CAPÍTULO 11
Al día siguiente Lilian estuvo atenta a la llegada de la nota de Arthur, hasta que a media mañana la dejaron sobre la repisa de la correspondencia. La desplegó con inquietud y la leyó.
“De nuevo, usted y yo a solas. La recogeré a las once y media de la noche en su casa.
PD: Todavía siento su piel rozando la mía”
Era extraño, pero ya no sentía aversión al recibir ese tipo de notas.
Al contrario, la estaba esperando con… ¿ilusión?
Quizá eso sería exagerar y posiblemente no se trataba de una sensación tan positiva, pero tampoco deseaba indagar demasiado en sus emociones.
Tenía que reconocer que en la cita del lago se lo había pasado muy bien.
Aunque Arthur la intentara conquistar —algo que ella no aceptaría— también le proponía actividades de las que disfrutaba enormemente.
La obra de teatro fue igualmente magnífica.
Y ahora, tras leer aquellas escuetas líneas, se preguntaba qué tipo de plan habría ideado el duque.
¿Solos…? ¿De noche…? ¡Estaba loca! Pero, contra todo pronóstico, un cosquilleo en su interior, mezcla de curiosidad y anticipación, le indicaba que se moría de ganas por que llegara la hora.
Además, confiaba en él y tenía la seguridad de que no haría nada indecoroso y que la respetaría.
Pensó rápido en cómo organizar su fuga nocturna: tía Josephine tenía costumbre de retirarse temprano a sus aposentos, por lo que podría escabullirse de la casa sin tener que darle explicaciones.
Solo debía tener cuidado en sortear a los sirvientes, quienes a esas horas también solían estar descansando.
Con un centenar de mariposas revoloteando en su estómago salió de casa a las once y media en punto. Bajó la escalinata y comprobó que el carruaje del duque ya la estaba esperando en la acera de enfrente. Fue directa hacia el vehículo y abrió la puerta.
Estaba vacío.
¿Dónde estaba Arthur? Una enorme decepción la embargó al no encontrarlo dentro. Aun así, accedió al interior. Había unas cuantas cajas y un papel escrito sobre el asiento. Lo leyó:
“En los paquetes encontrará un vestido, una peluca pelirroja y una máscara. Póngaselo todo durante el trayecto. La estaré esperando en… un lugar prohibido.”
El pulso de Lilian se aceleró. Aquel hombre no dejaba de sorprenderla.
¿Qué idea habría tenido esta vez? Abrió la caja y sacó un extremado vestido de color carmesí.
¿Pretendía que se pusiera aquello? Luego extrajo unos guantes de rejilla, largos y negros.
En otra caja, una máscara oscura con plumas negras.
En el último paquete, una peluca digna de toda una cortesana.
«Sin barreras, déjate llevar», pensó.
Cuando el carruaje se detuvo ya iba ataviada con todos los complementos que Arthur le había dejado en las cajas.
La puerta se abrió y un caballero la recibió haciendo una elegante inclinación de cabeza.
Sonrió sin poder evitarlo. ¡Él también iba disfrazado!
Llevaba una peluca rubia y su rostro quedaba oculto tras una máscara plateada.
No obstante, reconoció a su duque de inmediato…
¡¿Su duque?! ¡Dios! ¿Qué mala pasada acababa de jugarle la mente?
«Mejor no indagar», se dijo por miedo a lo que pudiese descubrir si ahondaba en el asunto.
Cavendish interrumpió sus cavilaciones ofreciéndole la mano y la ayudó a bajar.
En cuanto la tuvo delante, acicalada con aquel espectacular vestido, se quedó mudo.
—Buenas noches, misterioso caballero —saludó ella al comprobar que él no pronunciaba palabra.
—Me ha dejado extasiado… Está usted… —no encontraba el adjetivo adecuado.
—¿Disfrazada…? —Ladeó la cabeza sonriéndole.
—¡Soberbia! Lilian tiene usted un cuerpo que… ¡Dios! No puedo dejar de contemplar su… —se avergonzó incapaz de apartar la mirada de su escote.
—No debería haber elegido un vestido tan atrevido… —le recriminó, aunque sin demasiado énfasis.
—Le aseguro que no era el más escandaloso de la tienda de disfraces, los había peores. Intenté ser bastante prudente, pero no contaba con que sus atributos lo realzarían de esta forma. —Sus expresiones eran más explícitas que sus propias palabras.
—Me está incomodando, Arthur —le reprendió. El duque se obligó a retirar la vista o recibiría un bofetón por parte de la muchacha—. ¿Acaso no ha visto nunca a una mujer con un escote similar?
—Sí, pero nunca otro me atrapó como este. Usted es una deidad hecha mujer, querida Mary.
—¿Mary? —preguntó perpleja.
—Nada de nombres reales —aclaró—. Si le apetece, puede elegir uno para mí —sugirió él.
«¿A dónde la llevaba debían usar nombres falsos para ocultar sus identidades?» Lilian se sintió traviesa y pensó rápido algo que decir.
—¿Max? —propuso—. ¿Le parece bien?
—Sí, es perfecto. Siempre que no me diga que era el nombre de su perro.
La idea de Arthur hizo que Lilian se riera.
—No. Nuestro perro, por cierto, uno bastante pulgoso y desaliñado, se llamaba Toby. Puede estar tranquilo.
