La misteriosa Lilian Rigby (Damas Insólitas nº 1) CAPÍTULO 11 #4
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CAPÍTULO 11 #4

Lilian se reacomodó sobre él torturándolo con sus roces. Ella no lo sabía pero, en una de esas, iba a matarlo.

—Sí… quiero saber… —dijo con curiosidad la joven.

—Eres una auténtica desvergonzada. Lo supe desde el primer día que te vi en el jardín del pecado —le dijo sonriendo en su oído—, y te adoro por ello. Serás mi esposa, serás fuego en mi cama.

—Céntrese, excelencia, y no se desvíe del tema… Además, no he aceptado su propuesta de matrimonio.

—Pero lo harás, porque… —suspiró— te mueres de ganas de que suceda lo que voy a contarte a continuación…

Lilian tragó saliva. Sujeta al cuello de Arthur estaba inmersa en un mundo de pecado.

Mirase dónde mirase encontraba desenfreno, libertinaje, cosas prohibidas...

También, el par de copas que llevaba encima, la hacían estar más desinhibida de la cuenta.

¿Era por eso que, de vez en cuando, sus ojos se detenían en la boca del duque y pensaba en qué sentiría si la besara?

—¿Qué sucede entre dos amantes, Max?

—¿Recuerdas el lago? ¿Ese instante donde nuestros cuerpos desnudos se abrazaron?

—Sí… no lo he olvidado… —y era verdad. Aquellas sensaciones estaban muy presentes en su mente… y en su piel.

—Te hubiera vuelto hacia mí, porque me muero por ver tu cuerpo sin ropa.

Llegué tan preocupado por salvarte de lo que te pudiera estar pasando, espantado por tus gritos, que no pude verte bien.

Pero el roce de tus senos sobre mi piel fue la mejor caricia que he recibido en mi vida…

Mi mente no deja de imaginar cómo será tenerlos entre mis manos…

—el duque rozó con la yema de sus dedos la barbilla femenina con dulzura—.

Eso es amar, Lilian. Dos cuerpos desnudos, sin límites para acariciarse ni para besarse…

Solo los sentidos tienen cabida en esos momentos.

Los cuerpos únicamente buscan una cosa: encajar como dos piezas del mismo puzle, enlazándose de manera natural…

y cuando eso sucede, ya nada puede detenerse.

La piel llega a quemar tanto que un fuego interior prende a los amantes hasta…

hasta que el mundo desaparece a su alrededor…

Lilian mantenía sus ojos cerrados, intentando entender lo que Arthur le explicaba.

No era fácil entender sus metáforas, pero sí entendía lo de encajar.

Sabía que la mecánica del acto requería de cierto acoplamiento, pero desconocía los pormenores.

Lo que no entendía era lo del fuego y lo de que el mundo desaparecía.

Lo de la piel también podía llegar a entenderlo, pues ella hubiera seguido recorriendo el cuerpo del duque el día del lago…

De hecho, se encontró ansiosa de descubrirlo por completo. Arthur siguió hablando:

—Es mi mayor anhelo y mi tormento… saber que esa manera de amarse es real y no poder disfrutarla contigo… saber que todavía no estás preparada para entregarte a mí de esa forma, sin reparos y por completo…

—Max —dijo cerca de su oído mientras se soltaba de su cuello y miraba sus intensos ojos grises—, ¿eso es lo sucede tras esas puertas?

—Sí y no. Digamos que no es exactamente lo mismo.

Podríamos decir que igual que hay rosas de muchos colores: blancas, rojas, amarillas…

también hay diferentes formas de amarse.

A cada persona le gusta una determinada forma de hacerlo.

Allí dentro se ofrecen todo tipo de rosas, para todos los gustos, y cada uno elige la que más le gusta.

—Explicado así, no suena tan perverso como intenta hacerme creer… —alegó dudando de sus palabras.

—Prefiero que tu inocencia siga intacta…

Soy tan egoísta que prefiero ser yo quien tenga la exclusividad de llegar a ti en ese estado, ingenua y curiosa.

Es una de las cosas que más me enloquecen de ti…

saberte pura como la miel… y soñar con que puedas ser mía —dijo él—. ¿He resuelto parte de tus dudas?

—Mis dudas son secundarias. Lo que valoro es que haya accedido a hablarme de ello cómo se lo he pedido —ella se levantó de su regazo.

