CAPÍTULO 19 #2
—Nada, padre, de verdad. Solo me apetecía regresar a casa y compartir unos días con ustedes. Y por cierto, antes de que se me olvide, tía Josephine les manda saludos y buenos deseos de salud.
—Oh, Tía Josephine siempre tan atenta. Es un cielo de mujer —comentó su madre—. Pero pasa, Lily, no nos quedemos en la puerta. Vendrás muy cansada del viaje. Sube a tu habitación y yo avisaré a alguna doncella para que te ayude a asearte y ponerte cómoda. La cena se servirá en apenas una hora.
—Gracias, madre.
Durante aquella cena, Lilian consideró que no era el momento de sacar a relucir el asunto que la había llevado allí. Hacía meses que no se veía con su familia y prefirió disfrutar de una velada agradable antes de remover los trapos sucios.
A la mañana siguiente Lilian consideró que ya era el momento adecuado para afrontar la situación. Se dirigió al despacho de su padre. Le temblaban las manos como si volviese a tener quince años y fuese de nuevo a buscar explicaciones sobre Luke.
—Padre… —dijo asomándose tímidamente por la puerta—. ¿Puedo hablar con usted?
—Claro, Lily, adelante.
El señor Rigby se puso en pie y le señaló la silla que había frente a su escritorio, invitándola a tomar asiento.
—¿Seguro que no interrumpo? —preguntó insegura.
—No, cariño… No estoy haciendo nada tan importante que no pueda atender más tarde.
Lilian entró, se sentó y se frotó las manos sobre su regazo. Le sudaban. Definitivamente estaba nerviosa. Su padre lo notó y se propuso ayudarla.
—Cuéntame, ¿de qué quieres hablarme?
—Es algo delicado. No sé por dónde empezar.
Igor Rigby se mesó la barba. Ya intuía que la visita inesperada de su hija no respondía a que necesitase un simple respiro. Con dulzura, preguntó:
—¿Qué te parece si empiezas por el principio?
Lilian carraspeó, se recolocó en el asiento poniendo recta la espalda y le mantuvo la mirada.
—Voy a casarme con un duque.
A su padre se le desencajó la mandíbula. Le costó unos segundos recomponerse de aquel shock revelado a bocajarro.
—¿Ese es el principio, cielo?
—Creo que he empezado por el final…
El padre soltó una carcajada.
—Eso me parece.
—Supongo que la noticia debe hacerle soberanamente feliz. Es lo que usted quería. ¿No? —expresó con cierta rabia contenida en sus palabras.
Su padre tensó la espalda. De nuevo aquel tono que tan bien conocía. El del reproche. Pero intentó no perder las formas, así que continuó hablando obviando aquella puya.
—Todavía no lo sé… no sé de qué duque se trata.
—¿Acaso importa?
—Siempre importa.
—El duque de Cavendish —informó ella.
—No lo conozco —Igor Rigby se mesó la barbilla, pensativo—. Por tanto, no sé si es lo que quiero para ti. ¿Por qué no ha venido él a pedir tu mano?
Lilian sonrió con sarcasmo.
—Después de mi último pretendiente, supongo que igual teme su reacción.
Segunda puya.
Su hija tenía ganas de continuar removiendo el pasado. Un pasado que a él mismo le carcomía, pero que prefirió ocultar para no herir el tierno corazón de su hija enamorada. Maldijo mil veces en silencio que aquel ruin de Luke Forrester hubiese puestos sus ojos en ella.
—¿Es necesario volver a hablar del señor Forrester? —preguntó su padre molesto.
—Nunca entendí que fueras tan cruel con él… y lo alejaras de mi vida…
Cada acusación de esas clavaba un puñal en su corazón de padre. Amaba tanto a su hija que tuvo que hacer lo correcto años atrás, a pesar de desilusionarla enormemente.
—De aquello hace ya mucho tiempo. ¿Por qué volver a hablar de ese hombre? ¿No estabas hablándome de un duque con el que piensas casarte?
Lilian se puso en pie y sintió que las lágrimas iban a aparecer en sus ojos, pero respiró hondo para evitar que eso sucediera.
—No tenías derecho, padre… —Miró a Igor desde lo alto y habló con determinación—. Recientemente he contactado con Luke Forrester y he estado hablando con él. Sé lo que hiciste. Sé que lo amenazaste para alejarlo de mí y que incluso le pagaste para que se marchase y no volviera nunca más a verme.
—¿Has hablado con el señor Forrester? —preguntó su padre, perplejo.
—Así es. Trabaja como abogado en Manchester. Sé que también avalaste su acceso a la universidad y corriste con los gastos.
—¿Todo eso te lo ha contado él? —su padre desconfió de que aquel ruin fuera tan sincero.
—Bueno… no todo… Algunas cosas las he averiguado por… por… otros medios —titubeó un poco. Aquellos datos estaban en el informe que le había proporcionado Arthur.
