La misteriosa Lilian Rigby (Damas Insólitas nº 1) CAPÍTULO 17 #2
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CAPÍTULO 17 #2

Cuando la joven se marchó, volvió a mirar el papel.

¿Quién sería el autor? La habría escrito… ¿algún otro empleado? ¿Algún huésped?

No tenía forma de saberlo.

Dobló la nota con cuidado y se la guardó en el bolsillo, incapaz de decidir qué era más intenso: el consuelo que le había proporcionado o la curiosidad que acababa de despertar.

Tras desayunar, Lilian bajó al vestíbulo dispuesta a salir a la calle.

Arthur fue tras ella. Había escuchado cómo abandonaba la habitación y empezó a seguirla manteniendo cierta distancia.

Cada pocos pasos se ocultaba tras cualquier cosa que encontrara en su camino: una columna, otro huésped, un montón de maletas o incluso una planta decorativa demasiado pequeña para esconder a un hombre de su tamaño.

El director observó la escena en silencio.

—Si eso es un espía de la Corona, yo soy el arzobispo de Canterbury.

—Y yo su monaguillo... —respondió el recepcionista.

A las siete en punto, sentada en un rincón, Lilian esperaba en la cafetería Lyon West a que Luke apareciese de un momento a otro.

Con disimulo controlaba la puerta de entrada tras sus gruesas gafas y las páginas de un enorme periódico abierto, intentando aparentar una calma que no sentía. ¿Lo reconocería?

Unas mesas más allá Arthur la observaba a ella, enfundado en su gorra de visera corta y también tras un periódico que sostenía desplegado delante de su cara.

¡Vaya dos espías estaban hechos! Se moría por ver la reacción de Lilian al reencontrarse con el amor de su juventud.

Una absurda esperanza le decía que cuando ella volviese a verlo —a esa perfección hecha hombre, a ese conjunto de belleza sobrenatural que era Luke Forrester—, el hechizo por fin se rompería y Lilian sentiría un visceral rechazo hacia él, como si fuera un ser abominable. Algo totalmente iluso, pero…

Minutos después Forrester entró en el local.

«¡Por fin! ¡Allí estaba él!», exclamó Lilian para sí.

El abogado accedió a la cafetería y pudo verlo tras ocho largos años.

¡Era él! Lo reconoció al instante: sus mismos rasgos, pero…

más hombre. Cuando ellos se conocieron apenas eran dos muchachos.

Ahora, se había convertido en todo un caballero, un gran abogado que se movía con una determinación apabullante.

Su presencia inundó la cafetería. Lilian, inquieta, mantuvo el periódico en alto para tapar su rostro, pero de tanto en tanto se permitía echar una ojeada por encima de él.

¡Dios mío! ¡No, no, no…! ¡Se estaba acercando demasiado!

El joven iba directo hacia su mesa. Lilian quiso volatilizarse…

Sin embargo, en el último instante Luke desvió sus pasos y tomó asiento justo en la mesa de…

enfrente. Lilian tragó saliva. ¡Ay, ay…! ¡Estaba demasiado cerca!

Forrester saludó a un compañero de trabajo y, por primera vez, Lilian oyó su voz.

—Buenos días, Smith —dijo mientras se acomodaba en la misma mesa que su colega y hacía un gesto al camarero para pedir algo de desayunar.

—Buenos días, Forrester —le devolvió el saludo.

Lilian estaba impactada. ¡Cómo había cambiado!

Aquella voz profunda y grave la estremeció de pies a cabeza.

Era tan varonil que retumbaba por encima de cualquier otra del local.

No era para menos, ese hombre se había… ensanchado…

y mucho. Debía tener una magnífica caja torácica.

Al menos, desde fuera, se intuía espacio suficiente para que así fuese: tenía unos hombros anchos y su espalda era mucho más grande de lo que recordaba.

Todo él era más intimidatorio. El periódico empezó a temblarle delante de la cara.

Estaba hecha un flan, alterada y ansiosa por tenerlo tan cerca.

Su adrenalina se había disparado y su sangre corría por sus venas a gran velocidad.

La muchacha siguió escuchando la conversación.

—Hoy toca el caso del vizconde Trevis. ¿Cómo lo llevas? —preguntó Luke a su acompañante.

—Es un caso ganado. Hay pruebas más que suficientes para demostrar su inocencia.

—Qué suerte tienes. Yo tengo un caso más complicado entre manos, el del señor Guilty.

—¿Sigue sin haber nada? —le preguntó con preocupación—. Si no consigues algo pronto…

—Lo sé. Hoy me reúno de nuevo con los testigos, pero si no consigo ninguna confesión… no habrá muchas esperanzas.

—¿Hablaste con la esposa?

—Tres veces... y nada.

Estaba claro que estaban enfrascados en sus propios asuntos, intercambiando opiniones sobre los casos que debían defender.

Lilian, a la que aquello le importaba bien poco, pudo dedicarse a analizar el aspecto del joven.

Bajó el periódico y lo miró de arriba a abajo.

El traje que llevaba y el corte de cabello que lucía eran acordes a la última moda.

