CAPÍTULO 11 #3
Lilian no dio tiempo a que Arthur contestase. Se adelantó y extendió su mano al marqués para saludarle.
—¡Buenas noches! Soy Mary —dijo ella, esperando el besamanos—. Como me han aconsejado que aquí es mejor no usar nombres reales, me he permitido elegir uno para usted. ¿Le importa que le llame… Toby?
El duque no pudo reprimir una estrepitosa carcajada.
Su descarada jovenzuela tenía para todos, no solo para él.
Aunque Lennox no lo supiera, le acababa de devolver su insolencia de confundirla con una vulgar fulana y haberla mirado de esa forma tan descarada, otorgándole el apodo de un chucho pulgoso. Arthur la miró orgulloso.
—Ha elegido un nombre excelente para mi buen amigo —dijo sonriendo
Lennox besó la mano de Lilian y luego añadió mirando a Arthur:
—No me ha gustado esa risotada que has soltado seguramente a mi costa… pero llamadme como queráis… —dijo restando importancia. Luego se inclinó hacia su amigo para susurrar—. ¿Cómo te has atrevido a traerla aquí? ¿Has pedido el juicio?
—Querido Toby —dijo Arthur—, tengo todo bajo control, no vamos a pasar de esta sala. No pensarás que iba a llevarla a otras zonas.
—Ya no sé qué pensar. Últimamente no dejas de sorprenderme —dijo sacudiendo la cabeza a ambos lados. Acto seguido miró a Lilian y no pudo evitar hacer alusión a su aspecto—. Mary, ahora entiendo el porqué de la obsesión de mi amigo. Se ve realmente bella esta noche… Atractiva, me atrevería a decir.
—Gracias —dijo ella halagada—. Ahora que sabe quién soy, puede comprobar que los asuntos entre el duque y yo están perfectamente.
Arthur sintió vibrar su corazón. ¿Iban perfectamente? ¿O lo decía para acallar a Lennox?
—En cambio yo me pregunto… —Lilian siguió hablando y clavó sus ojos en Lennox—. ¿Cómo siguen los suyos con cierta dama cuya inseparable madre frustra cualquiera de sus avances?
El marqués reprochó a Arthur su indiscreción con una mirada severa.
¿Cavendish había aireado los problemas que estaba sufriendo para conquistar a lady Susan, haciendo partícipe de ellos a Lilian?
¿Habían estado hablando de él a sus espaldas?
Ahora fue el turno de Arthur de elevar sus manos proclamando su inocencia.
—Mi preciosa Mary es muy observadora, juro que no he dicho ni una palabra sobre tus… problemillas amorosos —se defendió el duque.
El marqués tomó asiento junto a su amigo y preguntó a Lilian:
—Señorita Mary, ¿cómo sabe usted de mis… difíciles asuntos personales?
—No es debido a ningún mérito especial. Es una habilidad que desarrollamos todas las solteronas y que mejoramos a lo largo de los años: la observación, la escucha paciente y la deducción.
Somos expertas en analizar comportamientos en las relaciones humanas, mayormente en cortejos.
Los vemos a diario en otras personas, desde la distancia, pero los movimientos son siempre los mismos.
Podríamos hablar de que existe un patrón, gestos, acciones… que se repiten.
—No sabía que eran ustedes tan sabias —apuntó el joven—. Pues ya que sabe de mis penas, debo confesarle que mis asuntos van… ¿cómo decirlo…? de mal en peor… —explicó sincerándose—. El problema es que la sanguijuela sigue sin dejar que me acerque a ella.
—Doy por sentado que la temida sanguijuela es la madre de la dama. Comprendo que le haya puesto ese apelativo: la protege como si fuera una pepita de oro en una caja fuerte y no se separa de ella al igual que hacen esos asquerosos bichos cuando se enganchan a la piel de un humano.
—Realmente es usted muy eficiente en sus deducciones.
—¿Desea un consejo, Toby? —le preguntó ella.
Leonard la miró con recelo.
—No se ofenda, pero… que usted ofrezca consejos en estos temas resulta desconcertante. ¿Realmente se siente capacitada para asesorar sobre el cortejo? —«¿De verdad se había ofrecido a orientarlo en temas del corazón… la fea solterona?», pensó. Definitivamente estaba tocando fondo.
—Está bien… —dijo ella volviendo a poner su atención en la ruleta—. Si no desea tener a la susodicha dama a su disposición tal como esperaba encontrársela en el jardín del pecado… allá usted.
Lennox volvió a dedicar una mirada a Arthur con evidente reproche. ¡Eso sí se lo tenía que haber contado él! Arthur volvió a poner sus manos en alto defendiéndose de su amigo.
—No tengo nada que ver. ¡Lo juro! Ya te dije que es muy observadora. Por lo visto no se le escapa nada —dijo guiñándole un ojo a Lilian.
—Mary —dijo el marqués—, aunque jamás pensé que un libertino de mi calaña tuviera que recibir indicaciones de una respetable dama, cuyo apodo todos conocemos, estoy tan desesperado que aceptaría cualquier sugerencia. ¿Sería tan amable de iluminarme con su sabiduría?
Lilian sonrió a Lennox. Luego se levantó de su asiento y se acercó a él para susurrarle algo al oído.
Arthur sintió que los celos lo fusilaban.
¿Qué hacía ella en una posición tan íntima con su amigo?
