La misteriosa Lilian Rigby (Damas Insólitas nº 1) CAPÍTULO 12 #2
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CAPÍTULO 12 #2

—Respóndeme, Lilian, no me hagas sufrir más… ¿Quién es? —exigió subiendo sin querer el tono. No pretendía ser brusco, pero acababa de recibir la peor de las noticias y su aturdimiento estaba golpeando a ciegas contra las paredes de su razón.

Ella, de un zarpazo, retiró la mano del duque de su barbilla.

—No es asunto suyo, excelencia… —rebatió ella sintiéndose atacada, pero sobre todo vulnerable.

—Lo es cuando mi futura duquesa admite que ama a otro…

—Jamás seré su duquesa… se lo dije una y mil veces. Pero usted no me escuchó…

—Llegados a este punto… comprenderás que exija saber quién es —estaba perdiendo los papeles obligándola a confesar algo que ella no quería—. Habla, por favor.

Un corrillo de chismosos se había conformado alrededor de la pareja. El beso había llamado la atención de un par de personas que pasaban por allí, pero la disputa verbal que ambos estaban protagonizando hizo que los transeúntes cercanos se detuvieran a observarlos. Lilian miró en torno a ellos.

—Estamos dando un espectáculo funesto. ¿No se cansa de ser el protagonista de los escándalos? —le reprochó.

—Concuerdo contigo. No es el lugar adecuado. Estos asuntos es mejor resolverlos en privado —comentó.

Sin más, ayudó a Lilian a montar y después subió a su propio caballo.

—Iremos a mi casa —le indicó—. Sígueme.

Espoleó al caballo y emprendieron la marcha dejando atónitos a los presentes, quienes permanecieron cuchicheando para disertar sobre lo que acababan de presenciar.

En cuanto llegaron a casa dejaron los caballos en las cuadras.

Arthur asió a Lilian por la cintura, sin ser brusco, pero sí decidido, y la introdujo en su hogar.

Después la guio hasta su despacho. Cerró la puerta.

La invitó a tomar asiento en la silla que había frente a su mesa. Luego él se sentó también.

—Habla… Lilian… —pidió, nuevamente, intentando no evidenciar lo exasperado que estaba.

—No hay nada más que añadir, excelencia. Ha oído perfectamente lo que he dicho en el parque y esa es la realidad.

—¿Quién es…?

—No pienso decírselo.

—Lilian… —volvió a presionarla.

Ella lo retó con la mirada y no respondió, manteniéndose en sus trece.

—¿Tanto te cuesta decir su nombre?

—¿Tanto le molesta no saberlo?

—Sí. ¿Quién es…? —repitió por enésima vez.

Lilian miró hacia otro lado, ignorándolo por completo.

Arthur se iba encendiendo—. ¿¡Quién es?!

—Esta vez acompañó su pregunta con un golpe seco en la mesa con la palma de la mano.

¡Ni él mismo se reconocía! No pretendía ser tan efusivo, pero con el gesto hizo caer un jarrón que había demasiado al borde.

Este reventó estallando contra el suelo.

Lilian dio un respingo, pero procuró mantenerse serena y no dejarse intimidar.

—¿Acaso saber su nombre cambiará las cosas? —se cerró en banda en actitud altanera. Estaba temblando como un flan, pero no podía dejar que el duque la amedrentara de ninguna forma.

—Sí. Y no saldrás de este despacho sin que me des su nombre. Te aseguro que seguir colmando mi paciencia no es lo más sensato que puedes hacer en estos momentos, Lilian.

—Eres un maldito tirano.

—No, Lilian. Tiranía es no tener el corazón libre y hacerme creer que podía ser mío…

—Jamás te di a entender algo semejante.

—Tampoco lo negaste… hasta ahora…

El ambiente era tenso. Un silencio incómodo se instaló entre ellos. Solo se mantenían la mirada como si quisieran medirse las fuerzas y saber hasta dónde estaba dispuesto a resistir el otro.

Lilian desvió su mirada hacia un punto indefinido y, tras unos segundos de indecisión, dijo:

—Luke Forrester… —desveló al final.

Hacía tantos años que no pronunciaba aquel nombre en voz alta que, al hacerlo, sintió algo estremecerse dentro de ella. Ese nombre había permanecido en su interior ocupando sus pensamientos durante años, como una sombra. Siempre presente. Siempre vivo.

El duque por fin lo tenía: un nombre. Su mente empezó a trabajar a toda velocidad para recordar a algún Luke Forrester, pero no conocía a nadie que coincidiera con ese nombre.

—¿Quién es el señor Forrester?

—Trabajó para mi padre —dijo ella que se cruzó de brazos y detuvo su explicación.

La actitud de la joven, esquiva y desafiante, lo estaba desquiciando. ¿Por qué demonios no le decía quién era el maldito individuo que se le había adelantado robándole lo que más ansiaba en ese mundo?

—Lilian... a cara descubierta —pidió—. Dime qué tipo de relación hay entre vosotros… —Ante su tozudo mutismo él siguió—. Suéltalo de una maldita vez…

—No tengo por qué hacerlo. Son asuntos privados que no te conciernen.

—Serás mi duquesa, sí que me atañen.

—Estás loco. ¿Acaso has escuchado algo de lo que he dicho? Amo a otro, jamás seré tu esposa y no sé ni tan siquiera qué hago aquí. No deberías haber iniciado esta estúpida farsa, este absurdo cortejo que no nos llevará a ninguna parte.

Arthur se puso en pie, se inclinó hacia delante apoyando las manos sobre el escritorio. Ella le sostuvo la mirada, no se dejaría intimidar por su tamaño ni por sus gestos.

