CAPÍTULO 16 #3
Necesitaba consejo de sus amigos, pero Rockingham no hacía más que decirle que la olvidara, y eso no era precisamente lo que quería oír. Lennox se mantenía al margen de la conversación, bastante ausente, como si él tuviese sus propios problemas.
Llegó a la conclusión de que no sacaría nada en claro de aquella charla, por lo que optó por despedirse de ellos y marcharse del club.
Como un barco a la deriva se dedicó a vagar por las calles.
Casualmente —o quizás no tanto— acabó frente a la casa de Lilian Rigby.
¡Dios! ¡Estaba obsesionado con ella! Solo deseaba verla, aunque fuese un instante, y por eso se quedó merodeando por los alrededores para ver si la veía desde alguna de las ventanas de la casa.
«¿Aquello era no volver a molestarla?», se reprochó a sí mismo, sin demasiado convencimiento.
Objetivamente no la estaba molestando, ¿no?
No. Solo la estaba espiando. «¡Tienes treinta y cinco años!
» pensó avergonzado, oculto tras una maceta de la mansión de enfrente, ofuscado en detectar algún movimiento de Lilian.
¡Era patético! ¡Sí! No podía negar tal evidencia.
Ni en su adolescencia había hecho tales majaderías por ninguna muchacha.
La puerta de la entrada se abrió y el corazón de Arthur se aceleró al ver a Lilian salir a la calle. La joven llevaba una pequeña maleta en la mano. A paso ligero bajó la escalinata, caminó por la acera unos pocos metros hasta que se detuvo y miró a su alrededor.
¿Qué estaría esperando?
En cuanto apareció un carruaje de alquiler Lilian le echó el alto. El duque salió de su escondrijo y paró otro coche de alquiler que, afortunadamente, pasaba en aquel preciso momento y pidió al cochero que siguiera al vehículo de delante en el que viajaba ella.
«¡Perfecto! ¡Ahora la perseguía por la ciudad!» ¿Por qué había sentido aquel impulso? Se reprendió mentalmente por su debilidad hacia todo lo que ella representaba.
Tras un corto trayecto, el vehículo de Lilian se detuvo frente a la estación de trenes.
Ella descendió y pagó al cochero. Arthur hizo lo propio y, manteniéndose a cierta distancia, esperó a ver hacia dónde dirigía sus pasos.
En cuanto la vio adentrarse en la estación, no hizo falta más para averiguar sus intenciones.
Sumó dos más dos y tuvo la respuesta: Lilian iba a Manchester.
¡Demonios del infierno! ¡Iba a reencontrarse con ese maldito de Luke Forrester!
Consumido por los celos, la siguió hasta la ventanilla donde ella compró un billete. Cuando Lilian se alejó para dirigirse a los andenes, Arthur se apresuró a preguntar al taquillero sobre la compra que acababa de hacer la dama.
—Buenos días. Perdone, la señorita que acaba de comprar el billete es mi hermana. Me da otro igual para mí.
—Buenos días, caballero. Ahora mismo.
El taquillero emitió otro billete y le indicó el andén al que debía dirigirse y la hora de salida.
¿De verdad acababa de comprar un billete a Manchester? ¿Qué diantres estaba haciendo?
Arthur llegó a la zona de los andenes y paseó la vista entre la muchedumbre hasta que la localizó.
Se veía tan indefensa entre tanta gente.
Una joven soltera, viajando sola, con una pequeña maleta junto a sus pies.
Era pasto de los leones. Debía protegerla.
No podía permitir que fuese sola por el mundo.
Abriéndose paso entre los viajeros, cegado por llegar hasta ella, se chocó contra un hombre.
—Disculpe, señor —se excusó el desconocido—. Iba distraído y no le he visto.
Arthur lo observó ladeando la cabeza. Era un hombre de su misma constitución. Lo miró más atentamente.
—Le doy diez libras por su ropa —soltó sin decirle ni buenos días, analizando aquel atuendo propio de la clase obrera.
—¿Qué? —El hombre parpadeó atónito. ¡Diez libras! Aquello no lo cobraba ni tras un mes de trabajo en la fábrica.
—Tranquilo, no se irá desnudo —le aclaró Arthur al ver su expresión dubitativa—. Le cederé mi ropa.
El desconocido lo escuchaba como si estuviera loco. ¿Iba a cambiarle un montón de ropas raídas por un elegante traje y encima iba a pagarle por ello?
—¿Habla usted conmigo? —El joven miró hacia atrás para comprobar que esa tentadora oferta se la estaba haciendo a él.
—Decídase, no tengo todo el día. Mi tren sale pronto —le presionó el duque.
—¿Tiene el dinero? —indagó el desconocido pensando que aquello podría ser un tipo de trampa.
Arthur asomó un par de billetes por el bolsillo de la chaqueta. Una sonrisa iluminó el rostro del joven.
—¡Acepto! —dijo sonriendo de oreja a oreja—. Cuando entre por la puerta mi mujer no se va a creer que sea yo.
Cinco minutos más tarde el aspecto de Arthur podría confundirse con el de cualquier estibador del puerto o mozo de fábrica.
Se enfundó la visera de la gorra hasta las cejas y regresó al andén, cerca de Lilian.
Con esas pintas, ella no lo reconocería.
«Él también podía usar disfraces», pensó con una sonrisa en los labios.
Mientras tanto, el desconocido salía de la estación con paso alegre repiqueteando con el bastón del duque sobre el suelo. Caminaba como si fuera un rey y deseaba llegar a su casa para darle a su esposa la sorpresa de su vida.