La misteriosa Lilian Rigby (Damas Insólitas nº 1) CAPÍTULO 16 #2
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CAPÍTULO 16 #2

Por su parte, Arthur tuvo que reprimir su primer impulso al verla, que no fue otro que cubrirla con sus manos, con su boca y con todo su cuerpo.

Pero se limitó a acariciarla con lo único que le era permitido: con la mirada.

Su desvergonzada mocosa estaba a escasos centímetros de él y le resultaba inalcanzable.

Era como si habitasen en dos planetas diferentes y no pudiesen viajar de uno a otro, separados por un inmenso universo de desavenencias.

Suspiró internamente de impotencia. Ella lo había rechazado y, ahora, él debía acatar la promesa que le hizo: mantenerse frío y distante, cuando su corazón le exigía todo lo contrario.

La tormenta fue menguando y las personas amontonadas bajo las balconeras empezaron a dispersarse.

Paulatinamente, todos se fueron marchando, todos menos ellos.

Ninguno se movió ni un solo milímetro, como si los hubiesen anclado al suelo.

Continuaron observándose, negándose a abandonar aquel lugar, aunque resultara ridículo.

Solos ellos dos.

¿Quién se atrevería a hablar… a dar algún paso… a romper la tensión que flotaba en el ambiente?

Los dos estuvieron a punto de hacerlo, pero el orgullo, el peso de la última conversación o quizás el miedo al rechazo, los mantuvo inmóviles y en silencio.

El duque de Cavendish prometió que nunca más la molestaría y era lo que estaba haciendo, pero sus ojos lo delataban: su intensa mirada gritaba de impotencia por no poder hablarle ni acercarse.

Lilian también sentía una demoledora angustia en su propia piel como un pérfido dolor removiendo sus entrañas hasta dejarla sin aliento.

¿Qué estaba haciendo mirándolo de esa forma?

¿Alargar su sufrimiento? Decidió poner fin a aquella agonía y, con un nudo en la garganta, optó por alejarse de allí.

Estar tan cerca de él y no poder sentirlo sobre su piel la estaba matando.

Aprovechó que pasaba un carruaje de alquiler y lo detuvo haciéndole una señal.

Cuando se dispuso a subir escuchó la profunda voz de Arthur tras ella, al tiempo que daba unos pasos en su dirección.

—Permítame ayudarla —expresó con dulzura extendiendo su mano para ayudarla a subir al vehículo.

Lilian lo miró y, lentamente, colocó su mano sobre la de él.

Ese breve contacto, fue tan intenso que les quemó la piel.

La joven subió y tomó asiento mientras Arthur cerraba la puerta del vehículo.

Un nuevo adiós… una nueva separación. Lilian lo observó por la ventanilla.

Él se despidió tocando sutilmente el ala de su sombrero.

Luego, ambos se observaron mientras el carruaje se alejaba traqueteante sobre los adoquines hasta desaparecer al final de la calle.

Con el corazón en un puño y los ojos brillosos, Lilian regresó a casa.

Su alma sufría con tanta intensidad que parecía arderle por dentro como si ya no le perteneciera.

Verle había desatado de nuevo una explosión de sentimientos.

Subió a sus aposentos y se encerró para llorar, por enésima vez, la pérdida del duque, enroscándose sobre su cama.

Pasado un buen rato, quizás horas, se enjuagó las últimas lágrimas.

Estaba agotada, exhausta de tanto llanto.

Esa inmensa congoja se había instalado permanente en su ser desde que rechazara su propuesta matrimonial.

Pensó que no podía seguir así para siempre.

No dormía, no comía, no dejaba de pensar en él…

Si no reaccionaba, enfermaría. No podía permitírselo.

En un arrebato de orgullo y determinación, sacó el coraje que sentía dentro y tiró contra la pared el pañuelo con el que se había limpiado la nariz y las lágrimas.

«¡No! ¡Basta ya!», se dijo. Debía ser fuerte.

Debía aceptar su propia decisión y seguir adelante.

Con paso incierto, aún secándose algunas lágrimas traicioneras, se dirigió al cajón de su escritorio, ese en el que guardaba bajo llave sus objetos más preciados.

Rebuscó hasta localizar el sobre que contenía el informe de Luke Forrester.

Lo sostuvo entre sus manos y sopesó qué hacer. Todavía no lo había abierto.

«¿Por qué no lo había hecho aún?», pensó confusa.

¿Tenía miedo de leerlo? ¿De lo que podría descubrir cuando lo leyese?

¿Luke la habría olvidado? ¿Estaría casado?

¿Habría continuado con su vida cómo si ella no hubiese existido jamás?

¿Dónde estaría él? ¿Por qué nunca fue a su encuentro?

¿Viviría en un lugar lejano o estaría en Inglaterra?

Las dudas la atenazaban, pero debía afrontar el asunto de una vez por todas.

