CAPÍTULO 10
Después de la cita del teatro, los días se iban sucediendo unos tras de otros mientras Lilian seguía sin tener noticias del duque de Cavendish.
Estaba convencida de que en un par de días —como mucho— recibiría alguna nota suya con nuevas indicaciones, pero no fue así.
Esperó al tercer día y tampoco hubo novedades.
Supuso que más allá de un cuarto día no osaría hacerla esperar, pero tampoco recibió ninguna nota de él.
Empezaba a impacientarse. ¿Acaso no tenía ganas de verla?
¿Tanto interés en tener citas y ahora la ignoraba por completo?
Cada día, como si de una nueva rutina se tratase, Lilian revisaba a conciencia la repisa donde se dejaba el correo y lo comprobaba dos o tres veces, por si se hubiese traspapelado entre otros documentos.
Nada. Al quinto día sin tener noticias de él llegó a pensar que tal vez habría muerto y ella no se había enterado.
No. Aquello no podía ser, porque una tragedia de esa magnitud habría corrido como la pólvora.
¿Estaría enfermo? Eso sí era posible. ¿Qué tipo de enfermedad tan grave sufriría para que ni siquiera pudiese mojar la pluma en el tintero y escribir dos míseras líneas?
Al sexto día empezó a enfadarse. «¡Podría decir algo! ¡Me tiene aquí pendiente de él! ¡Como si no tuviera yo otra cosa mejor que hacer!» Su mal humor iba en aumento.
No fue hasta una semana después que llegó una misiva a su nombre. La sostuvo entre sus manos y la miró con tal odio que podría haber calcinado el papel. «¡Por fin envía usted algo, duque del demonio!», gruñó para sus adentros. La desdobló para averiguar qué plan proponía para la segunda cita.
“Espero que hayan sido suficientes días libres sin mí.
El miércoles la espero frente a la pastelería Bowman, a las diez de la mañana. Acuda sola. Haga lo que tenga que hacer para que su tía Josephine no nos acompañe.
PD: No he dejado de pensar en usted ni un solo minuto. ¿Ha pensado usted en mí?”
¡Maldito Cavendish! ¡Había sido otra artimaña suya! La había tenido esperando tantos días para exacerbarla, para que inevitablemente estuviera pendiente de él. Para que pensara en él… «¡Grrrrr!», refunfuñó estrujando el papel entre sus dedos.
El miércoles Lilian hizo creer a su tía que iba a pasar la mañana haciendo compras y, a las diez en punto, se presentó en la pastelería Bowman.
Estaba en la puerta aguardando de pie cuando el carruaje del duque se detuvo ante ella y la puerta se abrió.
Desde el interior, Arthur le ofreció su mano para ayudarla a subir.
Lilian la aceptó y tomó asiento frente a él.
—¿Y bien? —dijo la joven con evidente disgusto tanto en su voz como en su rostro.
—¿Está enfadada conmigo, señorita Rigby? —fingió no saber de dónde podía provenir su enojo.
—Siete días, excelencia… ¡Siete días! —le recriminó alzando el tono.
—¿Le han parecido… pocos?
—¡Me ha parecido una eternidad!
El duque sonrió, no podía evitarlo. La tenía donde quería. Echándolo de menos, quizás no de la forma que él deseaba, pero sí de algún modo. Y para Arthur era otra pequeña batalla ganada. Ella siguió al ataque:
—Le pedí que no tardase en programar la siguiente cita… —protestó.
—Usted me confundió. Pensé que quería que la dejara tranquila unos días… —la estaba enojando a posta—. Aunque me halaga comprobar que estaba deseosa por volver a verme.
—No tergiverse las cosas.
—Sea sincera, Lilian… ¿Le irritaba no tener noticias mías?
—¡Por supuesto! ¡No me hizo caso! ¡No debería haber tardado tanto en enviarme su nota!
—Ya le he explicado que pensé que usted quería tiempo para distanciarse un poco de mí. Puedo llegar a ser muy absorbente cuando algo me interesa.
—¿Y así demuestra que yo le intereso? ¿Haciéndome esperar días y días a mandarme nuevas indicaciones?
—Ya sabe que me interesa. ¿Por qué es tan importante para usted que se lo demuestre?
—No es importante que me lo demuestre… —se cruzó de brazos.
—Bueno, sea como sea, al menos habrá conseguido olvidarse de mí unos días —necesitaba acorralarla para confirmar su teoría.
—¿Acaso cree que… que eso ha sido posible?… —Lilia alzó ambas manos, exasperada—. ¡Usted ha ocupado mi mente todo ese tiempo!
Ups… ¡¿Qué acababa de decir?!
—Estamos en paz, entonces —le dijo él con el corazón dando brincos y una estúpida sonrisa en los labios—. Así sabrá la tortura que supone pensar en usted constantemente.
—Es usted un manipulador, Arthur… —Ella volvió a cruzar los brazos.
—¿Sabe lo mejor que tienen las parejas, Lilian?
—¿Qué? —preguntó mirándolo con el ceño fruncido.
—¡Las reconciliaciones!
—Usted y yo no somos pareja.
—Véalo cómo usted quiera.
—Y, además, no pienso reconciliarme con usted.
