La misteriosa Lilian Rigby (Damas Insólitas nº 1) CAPÍTULO 11 #2
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CAPÍTULO 11 #2

—Max, ya me conoce… —dijo con suficiencia intentando sonar como una auténtica descarada—. Recuerde dónde nos conocimos…

Arthur soltó una carcajada ligera y dijo:

—En el jardín del pecado… —nombró el lugar—.

Después de aquello han pasado muchas más cosas: se ha escondido a solas con un hombre en el cuarto oscuro de un teatro, se ha sujetado a un cuerpo masculino desnudo —puntualizó— mientras nadaba en un lago solitario y ahora accede voluntariamente al Infierno Nocturno…

—enumeró—. Tiene usted razón: me temo que está pervirtiéndose a pasos agigantados.

—Giró de nuevo hacia la salida y añadió— Pensándolo mejor… ¡Quizá si deberíamos marcharnos!

—¡Noooooo! —exclamó como una niña pequeña, sujetándose con fuerza a su brazo, anclándose en su sitio—. Max, no. Por favor…

Él le sonrió.

—¿Está segura?

—Completamente segura.

—Está bien. Pues, si nos quedamos, haremos lo que los demás: pasárnoslo malvadamente bien —susurró acercándose a ella.

Su voz sonó peligrosa y perversa, como si estuviera proponiendo alguna actividad indecente que los llevaría de cabeza a los confines del Averno—.

¿Por dónde quiere empezar, mi queridísima Mary?

—Ni siquiera conozco qué opciones tengo… —evidenció la joven mirando a todas partes con indecisión.

—Si acepta mi consejo, tratándose de su primera vez, le recomendaría empezar por la ruleta o por una partida de cartas.

—Max, no sé jugar a las cartas —reconoció algo avergonzada.

—Eso no es problema. Yo la enseñaré. El veintiuno, por ejemplo, es un juego sencillo e ideal para principiantes —le dedicó una sonrisa seductora—. ¡Vamos! Busquemos una mesa y… ¡Qué empiece la diversión!

El duque la tomó de la mano y se adentró con ella entre el escandaloso gentío.

Tomaron asiento en una de las mesas. El tapete verde permitía que las cartas se deslizaran con facilidad sobre él.

Arthur, aprovechando que un lacayo pasaba con una bandeja repleta de copas, cogió dos al vuelo y le cedió una a Lilian:

—Miladi, brindemos por la suerte.

—Un brindis muy adecuado —dijo—. ¿Cree que ganaremos esta noche?

—La noche en que la encontré a usted ya gané la partida más importante de mi vida. Por ello, me considero el hombre más afortunado del mundo. Lo de hoy es solo dinero.

Lilian chocó su copa con la de Arthur y bebieron.

—Es usted un adulador incorregible, Max.

—Y no sabe lo que me contengo para no decir en voz alta lo que mi mente desearía pronunciar.

—¿Va a enseñarme? —preguntó al duque, poniéndose muy seria, mientras señalaba al tapete.

—Sí. Hoy la enseñaré a jugar a cartas, pero pronto le enseñaré otra clase de juegos… mucho más divertidos —comentó con picardía.

—¡Max…! —le riñó con su tono habitual. Pero en el fondo, debía reconocer que ella también sentía curiosidad por averiguar lo que pasaba entre un hombre y una mujer en la intimidad. De hecho, las insinuaciones de su acompañante ya no le eran tan incómodas como en un principio.

El duque le explicó rápidamente en qué consistían las reglas básicas del veintiuno. Cuando se aseguró de que lo había entendido, se unieron al resto de jugadores. Arthur había depositado entre ellos una pila de fichas para que la muchacha pudiera apostar libremente.

Durante las primeras partidas no hubo suerte, pero en la cuarta, Lilian ganó.

Saltó literalmente de alegría. Se levantó del asiento y empezó a aplaudir con entusiasmo, batiendo sus manos como alas de colibrí sobre su pecho.

Luego miró a Arthur con una sonrisa espectacular.

Estaba radiante. Se lo estaba pasando en grande.

El crupier utilizó un palo para desplazar hacia su lado de la mesa una gran cantidad de fichas.

—¿Todo esto he ganado? —preguntó a Cavendish con los ojos abiertos como platos al ver el volumen que le habían devuelto.

—Así es, mi afortunada jugadora —le contestó él, resplandeciente de verla tan feliz.

—¿Cuánto dinero es…? —preguntó ella. No tenía ni idea de la equivalencia de cada uno de los colores.

Arthur ojeó por encima e hizo un cálculo rápido.

—Unas mil libras —respondió como si tal cosa.

—¡Mil libras! —exclamó llamando la atención del resto de jugadores.

Los de alrededor se giraron a mirarla. La vergüenza se apoderó de ella y agradeció llevar la máscara puesta.

Se sentó como si no hubiese dicho nada y se acercó a él para susurrarle—.

¿Estamos apostando estas ingentes cantidades de dinero? —No se lo podía creer.

—Las apuestas en el Infierno Nocturno manejan cuantías desorbitadas. Por eso es un club al que solo tienen acceso determinadas personas de alto nivel.

—¿Aristócratas? —indagó ella.

—No necesariamente. También hay muchos hombres de negocios, caballeros que tienen fortunas que superarían la de cualquier duque o marqués… —La miró a los ojos y le dijo—, pero hoy su preocupación no debe ser el dinero… Puede gastar todo lo que hay sobre la mesa, para eso hemos venido.

