La misteriosa Lilian Rigby (Damas Insólitas nº 1) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Al día siguiente el duque de Cavendish recibió una visita inesperada. Gibson, el espía que trabajaba para la Corona, quería verle. Se reunieron en el despacho de Arthur.

—Ha sido más fácil que robar un caramelo a un niño —reconoció Gibson—. Un simple detective hubiese podido hacer el trabajo. Quizá hubiese tardado un poco más que nosotros, pero era un caso sencillo.

—¿Lo habéis encontrado… ya? —preguntó el duque sin dar crédito.

—En efecto. Aquí tienes un informe detallado del sujeto en cuestión —le extendió un sobre cerrado. Arthur lo cogió y evaluó el aspecto del documento. Apenas pesaba.

—Entiendo que sigue vivo… —preguntó esperando que no fuera así. Se sintió ruin por tener esa clase de ideas.

—Sigue vivo y en el país. Sigue usando su nombre y trabaja como abogado. No uno cualquiera, solo acepta casos de peces gordos. Y hablando de peces, se mueve entre la aristocracia como pez en el agua. A su temprana edad, ya amasa una fortuna. Tienes toda la información detallada en el informe.

—Gracias, Gibson. ¿Te apetece tomar una copa? —A pesar de las ganas que tenía de abrir el sobre, procuró ser cortés.

El espía sabía que ya había cumplido su cometido allí y que era mejor dejarlo solo para que saciara su evidente curiosidad.

—Otro día, Cavendish. Tengo más asuntos de qué ocuparme, pero pensé que era importante para ti tener la información cuanto antes.

—Así es.

Estrechó su mano para despedirse de Gibson.

—Te debo una.

—Te tomo la palabra —dijo con una sonrisa mientras salía del despacho.

Arthur se sentó con el sobre entre las manos. Suspiró porque ahí estaba el maldito fantasma que había impedido a Lilian seguir con su vida. Lo abrió y leyó el informe con calma:

“Nombre: Luke Forrester

Ocupación: Abogado en activo en los Juzgados Portman (Manchester)

Edad: 26

Estudió Derecho en la Universidad de Cambridge. Plaza avalada por Igor Rigby (barón de Buckland)

Patrimonio conocido:

- Casa en Liverpool – Ride Street, 15 (vivienda ocasional)

- Casa en Manchester – Tamesless Street, 34 (vivienda habitual)

- Casa en Leeds – Homsnair Street, 20 (vivienda ocasional)

- 600 mil libras en diferentes sucursales bancarias (estimado)

Ambientes que frecuenta:

- Burn Lyon

- Club RainLight

- King West

Compañías frecuentes:

- John Smith (abogado, 32 años)

- Robert Queen (economista, 28 años)

- Thomas Gordon (Juez en los juzgados Portman, 57 años)

- Reginald Brown (abogado, 25 años)

Estado civil: soltero

Relaciones sentimentales anteriores: Tania Mindy, Rachel Pinred, Caroline Burns.

Relación sentimental actual: desconocida.

Hijos: no

Rutinas: almuerza en el King West de 7.00 a 8.00; trabaja de 8:00 a 16:00 horas en los juzgados Portman, con descanso para comer en el Burn Lyon de 12.00 a 13.00”

Arthur leyó dos veces el documento. Ese hombre disponía de una fortuna envidiable, se codeaba con la aristocracia y tenía casi tantas propiedades como él.

Le atormentaba que siguiera soltero. ¿Seguía siendo una amenaza que podría interponerse entre Lilian y él?

¡Vivía en la otra punta del país! ¿Por qué lo sentía como un peligro real?

Igor Rigby avaló su acceso a la universidad, aquello tenía sentido.

De otro modo, un joven sin recursos, difícilmente hubiese podido entrar.

Estaba claro que compró que se alejara de su hija a cambio de usar su apellido para abrirle puertas.

El duque sintió un impulso tan irrefrenable como estúpido. Sin más demora, ordenó que ensillaran su caballo y salió dirección a Manchester.

Lilian canturreaba por casa de tía Josephine oliendo las flores recién cortadas que iba colocando una a una en un jarrón.

Cuando colocó la última y observó el resultado con satisfacción se sentó en un diván junto a uno de los ventanales.

Se quedó mirando el infinito a través del cristal.

Arthur, Arthur, Arthur… sus caricias, sus besos, su penetrante mirada gris, sus manos…

todo estaba tan fresco sobre su piel, sobre sus labios.

Rozó con la yema de los dedos su labio inferior recordando las sensaciones.

Cerró los ojos y se transportó al carruaje.

«Tenemos presente…» «Entrégate a mí…». No podía ocultar su excitación al estar junto al duque, no era capaz de negarse a él ni a su cuerpo.

¿Cuánto tiempo durmió ayer entre sus brazos?

¿Si no se hubiese quedado dormida, él habría llegado a…

? Seguramente sí. A esas alturas sería una solterona echada a perder.

Un hombre que no era su esposo habría tomado su virginidad…

¡Menudo escándalo! Y a pesar de ello se sentía plena, dichosa, feliz y no se lo hubiese impedido.

No hubiese detenido a Arthur Wesley, porque ella se sentía incapaz de declinar ningún avance por su parte.

