tomó un carruaje de alquiler que la dejó en casa de tía Josephine. La mujer, al verla entrar al salón parpadeó varias veces, pasmada, al ver el renovado aspecto de su sobrina.

—¿Lily? —exclamó, perpleja, poniéndose en pie—. Estás muy cambiada.

—Sí, tía Josephine, lo estoy —la muchacha redujo distancias entre ellas.

—Tu pelo… ahora es rubio… —murmuró acariciando un mechón de cabello que escapaba de su recogido.

—Sí. Creo que me favorece este color. ¿No opinas igual, tía?

—Ya lo creo. Estás preciosa… —expresó con alegría—. ¿Y tus gafas?

—Ya no las necesito, tía. Ahora lo veo todo claramente.

—¿Cómo? ¿Ya no las necesitas?

—No. Nunca más.

—Oh, eso es fantástico… —exclamó con efusividad—. Incluso… tienes mejor aspecto.

—Estoy feliz, tía. Debe ser la felicidad la que me hace tener tan buen semblante.

—Sea por lo que sea, te ves radiante. Y ese vestido… ¡Santo Dios, te sienta de maravilla!

La muchacha dio una vuelta sobre sí misma para que su tía apreciara la bella prenda en su conjunto y lo bien que le sentaba.

—He comprado algunos vestidos nuevos, a partir de ahora, son los que usaré.

Tía Josephine le sonrió, dejó de hacerle preguntas y la envolvió en un caluroso abrazo. Por lo visto, la visita a la casa de sus padres había obrado algún tipo de milagro: la joven se había marchado como una flor marchita y, en cambio, había regresado como una magnífica rosa fresca.

Cenaron pronto y, enseguida, Lilian se metió en la cama para recuperarse del cansancio del viaje.

A la mañana siguiente, ya repuesta y con el ánimo por las nubes, Lilian se dirigió a la casa del duque dispuesta a confesarle sus sentimientos.

Al bajar del carruaje frente a la escalinata, se encontró con las puertas de la casa abiertas de par en par mientras un regimiento de lacayos y doncellas iban de un lado a otro cargados con ramos de flores, cajas, candelabros, piezas de vajilla…

¿Qué estaba pasando allí? Un sirviente casi la tira al pasar por su lado, llevado por las prisas.

—Disculpe, señorita —exclamó sin detenerse, pues llevaba una gran caja de madera entre las manos.

Otro sirviente casi la arrolla también y Lilian se echó a un lado para apartarse.

Subió la escalinata y se asomó al interior de la casa.

Aquello era un hervidero de actividad. Sin duda, se trataba de los preparativos de una gran fiesta: colgaban guirnaldas de flores por doquier.

La joven preguntó a una doncella que pasaba por su lado a un paso tan rápido que apenas la vio.

—¿En honor de qué es la fiesta? —preguntó Lilian.

—La boda del duque… —soltó y siguió adelante sin detenerse, para seguir con lo que fuera que estuviese haciendo.

Lilian se quedó atónita. Tardó en reaccionar. ¿Había oído bien? No. No podía ser… Se trataría de algún amigo de Arthur, otro duque, que celebraba su boda en aquella casa. Detuvo a un lacayo, cogiéndolo del brazo.

—¿Quién se casa?

—Señorita, apártese de en medio, tenemos mucho trabajo que hacer… —se zafó de su agarre y siguió adelante.

«Uffff», suspiró frustrada. Fue directa a otra doncella que estaba colocando un centro de flores en una mesa.

—¿Quién se casa?

—El duque, señorita.

—¿Qué duque?

La doncella la miró como si fuera tonta. ¿Cómo que qué duque? Resopló molesta por la interrupción.

—El duque de Cavendish.

Lilian se quedó blanca. Se pellizcó el brazo y sintió dolor. ¡No! ¡Aquello no era un sueño! ¡Era una pesadilla! De repente, el aire no le llegaba a los pulmones, se sintió marear y pensó que aquello no podía estar pasando. ¿Qué había sucedido? Debía hablar con él inmediatamente.

—¿Dónde está? ¿En su despacho, en su habitación…?

—Señorita, su excelencia no está en casa… ya ha salido… —dijo acabando de ahuecar el ramo tras colocar algunas flores más.

¡Maldición!

—¿Dónde se casa?

—En la iglesia Saint Joseph.

Ni se despidió. Lilian salió a la carrera.

Si se daba prisa aún podía detener aquella boda.

Empezó a correr por las calles levantándose los bajos de la falda para no tropezarse.

¿Dónde estaban los coches de alquiler cuando se necesitaban?

Ni uno solo apareció en esos momentos en su camino.

No le importó. Corriendo de esa forma llegaría casi tan rápido como si fuera montada en uno de ellos.

La iglesia de Saint Joseph no estaba lejos, aunque el temor de llegar demasiado tarde hizo que el trayecto le pareciese eterno.

Para colmo, un resbalón sobre unos adoquines húmedos provocó que se cayera al suelo y se rasgara el codo y la rodilla.

No había tiempo para mirarse las heridas.

Se levantó, y sin tan siquiera agradecer a los dos caballeros que habían acudido a ayudarla, siguió corriendo como si no hubiera un mañana.

