La misteriosa Lilian Rigby (Damas Insólitas nº 1) CAPÍTULO 15 #2
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CAPÍTULO 15 #2

—¿Por qué me has enseñado esa carta? —preguntó ella con desconfianza—. Podrías habérmela ocultado.

—Necesitaba estar seguro de que me prefieres a mí antes que a él —explicó—.

Demostrarte que, a pesar de poder elegirlo, te inclinabas por mí…

por lo que sentimos el uno por el otro… —el duque hizo una pausa—.

Lilian, estoy tan seguro de lo que ha nacido entre nosotros, de la veracidad y fuerza de estos sentimientos, que no temo poner sobre la mesa los fantasmas de tu pasado.

La muchacha lo miró unos instantes. Su cabeza era un torbellino.

—Sabías de sobras que no aceptaría tu anillo… Esto no era necesario.

—Sí lo era… —Arthur se levantó, cogió la caja y la abrió mientras se acercaba a Lilian.

Se arrodilló ante ella—. Acéptame, demuéstrame que no estoy equivocado.

Que esta semana me has añorado tanto que ha sido un tormento, que no podías dormir por las noches pensando en mis besos y en mis caricias…

que cuando he entrado por esa puerta tu corazón ha latido con más intensidad…

Porque así es como yo me siento a tu lado y pondría mi mano en el fuego de que tú también sientes lo mismo que yo.

La emoción llegó a los ojos de Lilian, tornándose vidriosos. Tomó la caja de las manos de Arthur, miró el anillo que relucía en su interior durante unos instantes interminables y, finalmente… la cerró.

—No me has dejado ni tan siquiera hablar… —se quejó, afectada por la emoción—. Yo también tenía algo que decir… y no me has dado ni la más mínima opción a expresarme.

—¿Qué querías decir? —indagó él.

Lilian dejó la caja con el anillo sobre el sofá y se arrodilló junto a él.

—Lo sabías desde el inicio, Arthur. Sabías que no puedo aceptar ser tu esposa… pero sí puedo ser… —No le salían las palabras. Era demasiado delicado ofrecerse a un hombre de esa forma.

—¿Qué puedes ser, Lilian? —la animó a seguir.

Le costó horrores, pero por fin pudo pronunciarlo.

—Tu amante.

Arthur se levantó en el acto dejándola sola en el suelo y la miró desde arriba.

—¿Mi amante…? —exclamó con desconcierto—. ¿Mi… amante?

—Baja la voz… —le recriminó. No estaba su tía, pero algún sirviente podía oírlos.

—¡Mi amante! —gritó más alto.

—Arthur, por favor… —dijo poniéndose también en pie.

—¿Me estás insultando, Lilian? —preguntó ofendido.

—Por supuesto que no —se defendió ella.

—Tienes razón, porque me parece que lo que has hecho es insultarte a ti misma —le reprochó.

—Arthur… ¡Ya está bien! —le gritó enfadada.

—¿Mi amante? ¿Mi amante?... ¿En qué estabas pensando para proponer semejante barbaridad?

Lilian se sintió avergonzada. No era una propuesta tan descabellada. ¿Por qué la hacía sentir como una persona horrible por haberlo sugerido?

—Es lo único que puedo ofrecerte —explicó con convicción.

—¡Y un cuerno! —gritó él—. Es lo que te permites ofrecerme… Puedes optar a más, a mucho más, y no voy a permitir que te rebajes… —se detuvo—, ni que… ni que me rebajes a mí aceptando un trato de ese estilo.

—¿Acaso no deseas volver a tenerme entre tus brazos?

Lilian se acercó a él situándose peligrosamente cerca. Arthur se aproximó más incluso haciendo invisible el espacio entre sus cuerpos. La atravesó con su intensa mirada gris y le aclaró:

—Como mi esposa… jamás como mi amante.

—¿Me estás rechazando? —le echó en cara.

—¿Me preguntas eso cuando me he arrodillado frente a ti con un anillo en la mano? —Levantó ambas cejas evidenciando su asombro.

—¿Todo tiene que hacerse a tu modo?

—Por supuesto —le dejó bien claro.

—¡Eres odioso! —maldijo dándose media vuelta.

—¿Nunca pones las cosas fáciles? ¡No, por supuesto! Porque entonces no serías Lilian Rigby. La mujer más testaruda del planeta.

—Eso no es verdad —se giró hacia él rabiosa—. Te estoy intentando facilitar las cosas y te niegas ni tan siquiera a escucharme.

—¿Facilitarme las cosas? ¿Sabes lo que es una amante, Lilian? ¿Realmente sabes lo que es?

—¡Sí! No soy tan experta como tú, pero puedo hacerme una idea de lo que es.