—Ya me extrañaba a mí que ese tipo te hubiese contado la verdad —dijo Igor.
—¿La verdad? —preguntó Lilian, confusa—. ¿Cuántas verdades hay en este asunto, padre?
—Siéntate de nuevo y hablaremos serenamente. Ya no tienes quince años y ya no eres frágil, más, si has decidido casarte con otro hombre.
Lilian fue consciente de la postura tan amenazante que había adoptado, inclinada hacia adelante sobre el escritorio y alzando la voz. Reculó y se sentó de nuevo, avergonzada por su impetuoso comportamiento. Su padre respiró profundo antes de hablar.
—¿Te contó el señor Forrester qué tú eras la tercera jovencita a la que pedía matrimonio?
Lilian fue a replicar algo, pero el impacto de tal revelación provocó que cualquier argumento muriese en su garganta.
¿La tercera?
Su padre notó la conmoción en su rostro y siguió explicándose:
—Ese hombre era un buscavidas. Nació en una familia humilde y se prometió a sí mismo no pasar miseria como habían hecho sus padres.
A través del administrador para el que trabajaba tenía acceso a muchas familias pudientes, entre ellos nosotros, y se dedicó a cortejar a varias muchachas con el objetivo de poder emparejarse con algún aristócrata para mejorar su situación…
—No puede ser cierto…
—La hija del conde de Thorne y la hija del vizconde Wartson fueron las anteriores a ti. Sabes que eran amigos míos y estaba al corriente de lo que ocurría en sus casas. Forrester buscó un corazón inocente, cielo… lamento que fueras tú… pero ese hombre no te amaba a ti… amaba mi dinero.
Un par de lágrimas descendieron por las mejillas de Lilian. Su padre se acercó a ella y secó con sus propias yemas la humedad de su rostro.
—No llores, pequeña… —susurró a su lado—. Le di lo que él amaba. Cuando Forrester vino a pedir tu mano, le di mi dinero… pero le dije que jamás conseguiría mi mayor tesoro, que eras tú.
—Padre…
—Tenías quince años, cariño… y apenas sabías lo que era el amor… No quise que supieras lo que era la maldad que pueden esconder algunos hombres… Sé que te rompí el corazón, pero no supe otra forma de salvaguardarlo, porque ese hombre te lo hubiese destrozado…
—Entonces… ¿Luke no me amó? —se sentía tan traicionada.
—No me costó mucho convencerle de que te dejara tranquila y se largara con el bolsillo lleno de billetes para él y su familia.
Sí, lo soborné. No me siento orgulloso, pero lo hice.
Le garanticé un buen futuro asegurándole que podría estudiar en la universidad que él escogiese.
Debo reconocer que es un hombre inteligente que supo jugar bien sus cartas… Finalmente, consiguió lo que quiso.
—¿Por qué no me contaste la verdad?
—Pensé que lo olvidarías… que solo había sido un amor de juventud y que se te pasaría enseguida. Pero me equivoqué. Sé que has sufrido mucho y lo siento… Pero ¿qué debía hacer?
—Pero… padre, yo le he culpado todos estos años… a usted… no a él…
—Lo sé, cielo… pero preferí que me culparas a mí, incluso que me odiaras, a entregarte a ese hombre que solo buscaba mi fortuna.
Lilian se llevó las manos al rostro y lloró. El padre la tomó de los brazos, la levantó de la silla y la abrazó.
—Perdóname, hija mía. ¿Cómo iba a permitir que ese canalla te hiciese eso? Yo cargué con la culpa porque era mi deber protegerte, y lo seguiré haciendo una y mil veces… No permitiré que nadie te haga daño, jamás.
—Siempre creí que lo rechazó porque no era aristócrata, porque no lo consideraba suficiente para mí…
—Y no lo era… no era suficiente para ti —dijo él con convicción—. El caballero que te despose deberá ser un hombre de pies a cabeza, con honor, digno de confianza y, sobre todo, que te ame… si no, no daré mi bendición a tu boda.
—Pero Arthur Westley es un duque…
—Me da igual que ese tal Westley sea un duque o un maestro de escuela… ¿Todavía no has entendido que lo único que quiero para ti es tu felicidad y un hombre que te ame hasta la médula?
—¡Oh, padre! —exclamó Lilian abrazada a él, llorosa, pegando su mejilla al amplio torso paternal.
—¿Amas a ese duque?
—Sí, padre.
—Pues tráelo aquí y que hable conmigo. Solo cuando lo conozca y me convenza de que te ama por encima de él mismo, le daré tu mano.
Lilian sonrió entre llantos. Esta vez su padre daría su consentimiento. ¿Quién mejor que el duque de Cavendish para convencer a Igor Rigby de que amaba a su hija?
—Lo traeré, padre. Conseguiré que digas que sí.
—Eso está por ver… —rebatió burlón—. Adviértele que prepare un buen discurso, no soy un padre fácil que entrega a su única hija a cualquiera.