¡Por fin!

Al fondo de la calle vio el perfil de la majestuosa iglesia. Un último esprint y llegó frente al gran pórtico. Abrió la puerta al tiempo que escuchaba unas aterradoras palabras provenientes del altar que le helaron la sangre en las venas.

—…que hable ahora o calle para siempre.

—¡NOOOOOOOOOOOOOO! —bramó Lilian con el poco resuello que quedaba en sus agotados pulmones.

La iglesia, abarrotada con unos doscientos invitados, se volvió hacia el berrido que acababa de interrumpir la ceremonia. Cuatrocientos ojos se posaron expectantes sobre la mujer parada frente al portón. Lilian respiró profundo y gritó de nuevo:

—¡ESE HOMbrE ME AMA A MÍ Y YO LO AMO A ÉL! ¡Detengan esta boda inmediatamente!

Con las fuerzas que le quedaban corrió por el pasillo central de la iglesia hasta llegar al altar.

No supo cómo no se cayó al suelo o chocó con alguna decoración floral, ya que venía tan cegada por el sol que sus ojos aún no se habían acostumbrado a la penumbra interior de la iglesia.

Sin embargo, cuando sus pupilas se adaptaron y pudo ver a los novios… quiso morirse.

¿Quiénes eran?

La novia miraba furibunda al novio y le estampó el ramo sobre la cabeza.

Este, sin dar crédito a lo que estaba pasando, miraba incrédulo a Lilian preguntándose quién era esa chiflada que había aparecido de repente confesando que lo amaba.

Mientras, la madre de la novia se acababa de desmayar y un hombre a su lado la abanicaba para que volviera en sí.

El único que pudo hablar fue el obispo, quién tampoco salía de su asombro ante la escena que tenía delante.

—¿Ama a este hombre? —preguntó con circunspección, señalando al susodicho.

De nuevo cuatrocientos ojos se posaron sobre Lilian esperando su respuesta.

—Yo… yo… no…

Deseó que la tierra la tragase.

—¿Y por qué ha interrumpido la boda? —se quejó el obispo.

—Pensé que se trataba de otra boda… La del duque.

—Ah… —dijo con calma—. Señorita, esa boda se celebra a las once.

—Y… ¿Qué hora es ahora?

—¡LAS DIEZ! —exclamó la iglesia al unísono.

¡Perfecto! Lilian pensó que aún tenía una hora de margen. Debía encontrar a Arthur antes de las once, descubrir con quién demonios iba a casarse y obligarlo a anular esa boda. Se volvió hacia los asistentes.

—Gracias por su valiosa información… —Después se dirigió a los novios y al obispo—. Lamento este insignificante malentendido… pueden seguir como si nada hubiese pasado… Ah… y… felicidades, mis mejores deseos… Adiós.

Y salió corriendo de nuevo de la iglesia.

¿Dónde diantres estaba Arthur? Debía regresar a su casa y averiguarlo.

Otra vez ni un solo carruaje, por lo que tuvo que realizar otra vez el trayecto a la carrera.

Agotada, y sin apenas poder hablar, entró en la casa del duque e interrogó a todo aquel con el que se cruzaba, hasta que un sirviente le informó que el duque estaría en casa del marqués de Lennox o del conde de Rockingham, acabándose de preparar.

Con las señas de dónde vivían los dos amigos de Arthur, Lilian se dirigió a las caballerizas y le pidió a un mozo de cuadras que le preparara un caballo.

Este le contestó que no podía hacerlo sin permiso del duque.

Normal, aquel mozo no la conocía de nada. ¡Maldita sea! Otra vez a correr.

Por suerte, unas cuantas manzanas más allá, un coche de alquiler pasó por su lado y pudo detenerlo.

Dio al cochero las señas de la casa de Lennox.

Un cincuenta por ciento de posibilidades de acertar con el paradero de Arthur.

En cuanto llegó a la casa del marqués, preguntó al mayordomo que le abrió la puerta, si el duque se encontraba allí.

—Sí, miladi, pero tengo órdenes expresas de que no se le moleste bajo ninguna circunstancia.

—Dígale que Lilian Rigby está aquí.

—Lo siento, cumplo órdenes. Será mejor que vuelva más tarde.

—No pienso marcharme… ¡AAAAAARTHUUUUUUUR! —gritó mirando hacia las ventanas de arriba como una posesa.

—¡¿Señorita?! —el mayordomo abrió los ojos aterrado. Aquella mujer gritaba como un general a punto de entrar en batalla. ¡Menudo vozarrón!

—¡AAAAAARTHUUUUUUUR! —volvió a desgañitarse—. Déjeme entrar o gritaré hasta que me escuche él y toda la ciudad… ¡AAAAAARTHUUUUUUUR!

El mayordomo no sabía qué hacer con aquella desquiciada que se había propuesto armar un escándalo. Afortunadamente, Lennox no tardó en aparecer en el vestíbulo.

—¿Qué sucede aquí? —preguntó al ver a su sirviente frente a una dama despeinada, con sangre en el codo y con las faldas del vestido cubiertas de suciedad.