CAPÍTULO 18 #2
—Te seguí a la estación de trenes y… puedes imaginarte el resto…
—¡Arthur! —le reprochó llevándose las manos a la cabeza—. ¡Esto es… es increíble! ¡¿Cómo has podido?!
—Hay cosas más increíbles… Como oírte llorar cada noche y no poder hacer nada para aliviar tu dolor. ¿Qué te pasa, Lilian? ¿Por qué lloras cada maldita noche hasta quedarte sin resuello antes de dormir?
—¡¿Eras tú?! ¡Tú me oíste llorar y dejaste aquella nota!
—¡Claro que fui yo! Estoy en la habitación contigua a la tuya. Es difícil no oírte cuando pego la oreja a la pared.
—¿Pegas la oreja a mi pared? —Si la pincharan no le sacarían ni una gota de sangre.
—Solo hasta que descubrí que con un vaso entre la oreja y el tabique se escucha mejor… Ahora uso el vaso.
—¡Ay Dios mío! ¿Te estás oyendo? —Lilian movió las manos al aire haciendo aspavientos—. ¡Estás loco de remate, Arthur!
—Alguien debía protegerte… y ese Luke te ha dejado sola en medio de una ciudad que no conoces, en vez de acompañarte hasta el hotel… ¡¿En qué demonios pensaba ese imbécil?!
—He sido yo quien le ha pedido que se fuera y que me dejara sola.
—¡Eso ya lo sé! Lo he oído perfectamente.
Lilian cada vez estaba más estupefacta. El duque había estado siguiendo sus pasos mientras ella no era consciente de nada.
—¿Has oído mis conversaciones con Luke? —preguntó furiosa con los ojos echando chispas—. ¡Arthur!
—Solo algunas… a veces habláis demasiado bajo o estoy demasiado lejos para hacerlo...
«Puestos a reconocer su paranoico comportamiento, mejor hacerlo a lo grande», pensó Arthur.
Lilian se llevó las manos a la cabeza. Aquel hombre había sobrepasado todos los límites imaginables. Las líneas rojas que ninguna persona decente debería traspasar con otra. ¿Qué debía hacer con él?
—¡Esto es indignante, Arthur! ¿Esta es tu forma de dejarme tranquila? ¡Rechacé tu anillo! ¡Prometiste no volver a molestarme nunca más!
—No te estoy molestando… —se defendió como un niño pequeño, alegando un motivo totalmente absurdo—. Si no hubiera sido por el peligro que corrías con esos dos borrachos asquerosos, ni tan siquiera te hubieras enterado de que te perseguía...
—¡Oh! Todo lo que dices es tremendamente disparatado … ¡Pareces un auténtico chiflado!
—¡Ya sé lo que parezco! No estoy tan loco como para no ser consciente de mi propia locura ¡Está bien!… ¡Lo siento…! —se disculpó al fin de mala gana—. Llevo días queriendo marcharme, dejarte seguir con tu vida, pero…
«No consigo hacerlo», Arthur se lamentó internamente.
—¿Pero…? —le forzó ella para que siguiera hablando.
Arthur se mantuvo callado. Lilian lo observó esperando su respuesta y entonces se sobresaltó al ver que el duque se apretaba el brazo con la mano. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Una mancha oscura y roja en su chaqueta.
—¡Estás herido! —gritó Lilian con horror, tapándose la boca con la mano.
—No es nada…
—¡Arthur, estás sangrando!
—Es solo un rasguño —intentó tranquilizarla—. Me costó horrores que ese maldito borracho soltara el arma.
—Déjame mirarte esa herida…—pidió asustada.
—No… No te preocupes por esto, estoy bien. Lilian, si estoy aquí, si te he estado siguiendo es porque está claro que alguien debía protegerte.
—Arthur, por favor. Debes poner fin a esta sinrazón.
Ya te dije una vez que dejaras de otorgarte ese papel, no necesito a nadie que me proteja…
quizá, si de algo he de protegerme, sea de ti…
de tu locura, de tu intromisión, de tu osadía colándote en mis asuntos privados…
—El tono de enfado de Lilian iba en aumento.
—Creo que será mejor que dejemos esta conversación. Discutir en mitad de la calle no es lo más adecuado. Regresemos al hotel y...
Lilian lo miró incrédula por su propuesta.
—No. No vas a volver conmigo al hotel —le indicó seriamente.
—No pienso dejarte sola, no después de lo que acaba de pasarte.
—No te necesito, Arthur. Estoy bien… —se mostró inflexible—.
Afortunadamente, y gracias a tu oportuna intervención, la agresión de esos tipos ha quedado solo en un susto.
Te agradezco que me hayas salvado, más de lo que puedas imaginar, pero ahora lo único que necesito es que te alejes de mí y que me dejes en paz.
No puedo ni mirarte a los ojos. Has invadido mi espacio, mi intimidad…
Creí que eras un hombre confiable, de palabra…
ahora ya no sé ni qué pensar. Además, creo que dejé claras mis intenciones matrimoniales hacia ti.
—Sí… eso dijiste… pero pensé que…
—¡No! —lo cortó en seco—. ¡Basta y mil veces basta! No voy a casarme con un duque… —le recordó por enésima vez—. Y… y tú me rechazaste como lo único que puedo ser tuyo… como tu amante… ¿Qué futuro tenemos entonces?
—Te lo diré una y mil veces, te quiero como mi…
—No… —volvió a cortarlo—. Márchate a Londres, Arthur… deja de seguirme y olvídate de mí…
—¿Olvidarme de ti? Me pides un imposible.
