CAPÍTULO 13 #2
Se maldijo a sí misma por sentir una turbia pesadumbre anclada en su ánimo.
Estuvo inquieta toda la mañana pensando en ello…
y en Arthur. ¿Qué estaría haciendo? Le había asegurado que no iba a tirar la toalla con ella, que iba a seguir luchando, pero a la vez ella le había confesado que no tenía posibilidad alguna de que lo aceptara para casarse, que amaba a otro y que él jamás llegaría a ser su esposo.
¿Cómo habría encajado ese hecho en los planes del duque?
¿Sería por eso que no le enviaba la habitual nota de citación?
Por la tarde, Lilian merodeaba por la casa recorriendo los salones y los pasillos como quien espera el veredicto de un juez.
No podía permanecer sentada ni cinco minutos, como si los asientos tuviesen agujas que le pincharan el trasero.
Se asomó por las ventanas de la casa mirando hacia un lado y otro.
¿Por dónde venían los sirvientes del duque encargados de entregar su correspondencia?
Por suerte, su tía había salido a tomar el té con sus amigas y no cuestionaba su extraño comportamiento fruto de la tremenda inquietud que la embargaba.
Era más que evidente que estaba empezando a impacientarse y debía rebajar esa ansiedad si no quería volverse loca.
Cogió el bastidor dispuesta a continuar un bordado que tenía a medias y así minimizar sus obsesivos pensamientos.
Sin embargo, las puntadas parecían hechas por un demente alcoholizado: irregulares, torcidas y sin sentido alguno.
Con cierto enojo, deshizo el trabajo que había realizado con la punta de unas tijeras, con tan mal tino que rasgó la tela haciéndole un agujero.
Bufó y dejó el bastidor a un lado sobre el sofá.
¡Aquello no había funcionado! Estaba más nerviosa incluso que antes.
Volvió a recorrer las ventanas como un animal enjaulado y preguntó a los miembros del servicio si había venido alguien a traer alguna carta, pero las doncellas y lacayos le respondían siempre lo mismo: no.
El día fue largo, pero finalmente llegó a su fin. Con serias dificultades para ocultar su congoja, Lilian cenó en compañía de tía Josephine sin mantener apenas conversación. Ya era de noche. Ya no había dudas: Arthur había decidido anular la quinta cita.
Como una tonta se dirigió de nuevo hacia la repisa de correspondencia y, como había hecho en innumerables ocasiones aquel día, removió los papeles.
¿No era evidente que no había llegado nada?
¿Acaso pensaba que por removerlos más iba a obrarse un milagro divino?
Con el peso amargo de la decepción anclado en su espíritu, aceptó la decisión del duque.
Reprimió la dura emoción que pugnaba por salir, se negó a dar rienda suelta a lo mucho que la afectaba.
No. No iba a permitirse ser débil. Además, estaba pasando lo que ella deseaba, lo que había querido desde el momento en que lo conoció: alejarlo de su lado.
Se refugió en la soledad de su habitación con la única compañía de una triste vela a punto de extinguirse. Se puso el camisón y se coló entre las frías sábanas de su cama. Sopló la llama y la oscuridad la envolvió. Su cabeza daba órdenes que sus sentimientos no estaban dispuestos a admitir.
Lloró.
Lloró a pesar de no quererlo. Lloró tan amargamente que incluso sentía ahogarse en su propio pesar.
¿No era absurdo? ¿Llorar? ¿Por el duque de Cavendish?
Quisiera o no, no podía detener aquellas lágrimas, sus emociones habían decidido tener vida propia y no dejarse dominar por la razón.
Dejó que fluyeran, pues a pesar de que no deseaba casarse con él, su compañía le agradaba.
Sabía que la pérdida de Arthur sería algo difícil de superar.
¿Por qué se había acostumbrado tan pronto a él?
Una doncella interrumpió su llanto al golpear con los nudillos en la madera de la puerta.
Se limpió los ojos rápidamente y respiró hondo disimulando haber llorado.
Cuando la sirvienta abrió apenas una rendija, lo primero que hizo fue disculparse por molestarla a esas horas, quizá por despertarla, pero creyó que era lo adecuado.
Sin apenas entrar a la estancia dejó una nota sobre el tocador indicando que acababa de llegar en calidad de urgente.
Al escucharlo, Lilian sintió su corazón contraerse hasta prácticamente detenerse y luego acelerarse incontrolable como una manada de caballos desbocados.
Sus manos comenzaron a temblar, casi tanto como cada fibra de su cuerpo.
—Gracias, Penny —le agradeció aún desde la cama y la sirvienta dio un paso atrás cerrando la puerta del dormitorio.
¿Sería de Arthur?
Salió de la cama de un salto y caminó descalza hasta el tocador.
Con la respiración agitada cogió la nota y se acercó a la ventana para ver con la luz de la luna.
No llevaba remitente. La intentó abrir con las manos tan trémulas que necesitó dos intentos para poder arrancar el lacre.
El papel se agitaba entre sus dedos mientras leía.
“Dos horas; ciento veinte minutos; siete mil doscientos segundos.
En ese tiempo, todavía eres mía. A las doce, baja a la calle.
PD: sin límites.”
