CAPÍTULO 13
Josephine Rigby detectó la tristeza en su sobrina en cuanto la vio.
Aquella misma mañana se había marchado de casa con el ánimo alegre y risueño, muy diferente al que mostraba ahora.
No había que ser un genio para deducir que algo había acontecido en aquella cita.
A pesar de su preocupación no tuvo oportunidad de preguntarle nada ya que Lilian se excusó enseguida y se recluyó en su habitación.
Su tía lo respetó. No era el momento de indagar sobre lo que hubiese pasado. Ya lo intentaría más tarde.
Lilian se echó sobre la cama con la mirada fija en el techo.
Sacudir su interior había despertado los sentimientos que tan cuidadosamente había mantenido enterrados.
El dolor volvía a estar presente por la injusticia que soportó y ahora, además, Arthur Westley conocía el origen de su sufrimiento.
Lo único positivo, pensó, era que ahora él era consciente de los aplastantes motivos por los que no aceptaría un matrimonio con un aristócrata y que su corazón aún pertenecía a otro hombre.
Una parte de ella sentía alivio. Era como si destapar su secreto ante Arthur hubiese aligerado su alma.
Por otro lado, esperaba que él dejara de pretenderla, de presionarla, para una unión imposible.
¿La dejaría tranquila de una vez por todas?
Aunque… ¿deseaba realmente que se olvidara de ella para siempre?
Recordó el beso en el parque. Cómo la había apretado contra él y cómo sus bocas se comían sin descanso.
Cómo su cuerpo se derretía entre sus brazos y cómo sus piernas dejaron de mantenerla en pie.
Si no fuera por el agarre del duque hubiera acabado tirada en el suelo.
Aquella reacción la turbaba. ¿Cómo podía amar a Luke Forrester y sentirse en el paraíso cuando Arthur la besó de esa forma?
¿Acaso se podía amar a dos hombres a la vez?
¡Un momento! ¿Acababa de pensar en amor tratándose de Arthur?
Aquello no era posible. Debía bloquear sus emociones.
No podía permitirse ese tipo de pensamientos.
Su corazón ya estaba habitado en cada uno de sus recovecos y allí no podía acceder nadie más.
Se levantó de la cama y se dirigió al tocador.
Se sentó ante el espejo y se quitó las gafas.
Luego humedeció la punta de una toalla y se retiró los restos del maquillaje de su rostro.
Soltó su melena y observó con atención el reflejo.
¡Habían pasado ocho años y todavía seguía pensando en un hombre del que ni tan siquiera sabía dónde estaba!
Estaba ocultándose de todo, pero más que de nadie, de ella misma.
En ese instante, como una visión cegadora, se dio cuenta de que su mayor temor era perder el control sobre lo que Arthur le hacía sentir, más que no conseguir casarse con Luke.
El duque había vuelto su mundo del revés abriendo las heridas del pasado.
Ahora las sentía de nuevo frescas, volvían a escocer.
Lo odiaba por eso. Maldecía el día en que sus vidas se cruzaron en el jardín del pecado.
Para ella había sido más fácil vivir sin tener que cuestionarse absolutamente nada.
Su existencia ya le estaba bien antes de que él se inmiscuyese.
¿Por qué el insistente duque había tenido que atosigarla hasta el punto de tener que confesarle la verdad?
Mientras Lilian divagaba en su alcoba, en la otra punta de la ciudad el duque de Cavendish se reunía con un gran conocido suyo que trabajaba para la Corona como espía y que, gracias a su talento profesional, movía todo tipo de información por medio planeta. Gibson lo miró con cautela.
—¿Luke Forrester? —se frotó el mentón—. Hablas de dar con el paradero de un hombre que lleva demasiado tiempo desaparecido. ¿Has pensado en que es posible que no viva en Inglaterra?
—Podría ser. No dispongo de más datos de los que te he ofrecido.
—Puede ser que ni tan siquiera esté en Europa —reflexionaba en voz alta—. Puede ser que incluso viva en otro continente… América, Asia… el mundo es enorme.
—Me da igual dónde esté, Gibson. Como si está a tres metros bajo tierra, pero necesito saber dónde está.
—Como bien has dicho es otra posibilidad: que haya muerto. Es un caso complicado, no voy a engañarte. Puede ser que lo averigüemos mañana o dentro de un año… o quizás nunca… Debes ser paciente —le recomendó como haría un buen amigo.
—No escatimes en recursos. Destina el personal mejor cualificado para estos casos —le indicó Arthur—. Contrata a los hombres que más éxito hayan tenido en misiones similares. Asumiré los gastos que os ocasione.
—Cavendish, sabes que no es una cuestión de dinero.
No se trata de eso. —El espía miró al duque—.
Mi red se mueve como una telaraña por prácticamente cualquier rincón del mundo, pero cuando una persona no desea ser encontrada…
—chasqueó la lengua— no es fácil hacerlo.
Posiblemente no tenga el mismo nombre. ¿Has pensado que puede haber adoptado otra identidad?
—Todo es posible.
—Déjalo en mis manos, Cavendish, y vete a casa. Si averiguo algo te lo haré saber —dijo el espía levantándose tras su imponente mesa de caoba oscura.
