CAPÍTULO 15
Por fin llegó el día en que Lilian debía elegir su futuro.
No sabía a qué hora acudiría Arthur para realizar su petición formal, pero ella ya llevaba desde las seis de la mañana en pie.
Los últimos días, de hecho, apenas había conseguido conciliar un sueño mínimamente reparador.
Por otro lado, su apetito había disminuido e incluso se notó mareada cuando bajó las escaleras que daban a la planta baja.
Desayunó enseguida, pues no quería caerse por los rincones cuando el duque llegase.
Se sentó en el diván y se tapó con una pequeña manta que había cerca. Cerró los ojos e intentó relajarse hasta que la avisaran de alguna visita.
A las diez en punto de la mañana Arthur acudió a casa de tía Josephine.
Lilian sintió su estómago danzando con mariposas de colores al escuchar su grave voz desde la puerta, solicitando permiso al mayordomo para entrar.
La joven se puso en pie para recibirlo y se atusó el cabello mirándose en el espejo del salón.
Cavendish entró a la estancia con paso decidido.
Al verlo, el corazón de Lilian estalló desbocado mientras ella se olvidaba de respirar durante unos instantes.
¡Arthur! Sus ojos grises la miraban con su natural intensidad y tuvo que contenerse para no saltar a sus brazos y besarlo.
—Buenos días, Lilian —saludó el duque con solemnidad inclinando levemente la cabeza.
—Buenos días, Arthur —saludó ella también.
—¿Estamos solos? —preguntó al no ver a nadie más en el salón.
—Tía Josephine ha salido —informó la joven—. No volverá hasta por lo menos un par de horas.
—Mejor. Prefiero que podamos hablar en privado.
—Sí, yo también lo prefiero. —No deseaba que su tía merodease por casa si iba a proponer alguna indecencia al duque. Si la escuchase podría darle un infarto.
—No me andaré con rodeos, ya sabes por qué estoy aquí.
—Sí. Lo sé.
Arthur dio un par de pasos adelante reduciendo distancias. Cogió la mano de la muchacha, se la llevó a los labios y se la besó con ternura.
—Te he echado de menos —confesó el duque en un susurro.
—Yo a ti también —tuvo que reconocer ella.
—¿Podemos sentarnos? —pidió él.
—Perdona. Debes pensar que soy una anfitriona pésima… —Lilian se ruborizó. En su mente solo existían los tentadores labios de Arthur que la tenían hipnotizada y no pensó en que lo primero era ofrecer asiento a un invitado.
Ambos se acomodaron en unas coquetas sillas tapizadas, separadas por una mesita, en la que normalmente su tía y ella tomaban el té.
—Lilian, no es fácil lo que voy a hacer… —La expresión contrita de Arthur le hizo intuir que algo no iba bien—. He venido a pedirte matrimonio, pero hay algo más.
El duque de Cavendish metió su mano en el bolsillo y sacó una pequeña cajita. La puso sobre la mesa.
—Puedes imaginarte qué hay en ella.
—Un anillo —respondió convencida de su contenido.
—Así es.
Después el duque introdujo su mano en otro bolsillo y extrajo una especie de carta, que también procedió a depositar sobre la mesa.
—¿Y ese sobre? —preguntó Lilian.
—Contiene una dirección —informó Arthur.
—¿Una dirección? —dijo desconcertada—. ¿De qué?
—La pregunta más adecuada no es de qué… sino de quién.
—Me estás preocupando, Arthur. ¿De quién es esa dirección?
—Forrester… —soltó él—. Luke Forrester.
¡Ya no había marcha atrás, ya estaba dicho!
Lilian se quedó helada. No estaba entendiendo nada.
—Arthur, esto no tiene gracia… —murmuró pegando la espalda a su asiento.
—Te aseguro que no la tiene —reconoció mientras señalaba la carta—. Este sobre contiene la dirección actual del señor Forrester, más otras informaciones de su vida actual.
—¿Cómo… cómo tienes esta información? —Lilian seguía conmocionada.
El duque respiró hondo.
—Moví unos contactos y lo localizaron.
—Pero… ¿Por qué lo has hecho? —Lilian no podía apartar los ojos del sobre. El anillo ya no existía en la mesa.
—Necesitaba hacerlo.
Lilian, en esos momentos, no sabía ni cómo se sentía. No sabía si estaba indignada, molesta, impactada, sorprendida…
—¿Lo has… leído? —preguntó.
—Sí.
La joven se quedó en silencio, solo mirándolo.
—¿Qué pone?
El duque movió su cabeza en negación.
—¿No vas a decírmelo? —insistió la muchacha.
—No.
—No lo entiendo… ¿Para eso me lo traes?
—Sabes a lo que he venido —le recordó.
—Eso pensaba… Ahora ya no sé qué pretendes.
—Que elijas, ya lo hablamos. Vengo a obtener una respuesta por tu parte a mi propuesta de matrimonio.
Elige la caja con mi anillo y serás mi duquesa.
Quemaremos ese sobre en la chimenea y derrotaremos a los fantasmas del pasado.
Luke Forrester no importa, solo seremos tú y yo.
Olvidarás a Forrester y serás feliz conmigo.
Cada noche haremos el amor como empezamos a hacerlo en nuestra última cita y miraremos hacia un futuro prometedor.
Si en cambio quieres seguir anclada al pasado puedes quedarte el sobre y…
—... encontrar a Luke.
