CAPÍTULO 17 #3
Al finalizar, Lilian observó su reflejo frente al espejo.
Había peinado su brillante y rubia melena con un semirecogido dejando algunos mechones sueltos que le caían con una gracia endemoniada por la espalda.
Su rostro, libre de maquillaje, dejaba al descubierto su tersa y fina piel.
También había dejado sobre el tocador las horrendas gafas con las que solía ocultar sus ojos verdes.
Un vestido violeta se ajustaba perfectamente a su cuerpo.
Su cintura se marcaba sinuosa y sus pechos se insinuaban tentadores por el escote.
No es que llevase un vestido demasiado escandaloso, pero, en la capital londinense, nunca habría osado ir de esa forma cuando se ocultaba en su mundo de mentiras.
Sin pensárselo dos veces, la muchacha cogió su ridículo y salió del hotel con paso decidido.
¡Había llegado la hora de enfrentarse al señor Forrester!
En cuanto llegó a los juzgados Portman, Lilian se adentró en el enorme edificio, cuyo suelo marmolado relucía como un lago bajo sus pies, y se dirigió al primer piso por la imponente escalinata.
A cada paso, podía escuchar el eco de sus propios tacones resonando por los altos techos de los pasillos.
La joven se detuvo para tomar aire ante la puerta donde se estaba celebrando el juicio que le habían indicado defendía Luke.
La empujó con sigilo y accedió al interior.
Los actos abiertos al público acostumbraban a ser bastante concurridos y no quedaba ni un lugar libre para sentarse.
Se quedó de pie entre otros asistentes, junto a una de las paredes.
Estiró el cuello para ver entre las cabezas y poder localizarlo.
En ese momento, el joven abogado se acercó al estrado para realizar uno de sus alegatos.
Lilian estaba ensimismada ante la escena: su tono de voz era grave, su postura corporal denotaba seguridad en sí mismo y observó cómo la sala al completo callaba para escucharlo hablar.
Si fuera un actor, sería el protagonista principal de la obra.
Tras cinco minutos allí, sintió que no necesitaba ver nada más. Salió de la sala y se sentó en uno de los bancos que había distribuidos por los pasillos. Se alisó las faldas y entrelazó las manos sobre su regazo dispuesta a esperar a que finalizara el juicio para poder hablar personalmente con él.
¿Qué iba a decirle? ¿La reconocería?
Una hora más tarde las puertas de la sala se abrieron de par en par y los asistentes salieron comentando con efusividad el inesperado resultado.
Lilian esperó paciente hasta que el pasillo volvió a quedar prácticamente vacío recuperando un silencio sepulcral, más típico de una cripta que de un espacio público.
Fue entonces cuando se armó de valor para regresar al interior.
Se asomó por la puerta y observó que tan solo quedaban tres hombres en la sala: el juez que recogía papeles sobre el estrado, el cliente de Luke que hablaba amistosamente con él y el propio Forrester.
Lilian se acercó con discreción y carraspeó a su espalda.
Luke se volvió hacia ella y la observó sin reconocerla. Tardó unos interminables segundos en hacerlo y cuando sucedió su rostro cambió de inmediato mostrando una sorpresa absoluta.
—¡Señorita Rigby! —exclamó sin dar crédito.
—Buenos días, señor Forrester —saludó ella formalmente.
El joven apoyó una mano en el hombro de su cliente y se disculpó para atender a la recién llegada. Se acercó a ella.
—Dios bendito, Lilian. ¿Es posible que seas tú? —exclamó todavía perplejo por la sorpresa.
—Eso parece, Luke.
Íntimo y cercano. Sí. Así era como se dirigían el uno al otro cuando se encontraban en los jardines de su padre para hablarse de amor… y por lo visto, ninguno de los dos lo había olvidado.
—Pero… ¿Qué…? ¿Cómo…? —Luke no encontraba las palabras debido a la impresión—. ¿Qué haces aquí? —consiguió decir.
Ella se ruborizó ante la torpe reacción de él, en contraste a lo que había observado al llegar al juicio donde se mostraba tan seguro de sí mismo frente una sala repleta de gente. Lilian le respondió, mintiendo descaradamente, pero procurando sonar convincente.
—Estoy de paso en la ciudad y, casualmente, me enteré que trabajabas aquí. No podía marcharme sin pasar a saludarte.
—No te lo hubiese perdonado —le dijo con una sonrisa de dientes blancos perfectamente alineados. Aquel hombre podría reconquistar el mismísimo Imperio Romano si se lo propusiera.
—Veo que te ha ido bien… —comentó Lilian para continuar la conversación.
—Así es. No puedo quejarme —le respondió con falsa humildad. Si quisiera, podría nadar en piscinas de oro líquido y comer langostas mientras lo hacía—. ¿Cómo estás?
—Pues…
Luke la interrumpió alzando la mano.
—No me contestes. Comamos juntos. ¿Puede ser o te está esperando alguien?
«Muy hábil», pensó Lilian. Una manera sutil pero efectiva de descubrir su situación personal. Un excelente abogado, desde luego.
—Puedo quedarme —le indicó sin ofrecer más información de la necesaria.
—Perfecto. Espérame dos minutos, me despido de mi cliente y soy todo tuyo.
En otra época esas mismas palabras le habrían aflojado las piernas de tal manera que ahora estaría tirada por los suelos.