Cuando conoció a Luke, ocho años atrás, apenas podía permitirse un traje de quita y pon, el cual tenía varios remiendos difíciles de ocultar —y que su sufrida madre cosía una y otra vez—.

Era “el traje”, el único que poseía y que utilizaba cuando visitaba a clientes importantes como su padre.

El que portaba en ese momento era de gran calidad y hecho a medida.

Le fascinó comprobar cómo había cambiado su estatus.

Luke había crecido en el seno de una familia muy humilde y ahora ocupaba un lugar importante en la sociedad y se codeaba con personas de alto rango de la aristocracia.

En cambio, pensó, Arthur y ella habían nacido en ambientes de lujo, entre riquezas y habían vivido así durante toda su vida…

¡Un momento! ¿Arthur? ¿Por qué pensaba en él en ese preciso momento?

Intentó borrarlo de su mente, aunque en su garganta ya se había formado un extraño nudo.

Respiró hondo y siguió observando a Luke con disimulo.

Los zapatos negros del abogado brillaban como si los acabaran de embetunar y sacar lustre; su corbata iba engarzada con un par de piezas doradas para mantenerla fija a su blanca y radiante camisa. ¡Aquel hombre relucía como un rey!

Algo en la conversación entre los abogados la hizo volver a centrarse en lo que hablaban.

—¿Has pensado en casarte? —preguntó Smith a Forrester—. No todo consiste en trabajar hasta altas horas y llegar a casa solo y agotado, sin alguien que te dé calor.

—¡Todos los recién casados habláis igual! —exclamó Luke a la defensiva. Luego dio un sorbo a su taza y sus facciones se relajaron—. Aunque… he de confesarte que últimamente… lo estoy considerando.

La galleta que Lilian estaba a punto de meterse en la boca se desintegró entre sus dedos.

Su mesa se llenó de un montón de migas diminutas desparramadas por toda la superficie.

Subió el periódico en el acto, sintiendo que se había puesto en evidencia.

¿Se habrían dado cuenta? Tomó un sorbo de té para rebajar la repentina sequedad de su garganta.

¡¿Luke Forrester estaba pensando en… matrimonio?!

A Lilian casi le da un infarto al oírlo.

—¿En serio, Forrester? —Smith no se creía las palabras de su colega.

—Empiezo a anhelar compañía femenina, una con la que poder planear el futuro.

Los ojos de Lilian habían adoptado el tamaño de dos platos soperos, mientras seguía escuchando las revelaciones del abogado.

—Pronto cumpliré veintisiete años. Quizá va siendo hora de formar una familia, tener hijos…

¡Bendito momento! Luke haciendo confidencias de querer casarse y tener descendencia a la par que ella reaparecía en su vida.

Arthur que estaba unas mesas más allá, pero con el oído bien puesto, escuchó la conversación y se mantuvo atento a las reacciones de ella.

No le pasó desapercibido el trágico final de la galleta ni la sorpresa de Lilian ante tales declaraciones.

Parecía que el destino le estaba jugando una mala pasada.

Una cruel paradoja: la mujer que amaba estaba escuchando al hombre de su vida gritar a los cuatro vientos que quería casarse…

y él… era testigo privilegiado del gran y nefasto momento.

Quiso morirse. De nuevo, se maldijo por estar en Manchester viendo aquella conmovedora escena. Definitivamente, Rockingham tenía razón: ¡Era un masoquista descerebrado!

—¿Ya le has echado el ojo a alguna? —preguntó Smith al verlo tan predispuesto al amor.

—Estoy en ello —respondió misteriosamente.

—Vamos que no tienes absolutamente a nadie en miras.

—Así es… —confesó Luke.

Smith se echó unas carcajadas a costa de su compañero de trabajo. Lilian bajó el periódico para ver la reacción de Forrester.

—Si quieres, puedo presentarte a alguna de las amigas de mi mujer —sugirió Smith.

—No, lo último que necesito es una casamentera. Tan solo tengo que volver a hacer algo de vida social… eso es todo. He estado bastante insociable últimamente.

—Vete con ojo. Como se escampe el rumor de que el prestigioso abogado Forrester busca esposa, te van a llover mujeres del cielo.

—Que Dios te oiga.

Smith consultó su reloj de bolsillo.

—Se hace tarde… —dijo.

Ambos abogados acabaron su café de un trago y salieron en dirección a los juzgados.

Cuando se marcharon, por fin, Lilian se destensó.

Bajó el periódico plegándolo y dejándolo a un lado de la mesa.

Puso la mano sobre su pecho y respiró un par de veces profundamente, intentando reducir la agitación que sentía.

Poco a poco, consiguió serenarse, se levantó y salió a toda prisa de la cafetería.

Arthur fue tras ella y la siguió de regreso al hotel. Cada uno entró a su habitación, aunque con sentimientos encontrados muy dispares: Arthur se sentía un auténtico imbécil; Lilian divagaba sobre cuál debía ser el siguiente paso en relación a Luke Forrester.

«Lo próximo debería ser presentarme ante Luke», pensó Lilian. Con esa idea en mente, dedicó el resto de la mañana a recuperar su aspecto real, aplicándose un tinte dorado en el pelo y a acicalarse lo mejor que pudo.