—Confío en tus aptitudes para hacerlo.
Arthur dio un paso al frente y acortó distancias. Enmarcó el rostro de la joven entre sus manos y la miró a los ojos.
—Cásate conmigo, aparca tu maldito orgullo y deja de rechazarme.
—Cada día te superas más en tus pedidas de mano… —dijo sarcástica—. Esta es la más romántica de todas…
—No estoy para romanticismos. Sé que en algún rincón de tu corazón estoy yo.
Cásate conmigo y, con toda la vida por delante, te prometo que lo conquistaré por entero.
Me he tragado mi orgullo para volverte a pedir matrimonio, te dije que no era hombre que pidiera las cosas dos veces, y aquí estoy, frente a ti de nuevo, volviendo a pedirte humildemente que me aceptes…
Humillado ante ti, porque sé que has venido a recuperar al amor de tu vida, y en cambio yo solo soy alguien a quien te empeñas en despreciar…
—Pues deja de hacerlo, Arthur. Deja de comportarte como un perturbado mental porque lo único que consigues es lo opuesto. Ahora mismo no deseo tenerte cerca… Te pido por favor que me dejes de una vez por todas…
Arthur la soltó.
—¿Es lo que quieres? Porque ya estoy cansado de darme de bruces contra una pared, contra una muralla que te has empeñado en levantar entre nosotros.
Lilian no contestó. ¿Era lo que quería? ¿Qué opción tenía sino? El duque esperó unos segundos en los que ella no pronunció ni una palabra, pero le mantenía la mirada. Se acercó a ella y le volvió a preguntar.
—Entonces, ¿es lo que quieres? Si me dices que sí, me tragaré mis sentimientos y me iré ahora mismo. Mírame a los ojos y dímelo, Lilian. ¿Quieres que me aleje de ti para siempre?
La joven se acercó a él y con ojos vidriosos afirmó con la cabeza.
—No me sirve, Lilian. Necesito oírlo de tus labios. Dilo y me marcharé. En caso contrario no me moveré de tu lado mientras viva.
Lilian respiró hondo.
—Márchate… —murmuró con un hilo de voz.
Frustrado y con todo el dolor de su alma, Arthur aceptó su derrota.
No era quien para desmontar el cuento de hadas que Lilian estaba viviendo.
¿Cómo interponerse entre una mujer enamorada y un hombre del calibre de Luke Forrester?
Debía aceptar la realidad, dejar de hacerse daño y regresar a Londres.
Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó un puñado de billetes. Sujetó a Lilian de la muñeca y depositó en la palma de su mano el dinero. Apretó los dedos de la muchacha uno a uno para que los sujetara, quisiera o no quisiera. Luego la miró a los ojos.
—En cuanto llegues al hotel habla con el director y pídele que te proporcione un acompañante para tus desplazamientos. No vuelvas a ir sola por esta ciudad… Nunca… ¿Me oyes? —le dijo en tono firme—. Y si necesitas más dinero, pídemelo…
Sin dejarla responder, detuvo un carruaje y ordenó al cochero que la llevara al Richmond.
Con el dinero entre los dedos, Lilian miró el vehículo y después a Arthur. Él se limitaba a ejecutar aquellas acciones con el rostro endurecido y una decepción en su mirada que no se esforzaba en ocultar.
Con un nudo en la garganta, Lilian subió al carruaje. Cuando tomó asiento, él cerró la puerta. A través de la ventanilla lo miró por última vez. Arthur seguía allí, de pie en mitad de la calle, sin hacer el menor gesto para despedirse.
El cochero hizo restallar las riendas y los caballos echaron a andar.
Lilian continuó observándolo a través del cristal mientras la distancia aumentaba entre ellos. Arthur se fue haciendo cada vez más pequeño y difuso, hasta desaparecer en la lejanía… Y con él también sintió que desaparecía una parte de ella.
No hubo lágrimas ni despedidas. Arthur solo sentía enfado e impotencia... y el dolor de un alma rota.
Mientras tanto, el carruaje ocupado por Lilian comenzó a alejarse de él.
La muchacha, todavía en shock por lo que había sucedido, por la rapidez e intensidad de los hechos, evaluaba su estado de ánimo.
Estaba muy afectada… asustada aún, pero también enfadada, furiosa, humillada…
tantas cosas a la vez… que era imposible definirla con una sola emoción.
Pero sobre todo se sentía ultrajada. Jamás se imaginó que Arthur la hubiese espiado de aquella forma.
Había violado su intimidad inmiscuyéndose sin permiso en sus asuntos más privados.
Aquello no era ético, estaba fuera de lugar, no era perdonable…
Y sin embargo… solo recordaba el instante exacto de estar entre sus brazos y el alivio que experimentó cuando la rescató de aquellos dos salvajes.
¡Quizá la loca era ella!
¿Cómo podía tener tamaña confusión dentro de su cabeza?
Se mecía en un mar de contradicciones. ¿Qué estaba haciendo en Manchester citándose con Luke cuando su corazón solo latía con fuerza en presencia de Arthur?
¿Por qué tenía que ser tan intenso y visceral lo que sentía por el duque, cuando no podía permitirse ser su esposa?
¿Por qué no había sentido nada de eso por Forrester, con quien sí podría casarse y vengarse a la vez de su padre?
Cuando llegó al hotel se encerró en su habitación. Necesitaba silencio para recapacitar y tiempo para que las ideas se aclararan. El enojo aún enturbiaba su cabeza.
***