—No… no te haces a la idea…

—Te lo pondría fácil, Arthur… sin límites… sin censura… siempre a tu disposición… y ni tan siquiera me has escuchado… Te niegas en rotundo a aceptarme… a dar una oportu…

—¡Basta, Lilian! —la cortó en seco alzando la mano—. Con una amante no se hace el amor… ¡Se folla! —bramó el duque.

La muchacha se quedó con la boca abierta incapaz de replicar.

—¿Sabes la diferencia? —le recriminó Arthur—. ¡No! Claro que no… pero aun así propones cosas que ni tan siquiera sabes qué son.

—Instrúyeme… —alzó el mentón—. ¿Qué se supone que diferenciaría una cosa de la otra?

—No voy a explicártelo porque solo de pensarlo me asquea… No te tocaría jamás de esa forma.

—No te entiendo… ¿Por qué ibas a tocarme de una forma diferente? ¿No somos los mismos?

—Lilian, te quiero como la madre de mis hijos, no como una meretriz que se cuela en mi casa a media noche a escondidas de los ojos de la sociedad.

—¿Prefieres no tenerme de ninguna forma a tenerme de ese modo?

—No comprendes que no voy a permitir que sigas escondiéndote por más tiempo.

No solo vas a aceptar mi propuesta de matrimonio, sino que vas a quitarte de una santa vez ese tinte de tu cabello, vas a tirar esas malditas gafas y no vas a poner ningún horrible maquillaje más sobre tu perfecta piel…

¡Se acabó interpretar el papel de solterona por elección propia! —la reprendió.

—¡No mandas sobre mí, excelencia!

—¡Ni tú sobre mí, señorita Rigby!

Ambos se miraron desafiantes, manteniéndose la mirada con los ojos entrecerrados.

Arthur se dirigió al sofá, cogió la caja del anillo y la volvió a poner de nuevo sobre la mesita.

Luego se volvió a sentar en la silla que había ocupado cuando llegó.

Miró a Lilian y le ordenó que tomara asiento frente a él.

—Regresa a tu sitio, aún no hemos acabado —le dijo señalándole la silla.

Ella fue hasta allí, se sentó con orgullo y habló con osadía:

—Me parece que esto acabó antes de empezar.

—¿El sobre o mi anillo, Lilian? ¿Qué eliges? —preguntó, autoritario.

—Tu anillo nunca fue una opción.

—¿Estás insinuando que eliges el sobre?

Lilian lo miró con odio. Despacio, midiendo sus movimientos, levantó su mano al aire colocándola sobre ambos objetos durante unos instantes. El duque tragó saliva. La joven, finalmente, posó su mano sobre el sobre.

—Puedes marcharte, Arthur. Ya está todo dicho —le indicó ella con la barbilla en alto.

—Lilian… —la miró con el mismo desprecio que ella le mostraba—.

No soy hombre que pida las cosas dos veces.

Si esa es tu elección… ¡Que así sea! —Se levantó de la silla, volvió a coger la caja del anillo y la metió en el bolsillo de su chaqueta—.

Tu orgullo, tu tozudez y tu insensatez te han podido. No era yo tu enemigo.

—Te has empeñado en jugar un papel que no te corresponde. No necesito ser salvada de nada ni de nadie. Será mejor que cada uno siga con su vida.

—Me equivoqué… pensé que con diez horas tendría suficiente para conquistar tu corazón, pero solo soy un hombre, con sus defectos y sus virtudes. Un simple mortal no puede obrar milagros. —Se giró dispuesto a abandonar el salón.

Lilian sentía una garra en el estómago rasgando sus entrañas.

Estaba haciendo un gran esfuerzo por no llorar.

Debajo de su mano había un sobre que contenía los datos del hombre que había amado durante ocho largos años y por la puerta estaba a punto de perder al que la tenía subyugada emocionalmente las últimas semanas.

—Finalmente —atacó la joven—, tus aptitudes no eran tan excepcionales.

Arthur no respondió, pero se volvió hacia ella.

—Prométeme una cosa, Lilian.

Ella lo miró a los ojos y solo vio compasión en ellos.

—¿Qué quieres que te prometa, Arthur?

—Sigue con tu vida. Sino ha de ser conmigo, al menos no desperdicies tus mejores años tras esa máscara. Bajo tu mano tienes el pasaporte a la felicidad. No lo malgastes. Las oportunidades solo pasan una vez en la vida. —La miró con más ternura si cabe y añadió firmemente— ¿Puedes prometérmelo?

Tras un largo silencio, en el que ella sentía su alma quebrarse ante sus palabras y sus ojos ya no podían ocultar su emoción, contestó.

—Te lo prometo.