La misteriosa Lilian Rigby (Damas Insólitas nº 1) CAPÍTULO 13 #3
57%

CAPÍTULO 13 #3

La joven suspiró. Ni siquiera sabía que había estado conteniendo el aliento.

—Arthur… —susurró—. ¿De verdad causo todo eso en ti?

—Sí, Lilian…

La joven hizo una leve pausa antes de hablar.

—¿Decías… que… ibas a besarme…? —preguntó con cierta indecisión.

—Te prometí que jamás haría algo que tú no quisieras…

—rozó su mejilla con la yema de sus dedos mientras acercaba peligrosamente su rostro al de ella—.

Tú mandas. Pídemelo y hazme el hombre más feliz de la tierra.

Yo me muero por hacerlo… pero sé que no soy solo yo.

Ambos deseamos hacerlo… lo anhelas igual que yo…

—Arthur… —susurró sobre sus labios.

—¿Lo deseas, Lilian? Si es así… no te tortures más… y… pídemelo… —sus alientos se fusionaron en uno solo.

—Sí, Arthur. Bésame…

Sus bocas encajaron con suavidad. Aquel beso fue muy diferente al de la primera vez.

Este era pausado, recreándose en cada uno de los pliegues de sus bocas.

No había prisa. Los dos mantenían sus ojos cerrados, entregados por entero a las sensaciones.

El duque mantenía sujeta a Lilian con las manos sobre sus caderas apretándola contra su masculinidad.

Ella se sujetaba a él por su nuca y jugueteaba con su cabello.

—Eres pura miel, Lilian… —murmuró el duque—. Voy a besarte más a fondo… pero para eso necesito invadirte… que te abras para mí…

Ella sabía qué le estaba pidiendo: que abriera sus labios y le dejara libre acceso a su boca, a su lengua.

Recordó el primer beso y cómo esa parte la había impresionado al multiplicar la sensibilidad y alcanzar otro nivel.

Ahora lo esperaba con ansiedad. No opuso resistencia, entreabrió sus labios y, por fin, el duque hizo su intromisión.

Era una delicia: se enlazaban saboreándose y despertando algo más profundo.

Las manos del duque empezaron a subir por su espalda proporcionándole caricias que la estremecían de placer.

Tras unos instantes de deleite mutuo, el duque detuvo los besos y sujetó el rostro de Lilian entre sus manos. Sus miradas se encontraron mientras respiraban con dificultad.

—¿Me preguntabas por el plan de hoy? —susurró Arthur junto a sus labios.

—Sí… —respondió aturdida.

—Vamos a ir a mi casa… —el duque hizo una pausa y volvió a besar los labios de Lilian fugazmente— a mi dormitorio… —otra pausa y otro beso— a mi cama…

«¡¿Cama?!»

—A-arthur…

¿Había oído bien? ¿La iba a llevar a su habitación?

¿Iba… iba… iba a hacerle el amor? A Lilian la invadieron un sinfín de sensaciones contradictorias: mientras una parte de ella ardía literalmente ante la propuesta de él, otra parte, la más racional, le decía que abriera la puerta del carruaje y que saltara en marcha, si fuera necesario. ¡Era una auténtica locura!

—No te asustes, no aún. He dejado sobre la colcha un tablero de ajedrez…

—sonrió él—. Tú decides si nos dedicamos a mover fichas en esta última cita o, en cambio, prefieres continuar con lo que hemos empezado aquí…

—siseó él suavemente sobre su oído mientras rozaba la curva de su cuello con el pulgar.

Las dudas la asaltaban a cada palabra, a cada caricia, a cada latido de su corazón.

—No sé… si…

—Vuelve a besarme y obtendrás tu respuesta.

Lilian sentía sus mejillas como brasas. Se inclinó sobre él y unió sus labios.

Cada beso lo vivía más intenso que el anterior, como si no fuera uno tras otro, sino uno más otro.

Se iba acumulando en su centro un calor desconocido, porque ya no solo los sentía en su boca: también se alteraban otras partes de su cuerpo, unas que hasta entonces no sabía ni que existían.

Su vientre se tensaba, anhelante, deseando seguir, hambriento de algo que ni ella misma sabía catalogar.

La muchacha detuvo sus besos, extasiada.

—¿Qué me pasa…? —apoyó su frente en la suya.

—¿Qué quieres decir…?

—En mi cabeza solo oigo una cosa…

—¿Qué oyes, Lilian?

—Sin límites… déjate llevar… —volvió a besarlo porque el ardor que sentía en su interior no se apagaba y sí se lo exigía. Había perdido la capacidad de controlarse—. Sin límites… —susurró de nuevo volviéndolo a besar.

Ahora fue él quien detuvo los besos.

—¿Y eso es malo, mi vida?

—No lo sé… solo sé que es peligroso... que ni siquiera me reconozco a mí misma…

—Solo has de saber que no haremos nada que no quieras.

—Lo sé… —Bueno, no lo sabía, pero lo sabía—. Confío en ti Arthur… pero…

—¿Qué te preocupa realmente…?

—Que… que no deberíamos…

—Dime por qué…

—Porque… porque… —suspiró— porque no tenemos futuro…

Arthur la miró con más intensidad.

—Tenemos presente.

El duque volvió a besarla invadiendo sus labios hinchados por el fervor. Ella le devolvió el beso. ¿Cómo negarse a continuarlos? ¿Cómo podía decirle que se detuviera, que no deseaba seguir abrazada a él ardiendo contra su cuerpo, cuando sería una auténtica mentira?