—Gracias, Gibson —el duque también se incorporó de su asiento y estrecharon sus manos.
***
Durante la cena tía Josephine seguía inquieta por su sobrina. La muchacha apenas había probado bocado y simplemente se limitaba a pasear un montoncito de guisantes de un lado a otro de su plato, jugueteando con el tenedor, mientras estaba sumida en sus propias cavilaciones.
—Esos guisantes han recorrido varias millas en tu plato… —le dijo, sacándola de sus pensamientos—. Si no vas a comértelos que te retiren el plato, pero deja de moverlos más. Deben estar más mareados que si hubieran subido a un tiovivo.
—Perdona, tía Josephine —dijo al ser descubierta en su abstracción. Movió una mano y un lacayo retiró su plato de inmediato.
—¿Qué sucede, cielo? —le preguntó con clara preocupación en sus ojos.
—Nada… —dijo Lilian que no tenía ganas de dar explicaciones. Su propia tía desconocía la historia de Luke Forrester, es decir, que para que pudiera entender algo, debería empezar por el principio y lo que menos necesitaba en esos instantes era seguir ahondando en el tema.
—¿Se trata del duque? ¿No ha ido bien el paseo a caballo?
—Nos ha visto la mitad de los que paseaban por allí. Antes o después llegará a tus oídos —dijo un tanto avergonzada—. Me ha besado.
Tía Josephine se echó hacia atrás en su silla y dejó el tenedor sobre el plato. ¿Eso era bueno o malo? Por el tono de su sobrina interpretó que muy bueno no debía ser.
—Ya… entiendo —no entendía absolutamente nada, pero prefirió no quedarse callada—. Te ha besado…
—Sí… —ahora sí sonó indignada—. Delante de los transeúntes que paseaban por el parque…
—¿Y qué ocurrió a continuación? ¿Le diste un bofetón? —preguntó temiendo que aquello no hubiese acabado bien.
—Eh… no…
—¿Le empujaste hacia atrás, para apartarlo de ti?
—No… tampoco…
—¿Giraste el rostro para impedir que te besara de nuevo, forcejeaste con él?
—No…
Tía Josephine ladeó la cabeza.
—¿Te sujetaste a su cuello y le devolviste el beso?
Lilian se ruborizó. ¿Cómo sabía su tía su reacción exacta?
—Ya… entiendo… —dijo tía Josephine. No hizo falta que su sobrina respondiera. Ahora sí entendía.
Lilian no quería seguir hablando de su beso con el duque por lo que decidió cambiar de tema.
—Luego discutimos —añadió la joven enseguida.
—Comprendo… —seguía sin entender nada, pero hizo lo que sí sabía hacer: mirarla con cariño como si fuera una de sus propias hijas—. Estás disgustada porque os habéis enfadado.
—Sí… algo así…
—¿Fue una discusión irreparable?
—Me temo que sí, tía… —dijo la muchacha—. Hay cosas que son como son y no van a cambiar.
—Pues, entonces, no deberías estar triste. Si es como dices, quizá el duque no volverá a molestarte. ¿No era lo que querías desde el principio?
—Sí… —Nadie se creería esa afirmación dicha con tan poco convencimiento—. Espero que, a partir de ahora, se olvide de mí y todo sea más fácil.
—Yo también lo espero, Lily. Solo me preocupa tu felicidad.
—Lo sé, tía. Sé que te preocupas por mí y te lo agradezco muchísimo, sin embargo, esta noche me temo que no soy muy buena compañía. De hecho, no me encuentro muy bien. ¿Te importa si me retiro a mi habitación?
—Puedes retirarte, cielo. Quizá mañana veas las cosas de otro color.
—Gracias —le dio un beso en la mejilla y dejó la servilleta sobre la mesa—. Buenas noches.
Lilian subió a su habitación. ¿Tendría su tía Josephine razón? ¿Dejaría el duque de molestarla? Procuró dormir, pero apenas lo consiguió en toda la noche.
A la mañana siguiente se levantó con un único pensamiento: ¿Recibiría carta de Arthur o anularía la quinta cita? Cuando bajó a desayunar, antes de dirigirse siquiera al comedor, lo primero que hizo fue revisar las cartas, pero no había ninguna a su nombre.
Lo mismo hizo a media mañana, por la tarde y por la noche.
Nada.
El duque de Cavendish le enviaba las notas con las indicaciones de las citas el día previo a cada encuentro. Si no la recibía… ¿Qué debía entender? ¿Que no tendría que quedar con él?
Después de cenar, justo antes de regresar a su habitación, volvió a remover los papeles para asegurarse de que la nota del duque no se hubiese traspapelado entre la correspondencia. Revolvió varias veces y a conciencia, pero no encontró nada a su nombre.
Ante tal hecho sintió alivio y decepción. Pero… ¿cuál de las dos emociones primaba en su interior? Ambas convivían, pero no lograba discernir cuál superaba a la otra. Analizó su estado de ánimo y comprobó que no estaba feliz, lo que le hizo pensar que, la decepción, posiblemente, se había impuesto.
Llegó el tan ansiado martes: la fecha prevista para la última de las citas pactadas. Bajó a desayunar, pero antes de ir al comedor, obsesionada, fue a revisar la correspondencia.
Nada.