Él la dejó ir sin objeciones y la miró a los ojos antes de preguntarle:

—¿Qué deseas hacer ahora? El tiempo se nos acaba.

—¿Ya? —exclamó ella con desilusión.

—Así es. Una mocosa me obligó a no superar las dos horas en las citas. Siento que tus deseos a veces jueguen en tu contra —le dijo para restregarle sus condiciones en la cara.

—Hoy podríamos hacer una excepción… Esto es demasiado… excitante… —dijo abriendo los brazos mostrando el ambiente.

—Me gusta que te quedes con ganas de más… —rozó su cuello y añadió— y espero que no solo de esto… sino que empieces a quedarte con ganas de mí…

—Max… —dijo intentando poner cara de cachorrito indefenso bajo su máscara—, es temprano…

—Mary… quince minutos y regresamos. ¿Qué tal va de puntería? ¿Acabamos nuestra aventura clandestina lanzando unos dardos?

Lilian suspiró resignada. Tenían un cuarto de hora por delante y no quería perder el tiempo discutiendo.

Aceptó la propuesta de Arthur y recibió una paliza apabullante a manos del duque cuya puntería era magnífica con la diana.

Sin embargo, aquello no enturbió que siguiera divirtiéndose también en aquella parte de la sala.

Llegó el momento de la despedida. Regresaron a la calle y el carruaje ya los estaba esperando cerca de la puerta. Lilian entró en el habitáculo, pero Arthur permaneció fuera.

—¿No me acompaña a casa? —preguntó ella… ¿Decepción?

—No. En el trayecto de vuelta necesitas cambiarte de ropa para recuperar tu aspecto habitual. De buen grado te acompañaría y te ayudaría a quitarte ese vestido que me ha tenido embelesado toda la noche…

—¡Arthur…! —de nuevo sus reprimendas, unas que ya ni ella se creía. Incluso estaba esperando algunas palabras de ese estilo. Es más, en su fuero interno se hubiera entristecido si él no hubiera vuelto a agasajarla de esa forma. Y él lo sabía.

El duque solicitó su mano para besársela y cuando lo hizo aprovechó para decir unas últimas palabras antes de cerrar la puerta:

—Has de saber, Lilian, que en el Infierno Nocturno hay habitaciones privadas donde los amantes pueden dar rienda suelta a sus pasiones.

He estado tentado toda la noche en arrastrarte a una de ellas y hacerte mía.

Pero me conformo con besar tu mano, encima de la tela de tu guante.

Me quedan cuatro horas. Dame esperanzas de que no lo estoy haciendo tan mal y que estoy despertando algo en tu interior.

Dime si disfrutas a mi lado como yo lo hago en tu compañía…

—Excelencia… disfruto a su lado, no puedo negárselo —lo miró con ternura—, pero eso es todo lo que puedo ofrecerle por ahora…

—Gracias por incluir ese por ahora… —dijo Arthur que no podía disimular su alegría. Otra pequeña batalla superada.

—¿Próxima cita…? —preguntó Lilian.

—Mañana recibirás mi nota. Buenas noches, duquesa —dijo para ver su reacción.

—Buenas noches, Max —dijo ella sin aspavientos sobre el apelativo que él había usado.

Arthur cerró la puerta del carruaje y este emprendió la marcha.

Cuando Lilian se dispuso a entrar de nuevo en su casa, lo hizo con total sigilo para no ser descubierta.

Sin embargo, no detectó que unos ojos la estaban observando.

Su tía Josephine estaba asomada a una de las ventanas del piso de arriba esperando ansiosa su regreso.

Al verla de nuevo en el hogar, la mujer respiró aliviada.

Ya podía volverse a la cama y dormir a pierna suelta.

Su sobrina pensaba que no se enteraba de nada, pero tía Josephine sabía que se había reunido con el duque de Cavendish en secreto.

Igual que cuando le dijo, días atrás, que iba de compras.

Después de tantas temporadas en blanco, debía dejar que la muchacha experimentara el cortejo de un caballero.

Ella hubiera preferido que no fuera a escondidas, y que lo hicieran a plena luz del día, pero recordó que también fue joven y cómo ella también buscaba aquellos lugares donde poder reunirse a solas con el que más tarde sería su marido.

Únicamente esperaba no estar equivocándose concediéndole esas libertades.

Con las zapatillas en la mano para no hacer ruido se escabulló de nuevo a su dormitorio y cerró la puerta antes de que Lilian llegara al primer piso.