—Me amarás a mí, serás mi esposa y estás aquí porque no es un cortejo absurdo, sino real. Al menos yo he puesto mi corazón y mis sentimientos en ello.

Aquella discusión era un sinsentido. Lilian se levantó de su silla dispuesta a abandonar el despacho.

—¡Te odio, Cavendish! —le gritó—. ¡Te odio!

Arthur esquivó el escritorio que se interponía entre ellos en dos zancadas y la sujetó por la muñeca para impedir que se marchase. La volvió hacia él dejándola prisionera entre la puerta y su cuerpo.

—¿Ese es tu gran secreto, Lilian? ¿Lo que hace que te ocultes del mundo entero, incluso de mí?

—Suéltame… ¡Me haces daño! —No era cierto… ni tampoco mentira. Le dolía en el alma hablar de ello, no físicamente, aunque él la sujetara de esa forma.

—Háblame de él, Lilian… ¿Dónde está tu gran amor? Si tanto te amase… ¿no estaría aquí contigo? ¿No te habría desposado ya? —necesitaba provocarla como fuese para hacerla hablar.

Lilian intentó golpearlo, intentó soltarse de su agarre, pero no podía. Frustrada, le propinó una patada en la espinilla.

—¡Sí! ¡Pégame, Lilian! ¡Dame con más fuerza, porque eso ni siquiera me ha rozado! Eso es lo que te conviene. ¡Sacar de una maldita vez toda esa sombra que llevas dentro!

La joven volvió a patearle, en esta ocasión con todas sus fuerzas.

Su impotencia por liberarse, sumada a remover su pasado, airear sus sentimientos más profundos, la estaban llevando al borde del abismo.

Tanto que, sin poder evitarlo, sus ojos empezaron a nublarse entre lágrimas que pugnaban por salir desde lo más recóndito de su ser.

—Golpéame cuanto quieras… yo puedo soportarlo, pero… ¿y tú? ¿Cuánto tiempo llevas soportando ese dolor…?

Ella seguía descargando su furia contra él, no dejaba de golpearlo.

Sus lágrimas ya no se ocultaban, bajaban por sus mejillas como dos regueros de un manantial enterrado que, de repente, había aflorado a la superficie.

Arthur las miraba con el alma rota, y conforme descendía por aquella preciosa piel, su propio dolor se incrementaba.

—Nunca seré tuya… ¡Nunca! —gritó la joven cargada de rabia.

—Sí lo serás… porque no hay nadie más que te reclame como yo lo hago, que te necesite como yo te necesito… ¿Dónde está, Lilian? ¿Dónde se esconde él?

—Déjame en paz, Arthur. Olvídate de mí…

El forcejeo seguía entre ambos.

—Ese Forrester no te quiere de verdad —el duque seguía presionando—. No te ama. ¿Acaso no lo ves?

—Maldito seas por decir eso… ¡Te detesto! —Lilian lo miró con el mayor de los desprecios—. ¡Él me ama! ¡Acéptalo, porque nunca serás tú! ¡Tú nunca estarás a su altura! ¡Jamás llegaré a sentir por ti lo que siento por él!

—¡No! ¡Acéptalo tú, Lilian! Abre los ojos. —El duque la miró intensamente—. ¿Dónde está ese caballero, ese al que crees amar con todas tus fuerzas?

—Sí. Lo amo… por fin dices una verdad.

—Si tanto os amáis… por qué deja que seas una solterona, una mujer a la que la sociedad desprecia, una joven que está perdiendo los mejores años de su vida escondida tras un aspecto que no le corresponde… Dímelo, Lilian… ¿dónde está él?

Ante su silencio roto, él volvió a insistir.

—¿Dónde está él? —puntualizó cada una de las sílabas marcando énfasis—. ¿Dónde está, maldita sea, Lilian, dónde está?

—¡NO LO SÉ! —bramó en un grito irrefrenable que le rasgó la garganta, soltando la cólera contenida a lo largo de los años, antes de desmoronarse por completo.

Sus piernas ya no consiguieron sostenerla más y se dejó caer al suelo.

El duque no la soltó, la acompañó hasta quedar ambos agachados, sujetando sus manos.

Estaba hecha un mar de lágrimas. Se zafó de él con un gesto brusco y se enroscó en sí misma, abrazándose a sus rodillas y hundiendo la cabeza entre ellas, deshecha.

Lloraba tan amargamente que parecía que iba a ahogarse en su propio desconsuelo.

Arthur sintió su alma hacerse añicos. Jamás había visto a nadie tan frágil, tan roto, tan vulnerable.

—No sé... dónde… está… —gimoteó Lilian entre sollozos. Apenas podía hablar—. No lo sé… maldita sea… no lo sé… y me muero cada día por no saber dónde encontrarlo…

Arthur se levantó y la observó desde lo alto.

Se veía tan pequeña e indefensa. Caminó hasta la mesa del escritorio y puso ambas manos sobre la madera.

Necesitaba un punto de sujeción, estabilizarse de algún modo, sosegar la ebullición que sentía en su interior y en su mente.

Ahogó un gruñido bronco que reprimió por no soltar un alarido de pura impotencia.

Se echó hacia atrás hasta recostar su espalda contra la pared más próxima mientras observaba la escena que tenía a su alrededor: Lilian devastada en el suelo, trozos de un jarrón esparcidos por la alfombra y su corazón masacrado por completo.

¿Cómo iba a arreglar aquello?

Echó la cabeza hacia atrás y se golpeó suavemente contra la pared. Lo hizo una segunda vez y una tercera. Luego, tan solo se quedó mirando a la nada. Era incapaz de pensar. No después de tales revelaciones.