—¿Para perder? —preguntó con desconcierto.

—Para arriesgar.

Ella se mantuvo en silencio y él siguió hablando mientras la cogía de la mano con ternura.

—Para ganar, tanto en el juego como en la vida, hay que arriesgar.

Lilian entendió perfectamente su juego de palabras.

Cuando él decía en la vida, se refería en el amor y en cuanto al amor se refería al anillo que él deseaba poner en su dedo.

Y eso solo sucedería si ella se arriesgaba y accedía a casarse con él.

Lo miró con desafío. No quería pensar en nada de eso, puesto que no estaba dispuesta a empañar el momento.

—Sigamos jugando —le rogó ahogando el extraño nudo que se le había formado en la garganta.

El duque soltó su mano y el juego continuó. Siguieron apostando durante un buen rato en aquella misma mesa y Lilian ganó en tres ocasiones más.

—Está en racha, mi bella dama —le dijo Cavendish. Ella seguía disfrutando como una chiquilla con zapatos nuevos. Cada vez que ganaba estallaba en aplausos y risas. El duque jamás la había visto de ese modo. Era Lilian Rigby en estado puro: natural, jovial, desinhibida, alocada…

—¡Me lo estoy pasando muy bien, Max! —reconoció ella sin poder borrar una espléndida sonrisa de su cara.

—¿Quiere cambiar de juego? ¿Podemos ir a la ruleta?

—¡Sí! —accedió sin pensar. Estaba deseando conocer el resto de juegos del casino.

El duque la acompañó sujetándola por la cintura entre las mesas de juego y tomaron asiento frente a una de las ruletas.

—Es muy sencillo, solo debe poner las fichas que considere oportunas sobre el tapete sobre un recuadro o varios. Harán girar la bola y cuando se detenga, ganará la persona que haya apostado por ese número. ¿Cómo lo ve? ¿Se ve también capaz de desplumar a los presentes?

—Habrá que arriesgarse… —murmuró ella sonriente.

Arthur sintió que su corazón se aceleraba. ¿Lilian intentaba decirle algo? ¿Estaba pensando en aceptar su unión? ¿O solo hablaba de la ruleta? No quería averiguarlo. Él tampoco quería estropear lo que su alma quería intuir.

Tras varias partidas en las que la suerte no les sonrió, decidieron hacer una nueva apuesta.

El croupier hizo girar la ruleta, lanzó la bola y el aliento de los apostantes se contuvo.

Arthur y Lilian estaban tan inmersos en el envite, que no detectaron la presencia de una tercera persona que se había acercado a ellos.

—Buenas noches. Hacía tiempo que no te veía por aquí —susurró una voz a espaldas de Arthur.

El duque no necesitó girarse para reconocerlo… ¡Maldición! ¡El marqués de Lennox!

—¿Qué haces aquí? —preguntó mientras se volvía hacia él, sin esforzarse en disimular su molestia. Su amigo también llevaba una máscara.

—La misma pregunta me hago yo. ¿Demasiado temprano para dormir un viernes por la noche, quizá? —le provocó con pillería observando con descaro a su espectacular acompañante, quien dedujo que era una selecta cortesana—. Con tal compañía yo tampoco tendría sueño…

Arthur tensó la espalda y apretó la mandíbula.

—Cuida tus palabras si no quieres que mi puño acabe en tu cara y mañana amanezcas con un ojo negro —le advirtió Arthur.

—Tranquilo —lo frenó poniendo sus manos en alto como si le estuviera apuntando con un arma—. Veo que no estás de humor para bromas. Me temo que tus asuntos con cierta damisela, aquella que te ha obsesionado los últimos días, te están pasando factura.

—Te aseguro que esos asuntos están perfectamente —dijo el duque de Cavendish a Lennox.

—Si realmente lo estuvieran no estarías aquí disfrutando con… —alzó los ojos señalando a la supuesta prostituta. Era evidente que su amigo estaba allí para retozar con aquella mujerzuela. Y solo podía deberse a que sus avances con Lilian Rigby estuvieran torciéndose estrepitosamente.

—Mary… —Arthur se dirigió a Lilian—, ya conoce al caballero aquí presente. No le diré su nombre porque solo necesita saber que es la persona con quien acudí a la casa donde pasamos recientemente un fin de semana.

Lilian entendió que era el marqués de Lennox. ¿Cómo lo había descubierto a pesar de su disfraz?

—¿Le conoce incluso con máscara? —preguntó Lilian a Arthur.

—Supongo que me tiene demasiado visto. Conocería mi porte y mis andares incluso en la oscuridad. Y ya no hablemos de la voz: me la tiene demasiado oída, igual que yo la suya.

Lennox estaba analizando la conversación entre Caven y la cortesana…

¿O… acaso no lo era? Espera… ¿qué acababa de decir su amigo sobre que pasaron un fin de semana juntos…

? Entonces ató cabos… ¡No! ¡Imposible! ¿Aquella joven…

era… Lilian Rigby? ¡No podía ser! Atónito, la miró con más esmero deteniéndose inevitablemente en aquel pronunciado escote.

—¿Qué no has entendido? Aparta tus ojos de esa zona si no quieres que acabemos en la calle a puñetazo limpio —le advirtió de nuevo Arthur. Lilian se sintió enrojecer, pero su interior se llenó de dicha al comprobar cómo su duque la protegía en aquel entorno hostil tan poco seguro para ella.

—¡No puede ser!... ¿En serio es ella? —preguntó Lennox.