Lilian miró el reloj. Eran las diez y media.
¿La había citado con una hora y media de antelación?
Pensó que su tía Josephine ya estaría en la cama durmiendo y que no tendría problema alguno en salir de casa y reunirse con él.
Comenzó a caminar descalza sobre la alfombra en círculos imperfectos.
¿Por qué estaba nerviosa? ¿Por qué su corazón revoloteaba de nuevo cuando durante todo el día había estado apagado?
Lilian respiró profundamente para calmarse y sacudió las manos al aire varias veces.
Debía estar serena y afrontar la quinta cita con dignidad.
Luego simplemente rechazaría formalmente a Arthur y él dejaría de pretenderla tal como le había prometido.
Era un caballero y, si ella le aseguraba que no deseaba volver a verlo, respetaría su decisión.
De eso no tenía dudas… de lo que no estaba tan segura era de sí misma y del hecho de que no deseara volver a verlo.
A las doce en punto salió de casa. El carruaje del duque la esperaba frente a la escalinata para recogerla. ¿Estaría él dentro o estaría vacío como sucedió la noche que fueron al Infierno Nocturno? Cuando se abrió la puerta desde dentro, su corazón se saltó un latido.
¡Arthur estaba allí!
Subió al carruaje sin perder tiempo y el cochero azotó las riendas sobre los animales emprendiendo la marcha.
El interior estaba en penumbra, ninguna lámpara iluminaba el habitáculo.
El duque permanecía callado. ¿Seguiría enfadado?
¿Qué plan tendría en mente? Solo percibía en él esa mirada imponente como un depredador acechando en las sombras.
Escuchaba su profunda respiración y podía intuir su pecho subiendo y bajando.
—¿Cuál es el plan de hoy? —preguntó Lilian.
Arthur no respondió y la muchacha se empezó a incomodar. ¿Qué sucedía?
—¿Arthur?... —¿Por qué no le contestaba?
—Lilian… recuerdas que te hablé de mi parte oscura… —Su tono era frío y directo. A la joven se le secó la garganta.
—Sí… —afirmó ella.
—¿Me tienes miedo? —preguntó sin mostrar su rostro. Tan solo un tenue reflejo de luna que se filtraba por la ventanilla lo iluminaba parcialmente.
—No… —Era verdad. Estaba nerviosa pero no era por temor.
—Voy a pedirte algo. —La forma en que lo dijo le erizó hasta el último vello del cuerpo. Viril, seguro, potente—. Súbete a mi regazo… —indicó—. Pasa una pierna a cada lado de mí, como si fueras a montar a caballo, mirándome de frente.
—Arthur… —Lilian dudó. ¿Debía acatar una orden tan… inmoral? ¡Dios mío! ¿Le estaba pidiendo que se subiera a horcajadas sobre él?
—Hazlo… —pidió nuevamente y extendió una mano para que ella se sujetara a él.
Lilian titubeó unos segundos, pero él mantuvo su mano firme en el aire.
Finalmente, ella se sujetó a él. Tiró para atraerla, ayudándola a adoptar la postura que le había solicitado.
Con las faldas era complicado subirse de ese modo sobre las caderas de Arthur, por lo que tuvo que remangárselas hasta los muslos.
Cuando se acomodó, se encajó sobre él. El duque cogió delicadamente un brazo de Lilian y lo envolvió en su cuello.
Luego hizo lo mismo con el otro. Retiró las enormes gafas del rostro de la muchacha, las dejó sobre el asiento y después colocó ambas manos sobre su esbelta cintura.
—Esto es lo máximo que voy a exigirte. ¿Estás incómoda?
—No.
—Bien. A partir de ahora, lo que venga depende de ti. ¿De acuerdo?
—Sí.
—Voy a besarte… —le advirtió—. ¿Quieres que lo haga?
Lilian estaba asimilando la vorágine de lo que estaba sucediendo. Alterada por la proximidad del duque, con sus rostros a corta distancia, con sus manos sobre su cuerpo, no podía pensar con claridad. Sus órdenes la tenían subyugada a sus deseos y era incapaz de responder nada coherente.
—Lilian…
La joven seguía sin poder articular palabra. Arthur sonrió en la oscuridad y ella se dio cuenta. ¿Por qué se reía?
—¿No decías que no había nacido hombre capaz de dejarte sin palabras? —le recordó él—. Me temo que tienes delante al único que lo ha logrado.
—Arthur… estoy… nerviosa… —reconoció ella.
El duque tomó la mano de la muchacha y la colocó sobre su pecho para que escuchara los latidos de su propio corazón, tal y como había hecho el día de la carrera a caballo en casa de los Abbot. Su interior estaba desbocado. Lilian abrió la boca con sorpresa.
—¿Qué te hace pensar que yo no lo estoy? —le confesó él con ternura.
—Pero… tú eres un hombre experimentado…
—En estos momentos me siento tan vulnerable como tú.
No soy yo quien tiene el control… soy yo quién está subyugado a ti…
a un pestañeo por tu parte, a una palabra tuya, a un roce de tus dedos…
vivo por cada ofrenda que me das como si fuera lo único que me mantiene unido a este mundo, y muero por cada una que me niegas…