Respiró hondo y arrancó el lacre rojo. Desdobló el papel al tiempo que se dejaba caer sobre la silla. Necesitaba leerlo con atención. Su mirada se deslizó rápidamente de un lado a otro del documento, pasando de línea a línea, analizando lo que implicaba cada dato.

Suspiró al llegar al final. Había cosas que estaban muy claras. Su pretendiente de juventud seguía soltero y sin hijos, tenía un patrimonio que daba hipo y era abogado.

Pero no todo era tan maravilloso. Descubrir que su padre, Igor Rigby, avaló el acceso del joven a la universidad, le generó resquemor. Le dolía que Luke hubiese sacado tajada de su desdicha beneficiándose de algún modo.

Lo segundo que le hirió fue averiguar que vivía en Manchester.

Luke podía haber hecho por verla de nuevo o intentar contactar con ella de alguna forma.

La decepción de Lilian se reflejó en sus ojos.

Todo este tiempo había imaginado que su padre lo habría obligado a marcharse lejos, quizás a América, poniendo un océano de distancia entre ellos, pero no había sido así.

Probablemente Luke siempre había estado en Inglaterra. Muy cerca… demasiado… y sin embargo…

La tercera decepción fue descubrir que había tenido tres relaciones sentimentales.

Ella había protegido su corazón manteniéndolo intacto sin dejar que nadie más tocara su alma y, en cambio, él había tenido tres novias o…

amantes. ¿Cómo se catalogaría en un informe de ese estilo relación sentimental?

Tras analizar el documento en su conjunto, la sensación era inevitablemente agridulce.

Por un lado, saber que Luke vivía relativamente cerca de Londres, que no se había casado y que tenía un futuro prometedor como abogado, la alegraban.

Pero, por otro lado, un regusto amargo se desprendía de aquel informe.

Al parecer, el señor Forrester había pasado página y había continuado con su vida como si ella no hubiese existido…

y eso escocía como sal sobre una herida abierta.

Lilian se preguntó qué debía hacer.

Las dudas la asaltaban. ¿Y si acudía a visitar a Luke Forrester? ¿Qué sucedería? ¿Qué sentiría cuando estuviese de nuevo frente a él? ¿Revolotearían mariposas en su estómago como antaño? ¿Podrían tener una segunda oportunidad?

Debía averiguarlo.

La profunda tristeza que sentía por Arthur, ese pozo de desesperación y angustia en el que estaba ahogándose, la empujaba inevitablemente en dirección a Luke.

Quizás ese fuera el único bálsamo a su alcance para sosegar su alma.

Reencontrarse con Forrester conseguiría aliviar su pasado, su cabeza y su corazón, todo ello destrozado desde que el duque destapara sus secretos y cimbrease los cimientos de su estabilidad vital.

Era hora de actuar.

***

—¡Es amor! —recalcó Arthur por tercera vez ante sus amigos.

—¡No! ¡No lo es! ¡Pero tú eres un masoquista descerebrado! —le espetó Rockingham. Estaba al borde de su paciencia, desesperado por hacer entrar en razón a Cavendish. Se arrastró las manos por la cara de pura impotencia— ¡Sácatela de la cabeza! —farfulló con los dientes apretados.

—¡Me ama! —volvió a insistir el duque.

Rockingham puso los ojos en blanco y, si hubiese tenido una daga, se la hubiera clavado en la barriga haciéndose el harakiri. O eso, o acabar con su insufrible amigo usándola contra él. Conteniéndose por no asesinarlo o mandarlo a freír espárragos, le dijo:

—Lilian no eligió el maldito anillo… ¿No te dice eso algo?

—Se quedó a mi lado bajo la lluvia y no se marchó cuando amainó.

¿Por qué fui tan cobarde? Debería haberla retenido, besarla, abrazarla…

—se lamentaba de no haber hecho nada. Estaba convencido de que, si él hubiese dado el paso, quizá ella hubiese cambiado de opinión y se podrían replantear un futuro juntos.

—¡Eso solo hubiese pasado en tu mente! —Rockingham se apretó el puente de la nariz y los ojos, casi petándolos dentro de sus cuencas. Luego miró a Lennox que permanecía silencioso buscando apoyo en él.

—¡A mí no me mires, Rock! —exclamó Lennox levantando las manos al aire—. Nuestro amigo no va a escuchar nada de lo que le digamos. Sigue manteniendo la esperanza con esa dama… y gracias a ello vuelve a salir de casa y a afeitarse cada mañana.

—¡Exacto! —dijo el conde—. Craso error. Cuanto más tiempo mantenga la esperanza, la caída será más dura. Debe ser consciente de la cruda realidad. Será mejor que empieces a olvidarla. ¡Ya!

Arthur tenía su propia teoría de lo acontecido el día de la lluvia: Lilian estuvo esperando a que él fuera a su encuentro y que la envolviera en sus brazos. En sus ojos vio deseo y algo más. Estaba convencido de que lo amaba. No tenía dudas.