La misteriosa Lilian Rigby (Damas Insólitas nº 1) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Durante los siguientes días, Luke y Lilian tuvieron dos citas más en las que Arthur siguió metido en su papel de espía fisgón. Por más que se lo propuso no fue capaz de alejarse. Una fuerza irresistible lo obligaba a velar por ella.

La primera de las citas consistió en un agradable paseo por el centro de la ciudad, donde Luke le preparó una ruta turística por los lugares más destacados.

La segunda, estaba teniendo lugar en ese instante.

Habían compartido una excelente comida en un lujoso restaurante y luego habían paseado por un parque cercano.

En esos momentos, se estaban despidiendo.

Luke hizo un gesto cariñoso a Lilian. Acarició su mejilla y tomó su mano para besársela, sosteniéndola más tiempo del necesario.

Arthur hizo un gran esfuerzo por reprimir sus impulsos de saltar sobre él y reventarle la cabeza.

¡Esa mujer era suya! ¡No se tocaba! Apretó la mandíbula para rebajar su impotencia y su rabia creciente.

Debía alejarse de aquello, porque ver cómo Lilian progresaba en su relación con Luke lo tenía herido de muerte.

Apoyado en una pared cercana, como si estuviera tomando el fresco y fumando un cigarrillo, Arthur intentó oír lo que se decían:

—¿Podremos vernos mañana, Lilian? —preguntó Forrester—. Estrenan una obra de teatro que me encantaría ver juntos.

—Sí, puedo quedar. E ir al teatro me parece un buen plan, Luke.

—¡Perfecto! —exclamó—. Lilian, estoy muy feliz de habernos reencontrado.

—Yo también.

Arthur quería vomitar, aquello se estaba poniendo demasiado empalagoso. Puso los ojos en blanco y procuró mantener la mente fría.

—Te acompaño a tu hotel —se ofreció Luke cortés.

—No hace falta —respondió Lilian—. Prefiero ir dando un paseo. Además, necesito hacer algunas compras.

—Me encantaría ir contigo y ayudarte con esos recados, pero debo regresar enseguida al juzgado —dijo mirando su reloj—. Siento no poder acompañarte, pero he de volver al trabajo… las obligaciones no perdonan.

—No pasa nada, lo entiendo.

—Mañana. Te recogeré a las ocho. Estoy deseando volver a verte.

—Hasta mañana, Luke.

—Hasta mañana, Lilian.

Arthur se incorporó de la pared donde estaba apoyado, tiró el cigarrillo al suelo y, tras pisarlo con más fuerza de la necesaria —como si el pobre cigarro fuera el cuello de Luke Forrester—, se dispuso a seguir a la joven.

Verla caminar desde atrás le ofrecía unas privilegiadas vistas del contoneo de su cuerpo…

¿Cómo podía esa mujer embriagarlo de tal forma?

Podría seguirla hasta el fin del mundo como un perrillo faldero.

Unas calles más allá Lilian detectó un par de tipos borrachos. Hizo ademán de cambiar de acera para evitar cruzarse con ellos. Los dos hombres la miraban con lascivia y empezaron a lanzarle piropos de muy mal gusto.

—Guapaaaa… —dijo uno de ellos.

—Guauuuu… —dijo el otro relamiéndose—. Vaya tetas…

—¿Dónde vas tan solitaria, guapa?

—Ven aquí, nena… ven a hacernos compañía… tenemos algo para ti —dijo el otro al que se le escapó una risa tonta.

Lilian aceleró el paso. Miró a su alrededor y sintió miedo. No había nadie y los dos borrachos fueron a su encuentro cortándole el paso.

—No, no… guapa… esas no son maneras de tratar al bueno de Archie…

Lilian no respondió, intentó seguir su camino procurando sortearlos, pero entonces habló el otro, el más rechoncho de los dos.

—Me estoy poniendo cachondo de solo mirarte, eres el regalo del día… Un regalito para Norbert y Archie —hizo un amago para cogerla.

Lilian lo esquivó y echó a correr, pero él la atrapó y la metió a un callejón. Los dos hombres la acorralaron y la apoyaron contra la pared. Uno de ellos sacó un cuchillo y se lo puso en el cuello.

—Súbete las faldas, guapa… que voy a rellenarte como a un pavo el día de Navidad —dijo Archie echándole su asqueroso aliento a la cara.

—¡Suéltame! —chilló muerta de miedo ladeando el rostro.

—Nada de gritos, guapita… —apretó su agarre— o este cuchillo se clavará en tu lindo gaznate. ¿Lo comprendes, cara bonita?

El otro se echó a reír.

—Fóllatela de una vez… y pásamela…

Lilian estaba temblando. El filo del cuchillo se le clavaba angustiosamente en el cuello y temía que, si daba un paso en falso, si intentaba gritar o si osaba defenderse, esos dos la degollarían allí mismo.

—¡Súbete las faldas! —le ordenó Archie con más énfasis esta vez.

Lilian sujetó su vestido y empezó a subirse los bajos lentamente. La mano del maleante, la que no sujetaba el arma, se coló entre sus muslos y sintió náuseas. Cerró los ojos y rezó porque todo sucediera deprisa.

De repente, aquella asquerosa mano ya no rozaba su piel. También la presión del cuchillo en su yugular había desaparecido. Abrió los ojos. Un hombre golpeaba a Archie con dureza. Tirados por el suelo, forcejeaban y se lanzaban puñetazos por doquier.

Norbert se acercó a Lilian y la retuvo contra la pared para que no se escapara. La agarró fuerte de las muñecas colocándolas por encima de su cabeza.

