CAPÍTULO 17
El viaje en tren fue soporífero, largo y tedioso.
Además, Arthur no había pensado que ese bendito desconocido que le cambió la ropa venía de trabajar y que, junto a sus ropas, había comprado el sudor de su anterior propietario.
Oliendo a un hombre que no era él y apretujado entre los duros e incómodos asientos de tercera clase, sus huesos ya no sabían cómo colocarse.
Para colmo, un bebé berreaba a su lado en brazos de una madre primeriza que no sabía cómo calmarlo.
¿Por qué viajaba Lilian en tercera clase?
Seguramente estaba tirando del dinero en efectivo que tenía para no levantar sospechas, ya que, si hubiese solicitado ayuda a su tía, esta le habría comprado un billete en condiciones, pensó el duque.
Cuando llegaron a Manchester, Arthur sintió que había envejecido diez años de una tacada.
Se notaba entumecido por todas partes. Apenas tuvo tiempo de estirarse como un gato para recolocar sus doloridos músculos, ya que debió salir corriendo tras la muchacha al verla bajar del vagón.
Sin perderla de vista, la siguió por los andenes entre la multitud hasta el exterior de la estación.
Ya en la calle, Lilian tomó un carruaje de alquiler e indicó al cochero que la llevase a un hotel cercano a los juzgados Portman, donde Luke trabajaba.
El duque la siguió de cerca desde otro vehículo.
Pese a sus inconvenientes, aquello de hacer de espía tenía su encanto.
El destino fue el hotel Richmond. Arthur debía ingeniárselas para conseguir una habitación junto a la de ella si quería vigilarla de cerca. Por ello, esperó semioculto tras una palmera que había en un gran macetero del vestíbulo, hasta verla alejarse del mostrador, llave en la mano.
El duque se acercó a hablar con el recepcionista.
—Necesito una habitación al lado de la de esa dama —dijo Arthur.
—¿Perdón? —exclamó el joven con reservas. Tenía frente a él un tipo que no encajaba con la muchacha que acababa de llegar. Arthur repitió su demanda—. Le he oído, señor, pero… por la seguridad de nuestros clientes debería preguntar quién es usted y por qué desea una habitación con esas condiciones.
—Debo… vigilar a esa joven.
—Eso no responde a mi pregunta, señor.
Arthur apoyó el codo sobre el mostrador y tapó su boca con la mano, como si fuera a confesar un secreto.
—Es un asunto delicado —susurró.
El recepcionista lo imitó, casi con burla, tapándose también la boca con una mano y bajando su tono de voz.
—Aun así, necesitaré una explicación…
—Esa dama podría encontrarse en grave peligro.
—¿Por parte de quién?
—Precisamente eso es lo que intento averiguar.
El recepcionista entrecerró los ojos.
—¿Es usted familiar suyo?
—No.
—¿Su prometido?
«Ya quisiera yo»
—No.
—Entonces comprenderá que no pueda facilitarle una habitación sin una razón convincente.
Arthur suspiró.
—¿Ha oído hablar de los agentes del Gobierno?
—¿Qué clase de agentes?
—De los que no pueden hablar de lo que hacen…
—Conveniente respuesta. ¿Y debo creer que usted es uno de ellos?
—Normalmente mostraría mis credenciales, pero en esta ocasión no me está permitido.
—Qué contrariedad.
Arthur apretó la mandíbula.
—Si va a suponerle algún problema, llame al director. Dígale que soy el agente Gibson, que estamos en plena misión y usted está interfiriendo.
El recepcionista ya no sabía si estaba ante un impostor o ante alguien realmente importante. Cinco minutos después, Arthur se sentaba en el despacho del director de Richmond.
—Mi empleado me ha puesto al corriente de la… situación… ¿De qué tipo de misión se trata?
—De las… secretas.
—Claro —dijo con cierto sarcasmo—. Es usted un tipo extraño... No sé si debo creer su versión.
—No necesito que me crea. Piénselo bien. Si no me ayuda, solo habrá perdido una habitación. Si estoy en lo cierto y colabora, habrá ayudado a evitar un serio problema.
El director lo volvió a mirar de arriba a abajo. Arthur dejó unos cuantos billetes sobre la mesa.
—Y necesito otro favor. Debo seguir pasando desapercibido. Consígame un par de trajes… como el que llevo, que no llamen la atención. Y que me preparen un baño. El resto del dinero es para ustedes… en agradecimiento por su colaboración con la causa.
—¿Ahora también debemos gestionar su vestuario y su higiene?
—La Corona agradecerá su colaboración.
El director observó los billetes, después a Arthur y, finalmente, volvió a mirar los billetes. Guardó el dinero en un cajón y tomó una llave.
—Le asignaremos una habitación al lado de la de la señorita. Le llevarán lo necesario para el aseo. En cuanto a la ropa, veremos qué podemos hacer.
Arthur sonrió satisfecho.
—Sabía que podía contar con su patriotismo.
—Los billetes han resultado mucho más convincentes.
Arthur tomó la llave y se encaminó hacia la puerta. Cuando desapareció por el pasillo, el director llamó al recepcionista con un gesto.
—Mantenlo vigilado.
