La misteriosa Lilian Rigby (Damas Insólitas nº 1) CAPÍTULO 14 #2
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CAPÍTULO 14 #2

¡No! ¿Por qué de repente se sentía hundido y sin posibilidades?

No. Debía detener esa negatividad que no lo llevaría a ninguna parte.

Porque si de algo estaba convencido era de que había despertado algo en ella…

De eso estaba seguro. Ella se lo había dicho, había reconocido que se lo pasaba bien con él, incluso en el sentido carnal. Pero… ¿Eso era todo?

Intentó detener sus divagaciones para centrarse en el discurso que Luke estaba ofreciendo a la concurrencia.

¡Maldito dios griego! Además, hablaba con tal determinación que sería capaz de convencer al juez de que cualquier criminal era inocente.

Si alguna vez necesitaba un buen abogado no le cabía duda de que ninguno superaría al señor Forrester, si no fuera porque deseaba matarlo con sus propias manos y hacerle un par de cicatrices en su inmaculado rostro.

Estuvo cerca de una hora en la sala y, tras los alegatos de ambas partes, el juez y sus magistrados se reunieron en privado.

En la sala nadie se movía puesto que, en breve, se resolvería el caso con el dictamen final.

Arthur también esperó paciente, pero en su mente solo existía un pensamiento: Lilian y la noche que compartieron en la quinta cita.

El cuerpo de ella estaba en su retina y en la yema de sus dedos a todas horas.

Ni durmiendo se olvidaba de ella, llevaba dos días soñando con volver a tenerla entre sus brazos.

Cuando le propusiera matrimonio ella debía aceptar porque de no hacerlo acabaría perdido en un pozo de locura.

Más, después de haber probado las mieles de su piel.

Ninguna otra sería lo mismo tras haber degustado la suya.

Ninguna tendría los labios más suaves que ella, ni podrían alterar su corazón como la mocosa de Lilian Rigby.

Su Lilian Rigby. Desde el día del jardín del pecado era suya.

Agradeció que en la última cita ella se quedara plácidamente dormida, porque no estaba convencido de si habría sido capaz de contenerse y no hacer una locura poseyéndola en su primer encuentro.

Lilian estaba tan entregada que no hubiese tenido fuerza de voluntad suficiente para no hacerlo.

Y él era un hombre recto que jamás osaría hacerle el amor a una dama inocente sin haberla desposado antes.

Definitivamente lo tenía loco… loco de amor.

El juez regresó a la sala y el murmullo de los asistentes se fue disipando.

El silencio fue roto por el veredicto final que exculpaba de cualquier cargo al marqués que el señor Forrester defendía.

Abogado y cliente se felicitaron efusivamente y la sala aplaudió al unísono por el resultado.

El único que no aplaudía era el duque de Cavendish que permanecía ajeno a aquel espectáculo.

Cuando el público abandonó la sala, él seguía teniendo curiosidad por el hombre que se había convertido en su rival natural.

Esperó en la esquina de enfrente al salón de justicia y decidió seguirlo cuando saliera del edificio.

El informe de Gibson no se equivocaba: Forrester se dirigió al Burn Lyon en compañía de un par de hombres, uno de ellos era el juez.

Supuso que el otro era alguno de la lista de sus conocidos habituales.

Cuando tomaron asiento en el restaurante, Arthur también lo hizo situado un par de mesas más allá y siguió observando a aquel portento de hombre.

Durante la comida, hasta cinco caballeros se acercaron al joven abogado para felicitarle o para solicitar sus servicios.

No lo dejaban tranquilo ni comiendo. Estaba claro que los aristócratas lo buscaban a él como un pirata buscaría un barco español cargado de oro.

Tras la comida, volvió a seguirlo. Luke Forrester, en esta ocasión, no regresó al juzgado, fue caminando hasta su casa que se encontraba a escasas manzanas de allí.

Aquel hogar era una auténtica mansión: destacaba en la calle siendo la más ostentosa.

Brillaba como el dueño. Aquel hombre era un rey Midas, todo lo que tocaba se convertía en oro.

De ser un simple ayudante de administrador se había convertido en el abogado más codiciado de Manchester.

Como un espía de tres al cuarto, Arthur se quedó mirando desde la acera de enfrente y observó por las ventanas cómo Forrester paseaba por el interior de su casa.

Sus sirvientes lo atendían sumisos para proporcionarle cualquier cosa que necesitase.

Vivía mejor que un duque. ¡Mejor qué el mismo!

Gruñó para sus adentros. Ya había visto suficiente. Se marchó de allí para buscar su caballo y emprendió la marcha de regreso a Londres. Por fin, conocía las dimensiones del fantasma que acechaba su felicidad.

***

El duque de Cavendish necesitaba la opinión de alguien que no fuera él mismo, por lo que recurrió a sus mejores consejeros: Lennox y Rockingham.

Los tres estaban en el club a altas horas de la noche, cuando Edward Barrows, conde de Rockigham, repetía lo que había dicho su amigo para estar seguro de haber entendido bien la situación.

—Lilian Rigby está enamorada de un joven al que hace ocho años que no ve ni sabe dónde está, ya que su padre la privó de contraer matrimonio con él y, a cambio, lo chantajeó para que no volviera a molestarla.

Por otro lado, tú deseas casarte con ella y no se te ocurre otra cosa que averiguar sobre el susodicho desaparecido, con tan mala fortuna, que lo encuentras y resulta ser el mejor partido de toda Inglaterra —resumió el conde.

—Hasta ahí, todo correcto… —indicó el duque.

—Por otra parte, en tres días, vas a ofrecerle matrimonio a Lilian Rigby… —añadió el conde.

—Exacto… —corroboró que seguía el hilo a la perfección.

—Y tu dilema es si debes decirle a Lilian que has averiguado el paradero del gran amor de su vida…

—Eso es… —dijo Arthur.

—Y quieres saber mi humilde opinión… —preguntó Rockinham.

—A eso he venido.

—¡Eres estúpido de pies a cabeza! —exclamó el conde ante la estupefacción de Arthur—.

¡Tira el condenado informe de Gibson al fuego, deshazte de todas las pruebas y no vuelvas a nombrarle a Lilian el nombre del maldito Forrester el resto de tu vida!

Hazla feliz y con el tiempo olvidará que un día tuvo un amor de juventud…

¿Quién no lo ha tenido? Y quién lo recuerda ya…

La vida sigue… Tú eres su futuro, hazla olvidar su pasado.

Lennox que había estado callado la mayor parte del tiempo decidió intervenir:

—Rockingham, ¿es que no conoces a Caven?

—apuntó el más joven de los tres—. Nuestro moralmente correctísimo amigo se debate entre hacer lo correcto o engañar a Lilian.

Él dispone de información que sabe que ella anhela conocer y no tendrá la conciencia tranquila si le oculta un hecho de tal magnitud.