CAPÍTULO 10 #2
Lilian empezó a saborear la tarta. El duque se había quedado embobado mirando su boca mientras se relamía los labios de los restos de frambuesa.
Pensó que si ella hacía eso muchas más veces tendría que tirarse al lago para frenar su excitación.
Decidió cambiar de postura para no tener de frente aquella lujuriosa tentación, por lo que empezó a moverse dando saltitos —sin llegar a levantarse—, hasta situarse junto a ella.
Hizo un movimiento extraño: pasó una pierna a cada lado desde atrás, y luego la abrazó por la cintura recostando la espalda femenina contra su pecho.
—Sin barreras… déjate llevar… —susurró junto a su oído.
Luego le quitó las gafas y deshizo su apretado recogido dejando su cabello suelto.
Arthur lo comenzó a acariciar, peinándolo con sus dedos—.
Desde el día de la cabaña me moría por hacer esto.
Tienes el cabello suave como la seda… huele a ti, Lilian…
Tu olor a rosas lo tengo metido bajo la piel desde el día que te encontré en el jardín del pecado.
Lilian tenía los ojos cerrados sintiendo cómo Arthur acariciaba su melena. Cómo su firme espalda le servía de apoyo. Cómo su voz la cautivaba con dulces palabras.
—¿Olió mi cabello en el jardín?
—Lilian, te tuve entre mis brazos. Luego encontré tu pañuelo y también tenía tu esencia. Y ahora, tenerte de esta forma, tan cerca de mí… me transporta inevitablemente a aquel momento…
—¿Piensa también en el vicario…? —dijo ella sonriente al recordar el momento exacto al que él hacía referencia y el duque soltó una carcajada.
—Por suerte no pienso en él. Pero sí doy gracias al cielo por haber podido preservar tu inocencia de lo que allí aconteció, porque cuando estés preparada será toda mía. Yo te haré descubrir la intimidad, el placer… el goce más profundo que puede darse entre un hombre y una mujer.
—¿Protegió mi inocencia con el objetivo de destruirla usted? —Ahora fue Lilian quien soltó una carcajada.
—¿Destruirla? No. ¡Pienso devastarla por completo! Porque no dejaré ni rastro de ella. Cuando seas capaz de entregarte a mí, toda la contención que estoy teniendo se abrirá paso de forma incontrolable.
—¿Su parte más oscura? —preguntó ella rememorando sus palabras.
—La misma… —admitió.
Arthur besó un mechón de su cabello y después procedió a retirar la melena de la muchacha hacia un lado, con delicadeza, y se dedicó a proporcionarle un agradable masaje en la nuca y el inicio de la espalda.
En un momento dado, la joven ronroneó dejándose llevar por la cálida sensación de sentirse cuidada.
—¿Te incomodo, Lilian…?
—No… es… es agradable… puede… continuar….
—Bien…
Tras unos minutos, ella se sentía totalmente relajada. Reclinada hacia él, sintiendo el contraste de aquellas poderosas manos que trabajaban sobre sus hombros con tierna sutileza.
—¿Sabes nadar, Lilian?
—Sí… —dijo ella.
—¿Cómo aprendiste? No todo el mundo sabe hacerlo —preguntó.
—Cerca de la casa de mis padres también hay un lago. Mi padre me llevaba de pequeña. Él me enseñó a nadar.
—Perfecto. Solo quería asegurarme antes de hacer una cosa… —sin esperarlo, Lilian sintió que Arthur se separaba de ella, se levantaba y tiraba de su mano para ponerla en pie.
Lilian miró su expresión que había adquirido un tinte travieso y luego miró hacia el lago.
—¡No! —exclamó casi en un grito—. ¡¿No estará pensando…?! —comenzó a entender sus intenciones.
—Sí… eso mismo.
—¡Nooooooo! —ahora sí emitió un gritó de espanto—. ¡Arthur, no se atreva…!
Temiendo que la alcanzara, se alejó de él corriendo por el prado. Su corazón se aceleró como hacía años que no lo hacía. ¿Miedo…? ¿Diversión…? ¿Qué era aquello que la hacía sentirse… tan viva?
—Corra todo lo que quiera, soy más rápido que usted.
Arthur echó a correr tras ella. Lilian lo hacía sin mirar atrás mientras el duque la perseguía. Ella consiguió refugiarse detrás de un árbol y él quedó al otro lado.
—Antes o después te atraparé —la amenazó sonriéndole—. No tienes escapatoria. No de mí…
—¡Arthur! ¡Esto no tiene gracia! —le recriminó sin aliento y con el corazón a punto de salirle por la boca. Intentó ponerse seria, aunque la actitud infantil del duque la había sorprendido gratamente. ¿Ese era el mismo hombre inflexible y tirano?
—Di que te casarás conmigo o te tiraré al agua.
—¡No! —exclamó—. ¡No se atreva…! ¿Ese es su plan para convencerme de que me case con usted?
—Hay que probar cualquier treta que se presente… —dijo encogiendo un hombro—. Me quedan siete horas… Comprenderás que esté desesperado.
—¡No me tire al agua! —intentó convencerlo.
—Demasiado tarde, Lilian… —dijo con una sonrisa malévola—. Ya he decidido hacerlo. Sabe lo tenaz que soy hasta conseguir lo que quiero.
Lilian hizo un par de amagos tras el tronco del árbol para ver hacia dónde debía seguir la carrera para no ser capturada. Por fin, decidió salir hacia su derecha. Arthur le dio una leve ventaja y luego salió a su alcance. No tardó en atraparla. En cuanto lo hizo, la levantó sin dificultad.
