CAPÍTULO 19
Obligados y de mala gana, Rockingham y Lennox acompañaron a Arthur a un baile. Había sido tan persistente que terminaron cediendo por puro agotamiento. Y allí estaban los tres, en un rincón de la fiesta cogiendo copas de la bandeja de un camarero que pasaba por su lado.
—¿Nos vas a decir de una maldita vez por qué nos has arrastrado a esta fiesta? —farfulló Rockingham.
—Voy a prometerme con la primera mujer que me acepte esta noche.
—¡¿Qué?! —exclamaron al unísono sus dos amigos—. ¿Estás loco?
—Cualquiera me sirve. Me tomaré dos o tres copas y pediré a cualquiera de esas —movió su mano recorriendo el amplio espacio de la pista— me sirve. Tengo una licencia especial en casa. En menos de una semana me casaré, después engendraré un heredero y acabaré con esta agonía.
—¿Y qué hay de Lilian Rigby? —preguntó Lennox.
—Al infierno con ella… En mi matrimonio no quiero nada de sentimentalismos. Eso lo único que trae son problemas.
—Caven, estás enfadado. Te mueve la ira, ¿lo sabes? Vas a casarte con cualquiera, solo porque estás dolido por el rechazo de la mujer que amas.
—Ya no la amo.
—¡Ja! —espetó Rockingham—. Que estés herido, o jodido, porque ella no te quiera no significa que tú no la ames.
—Lilian está en Manchester recuperando al hombre de sus sueños y él está encantado con seguirle el juego. Yo en esa ecuación sobro, me ha quedado clarísimo.
—Estás consumido por los celos y no piensas con claridad. Será mejor que nos vayamos a casa —insistió Lennox.
—¿Celos? Soy capaz de mantenerlos a raya. Ella dejó clara su elección y ahora yo debo dejar clara la mía. —Miró por encima de los asistentes y preguntó a sus amigos—. ¿Me recomendáis alguna en particular?
—No —espetó Rockingham seriamente—. No voy a participar en este disparate de cazar una mujer a la desesperada.
—No estoy desesperado —se defendió Arthur.
—Lo sé. Estás resentido —le aclaró—. Y me temo que eso es mucho peor.
Arthur acabó su copa de un trago y la depositó en la bandeja de un camarero al tiempo que recogía dos más. Con una copa en cada mano miró desafiante a sus dos amigos y se las bebió una tras otra de un solo trago.
—¡Enfadado y borracho! Buena combinación para solucionar tus problemas —le recriminó Lennox.
—Mientras los solucione, me importa un pimiento mi estado.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Preguntar a cualquiera de ellas si acepta ser tu esposa antes de acabar la semana? —preguntó Rockingham.
—Correcto. Ese es el plan.
—¿Y crees que alguna dirá que sí? Todo el mundo sabe que has estado cortejando a Lilian Rigby. Si ahora pides matrimonio a otra dama, comprenderá de inmediato que solo buscas una sustituta. Y ninguna mujer desea ocupar ese lugar.
—¿Quieres que lo comprobemos? —preguntó Arthur alzando una ceja mientras cogía otra copa. La cuarta. Esta también se la acabó de un trago—. Estoy convencido de que habrá más de una dama dispuesta a cambiar unas cuantas ilusiones románticas por un flamante ducado.
—No es necesario convertir esto en una cuestión de orgullo. Quema esa licencia especial y, cuando estés centrado, elige una esposa. Ese es mi consejo.
—Un sabio consejo que no voy a seguir por una razón irrefutable: no me apetece.
Estaban tan enfrascados en la discusión que no se dieron cuenta de que una dama se había acercado a ellos.
—Buenas noches, caballeros —saludó la viuda Winter batiendo las pestañas con coquetería. Llevaba los labios pintados de rojo carmesí y un precioso vestido a juego que se ceñía a su cuerpo como un guante. Sus pechos se marcaban sinuosos y tentadores por el escote.
Arthur dio un paso adelante y extendió su brazo caballerosamente.
—Buenas noches, lady Winter. Qué bella casualidad coincidir con usted en esta fiesta. Me pregunto si le apetecería bailar.
La dama se sujetó a su brazo y aceptó su invitación. Cuando los vieron alejarse hasta perderse entre el resto de bailarines, Lennox miró a Rockingham.
—Rock, ahí va la futura duquesa de Cavendish.
—Lo sé, Lennox —suspiró—. ¡Maldito cabeza hueca! Va a arruinarse la vida.
Apenas habían sonado tres compases cuando el duque le preguntó a la viuda:
—Lady Winter, estoy buscando esposa y sería para mí un honor que usted fuera mi duquesa.
La mujer se echó a reír pensando que el duque estaba bromeando. Ningún caballero en su sano juicio proponía matrimonio a los treinta segundos de una conversación.
—Y para mí sería un honor serlo, excelencia —le siguió el juego.
—Perfecto. Tengo una licencia especial. El sábado a las once nos casaremos en la iglesia Saint Joseph. ¿Le parece bien?
—Por supuesto. ¿Le parece que envíe esta misma noche las invitaciones o puedo esperar a mañana? —bromeó.
—Mañana estará bien —respondió él, impasible.
—¿Invitamos a la reina? —siguió la viuda, divertida con aquella absurda conversación.
—El sábado tiene una recepción en palacio, no estará disponible. Nos casaremos sin ella.
—Entiendo. Prefiere una ceremonia íntima.