—Te maldigo por hacerme sentir así… —susurró la joven robándole besos como él había hecho con ella—. Te odio…

—Me amas…

—No… te detesto… —Lilian le dio un lametón sobre sus labios— pero no puedo… no puedo retirarme de ti… no quiero sentirte lejos… ¿Por qué me haces esto?

Ambos se volvieron a besar, esta vez con más intensidad.

Sus bocas prendían de pasión hasta que Arthur abandonó sus labios para perderse en su cuello.

Al hacerlo, Lilian se echó instintivamente hacia atrás y emitió un gemido que elevó a Arthur a las mismas estrellas.

Con un simple roce de sus labios la tenía entregada por completo.

Se entretuvo en jugar con su cuello colmándolo de caricias despertando nuevas huellas de placer en ella.

—Ronroneas como una gatita… —siseó sobre su piel— me vuelves loco…

—No puedo evitarlo… ooohhh—volvió a gemir tras un nuevo ataque de él.

—Dios bendito… vas a matarme…

El carruaje no tardó en detenerse frente a la casa del duque.

Arthur la ayudó a bajarse de encima suyo y le acomodó las faldas.

Cuando descendieron del vehículo, la miró con ternura mientras le tendía una mano que ella aceptó encantada.

Ambos accedieron a la casa y recorrieron los oscuros pasillos hasta la habitación del duque, con el corazón acelerado de expectación.

Antes de entrar, él la miró fijamente.

—No deseo que te arrepientas… si no estás segura, dilo ahora, porque cuando entremos a la habitación ya no habrá marcha atrás… —Su intensa mirada gris la tenía hipnotizada.

—Estoy segura —dijo ella con convicción.

—No puedo prever lo que va a pasar tras la puerta… tú marcarás los límites…

—Esta noche… no los hay…

—No sabes lo que dices, vida mía. ¿Sabes acaso lo que eso significa? —¿Le estaba dando permiso a tomarla hasta el final? ¿A entregarle su virtud?

—Sí… lo sé —la joven lo miraba llena de deseo.

Entraron al dormitorio. Arthur no había mentido: sobre la colcha había un tablero de ajedrez con las fichas colocadas escrupulosamente alineadas en cada una de sus posiciones.

De súbito Lilian se sintió intimidada. ¡Estaba en el dormitorio del duque de Cavendish!

Una gran cama de cuatro postes, majestuosa, presidía la estancia, mientras los troncos que ardían en la chimenea coloreaban la habitación con un suave resplandor. Tomó aire mientras Arthur cerraba la puerta. Los dos solos, sin condiciones.

—Lilian… pasa a mi vestidor —señaló un espacio tras un biombo—. Suéltate el pelo y limpia tu rostro. En mi cama va a yacer la verdadera Lilian Rigby, no una sombra de ella.

Ella obedeció. Mientras, Arthur se quitó la chaqueta y la dejó sobre el respaldo de una silla. Cuando la muchacha regresó y la tuvo frente a él, se le cortó la respiración. Le acarició la mejilla con delicadeza.

—Eres un ángel —susurró repleto de amor.

—Lo siento… pero no soy yo del todo…

—¿A qué te refieres? —preguntó él.

—Mi cabello real no es de este tono tan oscuro. Es más claro. Soy… rubia… —confesó—. ¿Te sirve si obviamos ese pequeño detalle?

Arthur le sonrió.

—Creo que deberíamos. No tenemos tiempo para que te destiñas el cabello. Prefiero aprovechar el tiempo en otros menesteres… pero, ahora que lo sé, ansío verte al natural, sin artificio alguno. ¿Hay alguna cosa más que me ocultes?

—No. Eso es todo.

Ante la tremenda sinceridad de Lilian, el duque sintió cierto remordimiento.

—Lilian, puestos a confesar… —detuvo su frase a medias— yo también…

—Sí… dime… —lo animó a continuar.

—No he sido del todo sincero.

—¿A qué te refieres?

—Tengo… treinta y cinco.

Lilian abrió la boca para replicar algo, pero la volvió a cerrar. Entonces soltó una carcajada y él no pudo más que sumarse a ella.

—Vaya dos… —dijo la muchacha acercándose a él, sujetando las solapas de su camisa con ambas manos para atraerlo a ella—. No me importa… hoy nada me importa… solo necesito anclarme al hoy, al presente, a este momento… No me prives de él… te lo suplico…

Arthur la abrazó por la cintura.

—Jamás te privaría de nada. ¿Recuerdas lo que te expliqué sobre cómo amarse? —indagó el duque con exquisito tacto.

—Sí… dos cuerpos desnudos, sin límites para acariciarse ni para besarse…

—Así es, Lilian… eso es lo que va a pasar… si tú lo deseas…

—Lo deseo. Estoy preparada, Arthur.

—No has de temer nada. Iremos despacio… además, nos detendremos si lo pides. En esta habitación tú eres la reina y yo un simple súbdito.

Ella se soltó de él, sin motivo, dejándolo inquieto. ¿Por qué se retiraba de su lado? La muchacha fue hasta la cama y cogió el ajedrez, procurando no mover ni una sola ficha, y lo depositó sobre la estable superficie de la cómoda.

—No sé cómo no he tirado las figuras al suelo. Me tiemblan las manos.

—Te aseguro que no deben temblar más que las mías —comentó él.

Lilian volvió a su lado y colocó las manos del duque donde las habían tenido hacía un instante, rodeando su cintura. Afirmó con la cabeza consintiendo.

—¿Qué viene ahora?

—Las caricias… ¿puedo… puedo quitarte la ropa?

—¿Toda?

—Tú marcas el límite… llegaremos hasta donde te sientas cómoda… y recuerda… nos detendremos en el momento en que tú digas…

—Bien…

—Empezaremos por el vestido…