Tras escuchar dos o tres cuchicheos y risitas entre ellos, el duque dio un leve tirón de ella, alejándola del marqués.
—Ya le has aconsejado bastante… y ya es mayorcito para ocuparse de sus propios asuntos —exclamó posesivo sujetándola por la cintura, marcando su territorio y tuteándola a posta.
Ella no impidió el agarre de Arthur, manteniéndose agradablemente sujeta por su poderosa mano. Pero mirando a Lennox añadió:
—Señor Toby, si sigue al pie de la letra esas cuatro consignas, le auguro muy buenos resultados.
El marqués de Lennox se levantó, besó la mano de Lilian y le dijo:
—Muchas gracias por su información. Si alguna vez necesita de mi ayuda, no dude en pedirla.
Y, tras pronunciar esas palabras, dio una palmada en la espalda de Arthur y salió del club. El duque estaba perplejo analizando lo ocurrido. Observó a Lilian con detenimiento.
—¿Qué consejo le has dado? —siguió con un trato informal al dirigirse a ella—. ¡Se ha marchado más sonriente de lo que ha estado en semanas!
«¿Qué consejos podría dar la solterona del baile al más libertino entre los granujas para que este se sintiera un ingenuo en la materia y ella la experta?
—Mi querido Max —le dijo haciéndose la interesante—, como comprenderá no puedo desvelarle cada uno de mis misterios… o perdería todo mi encanto.
El duque volvió a tirar de ella, con delicadeza esta vez, y en un hábil movimiento la sentó en su regazo, la envolvió en sus brazos y se acercó peligrosamente a su oído.
Ahora fue su turno de cuchichear con ella.
¡Él también tenía derecho! Era su futura duquesa y los celos que había sentido de que lo hiciera con Lennox lo tenían muerto de envidia.
—Tus misterios me tienen tan intrigado que no puedo dormir por las noches… pero los descubriré… no te quepa la menor duda…
La voz de Arthur era cálida, al tiempo que poderosa y profunda.
Lilian sintió cosquilleos por todo el cuerpo y un arrebato súbito la hizo actuar de forma inesperada.
Ni siquiera supo por qué lo hizo, pero se sujetó a su cuello, tal como otras mujeres presentes en la sala lo hacían con los hombres que las tenían también en tal posición.
Entonces, se armó de osadía para preguntar algo que la estaba intrigando desde que habían llegado al Infierno Nocturno.
—¿Qué hay en esas otras salas, Max? ¿No me va a llevar a ellas?
Las manos de Lilian rozaban su nuca. Eso, unido a su voz sensual y a lo inadecuado de su pregunta, hizo que los pantalones del duque se tensaran en cierta parte. Su autocontrol se fue al traste en cuanto ella nombró aquellas salas provocando que su mente se nublara.
—Si accedes a una de esas salas —susurró la respuesta en su oído—, estarás perdida.
Pues, aunque hayas entrado a este club como una dama inocente, saldrías como una auténtica pervertida en el arte del placer.
¿Eres tan desvergonzada que, a pesar de lo que te acabo de advertir, seguirías insistiendo en ir?
—Arthur estaba tan excitado que, si ella dijera que sí, la alzaría en sus brazos y se la llevaría directo a una habitación.
—Sí… —dijo ella con los ojos brillantes de emoción—. Llévame…
Arthur casi se cae de la silla. ¿Le estaba pidiendo que la llevara a las salas donde se producían orgías y todo tipo de perversiones sexuales? ¡Imposible! Ella no podía saber ni tan siquiera que en el arte del placer pudieran haber más de dos personas sobre la misma cama.
—No sabes lo que me estás pidiendo… Cuando seamos marido y mujer, y tú ya no seas la cándida muchacha que eres ahora, te llevaré para que veas lo que sucede tras esas puertas. Pero solo cuando estés preparada.
—Qué fastidio… —se lamentó—. Ya que no puedo verlo, hábleme de lo que sucede tras ellas… Explíquemelo con detalle, Max.
Lilian sintió que en su trasero se clavaba cierta parte anatómica de Arthur que se iba agrandando con cada una de sus palabras y susurros. Intentó levantarse, pero él la sujetó con fuerza para retenerla en esa posición.
—Si te has asustado con la simple reacción de mi cuerpo ante tu sugerente voz y tu contacto, comprenderás que no puedo permitirte ni tan siquiera tocar el pomo de esas puertas.
—Arthur… es que lo siento debajo de mí… déjeme levantarme… —cada vez la presión que sentía era mayor.
—No puedo evitarlo… tú me provocas eso…
—¿Qué… exactamente?
—Deseo… —murmuró—. Lo que despiertas en mi cuerpo. ¿Te incomoda tanto como para querer huir? Si es así, te dejaré libre.
—No… es solo que es… desconcertante…
—Para mí también lo es… No poder contenerme cuando estás a mi lado.
Se miraron a los ojos durante unos segundos y la sala entera pareció alejarse quedando solo ellos dos. Las voces se tornaron apenas murmullos y el jolgorio un trasfondo lejano.
—Me quedo en su regazo… —dijo ella al fin, sintiendo las manos de Arthur acariciando sutilmente su espalda.
—Bien… Me has pedido que te explicara lo que sucede tras esas puertas, pero es tan inmoral que no puedo. Pero si quieres, puedo explicarte lo que acontece entre un hombre y una mujer.