La misteriosa Lilian Rigby (Damas Insólitas nº 1) CAPÍTULO 10 #3
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CAPÍTULO 10 #3

—Mi infancia es la época más dichosa de mi vida.

No tuve hermanos, pero no lo añoré nunca.

Solía jugar con mis primos o con los hijos de los vecinos, y mis padres solían ser más sociables que ahora.

Íbamos a muchas reuniones familiares, viajábamos por toda Inglaterra, incluso pasamos un verano en la costa y pude ir a la playa casi cada día.

—Tuvo que ser un torbellino de niña… —dedujo el duque.

—Al contrario, era extremadamente dócil.

—Eso es difícil de creer conociéndola en la actualidad.

—Mis institutrices estaban encantadas conmigo. Era aplicada y no daba nunca problemas —dijo con cierta nostalgia en su voz—. Ahora me arrepiento de haber sido tan buena.

—¿Me explicaría más esa parte…? —el duque levantó una ceja.

—No hay mucho que explicar. Simplemente creo que lo puse muy fácil a todos los que estaban a mi alrededor y pensaron que no tenía carácter suficiente como para tomar mis propias decisiones.

—Lilian no tenía ganas de seguir hablando de sí misma o acabaría teniendo que hablar de su padre y de cómo alejó al hombre que amaba de su lado.

Intentó desviar el tema hacia otros derroteros—.

¿Y su infancia? ¿Cómo creció el gran duque de Cavendish?

—Muy estricta. Eso sería un buen resumen —dijo sin más.

—¿Me explicaría más esa parte…? —utilizó su misma expresión y le dedicó una sonrisa. A Arthur se le derretía el corazón al verla sonreírle. ¡A él!

—Fuimos dos hermanos, pero yo el único varón.

Mi hermana era mucho mayor que yo —explicó—.

El título iba a recaer en mis manos y mi padre era un hombre muy severo.

No me permitía… distraerme. Nada de juegos, nada de diversiones.

Lo primero era mi formación y mi comportamiento.

Desde bien pequeño se empeñó en llevarme con él y a asumir un carácter duro e inflexible…

Me hizo disparar a mi primer ciervo con apenas siete años… No sé si sería incluso antes…

El corazón de Lilian se encogió. La infancia del duque no tenía nada que ver con la suya. Por unos instantes sintió la necesidad de abrazar al niño interior que el duque aún pudiera albergar. Él siguió hablando:

—Podría explicarle muchos más detalles de cómo fue mi educación, pero le aseguro que los profesores que se encargaron de ella fueron los más exigentes que mi padre encontró. Usaban los métodos que hiciera falta para que memorizara los textos y superara las materias que estuvieran enseñándome…

—Siento lo que tuvo que pasar, Arthur. Suena muy triste…

—No… no fui un niño triste, Lilian. Nunca me faltó nada.

Incluso sentía el cariño de mi padre. Me esforzaba mucho para no desilusionarlo, se lo aseguro.

Mi madre era dulce y cariñosa. No fue una mala infancia se lo garantizo…

Simplemente fue diferente a la suya… —el duque nadaba de un lado a otro sin perderla de vista.

Se imaginaba su cuerpo sumergido en el agua y sus partes íntimas latían de deseo.

—¿No cambiaría nada de su infancia? —preguntó ella.

—No… son los cimientos del hombre que soy hoy… Es el legado que mis padres me dejaron.

—¿Murieron? —preguntó ella con tacto.

—Sí. Demasiado pronto… yo tenía unos quince años.

—Y… ¿con esa edad tuvo que asumir el ducado? —Lilian se espantó. Apenas era un muchacho cuando cayó sobre él una responsabilidad enorme. Esperaba su respuesta con interés.

—Sí. Mi tío, el hermano de mi padre, me ayudó bastante durante los dos primeros años. Luego ya pude asumir el cargo con todas las consecuencias. —Arthur hizo una pausa—. Hábleme de cuando su padre la llevaba al lago… de aquellos días felices cuando la enseñó a nadar…

—A mi padre le gustaba pescar y solía llevarme con él…

—contó Lilian—. A veces nos quedábamos en la orilla, pero otras veces cogíamos una pequeña barca y nos adentrábamos en aguas más profundas.

Tenía miedo de que pudiera caerme al agua y no supiera reaccionar, por eso se empeñó en enseñarme a nadar. Mi madre no lo aprobaba.

—¿Era estricta? —preguntó él con interés.

—No. Simplemente le parecía algo que una dama no necesitaba saber.

Mi madre es muy tradicional, solo le interesaba que aprendiera cosas de mujeres, incluso no le gustaba que mi padre me llevara a pescar con él y…

¡Aaaaayyyy!... —gritó—. ¡Aaaayyyyyyyyyy!

... —volvió a gritar esta vez emitiendo un aullido lacerante.

La sangre del duque se heló. ¿Qué le pasaba a Lilian? ¿Por qué gritaba de ese modo escalofriante? Sin pensárselo dos veces nadó directo hacia ella, mientras gritaba su nombre:

—¡Lilian! ¿Qué sucede? ¡Lilian!

—¡Aaaayyyy! —volvió a gritar ella.

El duque llegó a su lado y la sujetó con fuerza por sus brazos. El corazón le iba a explotar en el pecho.

—Lilian... ¿Qué sucede? ¿Agárrese a mí? —Arthur estaba aterrado.

—Una rampa… en la pi…. ¡Aaaaayyy! … erna. Due…le ¡Aaaayyyyyy!