Porque él tenía razón. Lo deseaba. ¡Dios!

¡Y cómo lo deseaba! Esa ansia que crecía en su interior cuando estaba junto a él no era normal.

Una fina lluvia empezó a caer y el cristal fue recogiendo las gotas que se salpicaban contra él.

Pronto se convirtieron en delicados regueros de agua que se deslizaban por la superficie del cristal.

Lilian recordó la humedad de su cuerpo y cómo los dedos del duque la acariciaban al igual que esas gotas de lluvia mojaban el vidrio.

Se le escapó un suspiro que le sorprendió hasta a ella misma.

«Una semana para decidir qué hacer», pensó.

La respuesta era evidente: no lo aceptaría en matrimonio. Pero en cambio una alternativa iba tomando forma en su mente, una que sí era posible: podría ser su amante.

No quería privarse de él. No. Quería seguir descubriendo más sobre el placer en manos del duque. Cuando él viniera a proponerle matrimonio, ella le haría la contraoferta. Se ofrecería a él sin condiciones. Sin límites.

Era una opción tan maravillosa que él no podría rechazarla, porque era como si ambos hubiesen nacido para compartir intimidad, hacer vibrar al otro, fundirse en un estado de confusión tan delicioso que solo se calmaba a base de caricias.

Pero… él la quería como su duquesa, no como amante… ¿Y si no le parecía bien un acuerdo de ese estilo y rechazaba su ofrecimiento?

Era una posibilidad, pero entonces, debería convencerlo: le diría que no habría restricciones entre ellos, que podía tomar su cuerpo de todas las maneras que quisiera, aunque no pudiese llevar su apellido.

Estarían juntos, no siendo su duquesa, pero sí siendo su mujer en la cama y fuera de ella.

¿Qué importaba un anillo cuando la piel ardía de esa manera tan arrolladora?

Volvió a cerrar los ojos y recordó el peso del cuerpo de Arthur sobre el suyo, cómo su calor la envolvía por doquier.

Cómo dos simples manos podían recorrer su piel con tanto afán, sin que quedara ningún rincón por agasajar.

Por primera vez en su vida se sintió mujer.

¡No! ¡Él la hizo sentir mujer! Fue él quien la elevó a lo más alto del placer, a experimentar sobre su propio cuerpo y a descubrirle reacciones que ella misma desconocía.

¿Por qué tenía ganas de más? ¿Acaso era una degenerada? Iba a estar una semana sin verle y solo de pensarlo le pareció un siglo entero. ¿Y si iba ella a visitarlo? ¡No! ¡Demasiado atrevido! ¿O no? ¿Cómo podría soportar una semana entera sin verle y sin… besarlo?

Su tía Josephine entró al salón y ella se sonrojó. ¿Acaso creía que su tía podía leerle la mente? Era absurdo, pero se sentía transparente.

—Lily, hoy te has levantado de mejor humor. Tu mirada resplandece.

—Sí, tía… Hoy estoy más animada —reconoció la joven incapaz de borrar la sonrisa de su cara, intentando disimular su sonrojo.

—Me alegro, cielo. Pero ya que tus avances con el duque se truncaron después de vuestra discusión, deberíamos volver a asistir a bailes. La temporada sigue su curso y no podemos desvincularnos por más tiempo.

—Todavía es pronto, tía. Dame unos días más, por favor —propuso la joven—. Quizás una semana y luego ya volveremos a asistir a esos eventos. ¿Te parece bien?

—Lo que tu prefieras, pero pasados siete días empezaré a aceptar de nuevo invitaciones.

«Arthur», suspiró internamente. ¡Una semana! Jamás siete días se le habían planteado tan largos. ¡Ohhhh!... ¡Era tanto tiempo! ¡Siete jornadas con sus respectivos días y noches! ¡Siete días privada de sus besos! Debía ser fuerte si quería superarlos.

Un par de días más tarde el duque de Cavendish accedía a los juzgados de Portman.

Deambuló por los pasillos hasta dar con la sala donde se estaba llevando a cabo un juicio en concreto.

En él, Luke Forrester ejercía de abogado defensor de un marqués acusado de contribuir con fondos privados al contrabando de licor.

Arthur entró con discreción y se sentó entre el público que presenciaba el caso.

Enseguida posó sus ojos sobre el joven abogado y su autoestima se hundió en el mismísimo infierno.

Luke Forrester era un Adonis. Un hombre alto, fuerte, joven, rubio de ojos azules.

Si él fuese mujer también habría caído rendido a sus pies, reconoció a su pesar.

¿Era posible que un hombre fuera tan atractivo?

¡Eso debería ser delito! Tenía un brillo espectacular, la sala al completo estaba pendiente de su alegato.

Ese muchacho resplandecía como el astro sol.

Lo maldijo por ser tan perfecto. Recordó las palabras de Lilian cuando discutieron: «¡Acéptalo, porque nunca serás tú! ¡Tú nunca estarás a su altura!».

A ojos de Lilian él era un viejo verde que la perseguía como un perro en celo por todas partes.

Que, aprovechando su rango ducal, la había obligado a aceptar cinco citas bajo una especie de chantaje emocional.

Y él seguía ciego creyendo que tenía posibilidades a pesar de que le había advertido en innumerables ocasiones que no se casaría con él.