La misteriosa Lilian Rigby (Damas Insólitas nº 1) CAPÍTULO 13 #5
60%

CAPÍTULO 13 #5

Él no dejó de tocarla incrementando el placer que se iba acumulando en su interior.

Descendió hasta sus pechos para volver a estimularlos con la lengua.

La joven estaba entregada por completo. Hacía rato que sus sentidos habían desaparecido y su razón ya no estaba en este mundo.

Solo existía Arthur, sus manos, sus labios, su piel y esa cama.

Nada más. Su espalda se arqueaba y su pelvis se erguía hacia la mano del duque, entregada.

Sus gemidos eran cada vez más intensos. Un dedo se introdujo en la obertura femenina, sobresaltándola, pero enseguida volvió a perderse en las sensaciones.

Arthur añadió un segundo dedo y recorrió su interior con cadencia, mientras el pulgar acariciaba el capuchón en círculos constantes.

Con cada jadeo de Lilian le advertía que el clímax estaba próximo.

Se sintió afortunadamente egoísta de ser el primero que oiría una explosión de placer de esa joven inocente.

De su futura duquesa. Debía seguir y llevarla a lo más alto.

—Déjate ir… —la animó— lo estás haciendo muy bien…

—Ar-thur… ohhh…

Sentía que no iba a poder aguantar mucho más. Sentía que iba a morir si no se detenía. Casi no podía respirar.

Unas caricias más y la convulsión del máximo goce elevó a Lilian hasta un punto en que el mundo desapareció a su alrededor… ¡Por fin entendió a qué se refería Arthur cuando le explicó sus metáforas sobre el amor!

Le costó volver a apaciguar su respiración y sus latidos, estaba acalorada, ruborizada por el esfuerzo. Arthur ya estaba a su lado, pasando un brazo por debajo de su cuello, acercándola a su torso y la cubrió con la sábana para que no cogiera frío. Ella se abrazó a él, lánguida y exhausta.

—¿Cómo te encuentras? —susurró acariciando su piel.

—Estoy en el paraíso…

Arthur besó su cabello mientras su alma nadaba en un mar de felicidad.

—Ahora descansa entre mis brazos… cierra los ojos, mi ángel… recupera la calma…

La muchacha obedeció y se relajó mientras sentía las delicadas caricias del duque sobre su espalda y sus labios regando de besos su melena.

—Lilian… —oír su nombre la sacó de su ensoñación —. Despierta… —era la voz de Arthur que la devolvía al presente tras lo que parecía un letargo de diez años dormidos.

La joven abrió los ojos, miró a su alrededor y se incorporó sobresaltada. La sábana resbaló y, al mirar hacia abajo, vio sus pechos desnudos. Tiró de la tela para cubrirse.

—¿Me he quedado dormida? —se sorprendió por haberse relajado tanto.

—Así es. Duermes con una paz que me desarma. No me he visto capaz de despertarte hasta que ya no ha habido más remedio —le sonrió con dulzura—. Es hora de llevarte de vuelta a casa.

—¿Ya? —«¿Ya habían pasado dos horas? ¡No podía ser!»

—Quedan quince minutos para que se acabe la cita. El tiempo que necesito para el trayecto.

—La última cita… —puntualizó ella con un matiz de… ¿Pena? ¿Alegría?

—Se nos hace tarde, vístete, amor.

El duque de Cavendish ya se estaba abrochando la camisa. Ella se apresuró a recoger también sus prendas para vestirse. En poco tiempo, los dos estaban en el carruaje regresando a casa de tía Josephine. Lilian se sentó al lado de Arthur y él la mantenía en su costado abrazaba por los hombros.

—Una semana, Lilian…

—¿Una semana? —preguntó sin entender a qué se refería.

—En una semana iré a tu casa y pediré tu mano formalmente. Tienes siete días para decidir qué quieres hacer: aceptarme o rechazarme. Si me aceptas, nos casaremos enseguida y serás mi duquesa. Si me rechazas, acataré la promesa que te hice y no volveré a molestarte.

—Sabes que te rechazaré… —dijo ella.

—No vas a hacerlo… —dijo él con arrogancia.

—¿Qué te hace pensar que no lo haré? —le exasperaba la seguridad del duque.

—Porqué me he filtrado bajo tu piel y, aunque no lo reconozcas, me he colado en tus pensamientos, en tu alma y en cualquier rincón de tu ser, como tú lo has hecho conmigo. ¿Te atreverías a negarlo?

—Como te comenté hace unos días, disfruto de tu compañía… —respondió—. Y hoy he descubierto que en todos los sentidos… pero… eso no significa que vaya a decir que sí a tu proposición.

—Eres mía… —le aseguró levantándole la barbilla para que lo mirase a los ojos—. Solo temo que seas tan testaruda como para no reconocerlo.

Lilian le mantuvo la mirada y el duque siguió hablando:

—Tienes mucho en qué pensar. Has de decidir si quieres seguir anclada en el pasado, atada al fantasma de un recuerdo, de un hombre del que no sabes ni dónde está…

o apuestas por un futuro junto a un hombre real, que se ha mostrado a ti tal como es.

Apenas he dispuesto de tiempo, pero supongo que has podido hacerte una idea bastante fiel del tipo de persona que soy.

—Lo he hecho…

—¿Y cómo me ves?

—Arrogante… engreído… déspota… —empezó a decir ella para provocarlo.

—Jovenzuela… descarada… —él también podía hacerle lo mismo devolviéndole calificativos.

Lilian se incorporó del asiento y se empezó a subir las faldas hasta los muslos. Ante la sorpresa de Arthur, se sentó a horcajadas sobre él y se enroscó a su cuello:

—¿Descarada? Quizá eso se deba a que un viejo verde me ha pervertido —comentó divertida mientras acercaba su boca a la de él— ¡Bésame, duque arrogante, y deja la palabrería!

El resto del trayecto lo hicieron devorándose a besos.

De la misma forma se despidieron, costándoles media vida separar sus labios y privarse de las tiernas caricias que se prodigaban.