—Está bien… Reconozco que ha habido una tremenda equivocación por mi parte, pero no deseo malentendidos a partir de ahora. Dígame cuánto tiempo quiere que transcurra entre cita y cita y me ceñiré a sus deseos. Hábleme claro, Lilian… ¿Quiere que la deje tranquila o quiere verme más seguido?
—Más seguido… —reconoció ella.
—Seguirá diciendo que estoy tergiversando sus palabras, pero, aun así, sus repuestas elevan mi vanidad a una cúspide celestial. No puedo evitarlo.
—Su vanidad y usted se autoengañan.
—Lilian —se aproximó a ella inclinándose hacia adelante—, no deseo irritarla, ni herir sus sentimientos…
Dígame exactamente en cuántos días quiere las siguientes citas y me ceñiré a sus prioridades.
Así no volveré a cometer errores. No deseo su enfado…
—dicho esto la miró con ternura y añadió— Tengo ocho horas por delante y no puedo permitirme que esté molesta conmigo.
Ya lo tengo bastante difícil como para perder ese valioso tiempo rebajando la tensión entre nosotros.
La joven intentó tranquilizarse. Lo miró a los ojos y dijo:
—Día sí, día no… —contestó—. Nos quedan tres citas. Hoy es miércoles, por tanto, las siguientes serán: viernes, domingo y martes. Y luego me dejará tranquila como prometió.
—O aceptará mi anillo.
De nuevo los ojos verdes de la muchacha lo atravesaron.
—Como ve, no pierdo ni el tiempo en contestarle a eso —dijo ella.
—Porque no se atreve a afirmarlo, ni a negarlo.
—Es usted insufrible…
—Y usted una tozuda… —replicó él. Después sujetó su mano con dulzura—. Lilian, ¿me perdona por haberla disgustado estos días? Le pido mil disculpas, pero, por favor, no arruine esta cita.
—Arthur… —respiró profundamente— lo intentaré.
El carruaje siguió avanzando a buen ritmo. Lilian observó que se estaban alejando del centro de la ciudad.
—¿A dónde me lleva?
—Haremos un picnic. Nos dirigimos a un paraje alejado de la vista de los curiosos. Hoy no seremos el centro de atención. Solo estaremos usted y yo. Creo que puede ser un buen plan y que le gustará. ¿Verdad que prefiere la naturaleza a la ciudad?
—Sí —afirmó ella que ya empezaba a relajarse de su enojo. Por otro lado, no ser el centro de atención era otro punto a favor de la propuesta de Arthur.
No tardaron en adentrarse por unos caminos rurales de las afueras de la ciudad.
Un prado cubierto de flores y un lago al fondo formaba una estampa perfecta.
El carruaje se detuvo y el duque la ayudó a bajar cortésmente.
Cogieron una cesta y Arthur pidió al cochero que se marchara y los pasase a recoger más tarde, pasada una hora.
«¡Por fin solos!», pensó Cavendish satisfecho cuando vio alejarse el vehículo tras una nube de polvo.
—¿Le incomoda estar a solas conmigo? —preguntó el duque —. Sabe que, a pesar de no llevar carabina, su inocencia no corre peligro. No crea que la he traído aquí para… nada indecoroso. Pero necesitaba estar a solas con usted.
—No, no estoy incómoda. Confío en su honorabilidad —reconoció ella.
El duque buscó un sitio adecuado y estiró un mantel de cuadros rojos y blancos, y una manta en el suelo. La mañana era soleada y el calor de los últimos días seguía presente. Invitó a Lilian a sentarse y luego él lo hizo a su lado.
—Gracias, Arthur. Su idea de venir aquí ha sido magnífica. Este lugar es precioso —dijo admirando el paisaje. Luego observó la cesta con curiosidad—. ¿Qué ha traído?
El duque no pudo evitar sonreír y le dijo:
—Le confesaré que… no lo sé. Le dije a la cocinera que preparara una comida campestre, pero no me he preocupado en absoluto de lo que hubiera dentro.
—¿Se imagina que esté vacío? —le sonrió ella.
—Espero que no. Confiemos en la buena fe de mis sirvientes —comentó mientras abría la tapa de la cesta—. ¿Le apetece que descubramos juntos con qué pretendían deleitarnos?
—Sí…
Él comenzó a sacar lo que había en el interior. Una tarta de frambuesa, un poco de pan, queso y embutidos variados. Una botella de vino y otra de agua.
—¿Qué le parece? —preguntó.
—Es una buena elección, aunque… lo que ha llamado especialmente mi atención ha sido esa tarta… —indicó ella señalándola—. Parece deliciosa. ¿Puedo comerme un trozo?
El duque asintió y procedió a cortar una porción, colocarla en un plato y se lo pasó a Lilian.
—¿Vino o agua? —preguntó él.
—Agua, por favor. —Arthur llenó un par de copas con agua—. ¿Usted no come nada? —dijo ella al ver que no había servido nada para sí mismo.
—De todo lo que hay cerca de este mantel, solo comería una cosa —le dijo con picardía—, y me he comprometido a no probarlo. El bocado más delicioso de este picnic serían sus labios… sin lugar a dudas.
—Arthur… —le reprendió, sin demasiada convicción. Empezaba a acostumbrarse a sus insinuaciones. Pero sabía que no tenía nada que temer, él era un caballero de pies a cabeza. Con ningún otro hubiera osado estar allí en tales condiciones.