EPÍLOGO
Arthur salió del despacho de Igor Rigby con la cara desencajada. Lilian lo esperaba en el pasillo desgastando las baldosas del suelo de tanto caminar en círculos, aguardando el veredicto de su padre, aunque segura de que daría al duque su mano en matrimonio.
—¿Y bien? —le preguntó Lilian al ver el rictus descompuesto de Cavendish al cerrar la puerta tras de sí.
—No ha dicho que sí… —expresó incrédulo.
—¿Ha dicho que no?
—Tampoco… —se encogió de hombros sin saber a qué atenerse—. Dice que antes de decidirse tiene que hablar contigo.
—¿Qué? —inquirió desconcertada.
—Eso ha dicho —aseguró el duque.
—¿Sabes qué ha podido pasar?
—Ni idea. Lo he hecho lo mejor que he podido…
Lilian empezó a temblar. ¿Sería su padre capaz de volver a rechazar a su pretendiente? Era imposible que lo hiciese con el duque de Cavendish. Arthur Westley era el hombre más honorable que existía y la amaba hasta la médula. ¿Qué más quería su padre?
Intrigada, accedió al despacho. Encontró a su padre secándose las lágrimas con un pañuelo que enseguida guardó en el bolsillo de la chaqueta con cierto disimulo.
—Hija mía, siéntate. Esto es más gordo de lo que pensaba —expresó Igor con congoja.
—Padre, me está asustando… ¿No le parece suficiente el duque para mí?
—Hija, me parece demasiado…
—¿Cómo? —exclamó sin entender nada.
—Ese hombre te ama con locura, por encima del bien y del mal.
Me ha confesado un amor que no es de este mundo.
El muy sinvergüenza me ha hecho llorar con su maldito discurso de enamorado.
¡Canalla sentimental! ¡Ha tocado mi fibra sensible como nadie lo había hecho!
¡Hasta Cupido debería pedirle permiso antes de lanzar sus flechas!
—¿Entonces cuál es el problema?
—El problema ahora eres tú, hija mía. Si no amas a ese hombre con la misma intensidad que él lo hace contigo, no permitiré esta boda.
Porque si no lo amas a su mismo nivel, ese hombre sufrirá.
Se merece una mujer que lo venere, que lo respete y que desee hacerlo el hombre más feliz de la tierra cada día de su vida.
Que lo ame más allá de la razón y que anteponga su dicha a la de él.
Que, a pesar de las dificultades de la vida, encuentre la forma de no dejar que ese sentimiento se deteriore y perdure para siempre…
—Padre… —lo interrumpió— ¡Moriría por él!
—exclamó Lilian emocionada—. Pero moriría igualmente si no le concede mi mano.
Lo amo… porque vio en mí lo que nadie más veía, porque él es mi luz, porque sin él no imagino la vida, porque sé que cuidará de mí, porque será un padre amoroso para nuestros hijos, porque es dulce, cariñoso y…
y es tan cabezota… que no permitiría que dejara de amarlo jamás…
igual que yo no permitiré que él deje de hacerlo conmigo…
Por favor, padre, permita que nos casemos.
—¿Eso es lo único que tienes que decir?
—No traía nada preparado…
—Se nota, hija… ¡Qué decepción! En fin, no es que tu discurso esté mal…
pero lo tacharía de bastante mediocre después de haber escuchado el de él.
Te aseguro que el suyo era infinitamente mejor.
Pura poesía nacida del corazón, una auténtica obra maestra romántica…
A su lado, el tuyo parece una nota de agradecimiento —volvió a sacar el pañuelo y se lo pasó por los ojos.
Lilian lo miraba impaciente esperando la respuesta final de su padre.
—¿Entonces? ¿Podré casarme con él?
—Sí, Lily… tenéis mi bendición para casaros.
Lilian se levantó de su asiento y se abalanzó sobre su padre para abrazarlo. Para ella era muy importante contar con su aprobación.
—¿Puedo decirle a Arthur que sí, padre… que usted ha aceptado?
—Por supuesto, no le hagas esperar más… o iré yo mismo a decírselo.
La joven salió en tropel del despacho y saltó a los brazos del duque. Este la cogió en volandas y le preguntó:
—¿Esa alegría es…?
—Sí… es un sí…
—¡Gracias al cielo! Debo haberlo hecho fatal para que hayas tenido que entrar tú misma a salvar la situación de nuestro enlace.
—Al contrario, loco enamorado, lo has hecho tan rematadamente bien que me has hecho quedar a mí en muy mal lugar.
Arthur elevó una ceja, arrogante.
—Entonces… ¿serás mi esposa?
—Sí.
—Excelente. Ya hemos cumplido con las formalidades. ¿En qué planta está tu habitación?
—¡Duque! ¿En casa de mis padres?
—Da gracias que no te tumbo sobre esta alfombra y te subo las faldas.
Se inclinó sobre ella y la besó.
—¿Tanta prisa tienes porque te dé un heredero? Ese era el motivo que te llevó a buscar esposa, ¿no?
—Era… —aclaró—. El heredero llegará cuando tenga que llegar… pero mis prioridades han cambiado desde que tú vas a ser mi duquesa. Desnudarte y llenarte de besos, colmarte de caricias y saciarte de placer han pasado al primer lugar.
—Me gusta su nuevo orden de prioridades, excelencia.
—¿Incluso aunque las piense en casa de tus padres?
—Acabo de prometer que antepondría tu dicha a mi dicha, o sea que si eso te hace feliz a ti… tendré que sacrificarme… —dijo con una sonrisa picarona.
—Un gran sacrificio por tu parte…
—Una auténtica tortura, duque, pero lo haré exclusivamente por ti —casi no podía evitar la risilla que se le escapaba por lo bajini.
—Qué altruista. ¿Tú a cambio no recibes nada, ya sabes… cuando te tengo entre mis brazos?
—Unas míseras chispas de lujuria, regadas con pasión y finalizadas con un éxtasis glorioso… Podré soportarlo.
—Pues no se hable más… Diríjame a sus aposentos, mi amada duquesa.
—Primera planta, segunda puerta a la derecha. Aunque tengo una alternativa… mejor.
—¿Cuál?
—Hay una pequeña cabaña abandonada. Era del guardabosques y está muy cerca de aquí. Tendremos más privacidad y…
El duque la cortó en seco:
—¿A qué hora se sirve la cena en esta casa?
—¿Por?
—Por qué hasta esa hora no pienso dejarte salir de la cabaña del guardabosques.
FIN
“Una reseña no cambia la vida de un lector,
pero puede cambiar mucho la vida de un libro.
Las palabras de otros lectores ayudaron a que esta historia llegara hasta ti.
Ahora está en tus manos seguir la cadena”.
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