CAPÍTULO 16
Cinco días más tarde Rockingham y Lennox hacían compañía al duque de Cavendish en su salón.
—¿Vais a largaros algún día a vuestras casas? —se quejó Arthur hastiado de la presencia de esos dos. Sus amigos se habían instalado con él para impedirle que hiciera más barbaridades.
—Nos iremos cuando lo creamos necesario —contestó Rockingham sin mirarlo y sin alterar su tono de voz mientras ojeaba un periódico distraídamente.
—Sois los amigos más molestos del mundo —gruñó—. ¿No podéis dejar a un hombre hundirse en su propia miseria? ¿Dejarle llorar amargamente como una magdalena? —expresó irritado—. ¡No!… Tenéis que animarme una y otra maldita vez —refunfuñó.
—Vamos, Caven, ¿qué esperabas? ¿Acaso nos hiciste caso?
—dijo Lennox—. ¿No te dejamos claro que no le nombraras a Lilian tus descubrimientos con ese informe de su Luke Forrester?
No. Siempre debes hacer lo correcto, aunque no sea lo más sensato, y ahora…
lo siento, pero debes asumir las consecuencias.
—Que sería beberme tres botellas de whisky de un tirón…
—se quejó Arthur—, pero mis grandes amigos las han escondido bajo llave y han obligado a mis sirvientes, a los que yo pago —se esmeró en repetir esa palabra con más énfasis— yo…
—insistió por si había quedado alguna duda— yo pago sus sueldos, y los habéis amotinado en mi contra, obligándolos a negarme el acceso a mi propia bodega.
—Deberías estar agradecido por tenernos aquí. No te vamos a dejar solo hasta que estés mejor.
—¡Id al infierno los dos! —El duque se revolvió en su asiento, todavía con el batín puesto y el pelo despeinado. Ni tan siquiera se había molestado en vestirse esa mañana.
—Estar contigo ya es bastante infernal —espetó Lennox—. ¿Quieres hacer el favor de vestirte de una vez?
—¿Para qué? ¡No pienso ir a ningún sitio! —Solo quería regocijarse en su desgracia y esos dos no se lo permitían.
—Cavendish, eres patético —dijo Rockingham doblando el periódico y dejándolo a un lado—.
No puedes estar en este estado por una joven que hace ¿qué?
… ¿menos de un mes que conoces? Entiendo que te hubieras hecho ilusiones con ella, pero pasa página y pon tu foco en otro objetivo.
Cualquier dama de Londres sueña con que la desposes.
Si esa joven ha rechazado tu oferta, solo ha sido una nimia contrariedad, un pequeño escollo en el camino.
Te aseguro que habrá más de mil que la aceptarían con los ojos cerrados.
—Como si son un millón. No quiero a ninguna otra…
¡Era ella! —Estaba agotado de sentirse incomprendido.
Se lo había explicado a ambos una y otra vez.
Sus incansables amigos eran tediosos y no lo dejaban descargar ni su ira ni su pena, y encima debía aguantarlos, o mejor dicho, sufrirlos día y noche.
—Jamás pensé que diría esto, pero… ¡Eres peor que una mujer! —espetó Rockingham—. Lloriqueas por los rincones, hablas gimoteando y tienes la típica mirada melancólica de doncella despechada.
—¡Vete al cuerno, Barrows! —lo atravesó con los ojos—. Solo espero el día en que te suceda a ti porque, cuando eso pase, estaré allí para fastidiarte como tú estás haciendo conmigo.
—Yo no tengo corazón. A mí no me va a pasar nunca algo tan melodramático como esto —se burló Rockingham—, te lo garantizo.
—Eso pensaba yo… y mírame…
—¡Se acabó! —Lennox se puso en pie, harto de la situación, y fue directo hacia Arthur—. Vas a darte un baño, a vestirte y a parecer un ser humano… no un guiñapo andrajoso.
—¡Pareces mi madre! —le reprochó rodando los ojos—. Cállate de una vez… —ordenó mirando hacia otro lado en modo despectivo.
—Rockingham, ayuda —dijo Lennox.
El conde, que había intuido la idea del marqués, se levantó del asiento y entre los dos rodearon al duque. Lo sujetaron por ambos brazos y tiraron de él arrastrándolo hasta sus aposentos. Arthur forcejeaba con ellos, pataleando y soltando improperios para que lo liberaran.
—¿Qué hacéis? ¡Demonios, soltadme ahora mismo! —gritaba el duque sintiéndose un pelele en manos de aquellos salvajes.
—¡Henkins! —gritó Lennox llamando al ayuda de cámara de Arthur. El atento sirviente apareció de inmediato quedando frente a los tres caballeros—. ¡Que preparen agua caliente! ¡El duque va a darse un baño!
—A sus órdenes, milord —respondió Henkins, solícito.
—¡Detente, Henkins! —le ordenó Arthur—. Si haces caso a estos dos, mañana estarás de patitas en la calle.
El ayuda de cámara miró a su señor de arriba a abajo corroborando el desastroso estado que mostraba.
—Su aspecto es tan absolutamente lamentable que asumiré el riesgo, excelencia.
—¡Henkins! —gritó. ¿Es que nadie en aquella casa le hacía caso?
—Es más. Aprovecharé que estos dos gentiles caballeros lo están sujetando para afeitarlo como se merece alguien de su rango —añadió el sirviente.