—Estoy a su lado… tranquila… nada malo le va a pasar —intentó apaciguarla. El duque se giró quedando de espaldas a ella—. Sujétese a mí por la espalda y pase hacia delante la pierna que le duele.

Ella siguió sus indicaciones. Se abrazó al cuello del duque y notó que él sujetaba su pierna con determinación, pero delicadamente, y estiró de su planta del pie hacia arriba, manteniendo la tensión de ese modo.

—Me… jor… —empezó a decir ella—… me… mejor…

—Pronto se le pasará… se le habrá montado un músculo…

es muy doloroso. A mí también me ha pasado alguna vez…

—En cuanto se dio cuenta de lo que había dicho, cambió el tono—.

Y no aproveche lo que acabo de decir para hacer ningún comentario sobre mi lamentable estado de salud…

—le dijo con intención de distraerla de su dolor.

Ella no pudo evitar sonreír cerca de su oído—.

¿No me diga que ya estaba pensando en hacerlo?

—Arthur, todavía estoy dolorida… No puedo sufrir un daño tan tremendo y pensar en molestarlo al mismo tiempo.

—Será el único momento en el que no lo piense —ironizó él.

—En este instante le aseguro que lo último que deseo es ofenderle… —le dijo con un deje de dulzura—. Me ha salvado…

El duque se sintió como un caballero rescatando a la princesa encerrada en la torre de un castillo. Las palabras de Lilian eran puro azúcar en sus oídos.

—No se suelte de mí… —le indicó—. Nadaremos de este modo hasta la orilla. ¿De acuerdo?

—Sí.

En cada brazada, el duque sentía los pechos de Lilian rozar su espalda.

Si no fuera por el susto y que su corazón todavía estaba recuperando su ritmo normal hubiera sido el momento más erótico de su vida…

¡¿Un momento?! ¡Lo era! ¡Era el momento más erótico que había vivido con nadie en todos sus años!

Solo pensar en que podría girarse, quedar frente a frente y que ella lo envolviera con sus piernas enroscándose a su cintura, lo estaba desquiciando…

¡Dios bendito! Debía llegar a la orilla y salir del agua cuanto antes.

¡Maldito viejo verde estaba hecho! ¡Era una dama inocente!

Arthur nadó el último tramo hasta llegar al embarcadero.

—Salga usted primero y cúbrase. Luego saldré yo —dijo para preservar la decencia de la muchacha.

Lilian salió del agua y él mantuvo sus ojos ajenos a su cuerpo. Deseó, de nuevo, no ser tan caballeroso y lanzar una breve miradita, pero era incapaz de hacerlo… ¡Enviaría al infierno la educación tan estricta que recibió!

—Arthur… ya estoy… —murmuró la joven que se había puesto la camisa por encima y se cubría por delante con el vestido—. Me iré tras aquellos árboles para acabar de vestirme. Ya puede salir usted.

Y así lo hizo. El duque salió del lago y recuperó su ropa. Se secó como pudo y también se vistió. En unos minutos los dos se reencontraron en la manta donde habían empezado el picnic, ya completamente adecentados. El duque habló con sentimiento de culpa en su voz:

—Perdóneme, Lilian. No debí haber propuesto semejante actividad. Estuvo fuera de lugar y… debido a su percance… la situación se descontroló, ha sido bochornoso y…

—Arthur… —le interrumpió ella. Él la miró a los ojos y Lilian detectó que estaba realmente avergonzado—. No hay nada que perdonar, de verdad. Hacía años que no me divertía tanto.

La mirada de Lilian era diferente. No había odio, ni rencor, ni tan siquiera remordimientos de que sus cuerpos desnudos hubieran podido estar en contacto.

Al contrario, su mirada era serena. Su sonrisa era real.

Toda ella se veía relajada y con un rubor especial en las mejillas.

La joven tomó asiento en la manta y siguió hablando:

—Nos quedan muy pocos minutos antes de regresar al gris Londres. Sentémonos y disfrutemos de este bello paisaje, si le parece bien.

—Gracias… —El duque se sentó a su lado. La actitud de Lilian aligeró el peso de su conciencia.

La muchacha sacó el vino de la cesta, sirvió dos copas y en un cómodo silencio pasaron los escasos minutos que les quedaban hasta que el carruaje apareció de nuevo para regresar a casa.

Como era costumbre, ella se sentó frente a él.

Con el vaivén meciendo sus cuerpos, Arthur pensó que ella estaba…

¡demasiado lejos! Su futura esposa debería estar a su lado…

deseaba tenerla cerca, abrazarla, sentir el aroma de su cabello, su aliento cerca del suyo…

«¿Por qué no pedírselo?». Se armó de valor.

—Lilian… —«Bien… ¿Por dónde empezar?»—. ¿Podría pedirle que cambiara de asiento?

—Claro… ¿Prefiere ir usted en el sentido de la marcha? —La muchacha interpretó que quería intercambiar el sitio con ella.

—Me estoy explicando mal… —«Debo ser más directo, está claro»—. ¿Le importaría compartir mi asiento?

Sin alterar un ápice su expresión, ella respondió:

—No. Siempre he preferido ir en el sentido de la marcha.

«Hubiera sido demasiado fácil», pensó el duque. «Lilian Rigby, tozuda como las mulas». Respiró con resignación. Al menos lo había intentado. Pero lo que no imaginó es el gesto de ella y lo que propuso a continuación.