CAPÍTULO 12
A la mañana siguiente, cuando Lilian bajó a desayunar ya tenía una nota del duque de Cavendish esperándola en la repisa de la correspondencia. La leyó al instante:
“A las nueve de la mañana. Iremos a montar a caballo. Vístase acorde al plan.
PD: frente, cabello, mano… estoy pensando dónde la besaré la próxima vez.”
En cada una de sus citas anteriores la había besado en un lugar diferente.
¿Dónde la besaría en las dos próximas? Una de ellas sería en la boca, no le cabía la menor duda.
¿Dejaría ese beso para la quinta y última cita?
¿O lo adelantaría a la cuarta? No dejaba de imaginar qué se sentiría siendo besada por un hombre.
No. No por un hombre cualquiera. ¡Por Arthur Wesley! ¡Por su duque!
Acarició la nota con la yema del dedo índice recorriendo la curvilínea grafía en cada una de sus letras. Ese papel había estado en las manos de Arthur no mucho antes, era como si aún pudiera sentir su esencia en él.
Detuvo sus pensamientos. Se estaba volviendo demasiado sensiblera en relación a todo este asunto y eso debía acabar. Sacudió sus ideas y fue hacia el salón, donde su tía ya la esperaba para desayunar juntas.
—Buenos días, Lily. ¿Has dormido bien, cielo? —necesitaba indagar sobre el estado de ánimo de su sobrina.
—Muy bien, tía. —Sí. Lilian estaba feliz.
«Buena señal», pensó tía Josephine. ¿Iría bien el cortejo del duque? Hacía pocos días la joven se negaba en rotundo hacia cualquier acercamiento por su parte y ahora se escapaba en mitad de la noche para reunirse con él. Necesitaba seguir averiguando:
—¿Has tenido noticias del duque? Hace días que no sabemos nada de él —disimuló como pudo.
—Sí. He recibido una nota suya justo esta mañana. Me invita a montar a caballo, mañana a las nueve —la informó.
—¿Vas a aceptar?
La tía estaba ojo avizor a las reacciones de Lilian ante su sutil interrogatorio.
—Claro que acepto. ¿Qué otra opción tengo?
—En el fondo era cierto. Se había comprometido a esas cinco citas, pero también —y aunque le costara reconocerlo— deseaba reunirse con él.
Los planes que preparaba en cada encuentro siempre eran perfectos y se estaba divirtiendo como no lo había hecho en años.
—Podrías no ir… —sugirió.
—Me llevaría a rastras… Ya viste lo que hizo en el baile.
—¿Le dejaste claro que no querías su cortejo?
—Sí. Él lo sabe. Pero a pesar de todo, insiste.
—Los primeros días te enfadabas solo de pensar en él. ¿Está cambiando algo? No te noto tan alterada.
—Estoy resignada, tía Josephine —dijo sin más.
—Es un hombre agradable, o al menos esa es la sensación que me da. ¿Estuviste cómoda con él, me refiero al día que fuimos al teatro? —disimuló.
—Sí, tía, es un caballero. Ese no es el problema.
—¿Cuál es el problema, entonces? —preguntó la mayor de la Rigby.
—Que no lo amo.
La tía de Lilian le sonrió con afecto maternal y la tomó de la mano:
—Cielo, en tan poco tiempo pretendes… ¿hablar de amor? No… eso son palabras mayores. ¿Cuántas veces has hablado con el duque? ¿Tres? ¿Cuatro? ¿Piensas que el amor puede surgir en tan poco tiempo?
«Sí», pensó Lilian. Ella solo tuvo que estar un minuto junto al hombre que eclipsó su mundo para saber que lo amaba y que se casaría con él.
Fue un instante. Un cataclismo en su interior en el que supo que ya le había entregado su corazón y su alma.
Fue amor a primera vista. Los dos lo sintieron, profundo y real, e intentaron hacer entender al mundo entero que era tan sólido como la base de una montaña.
Pero Ivor Rigby, cruel e insensible, destruyó la felicidad de la pareja aplastándola de un golpe con su puño aristocrático.
—El amor verdadero hubiera ya surgido. Y no lo ha hecho —murmuró.
Tía Josephine soltó su mano y simplemente dijo:
—Hay muchos tipos de amor —explicó mientras cogía una rebanada de pan y la untaba con mermelada—. ¿Tienes hambre, Lily? —La joven respondió afirmativamente—. Pues comamos, que con el estómago lleno se piensa mejor. Y date tiempo para lo demás…
Josephine dejó el interrogatorio —por el momento— para no incomodar a su sobrina. Ya iría indagando más sobre la marcha, pero estaba clarísimo que el cambio de actitud de la joven indicaba alguna cosa. Empezó a albergar esperanzas de que finalmente su sobrina se casara con todo un duque.
***
A la mañana siguiente Arthur la recogió en su casa y fueron hasta las caballerizas del duque.
Allí Lilian eligió una montura, una yegua de pelaje oscuro, y salieron a cabalgar por Hyde Park.
Iban uno al lado del otro. Lilian no pudo evitar sentirse extraña: el duque parecía ausente y apenas pronunciaba más de las palabras estrictamente necesarias.
Incluso parecía ojeroso, como si hubiera pasado una mala noche.
—¿Hoy no nos escondemos de las miradas de la sociedad? —preguntó ella en un momento dado. El parque ya empezaba a reunir a los habituales paseantes matutinos y, de nuevo, serían el centro de atención.