Curiosamente sus palabras no tuvieron tal impacto en ella.
No fue como cuando Arthur la había besado el día de su cuarta cita, cuando la obligó a bajar de su caballo y…
¡Un momento! ¿Arthur? ¡¿Otra vez?! ¿Qué hacía él de nuevo colándose en su mente?
Sacudió sus pensamientos. «Maldito duque intrusivo».
Evadida en su mundo interior, Lilian no se percató de que Luke ya estaba a su lado ofreciéndole el brazo.
La joven introdujo su mano entre el hueco que él había dejado y la posó en su antebrazo.
Al hacerlo comprobó que era tan fuerte como el de…
«¡Nooooooo!», gritó su mente con horror…
¡Basta! Ya iba a comparar nuevamente con… «¡Ni hablar!», se censuró a sí misma
—¿Qué me dices? —preguntó Luke.
¿De qué puñetas le estaba hablando? No había prestado atención. ¡Dios! ¿Dónde tenía la cabeza? ¡Céntrate, Lilian, céntrate!
—¿Cómo…? —murmuró indecisa.
—Te preguntaba si te apetece ir a comer a un restaurante donde preparan una carne asada exquisita.
—Eh… sí, Luke. El lugar que elijas será perfecto.
—Muy bien. Además, está aquí mismo, en la calle de enfrente.
Ambos jóvenes no tardaron en cruzar la carretera y ser acomodados en una de las mesas de manteles cuadriculados en tonos blancos y rojos.
Les sirvieron uno de los vinos más caros de la carta y Luke pidió el menú por los dos.
Lilian lo miró a los ojos dispuesta a comenzar con el interrogatorio.
Tenía tantas preguntas que hacerle, que no sabía por dónde empezar.
—¿Y bien? —dijo Lilian. Quiso preguntarle «¿Por qué narices no volviste a por mí?», pero en cambio se limitó a decirle— Háblame… ¿Cómo te ha ido todos estos años?
—Muy bien. Fui a la universidad —obvió quién le había dado acceso— y pude graduarme en derecho.
No sé si lo recordarás, pero era mi sueño.
Por fortuna, mis primeros casos como abogado fueron defendiendo a un barón y a un vizconde, y el juez dictó sentencia favorable a mi favor.
Poco a poco me empezaron a llegar más casos similares y sin saber cómo, los clientes más poderosos demandaban mis servicios.
—Te has convertido en un abogado de gran prestigio. Debes sentirte muy feliz por eso.
—Así es, estoy muy orgulloso por mi carrera —no podía ocultar que se sentía poderoso—. Vivo cerca de aquí, en una pequeña mansión, aunque prácticamente me paso el día en el juzgado, dedicado a mis casos y a mis clientes.
—Me alegro de que tu sueño se haya hecho realidad —dijo intentando que no percibiera el retintín que sí reinaba en su cabeza. «¿Acaso tu sueño no era casarte conmigo?», se mordió la lengua para no soltarle algo así.
—No hablemos solo de mí. ¿Cómo ha sido tu vida, Lilian? ¿Qué hay de tus sueños?
La muchacha pensó amargamente: «¿Los que jamás conseguí cumplir?
» «Mi sueño era casarme con el joven que acudía a casa de mi padre y me hablaba de amor».
Su mente luchaba por no ser transparente y mostrar entereza.
Respiró profundo y empezó a mentir para no evidenciar lo patética que había sido su existencia.
—Muy bien… —«¡Maldita sea! ¡No había hecho absolutamente nada con su vida porque había estado hibernando en una cueva esperando por él!»—. Soy muy feliz, vivo con mis padres durante la mayor parte del año, menos para las temporadas sociales en que me instalo en Londres con mi tía Josephine…
—Espera… —la interrumpió Luke con los ojos muy abiertos—. ¿No estás casada?
«¡No, porque te esperaba a ti, so memo!», estuvo a punto de gritarle a pleno pulmón.
—No… —reconoció con cierto apuro en su voz.
—¡¿Están ciegos los caballeros londinenses?
! —exclamó Luke—. ¡Lilian, estás preciosa!
Perdona que sea tan directo, debe ser defecto profesional, pero no me explico cómo puedes permanecer soltera, precisamente tú.
Estás radiante, sigues tan bella como cuando te conocí.
Incluso más… —expresó mirándola con intensidad y paseando sus ojos más de lo debido sobre su escote.
Algo en el interior de Lilian revoloteó. ¿Conseguiría despertar aún sensaciones en Luke?
—Gracias, eres muy galante. —Decidió aprovechar la ocasión para abordarlo en su vida personal—. ¿Tú… estás casado?
—No —se pasó la mano por el pelo—. Demasiado trabajo. Apenas me queda tiempo para… pensar en el amor.
—También es difícil de entender, ya que tú también estás muy… —se sintió ruborizar— quiero decir que… también te ves…
—Gracias… —le dijo ayudándola en su incomodidad.
Lilian respiró hondo y se lanzó a la piscina.
—Es curioso que ninguno de los dos lo haya hecho… —indicó batiendo sutilmente las pestañas.
Él le dedicó una sonrisa cómplice, seductora y arrebatadoramente perfecta. Como todo él.
—Quizá sea el destino el que ha querido que eso haya sido así… —susurró Luke siguiendo el juego.