—¡No te atreverás! —gritó nuevamente—. Acabarás en la calle y sin una maldita carta de recomendación.
—Asumiré también el riesgo, excelencia —dijo solemne con su inalterable tono habitual—. Mi cometido en este hogar es que usted luzca como un pincel... bajo cualquier circunstancia.
—¡Os odio a todos! —rugió el duque.
Un par de horas más tarde, el aspecto de Arthur se correspondía al de un caballero a punto de ir a una fiesta de alto copete: limpio, afeitado y repeinado con la raya a un lado.
Lennox, Rockingham y Henkins lo miraban satisfechos cruzados de brazos, analizando la imagen renovada de su amigo y señor.
—Por dentro estarás hecho añicos, pero por fuera al menos se te ve en perfecto estado —dijo Lennox. El duque le dedicó una mirada que podría haberlo desintegrado en el acto.
—¡Esto me lo vais a pagar! ¡Los tres! ¡Henkins, tú el primero! —señaló al ayuda de cámara con un amenazante dedo índice.
—Por supuesto, excelencia, siempre el primero a su servicio —respondió impertérrito—. ¿Desea que recoja mis cosas para marcharme ahora o puedo hacerlo mañana por la mañana?
—¡Henkins! ¡No esperaba esto de ti! —le recriminó—. ¡De los tres, tú eres el peor!
—Gracias. Siempre he procurado destacar, sobre todo en mis funciones, señoría. Por eso me contrató. —Su solemnidad acabó de irritarlo.
—Salid los tres de mi habitación… ¡Ahora mismo!
Se levantó de la silla donde lo habían obligado a permanecer —de hecho, tuvieron que maniatarlo—, y se dirigió a ellos con el puño en alto.
Los tres salieron de la habitación y cerraron la puerta antes de ser alcanzados por la ira del duque.
Agarraron el pomo desde el otro lado con fuerza para que no los siguiera.
—¡Creo que ha llegado la hora de marcharnos! ¿No te parece, Lennox? —preguntó Rockingham en voz alta, para que Arthur los escuchase.
—Sí, Rock. Dejémoslo tranquilo un rato —respondió el marqués en el mismo tono.
Desde el otro lado de la puerta, el duque oyó:
—¡Hasta mañana, Cavendish! Si no cuidas tu imagen por ti mismo mañana volveremos a frotarte el jabón por la espalda y a pasarte una toalla por detrás de las orejas… —lo amenazaron.
—¡Largaos de una vez! —gruñó y cuando abrió la puerta ya no había ninguno de los tres al otro lado. Debían haber corrido como almas que lleva el diablo.
Con el ceño fruncido, bajó al salón y se dejó caer en un butacón. Creyó que la soledad lo aliviaría, pero tras una hora mirando un cuadro del fondo de la pared, supo que era todo lo contrario. Su ánimo seguía más que hundido.
Aprovechó —ya que lo habían acicalado como a un príncipe— para salir un rato.
Desde el fatídico día en que Lilian lo rechazó no había vuelto a poner un pie fuera de casa.
Puesto que el día era ventoso, se encajó bien el sombrero.
A pesar de las inclemencias del tiempo, salió a pasear sin rumbo fijo por las calles del centro de la ciudad.
Lilian, por su parte, también había decidido salir.
Llevaba días llorando por Arthur sumida en una terrible pena.
Con la excusa de comprar un libro, tomó un coche de alquiler que la dejó en las céntricas calles comerciales.
Entró en la primera librería que encontró abierta y se entretuvo haciendo tiempo, mirando los títulos, leyendo las contraportadas y hojeando las páginas interiores.
Al final, eligió dos novelas. En el mostrador, un amable tendero le cobró y se las envolvió. Tras eso, salió de la tienda.
Al llegar a la calle, Lilian comprobó que lloviznaba.
Apretó ligeramente el paso igual que hacían el resto de transeúntes.
La lluvia poco a poco se fue intensificando hasta convertirse en una tromba de agua inesperada.
Como ella, las personas buscaron refugio inmediato bajo los balcones de los edificios.
Lilian se apretujó entre el resto mirando hacia arriba cómo arreciaba la tormenta.
A lo lejos el cielo era claro. Aquello parecía solo una nube y seguramente pasaría en pocos minutos.
Un par de truenos rasgaron el aire con crueldad y el sonido ensordecedor rugió sobre sus cabezas.
Pero no fue ese sonido lo que provocó el escalofrío que recorrió su columna vertebral.
Fue otra cosa: la sensación de una presencia.
Sin verlo supo que estaba allí. Se giró lentamente.
Justo a su lado, un hombre la observaba.
¡Arthur!
La sangre de Lilian bombeó por sus venas a gran velocidad y se maldijo por cómo ese hombre conseguía alterarla.
Su respiración se detuvo en el momento en que sus miradas se encontraron.
A esa breve distancia, atrapada por la imagen de su varonil aspecto, le pareció tan atractivo que hubiese saltado sobre él para besarlo como una fiera.
Se mordió el labio para no hacerlo. ¿Cómo podía desearlo con aquel abrumador desespero?
¿Cómo podía necesitar de esa forma su abrazo después de lo que sucedió la última vez que se vieron, donde prácticamente lo echó de su casa y de su vida?
¿Qué estaría pensando él, mirándola de esa forma, como si acechara a una presa en la oscuridad de la noche?