—No. Hoy a cara descubierta —respondió él con el mismo tono que llevaba usando toda la mañana. Serio y contenido.
—Arthur… estás… ¿enfadado? —indagó Lilian al corroborar que seguía distante y frío en sus contestaciones. Arthur no era así. No con ella. No en ninguna de las anteriores citas.
—No. No lo estoy —respondió escueto.
—No eres sincero. Algo te sucede… —insistió ella.
—Observadora, como siempre…
«Definitivamente está enfadado», pensó Lilian. ¿Había hecho o dicho ella algo para que estuviera así? Decidió seguir preguntando.
—¿Estás molesto conmigo? ¿He hecho algo que no debiera? —preguntó acercando su montura a la de él.
—Se me acaba el tiempo, Lilian… Eso es todo —explicó sin tan siquiera mirarla.
«¿Frustración? ¿Era eso?». Lilian intentaba analizar su tono, sus palabras, sus gestos. Necesitaba saber qué le pasaba por la cabeza. Siguieron un rato más en silencio. La tensión era palpable y empezaba a incomodarse. ¿Qué sucedía realmente? Decidió atajar el tema y dejarse de sutilezas.
—Arthur… ¡Dime qué sucede! —exigió ella en tono firme cruzando su caballo ante el suyo haciendo que él se detuviera tirando de las riendas.
La miró con atención. Ella acercó su caballo completamente hasta él y lo provocó:
—¡Habla, maldita sea! ¿El gran duque no se atreve a decirle a la solterona qué le ocurre?
El duque desmontó de un salto. Fue hacia ella y la tomó por la cintura. En un movimiento preciso la alzó de su montura y la posó en el suelo a su lado. Atrapó su nuca con una mano y la besó en los labios.
Lilian no se lo esperaba.
¡Dios! ¡La estaba besando!
Instintivamente alzó los brazos y se enroscó a su cuello.
El beso de Arthur comenzó sutil y delicioso, pero en nada se volvió un poco más ferviente.
Con suavidad, rozó con la punta de la lengua sus labios y ella no puso impedimento alguno.
Apretó el cuerpo femenino contra él. El beso se fue volviendo más exigente de forma natural.
La joven le devolvía cada gesto. Respondía a sus besos, lamía sus labios, acariciaba el cabello de su nuca con los dedos.
Su inexperiencia la tenía entregada e imitaba lo que él le hacía.
Se sintió osada e introdujo la lengua en su boca, tal como él había insinuado y lamió su interior.
A Lilian le faltaba el aire… pero no deseaba que aquel fuego finalizara.
Sin embargo, Arthur se separó unos centímetros de ella.
—Arthur… no… sujétame… —rogó ella con un hilo de voz—. Me… me… tiemblan las piernas… no me sueltes.
El duque la sostuvo. La miró con sus ojos grises y le habló con ternura:
—Guíame, Lilian. Estoy desesperado. ¿Cómo se llega a tu corazón?
Dime qué camino he de seguir. Dame una pista, te lo imploro, porque siento que se me acaba el tiempo y sigues siendo un misterio imposible de resolver…
no puedo permitirme fracasar en esta empresa que es la más importante que he iniciado en mi vida.
—Arthur… no puedo ayudarte —dijo ella sobre sus labios—. No hay camino posible.
—Debe haberlo… —murmuró él—. Me niego a creer que no lo haya… —añadió el duque con una mezcla de mil emociones en su voz: frustración, miedo, desespero, esperanza…
—No hay camino que lleve a mi corazón, Arthur… esa es la cruda verdad.
—¿Por qué?
Se lo había dicho por activa y por pasiva, se lo había intentado hacer entender de mil maneras distintas, pero…
—Porque mi corazón, antes de que tu llegaras… —hizo una pausa que dejó al duque sin respiración— ya tenía dueño.
Las palabras de Lilian cayeron sobre él como un enorme bloque de hielo congelando la sangre en sus venas.
¿Qué había dicho? ¿Su corazón ya estaba ocupado?
¡No! ¡No! ¡No! ¡Demonios, no! ¡Se negaba a aceptar lo que ella acababa de revelar!
El pánico lo invadió por entero. Se separó de ella un par de pasos.
Se llevó la mano a la sien asimilando las palabras de la joven.
—¿Amas a otro, Lilian? —preguntó confundido, como si esa no fuera su propia voz.
—Sí… —ella bajó su mirada al suelo.
—¿Vas… vas a casarte con él? —Estaba en shock.
—No…
—Entonces… ¿estás… estás comprometida? ¿Es eso? —siguió preguntando a cierta distancia de ella.
—No… —dijo Lilian con tristeza—, pero lo amo…
El duque necesitaba averiguar más sobre el asunto. No estaba entendiendo nada.
—Él… ¿no te ama?
—Me ama… Él también me ama… —dijo la muchacha—. Nos amamos —explicó enseguida para dejar claro que era un amor en común.
El duque de Cavendish estaba abatido. Ni una estocada atravesándole el corazón lo hubiera fulminado igual. No podía aceptar que esa joven, su Lilian Rigby, la que había creído que sería su esposa, fuese de otro. Y mucho menos aceptar que ella ya le hubiese entregado su corazón.
—Dime… dime quién es… —necesitaba descubrirlo.
—Eso no tiene importancia —contestó sin apartar la mirada del suelo.
Arthur se acercó a ella y colocó dos dedos en su barbilla para elevarle el mentón. Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Lilian al ver una mirada de hielo en él. La ternura, el calor en sus ojos, se había evaporado por completo.