—Me alegro. Pensé que aprovecharía la ocasión para idear alguna de sus fechorías contra mi persona.
La joven lo observó con simpatía. No sabía cómo había llegado a conocerla tan bien: Toby fue el primer nombre en el que pensó antes de decidirse por Max.
—Y bien, ¿dónde estamos? —preguntó intrigada por lo que hacían allí disfrazados de esa forma, con nombres inventados y en una calle en la que, aparentemente, no había nada de particular que llamara la atención.
—Vamos a entrar en el club más prohibitivo y exclusivo de Londres… el Night Hell.
—¿El Infierno Nocturno? —exclamó. ¿Qué era aquello?
—Así es. Un antro de pecado donde lo que ocurre de puertas para dentro es tan escandaloso que es mejor no ser reconocido.
Con estas máscaras y nombres ficticios pasaremos desapercibidos.
Además, prefiero que en nuestras citas no seamos el centro de atención.
Entiendo que en eso estará de acuerdo conmigo.
—¿Un antro de pecado, Max? ¿Dónde diantres me ha traído? —preguntó Lilian despertándose en ella cierto temor.
—Tranquila, está bastante dividido por zonas. La parte donde he pensado llevarla es la menos… pecaminosa, por decirlo de algún modo.
—¿Es seguro? —insistió ella indecisa.
—¿Tiene miedo? —preguntó él ante su reacción.
—No lo sé…
—¿Confía en mí, Mary?
—Sí… —respondió ella con rapidez—. Lo hago… pero…
—Pues sujétese de mi brazo. Está a punto de atravesar las puertas del infierno... —Le lanzó una mirada intensa—. ¿Preparada?
Lilian colocó su mano sobre el antebrazo del duque y movió la cabeza afirmativamente.
Cavendish la dirigió a una puerta de lo más común, sin ningún artificio que delatara que ese lugar era lo que él había descrito.
Sujetó la aldaba con forma de cabeza de león y golpeó tres veces.
Después esperó. Enseguida se oyó una voz al otro lado:
—¿Quién osa molestar a estas horas? —preguntaron fríamente mientras desplazaban una pequeña rendija. Unos curiosos ojos miraron al exterior escrutándolos de arriba abajo.
—Giddeon-Rojo —respondió el duque.
Sin ofrecer respuesta la rendija se volvió a cerrar con un movimiento seco.
Se escuchó la manipulación de unos cuantos cerrojos metálicos.
Finalmente, la puerta se abrió. Un hombre vestido de etiqueta se hizo a un lado para darles paso y les invitó a que lo siguieran.
Los dirigió a lo largo de un pasillo oscuro, solo iluminado por un par de candelabros y, en cuanto llegaron al final, giró el pomo de la última puerta.
—Disfruten de su infernal noche —dijo con un deje lascivo.
Lilian parpadeó varias veces. Tras la puerta había una gran sala abarrotada de hombres y mujeres —la mayoría enmascarados como ellos— que ocupaban infinidad de mesas de juego y estaban envueltos en un intenso olor a humo de cigarrillos y licor del caro.
¿Aquello era un casino clandestino?
Lilian y Arthur accedieron a la sala y la puerta se encajó tras ellos.
La muchacha no podía dar ni un paso observando la escena que se abría ante sus ojos.
Algunas mujeres lucían atrevidísimos escotes donde sus pechos casi se desbordaban.
Algunas de esas damas estaban sentadas sobre los muslos de algunos caballeros y otras se besaban con ellos descaradamente.
Una ruleta giraba mientras un tumulto de personas a su alrededor gritaba como locos, implorando que saliera el número por el que habían apostado.
Otros se mantenían en silencio concentrados en su juego de cartas mientras acariciaban una columna de fichas de colores.
En la barra había hombres que bebían como si apagaran la sed de toda una vida y en una esquina iluminada con candiles de gas otros jugaban al billar.
Al fondo había una zona donde algunos caballeros y damas ponían a prueba su puntería lanzando dardos contra una diana.
—¿He sobrepasado sus límites? —preguntó Arthur al ver la cara de estupefacción de su acompañante. Quizás no estaba preparada para algo así.
—Sí, los ha sobrepasado… —dijo ella sin disimulo.
—Entonces, nos marchamos. No deseo su incomodidad —anunció él girando sobre sus talones. Con ese gesto, la arrastró también a ella, ya que seguía sujeta de su brazo.
—¡Ni hablar! —exclamó Lilian clavando los pies en el suelo.
—¿Prefiere quedarse? —preguntó arqueando una ceja.
—¡Por supuesto! Si me marcho nunca tendré la oportunidad de regresar a una sala como esta. —Luego lo miró inquisitiva—. El nombre que ha dicho en la entrada… ¿Es su apodo aquí?
El duque se rio ante su ocurrencia.
—No. Es la contraseña de acceso —contestó.
Lilian sonrió. Arthur empezaba a saber cómo maquinaba aquella cabecita—.
¡Ni lo sueñe, jovenzuela! —exclamó el duque adivinando sus intenciones—.
Tiene tajantemente prohibido venir aquí solita sin mi protección.
Por otro lado, cambian la contraseña a diario, por lo que tampoco la dejarían entrar.
—Vaya… —exclamó desilusionada.
—¿Hace un momento estaba intimidada y, ahora, descubro que estaba tramando volver sola?