—Tú no vas a ningún lado. En cuanto acabemos con este pequeño imprevisto, seguiremos por donde lo habíamos dejado.

Lilian pensó rápido. Era ahora o nunca.

—¿Por qué esperar a que acabe el imprevisto, Norbert…? —murmuró la muchacha sorprendiéndolo—. Podrías ser el primero en probarme, antes que Archie… ¿Siempre te deja para el último? ¿No te gustaría ser el primero esta vez…?

El borracho, obnubilado por la lascivia, decidió seguir sus insinuaciones. Soltó sus muñecas.

—Arriba las faldas y abre bien las piernas. Veo que eres una maldita zorra y que vas a disfrutar como una puta calenturienta.

—Sí… eso es lo que voy a hacer.

Norbert comenzó a desabrocharse el pantalón y Lilian se subió las faldas.

En cuanto lo tuvo a tiro, le pegó un rodillazo en sus partes íntimas y el granuja se dobló sobre sí mismo.

Tirado en el suelo, Norbert se lamentaba de dolor.

Lilian bendijo mentalmente a Arthur por los consejos que le dio aquel día para igualar sus fuerzas a las de un hombre.

Por fin, pudo separarse de la pared dispuesta a salir corriendo de allí, pero cuando vio que Archie seguía luchando contra su atacante, no se lo pensó dos veces: cogió una barra que había tirada en el suelo y le asestó un golpe en la cabeza.

El borracho cayó desplomado sobre el otro hombre.

Su salvador se lo quitó de encima y Lilian... ¡Casi se desmaya!

—¡Arthur! —exclamó echándose al suelo junto a él.

El duque se incorporó con molestias por todas partes, observó a su alrededor y comprobó que aún no estaban fuera de peligro. Norbert los miraba con odio al tiempo que se retorcía y sacaba una navaja de su bolsillo. Arthur la sujetó del brazo con fuerza y tiró de ella hacia arriba.

—Salgamos de aquí ahora mismo…

Abandonaron aquel callejón a la carrera y no se detuvieron hasta llegar a calles más concurridas. Arthur se apoyó contra una pared atrayéndola hacia él, apresándola entre sus brazos.

—Tranquila, cielo, estás temblando… —susurró con ternura.

Lilian se abrazó a él. Necesitaba sentirlo, saberse a salvo y protegida entre su cuerpo.

—Ya ha pasado… —la tranquilizó murmurando cerca de su oído mientras besaba su cabello y lo mesaba entre sus dedos. Fue el roce más delicado que jamás un amante había ofrecido a una mujer. Lilian se dejó acunar mientras él le dedicaba esos gestos.

Entonces, él pronunció dos palabras con suma dulzura.

—Estoy aquí…

Dos simples y míseras palabras, pero que obrando un milagro en el interior de Lilian: se sintió por fin…

en el cielo. Era como volver a casa tras un largo viaje.

Una claridad absoluta apareció en su corazón.

Experimentó una inmensa paz en lo más profundo de su ser.

Aferrada a su cuerpo, se abrazó a su torso con más fuerza cobijando la cabeza entre el pecho y la barbilla de Arthur y deseó detener el tiempo para siempre.

Permanecieron así porque ella lo requería, tanto o más que el respirar.

Había echado tantísimo de menos ese contacto, ese calor…

Cuando se hubo sosegado, Arthur la miró con dulzura y enredó un mechón rizado de su cabello entre sus dedos y jugueteó con él.

—Lilian, estás preciosa con el cabello dorado —susurró.

Era la primera vez que lo acariciaba con su color real. Llevaba días tras ella deseando hacerlo, y no solo tocar su cabello, tocarla a ella por entero.

—¿Te… gusta? —preguntó dubitativa.

—¿Es a mí a quien debe agradar…? —preguntó él con resignación. Sin darle tiempo a responder, Arthur sacó un pañuelo y se lo ofreció—. Anda… sécate esas lágrimas. Ya nada malo va a pasarte.

Lilian se lo pasó por la cara y se sonó la nariz. Fue entonces cuando sus pensamientos empezaron a colocarse en su sitio y a ser consciente de lo que sucedía realmente a su alrededor.

—Arthur… qué... ¿qué haces aquí? —preguntó separándose un poco de él.

¿Cómo había aparecido de la nada para rescatarla de las garras de aquellos dos malhechores? Observó el atuendo del duque, uno que nada tenía que ver con su aspecto habitual. Arthur siempre vestía impecable, muy elegante, y ahora parecía un simple plebeyo de los barrios bajos.

—¿Me estabas… siguiendo? —inquirió contrariada. Su tono oscilaba entre la sorpresa y el reproche.

—De nada… por salvarte la vida… —contestó Arthur con sarcasmo.

—Per… perdona… —respondió algo avergonzada—. Gracias, sí, gracias… Pero… ¿Cómo sabías que estaba en peligro? ¿Qué hacías en ese callejón?

Arthur puso cara de circunstancias. Decirle la verdad era tacharse de demente y, si reconocía abiertamente lo que había hecho y cómo la había espiado, estaba seguro de que la furia de Lilian estallaría de tal forma que se oiría hasta en la otra punta del planeta.

Aun así, no tenía excusa creíble para justificar su presencia allí y haber acudido en su auxilio.

—Está bien —reconoció—. Te he estado siguiendo.

—¿Me has… me has estado espiando? —dijo separándose más de él, confundida—. ¿Desde cuándo estás en Manchester?

—Vinimos en el mismo tren.

Parpadeó varias veces.

—¿Cómoooo? —exclamó con indignación.