CAPÍTULO 15 #3
—Yo también prometo lo acordado. Nunca más volveré a molestarte.
Lilian fue incapaz de decir un simple adiós porque si lo hacía rompería a llorar. Lo estaba perdiendo. ¡Estaba perdiendo a su duque! ¡Para siempre!
Arthur Wesley salió de la estancia sin pronunciar palabra alguna. Ni tan siquiera una despedida formal, puesto que decirla en voz alta hubiese sido demasiado duro. No era capaz de soltarse de ella de esa forma y, a pesar de todo, no le había quedado más remedio que hacerlo.
Un par de horas más tarde, tía Josephine regresó a casa y encontró a Lilian llorando amargamente en el sofá. Tan rápido como pudo fue a estrecharla entre sus brazos para consolarla. ¿Qué le habría pasado a su sobrina?
—Lily, Lily… —la sostenía apretada contra su pecho—. ¿Qué sucede, mi niña?
—Tía… —dijo entre llantos— se ha acabado…
—¿El qué, cielo? —preguntó con preocupación.
—El duque… se ha acabado —explicó sin poder controlar las lágrimas—. Ya no… ya no volverá a molestarme… nunca más…
—Comprendo… —le acariciaba el pelo mientras la acunaba suavemente con un balanceo—. Las despedidas siempre duelen… Llora, cielo, llora… estoy aquí a tu lado.
Lilian siguió llorando abrazada a su tía.
No encontraba consuelo. Ni tan siquiera había abierto el documento que hablaba de Luke Forrester.
Solo pensaba en la pérdida de Arthur, de su duque, de lo injustamente dura que había sido con él.
También se sentía dolida porque él la había rechazado como amante.
Nunca más la envolvería en sus brazos ni se darían besos de esos que la derretían como mantequilla.
Nunca más volvería a ver sus penetrantes ojos grises mirarla de esa forma que tanto la inquietaba.
No descubriría lo que era hacer el amor con él.
No había tenido tiempo de descubrirlo. Ella pensó que sería suya, que sería él quien disfrutara de su inocencia, que le descubriría el placer en todas sus formas…
Pero ese hombre había desaparecido por la puerta de su casa, a petición suya, con la determinación de no volver.
Aquella misma mañana, unas horas más tarde, en otra punta de la ciudad, un jinete galopaba sin freno entre la espesura de Hyde Park.
Cualquiera que lo viese interpretaría que estaba buscando partirse el cuello cabalgando a esa imprudente velocidad.
Solo la irresponsabilidad parecía alejarlo de este mundo.
De pronto, otro jinete empezó a perseguirlo sin perderlo de vista.
Tras unos intensos momentos de tensión consiguió ponerse a su altura hasta hacerlo reducir velocidad.
—¡Detente de una vez, Caven! —gritó el que acababa de interponerse en su camino. Se trataba del marqués de Lennox.
El duque lo miró con los ojos entrecerrados, esquivó hábilmente su caballo y siguió cabalgando del mismo modo temerario. Lennox volvió a darle caza y, esta vez, sí consiguió interponerse ante él.
—¡Caven! —le gritó para que le obedeciera—. ¡¿Qué demonios te pasa?! ¿Quieres partirte la crisma?
—¡Apártate! —ordenó molesto con la lengua trabada.
—¿Estás borracho? —inquirió descolocado. No podía ser que su cabal amigo estuviese en esas condiciones tan temprano y galopando como un salvaje.
—Cállate, Lennox. No estoy para sermones… —balbuceó en evidente estado de embriaguez—. Lárgate… y déjame seguir mi camino.
El marqués se bajó de su caballo y, sin opción, obligó a Arthur a bajar del suyo arrastrándolo a la fuerza. Cuando lo tuvo a su altura le pegó un puñetazo que lo tiró al suelo. El duque se llevó la mano a la boca para comprobar si tenía el labio partido. Sangraba.
—Bastardo —farfulló—. ¿Qué crees que haces?
—Evitar que te mates, maldito estúpido.
El duque se intentó levantar, pero cayó de nuevo sobre la tierra. No estaba en condiciones ni para tenerse en pie. Lennox lo miró de medio lado.
—¿Cuántas tabernas te has bebido? —le riñó como a un niño.
—No es asunto tuyo. —Su aspecto era deplorable y sus ropas estaban llenas de tierra. Miró a Leonard—. Ayúdame a ponerme en pie, idiota...
Lennox se cruzó de brazos ante él y no hizo ademán alguno por ayudarlo.
—¿Qué ha pasado?
—¡Cállate de una vez! —le gritó furibundo—. Y, si no vas a ayudarme… ¡Lárgate!
El duque logró incorporarse como pudo. Estaba de medio lado, no conseguía mantener la verticalidad.
—No, amigo, no. No vas a volver a montar.
—¿Vas a impedírmelo tú? —soltó una risa incrédula.
—Sí. No estás en condiciones.
—Apártate… —dijo haciendo a un lado a su amigo, de malas formas, y a pesar de ir tambaleándose consiguió llegar a su montura.
—Caven, deja de actuar como un cretino…
—Vete al cuerno… —farfulló sujetándose a la silla para darse impulso.
El marqués de Lennox tiró de su chaqueta y volvió a pegarle otro puñetazo. Esta vez, fue tan certero que lo dejó aturdido en el suelo.
—¡En lo que me tengo que ver! —espetó Lennox agitando varias veces la mano al aire para aliviar el daño en sus propios nudillos—. ¡Haciéndote yo de hermano mayor!
Entre él y otro caballero que pasaba por allí lo subieron a lomos del caballo y, todavía inconsciente, lo llevó a su casa.