La misteriosa Lilian Rigby (Damas Insólitas nº 1) CAPÍTULO 9 #2
34%

CAPÍTULO 9 #2

Lilian escuchaba en su interior las palabras que él se empeñaba en recordarle una y otra vez: «déjese llevar».

Sintió que el calor trepaba por su cuerpo sabiendo que aquello no era adecuado, que estaban haciendo algo prohibido.

Sin embargo, conteniendo el aliento, dejó que él la despojara de esa prenda.

Arthur fue sacando con sutileza uno a uno sus finos dedos y luego tiró de la prenda deslizándola por todo el largo de su brazo.

Él la miró. Sus pupilas se fundieron y encontró esa mirada gris que tanto la inquietaba, esa que hacía que su respiración se cortara.

Entonces él acarició su mano desnuda con la yema de sus dedos trazando círculos lentos y sinuosos.

Nadie en el teatro sabía que ellos estaban compartiendo ese momento tan íntimo, ni tan siquiera tía Josephine que miraba ensimismada a los actores a través de los prismáticos.

Lilian envió una mirada de reprobación a Arthur, pero no retiró su mano.

Al contrario. Ella estaba respondiendo a aquel atrevimiento de la misma forma, acariciando la mano de él.

No pudo reprimirse, sentía curiosidad por descubrir cómo sería su tacto.

Era una piel muy diferente a la suya. Cerró los ojos y simplemente sintió: era áspera y cálida.

Una mano grande y fuerte. Los huesos se le marcaban robustos en los nudillos.

Se le secó la garganta mientras palpaba descubriendo centímetro a centímetro cada parte de su piel.

Rozó las uñas, suaves y firmes, y con un acabado redondeado y terso.

El duque, ante las señales de que ella no estaba incómoda, no se detuvo ahí.

Subió la yema de sus dedos hacía su muñeca, donde la piel era aún más fina, y luego siguió hacia el interior de su antebrazo.

Le hacía cosquillas, pero no de las que provocan risa.

Eran de otro tipo. Unas caricias que aceleraban sus latidos.

Ella también sintió el impulso de hacer lo mismo y acariciar su antebrazo.

¿Sería igual de áspero que su mano? Sin embargo, se lamentó al descubrir que no podría hacerlo: el duque tenía abrochado el botón de la manga de su camisa y la tela se ceñía a su muñeca.

Aun así, era demasiado osada para no meter un dedo a través del tejido y acariciar esa parte hasta donde podía alcanzar.

Arthur la miró conteniendo una sonrisa. ¡Ella era demasiado! ¡Incluso para él mismo! Con ese descarado avance de la muchacha, él sintió que había ganado una gran batalla.

Alguien tosió y Lilian retiró su mano inmediatamente como si la hubiesen descubierto.

No obstante, fue su conciencia la que la había traicionado ya que la tos había sonado por la platea y por tanto desde allí nadie podría haberlos descubierto.

Lilian respiró hondo. Debía refrenarse y rebajar el calor que estaba exudando por todo su cuerpo.

De repente se preguntó cómo se había mostrado tan atrevida.

Arthur, por su parte, también había comenzado a transpirar.

Debía calmarse o, de lo contario, se abalanzaría sobre ella para besarla.

Con todo el dolor de su corazón volvió a ponerle el guante.

Cuando Lilian volvió a concentrarse en el escenario se dio cuenta de que había perdido por completo el hilo y la función estaba a punto de finalizar. ¡Maldito Cavendish! ¡Se estaba perdiendo el final!

—Con sus distracciones, ha hecho que me pierda la mejor parte de la obra —le recriminó en un susurro.

—Dé gracias a que le he vuelto a poner el guante —le contestó él—. Todavía queda la escena final. Concéntrese a partir de ahora, si puede —le dijo en tono pícaro.

Ella le mandó una mirada de las suyas, de esas que lo querían atravesar, y él añadió:

—Podría haber sido peor, porque mis últimos pensamientos clamaban a gritos que volviese a encerrarme con usted.

—Arthur… —le riñó en voz baja. Su tía podía oírle.

El duque le guiñó un ojo de complicidad y volvió a posar su atención en la obra.

Ella también lo intentó, a pesar de que su mente estaba extasiada.

¿Qué habría pasado en los últimos minutos?

¿Se habrían reencontrado los enamorados?

¿Habría tenido un final feliz la amarga historia de amor entre el campesino y la dama?

Por suerte esa parte aún no había sucedido y pudo verla sin perder detalle.

El final de la obra fue memorable. El amor triunfó por encima de las adversidades.

Lilian no pudo evitar volver a llorar, pero, esta vez, Arthur no la tocó.

En cambio, le cedió su pañuelo para que se enjuagase las lágrimas.

En cuanto bajó el telón, los aplausos estallaron al unísono mientras media sala estaba sollozando de emoción.

Paulatinamente las luces volvieron a encenderse y Lilian sintió que muchas miradas se dirigían a su palco.

Sabía que su aparición pública con Cavendish seguía produciendo expectación.

Pero, por alguna extraña razón, ya no le importaba.

Se levantó junto a Arthur y aplaudió a los grandes actores que habían conseguido emocionarla.

La cita no dio para mucho más. Las dos horas llegaron a su fin y el duque, un caballero de palabra, devolvió a las damas a su casa antes de que tocaran las doce. Tía Josephine se alejó un poco de ellos para que pudieran despedirse:

—Una cita menos —indicó Lilian, como quien ha superado parte de una dura penitencia. Ya solo le quedaban cuatro—. ¿Cuándo será la siguiente?

—¿Tan ansiosa está por volver a verme? —la provocó.

—Enormemente… cuanto antes acabemos, mejor.

—Me temo, entonces, que deberá soportar algún día… sin mi preciada presencia.

Ella no pudo evitar sonreír.

—¿Me concede unos días de libertad?

—No… —bajó la voz—. Le concedo unos días para que analice lo que ha sentido esta noche…

para que eche de menos mi compañía… para que más tarde, en la soledad de su cama, recuerde mi mano acariciando su piel tras despojarla de su guante y desnudarla solo para mí…

que piense en su decepción ante mi inocente beso en la frente y…

para que tire a la basura ese precioso collar que he puesto sobre su cuello con él único pretexto de acariciar su piel y hacerla estremecer de pies a cabeza mientras le robaba el aliento.

¡Maldito duque! Había estudiado cada uno de sus movimientos.

¡Manipulador! ¡No iba a analizar nada porque no había sentido absolutamente nada!

¿O sí? Que Dios se apiadara de ella porque aún quedaban cuatro citas y aquel hombre era demasiado peligroso para sus intereses.

Le había pedido que se relajara, que se dejara llevar y con ello había retirado sus fortalezas.

Al hacerlo, su indefensión la ponía en alto riesgo.

—Le enviaré una nota con las instrucciones para nuestra siguiente cita —informó Arthur—. No sea impaciente… lo haré pronto —añadió burlón.

—Buenas noches, excelencia —dijo ella formalmente.

—Buenas noches, señorita Rigby —se despidió Arthur.