—Sí, señor.
Pocos minutos después Arthur estaba sentado en la cama del dormitorio que acababan de asignarle, vestido como un obrero, oliendo a sudor ajeno y pensando que había seguido a la mujer que amaba hasta otra ciudad como un auténtico idiota.
¿Qué es lo que no había entendido todavía?
Lilian estaba allí para reencontrarse con el gran amor de su vida, si realmente lo amase a él ¿habría ido hasta Manchester para verse a escondidas con Luke?
Se echó hacia atrás cayendo de espaldas sobre el colchón, maldiciéndose a sí mismo por estar allí.
Se frotó la cara y supo con certeza que ella lo despellejaría vivo si descubriese que la había seguido y que estaba en el dormitorio de al lado.
Tuvo tentaciones de colocar la oreja en la pared para ver si podía escucharla, pero cerró los ojos y se obligó a sí mismo a dejar de actuar como un tarado mental.
Algo demasiado difícil… llegados a este punto.
Lilian deshacía la maleta sin sospechar que, tras el tabique en el que reposaba el cabezal de su cama, Arthur estaba tumbado en la suya.
Sacó unos vestidos comprados especialmente para este viaje, mucho más alegres y modernos que los que usaba en Londres, y se afanó a colgarlos en las perchas.
Mientras lo hacía, sentía remordimientos: había mentido a su tía Josephine al contarle a dónde iba.
Le dijo que iba a casa de sus padres para alejarse de Londres durante unos días, para reponerse del disgusto vivido con Arthur.
Su tía, confiada y sin sospechar nada, no opuso inconveniente alguno, pues notaba a su sobrina tan decaída que la apoyaría en lo que fuese necesario con tal de verla más animada.
Poco más tarde, a Lilian le sirvieron la cena en su habitación.
Cansada por el viaje había preferido cenar a solas en vez de bajar al comedor.
El hotel no era de lujo y las paredes tampoco eran insonoras.
El duque tenía sus sentidos tan alerta con lo que sucedía al otro lado de la pared que escuchaba hasta el leve tintineo de los cubiertos sobre la vajilla mientras Lilian comía de su plato.
No tardó mucho en dejar de oír ningún ruido.
Arthur entendió que, seguramente, ella se habría metido en la cama para dormir.
Para asegurarse abrió apenas una rendija de su puerta y se asomó sutilmente al pasillo.
Por debajo de la puerta de la joven ya no salía luz.
Respiró profundamente aliviado, sabiendo que estaría sana y salva en esa habitación hasta la mañana siguiente.
Sin embargo, cuando estaba a punto de volver a cerrar su puerta para regresar al interior de su habitación, un sonido captó su atención.
Lilian se estaba sonando la nariz. Sonrió como un tonto sintiéndose un privilegiado por poder escuchar un gesto tan íntimo y personal de ella.
Pero lo que no previó, y que le partió el corazón, fue lo siguiente que escuchó: sollozos.
¿Lilian estaba llorando?
Arthur se acercó a la puerta de Lilian y pegó la oreja.
Otra vez la oyó sonarse la nariz. Ya no tenía dudas, Lilian lloraba.
¿Por qué? Estuvo tentado en echar la puerta abajo de una patada y entrar a consolarla, abrazarla, preguntarle qué le pasaba y aliviar su dolor.
Pero no podía hacerlo sin delatarse. Escuchó con el alma rota cómo ella seguía derramando lágrimas, sintiendo una enorme impotencia.
Haciendo un gran esfuerzo, regresó a su habitación.
Estuvo atento hasta que dejó de oír aquel sufrimiento que lo desgarraba por dentro.
Después procuró dormir sin demasiado éxito.
El resto de la noche la pasó en un duermevela inquieto solo pendiente de cualquier sonido que pudiera proceder de la otra estancia.
A la mañana siguiente, Lilian estaba decidida a iniciar sus indagaciones sobre Luke: acudiría a la cafetería donde él desayunaba antes de entrar al trabajo, según el informe. Quizá así podría verlo.
Tras vestirse, esperó a que le subieran el desayuno. Mientras hacía tiempo se fijó que, en el suelo junto a la puerta, había un papel. No recordaba que estuviese allí la noche anterior. Se acercó con curiosidad y lo cogió. Era un simple papel doblado por la mitad. Lo desdobló.
“Tus lágrimas destrozan mi alma”
Lilian miró aquella nota durante un tiempo indeterminado, totalmente descolocada… ¿Quién había escrito aquello? ¿Alguien la había escuchado llorar anoche?
Sintió vergüenza, pero también experimentó una simpatía instantánea por quien hubiese escrito aquellas palabras.
Quien fuese se había tomado la molestia de hacerle saber que le importaba su sufrimiento.
Se sintió extrañamente reconfortada. Un golpe de nudillos en la puerta la sacó de sus pensamientos.
Era una empleada del hotel que le traía el desayuno.
Mientras la muchacha dejaba la bandeja sobre la mesa, Lilian la observó con discreción. Durante unos instantes se preguntó si habría sido ella quien había deslizado la nota bajo la puerta. Sin embargo, su actitud era tan fría y distante que descartó la idea casi de inmediato.