—Arthur…. ¡Nooooo! —chilló Lilian con pánico, forcejeando con él, aunque sabía que no tenía opciones de liberarse ante la fuerza de ese poderoso hombre.
El duque se acercó hasta la zona del embarcadero con ella en brazos, y se dirigió hasta el final de las tablas. Hizo un par de movimientos de vaivén y comenzó una cuenta atrás:
—A la de unaaaa…
—¡Nooooooo!
—A la de doooossss
—¡Nooooo! Por favor… ¡Si hace esto no me casaré jamás con usted!
—Y a la de treeeeesssss….
Lilian cerró los ojos, pero lo que ocurrió a continuación no fue lo que ella temía. Arthur la depositó en el suelo con delicadeza.
—¿En verdad creyó que iba a tirarla?
Por fin, con los pies en tierra firme, ella suspiró con alivio. Se llevó la mano al pecho, sintiendo los latidos del corazón golpeándole con fuerza contra las costillas, y le reprendió:
—Me ha dado un susto de muerte… Pensé que iba a lanzarme sin compasión.
—No soy tan cruel, solo quería jugar un poco...
Arthur alzó su mano y, con un gesto lento y comedido, le colocó un mechón detrás de la oreja. Después arrastró una caricia por su mejilla con el dorso de la mano.
—¿La he asustado de verdad?
—Sí… —reconoció ella.
—Entonces le doy permiso para que me dé un empujón y me tire al lago. Me lo merezco.
—No soy tan rencorosa… creo… —contestó valorando la acción—. Aunque si lo hiciera no me arrepentiría.
Él le sonrió. Ambos tenían la respiración afectada aún y un sudor perlado había cubierto sus rostros. La carrera los había acalorado bastante.
—¿Cuánto hace que no se baña en un lago como este? —preguntó el duque.
—Desde que era pequeña.
—La reto a hacer una locura. ¿Qué le parecería si nos bañásemos? Hace un día magnífico y el agua no debe estar muy fría.
—Como usted bien ha dicho, es una locura. No hemos traído ropa adecuada ni…
—No necesitamos ropa —dijo mirando a su alrededor—. Solo estamos usted y yo.
—¡Arthur! ¿No decía que no íbamos a hacer nada indecoroso?
—No ha de serlo si lo hacemos bien. Nos desvestiremos sin mirarnos y una vez en el agua no nos acercaremos el uno al otro. De esa forma no nos veremos… y, además, cualquier zona impúdica quedará por debajo del agua.
—No es un buen plan… y además… no es… sensato —indicó Lilian.
—Nada entre usted y yo lo es —comentó de modo casual.
Miró su reloj—. Tenemos media hora hasta que regrese el carruaje.
¿Qué me dice? ¿Quince minutos? Luego nos secamos y nos volvemos a vestir.
Preservaré su intimidad, se lo prometo. No miraría su cuerpo sin su consentimiento, por mucho que sabe que daría mi mano derecha por verlo.
¿Por qué era tan insistente? ¿Y por qué le entraban ganas de hacerlo?
Aquella carrera la había transportado a su infancia, a esas sonrisas sinceras que brotaban del alma, a correr por un prado sintiendo la brisa y el sol sobre la piel...
Zambullirse en el lago sería como regresar a aquella época donde su mayor preocupación era con qué muñeca quería jugar. Los años más felices de su vida.
«Sin límites… déjate llevar», resonó en su cabeza las palabras que él siempre le decía.
—No mire cuando me desvista… —dijo la joven.
El duque se sorprendió de que aceptara su descabellada sugerencia.
«¿Qué dama en su sano juicio se desnudaría delante de un viejo verde?
», pensó Arthur. «¿Se acababa de llamar a sí mismo de ese modo?
¡Dios! ¡Lo era! Había convencido a esa inocente muchacha para que se desnudase para él… ¡Iría al infierno sin remedio!»
—Métase usted primero… —dijo él girándose hasta quedar de espaldas a ella—. Cuando lo haga, nade para alejarse lo suficiente y luego me meteré yo.
¿Tenía ya una erección marcada en sus pantalones? ¡Maldición, sí! ¡Ya se estaba arrepintiendo de la maldita sugerencia! ¡No había previsto la reacción de su cuerpo! ¿O sí y por eso la había hecho?
Lilian se desvistió rápidamente sin perder de vista a Arthur, quien no hizo gesto alguno de mirarla. Se lanzó al agua y se alejó un poco.
—¡Ya estoy! —gritó desde la distancia—. ¡No está fría… láncese también!
—Mire hacia otro lado, Lilian… —le pidió—. La avisaré cuando pueda volver a mirar.
—De acuerdo.
En menos de un minuto, la joven escuchó un chapuzón y buscó al duque. Pronto emergió una cabeza a unos cuantos metros de ella.
—¡Está a una temperatura ideal! —reconoció él también.
Ambos se mantuvieron a una distancia prudencial, nadando y disfrutando de la maravillosa sensación de libertad de sumergirse en el agua cristalina envueltos por aquel paraje bucólico. El sonido del agua, del chapoteo, del trino de los pájaros… todo era perfecto.
—Lilian —llamó su atención el duque—, hábleme de su infancia…
—¿Qué quiere saber?
—Si tiene hermanos, cómo eran sus padres, si fue feliz... No sé, cuénteme lo que a usted le apetezca.