—Así es. Si me aceptas no quiero compartirte con ninguna sombra. Soy demasiado egoísta para pensar que en tu corazón haya ni tan siquiera el recuerdo de alguien más. Mi corazón es tuyo al ciento por ciento. No me conformaré con el tuyo en menores condiciones.
—¿Se ha casado? —preguntó Lilian.
—Toda la información está en el sobre.
—¿No piensas responderme a nada de lo que te pregunte?
—No.
—No es justo. Al menos podrías decirme dónde vive… ¿Está en Inglaterra? —insistió ella.
El duque se mantuvo impasible sin responder. Aquello exasperó a Lilian que perdió definitivamente los papeles.
—¡Maldito seas, Cavendish! —Un par de lágrimas inesperadas se formaron entre sus párpados por la rabia—. Dime al menos si está bien…
El duque seguía impertérrito. Lilian se levantó del asiento y se dirigió hacia una de las ventanas.
Se frotó las sienes intentando procesar la información.
Estaba invadida por un sinfín de sensaciones indescriptibles, difíciles de catalogar…
sentía una especie de vértigo emocional, algo tan extraño que seguramente no tenía nombre.
—¡Eres un maldito manipulador! —exclamó dolida ante aquellos silencios que le resultaron de lo más crueles.
—No soy yo quien tiene el corazón dividido. Lo quiero solo para mí.
Lilian se giró hacia él como una fiera herida.
—¿Quién te ha dicho que tú estás en mi corazón? —Estaba tan enfadada que no sabía ni lo que decía—. ¡Sigues siendo un engreído arrogante!
—Puedes negarme muchas cosas, Lilian, pero que vibras cuando estás en mis brazos no es una de ellas, porque te he tenido bajo mi cuerpo y te enciendo como una tea con solo besarnos.
—Sí… —reconoció con amargura en su voz—. Te deseo… pero eso no significa que mis sentimientos sean más intensos. No pretendas poner significado a lo que despiertas en mí, porque ya te dije que mi corazón ya tenía dueño.
—¿Vas a seguir obcecada en tu cabezonería?
Puedo aceptar que estés molesta porque desde que yo entré en tu vida estoy sacudiendo cimientos que creías inamovibles…
pero acepta que tu corazón ya no pertenece a Luke Forrester…
Es mío, Lilian, pero te niegas a reconocer que tus sentimientos por Forrester son una fantasía.
—¿Quién te has creído que eres? No tienes derecho a juzgar mis sentimientos…
¿El gran duque de Cavendish cree tener potestad absoluta para opinar de todo?
¿Crees que tu poder es tan inmenso que, porque tú quieres que sienta algo por ti, eso ha de suceder?
¡No, Arthur! Las cosas son más complicadas que todo eso.
—Tú te empeñas en hacerlas complicadas —le recriminó.
—Y tú en no escuchar. Sabías desde el principio que no aceptaría ser tu esposa —le recordó con enojo.
—¿Porque soy un duque? Si fuera un simple lacayo tendrías puesto ese anillo ya en tu dedo. Pero te niegas a aceptarme para vengarte de tu padre, de su traición por separarte del señor Forrester. Pero haciendo esto a quién únicamente te traicionas es a ti misma.
—Guárdate tu maldito anillo en el bolsillo. No sé ni porqué te has molestado en traerlo… —le echó en cara—. ¡Oh!... ¡Está claro por qué lo has traído!… Porque el gran duque no escucha a nadie a su alrededor… ¡Solo se oye a sí mismo!
—No voy a guardarlo porque te lo vas a poner antes de que yo salga por esa puerta —dijo señalando la cristalera que daba acceso al salón.
Lilian se sentó en un sillón para permanecer alejada de él. Arthur seguía sentado en la silla junto a la pequeña mesa. Los dos se mantuvieron la mirada en silencio hasta que él volvió a hablar.
—Rechazas mi anillo y ¿qué?… ¿Cuál es tu plan? ¿Seguir con una vida de mentiras y secretos? Ya es hora de que sigas adelante, Lilian. No tienes otra opción.
—¡Oh… casi me convences! —ironizó la joven—. ¡Una petición de mano de lo más romántica! Si no fuera porque suena más a una amenaza que a pedirme matrimonio.
—No estoy de humor para tus burlas. El asunto es serio, Lilian. Estoy buscando esposa, necesito un heredero y, cuando me decidí a dar el paso, tú apareciste de repente en escena. ¿Crees que fue casualidad? No… Tú eres mi destino, igual que yo soy el tuyo.
—Ohhhh… —exclamó con tono sarcástico mientras se llevaba una mano al pecho, falsamente halagada—. Buen intento haciéndome creer que nuestro destino estaba escrito en las estrellas, pero… ¡Sigues sin convencerme!
—Está bien. Entonces, recházame y acepta el maldito sobre —la retó Arthur.
—Creo que ni tan siquiera contiene lo que dices, seguro que es una treta por tu parte para ponerme contra las cuerdas. ¿Tan desesperado estás que has inventado esta miserable argucia?
—Si piensas algo así de mí, Lilian, es que no me conoces —dijo totalmente serio, lo que hizo que la joven empezara a creerlo.
—Entonces… ¿Es cierto? ¿Has localizado a Luke? —Cada vez que pronunciaba el nombre su interior se contraía.
—He tenido poco tiempo para que me conozcas, pero creía haberte demostrado que soy un hombre de palabra.
Lilian no tuvo más opción que callarse ante tal hecho. Era verdad. Arthur siempre había cumplido su palabra al pie de la letra y su honor era digno de admiración.