—Eso es.
La viuda se echó a reír de nuevo.
—Por suerte, mis padres están en la ciudad.
—Mejor. Mañana iré a solicitar a su padre permiso para nuestro enlace. Sé que es usted viuda y no lo necesitamos, pero, aun así, creo que es una deferencia de cortesía entre caballeros.
—Claro, no vaya usted a empezar mal con su futuro suegro. Mañana mismo iré a la modista a elegir mi vestido de novia. Ah… y un ajuar para la luna de miel —volvió a sonreír.
Entonces se dio cuenta de que su pareja de baile no se había reído en ningún momento… ¿Estaba hablando en serio?
—¿Tendrá tiempo la modista? Pague lo que haga falta para que esté todo a punto para el sábado. Me haré cargo de la factura.
La viuda se detuvo en mitad de la pista y lo miró con los ojos como platos.
—Excelencia… ¿Es… está hablando en serio?
—Por supuesto. ¿Pensaba que estaba bromeando?
—¡Evidentemente! —soltó incrédula.
—Nunca he hablado tan en serio, lady Winter.
La dama sintió que sus mejillas se teñían de rubor. ¡¿El duque de Cavendish le acababa de proponer matrimonio?! ¡¿A ella?! Siempre le había parecido un hombre atractivo y además era… ¡Un duque!… Por el amor de Dios, ¿quién rechazaría semejante oferta?
—Pensé que se trataba de una simple broma, una ocurrencia divertida.
—¿Bromeaba usted cuando me dijo que sí?
—Sí… No pensé que fuese una propuesta formal.
—¿Entonces me está rechazando? Si es así, le ruego que disculpe mi descarada proposición.
Arthur hizo ademán de girarse, cuando la viuda lo sujetó del brazo y él se volvió.
—Acepto.
Una sonrisa se curvó en los labios del duque.
—Bien. Entonces, todo lo demás ya está hablando. Prepare un vestido, un ajuar, mande las invitaciones que considere oportunas y nos veremos el sábado a las once en la iglesia de Saint Joseph. Mañana iré a visitar a su padre para pedir formalmente su mano.
La cabeza de la viuda era un torbellino de pensamientos, pero el que más sobresalía era que el sábado se convertiría en… ¡Duquesa! Una sonrisa iluminó su rostro.
—Todo dicho. Hasta el sábado, excelencia.
Cavendish caminó hasta sus dos colegas, como quien regresa de un campo de batalla victorioso y sin haber recibido un rasguño.
—No hagáis planes para el sábado. A las once en la iglesia Saint Joseph. Os necesito de padrinos. Ya nos podemos ir —dijo al tiempo que cogía otra copa y se la acababa de un tirón.
***
A la mañana siguiente Lilian abandonó Manchester tras enviar la carta de despedida a Luke Forrester.
Aquel escrito, nacido de lo más profundo de su ser, simbolizaba un antes y un después, un entierro imaginario de su amargo pasado.
Viajaba en un tren en dirección a la casa de sus padres porque, antes de regresar a Londres y poder confesar sus verdaderos sentimientos a Arthur, debía perdonar a Igor Rigby.
Aún no sabía cómo iba a abordar el asunto, pero debía hacerlo, ya que era la única manera de encontrar la paz que necesitaba para seguir con su vida.
El rencor albergado en su interior durante los últimos ocho años había sido demasiado fuerte y había hecho mella en su espíritu.
Necesitaba borrar ese sentimiento, eliminarlo por completo, si quería volver a sentir su alma ligera, libre y dichosa.
Y, de ese modo, poder amar sin barreras.
A través del cristal, el paisaje pasaba veloz, pero entre los árboles y la campiña solo veía la imagen de Arthur.
Lo necesitaba como las olas al mar o el cielo al sol.
En cuanto llegara a Londres iría a verlo y le rogaría que la perdonara por haber estado tan ciega.
Le pediría que volviera a proponerle matrimonio y esta vez no pensaba rechazarlo.
Sonrió al ver su propio reflejo en el vidrio.
Estaba feliz. Inmensamente feliz y no podía borrar la sonrisa de su cara.
Arthur había sido el único hombre que había visto más allá de su horrible disfraz y ella ahora veía más allá del hombre.
Lo veía como alguien tan especial que incluso le daba miedo no ser digna de ser suya, de ser su duquesa, de ser la mujer de su vida…
¿Lograría una simple muchacha como ella hacerlo feliz?
A partir de ahora era lo único que deseaba y pondría todo su empeño en conseguirlo.
Llegó a casa de los Rigby aquella misma noche. Como no había dado aviso de su visita, tomó por sorpresa a sus padres, que se preocuparon en cuanto la vieron entrar.
—¿Cómo es que has venido? —preguntó Augusta, su madre—. ¿Estás bien, Lily? ¿Ha sucedido algo? ¿Tía Josephine?
—Tranquila, madre —dijo Lilian saludándola con un beso en la mejilla—. Estoy aquí porque necesitaba un respiro y salir de Londres unos días. Tan solo eso.
—Podías habernos enviado una carta —señaló su padre que también se acercó a ella para saludarla con otro beso.
—Habría llegado yo antes que cualquier misiva. En realidad, ha sido una decisión bastante espontánea —comentó la muchacha.
—¿Seguro que no ha pasado nada? —insistió Igor Rigby, al que no le parecía un comportamiento habitual de su hija.