La misteriosa Lilian Rigby (Damas Insólitas nº 1) CAPÍTULO 13 #4
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CAPÍTULO 13 #4

Lilian se mordió el labio mientras el duque comenzaba a desabrochar los botones del cuello.

¿Iba a desvestirla? ¿Arthur Westley iba a quitarle la ropa?

¡Oh, Dios mío! Se sentía arder. Las poderosas manos masculinas parecían tan inseguras como las suyas propias, incluso hubo un botón rebelde que hizo que Lilian interviniera para poder abrirlo.

—Gracias —susurró él. ¿Desde cuándo los botones eran artilugios de alta complejidad técnica imposibles de dominar por un ser humano?

No sin alguna que otra dificultad, llegó al último de ellos. Retiró la tela de los hombros femeninos y ella hizo un par de movimientos para desprenderse del tejido. El vestido cayó desmayado a sus pies. Estaba en ropa interior.

—Bésame, Lilian…

Ella lo abrazó enroscándose a su cuello y lo besó con deleite. El duque la alzó y la depositó sobre la cama. Se subió también y se colocó a su lado.

—¿Estás cómoda?

—Sí.

—Tú turno… quítame la prenda de ropa que desees…

—¿Yo? —preguntó con un repentino pudor.

—Igual que yo he hecho contigo… ¿Puedes hacerlo?

—Creo que sí…

Lilian se puso de rodillas sobre la cama y él se incorporó para quedar sentado.

La joven empezó a desabrochar los botones de la camisa.

Tras cada uno, la piel de su amante iba quedando al descubierto, su torso firme la tenía embelesada y su respiración se entrecortaba.

El vello oscuro y rizado de su pecho le llamó la atención y se detuvo para acariciarlo.

Recordó cómo lo había rozado en el lago y sintió la necesidad de explicárselo a él.

—Bajo el agua era más suave…

—¿Me acariciabas bajo el agua?

—Sí… —admitió con recato.

—Yo estaba tan pendiente del roce de tus senos que no me percaté de que eran caricias, pensé que solo te aferrabas a mí para no ahogarte…

—Me da vergüenza reconocerlo, Arthur, pero tengo una inmensa curiosidad por tu cuerpo —dijo con las mejillas encendidas.

—Sigue quitándome la ropa y sacia tu interés.

Ella acabó de desabrochar la camisa y se la retiró por completo. La musculatura del duque era portentosa. Su afición a montar a caballo le permitía mantener un buen estado físico. Lilian no pudo evitar recorrer sus músculos con la punta de sus dedos, tanto por sus hombros como por sus brazos.

—Tu cuerpo… me… me impresiona —reconoció ella.

—Sin límites… —recordó él—. Hoy soy tu vasallo...

Aquella frase ayudó a Lilian a tomar la iniciativa.

Se inclinó sobre él y besó la curva de su hombro y después recorrió el interior de sus brazos desde la muñeca hasta su cuello.

Besos castos, besos que pretendían descubrir más que amar…

y eso también lo volvía loco. Cuando ella alzó la vista descubrió que Arthur la miraba con hambre.

—Tienes esa mirada… —observó ella.

—¿Qué mirada?

—Esa que tanto me incomoda…

—¿Estás incómoda ahora?

—Sí… pero me gusta… siento que estás a punto de… de saltar sobre mí… pero te contienes…

—Estoy haciendo un gran esfuerzo… me obligo a no ir al ritmo que mi cuerpo me pide… debo respetar tus tiempos…

—Siento ser inexperta… —se lamentó la joven.

—Jamás me pidas perdón por el gran don de ser el primero en tocarte. Es el mayor privilegio que nunca nadie me ha otorgado.

El duque capturó su boca y se fundieron con las sábanas entre abrazos y caricias.

—Arthur… me sobra ropa… —murmuró entre la vorágine. El calor la estaba consumiendo al tiempo que el sudor recorría su piel formando sobre ella un manto perlado.

—Aceptas desprenderte de algo más…

—Sí…

Arthur sujetó el borde de la camisola y subió la prenda poco a poco a través del torso de la joven. Al llegar a la zona de los pechos se detuvo.

—Lilian… —preguntó pidiendo permiso para proseguir.

—Adelante…

Lo que vio a continuación marcaría el resto de su vida.

El cuerpo más perfecto que jamás había tenido ante sus ojos.

Los pechos de esa mujer… ¡Santo Cielo! Eran los más maravillosos que el universo había creado.

Atraído como una abeja a la miel, se inclinó sobre ellos y rozó un pezón con los labios.

—Ooohhh… —Lilian ahogó un gemido cuando él lo capturó con la boca.

—Lo siento… —se retiró. ¡Menudo bruto! ¿Cómo había osado actuar de modo tan brusco? Sin embargo, ella sujetó su cabeza indicándole que volviera a la misma posición y continuara con lo que hacía.

—No… es solo que… Oooohhhh… —jadeó otra vez cuando él succionó de nuevo mientras presionaba suavemente el pezón del otro seno con la punta de las yemas.

Le sobraba toda la ropa. Ella misma se removió inquieta mientras él le dedicaba esas placenteras atenciones, y se deshizo de la camisola sacándosela por encima de la cabeza. Él alzó la vista y le sonrió.

—No te detengas… continúa… —dijo roja de vergüenza.

—Como desees…

Arthur continuó besándola, acariciando sus pechos, lamiendo el lóbulo de su oreja, mordisqueando sus clavículas…

y poco a poco se colocó sobre ella. Se sentía en una nube.

¿Cómo era tan afortunado de tener en su cama a la mujer de sus sueños?

Le debería pleitesía hasta el fin de sus días.

Debía hacerla disfrutar, colmarla de dicha, de placer, de felicidad.

Si ella se había expuesto así, sin condiciones y libremente ante él, debía compensarla de mil maneras posibles.

Una mano descendió hasta rozar su ombligo. Lilian dio un respingo al sentir que el duque no se detenía allí.

—Esta parte es la más… delicada… —dijo refiriéndose a que sus intenciones eran seguir bajando—. Pero, a la vez, la más intensa.

La intrépida mano intentó colarse entre sus muslos, pero la joven mantenía las piernas juntas haciendo presión para mantenerlas así, temiendo la invasión a ciertas partes pudorosas.

—Separa las piernas… —la animó él con dulzura.

—Es que… no puedo… —reconoció sonrojada por el bochorno.

—¿Qué sucede, preciosa?

—Me noto… estoy… muy… mojada…

—Algo estaría yo haciendo muy mal si no lo estuvieras.

—¿Es normal…?

—Es el elixir que tu cuerpo emana para mí… para que pueda tocarte sin dañarte…

Ella se relajó y separó poco a poco las piernas.

Arthur metió la mano por la ropa interior, hasta localizar la parte interna de sus muslos y se dedicó a acariciarlos.

Mientras se la volvió a comer a besos… Lilian se despistó lo suficiente, envuelta en el éxtasis, y él aprovechó para alcanzar su objetivo: rozó su feminidad y se sintió en la gloria. Su excitación estaba desbordada.

—Voy a acariciar tu humedad… —advirtió—. Recuerdas que te expliqué que hay un punto en el que ya nada se puede detener…

—Sí…

—Estamos en ese punto.

Arthur abrió con los dedos los pliegues de los rizos de Lilian y empezó a juguetear delicadamente sobre el botón del placer. Lilian se sujetó a él, a sus hombros, por la sorpresa. ¿Qué era eso? Instintivamente abrió más sus piernas para que él pudiera tener mejor acceso.

—¿Te gusta, Lilian?

—Ah… sí… síííí… ohhhh….