La misteriosa Lilian Rigby (Damas Insólitas nº 1) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

El duque llegó a la hora acordada. Lilian y tía Josephine ya estaban preparadas para marchar al teatro, por lo que no lo hicieron esperar.

El trayecto en carruaje fue silencioso, pero no tenso como el que habían hecho hasta llegar a Hyde Park.

Arthur pudo ver que ella estaba más relajada.

Respiró con cierto alivio. En cuanto llegaron al teatro, los tres se dirigieron al palco privado del duque, pero antes de entrar en él, justo antes de atravesar las cortinas, Arthur pidió a tía Josephine que se adelantara a ellos, pues quería llevar a su sobrina a tomar un refresco antes de que diera comienzo la obra.

La joven lo miró recelosa, pero accedió a acompañarlo por los pasillos del gran teatro, sujeta de su brazo.

Cavendish sentía su pecho explotar de orgullo.

¡Se había sujetado a él sin tener que suplicarle!

¡Lilian no se oponía a ninguna de sus peticiones!

Se felicitó a sí mismo por haber pactado en privado una nueva forma de poder relacionarse entre ellos.

—Sabe que no tengo sed —dijo ella.

—Lo sé, yo tampoco… —respondió él. En el siguiente pasillo, giró hacia la izquierda y abrió una puerta mirando antes a ambos lados para comprobar que nadie los viera. Tiró de Lilian y la metió en un pequeño cuarto. Cerró la puerta y Lilian lo miró con estupor.

—¿Qué hace? ¿Está loco? —exclamó al descubrir que se había encerrado con ella en un reducido espacio.

—Desde que la conocí.

—Arthur… regresemos al palco… esto no es… no es correcto… —el duque estaba demasiado cerca de ella.

—Lo haremos, pero, antes de regresar, necesito hacer tres cosas —anunció misteriosamente.

—¿Qué tres cosas?

—La primera… —Arthur le retiró las gafas con suma delicadeza, se las guardó en el bolsillo de la chaqueta y admiró sus maravillosos ojos verdes—.

Ver sus impresionantes ojos sin estas horribles gafas de por medio.

—La mirada gris del duque se intensificó.

Lilian se tensó en respuesta. La cercanía de aquel imponente hombre era tan abrumadora que la hacía sentir vulnerable.

—Arthur, agradecería que dejase de mirarme así.

—¿Así cómo?

—Con esa mirada tan… profunda… —no sabía describirla, solo sabía que la intimidaba.

—Lo siento, no era mi intención incomodarla.

Lo único que intentaba era… ver más allá de lo que muestra la superficie, porque sé que hay mucho más...

¿Qué ocultas, Lilian? —dijo con ternura sintiéndose incapaz de averiguarlo por sí mismo—.

En su mirada hay sufrimiento. Yo la liberaré de él… déjeme hacerlo… por favor…

La joven tragó saliva. Él no podía liberarla de aquello. Ni él ni nadie.

—No está en sus manos… —murmuró.

—Sí lo está, Lilian… Déjeme al menos intentarlo… Le prometo que sus preciosos ojos volverán a brillar —era una bella promesa. La muchacha bajó sus párpados sintiendo aquellas palabras colarse en su alma. Era necesario alzar barreras de nuevo.

—Ya los ha visto… —dijo ella—. ¿Qué más necesita hacer antes de regresar al palco?

—Ponerle esto.

El duque extrajo una caja del bolsillo.

—¿Qué es? —preguntó ella con reparos. Él abrió la cajita y dentro relucía un precioso collar, digno de una reina. Lilian lo miró con desconcierto—. Arthur… esto… esto es demasiado. No aceptaré tal regalo.

—No lo acepte. Me da igual si lo tira mañana a la basura. Lo he comprado solo para ponérselo.

Aquello descolocó a la joven ¿Qué tontería acababa de decir? ¿Tirar una joya como esa a la basura?

—¿Qué? —La joven sacudió la cabeza. Aquello requería una explicación un poco más amplia.

—Gírese, Lilian. Póngase de espaldas a mí y cierre los ojos.

—Arthur… —empezó a poner impedimentos.

—Sin barreras, Lilian… déjese llevar…

La joven obedeció. Arthur pasó la joya por delante del delicado cuello y con suaves roces de sus dedos acarició la piel de la joven mientras lo abrochaba. Después, pasó las yemas alrededor de la circunferencia del collar. Lilian sintió escalofríos al sentir las manos del duque sobre su piel.

—Tiene la piel fina y suave como una rosa, me recuerda a su aroma —diciendo esto el duque aproximó su nariz a su cuello e inhaló profundamente.

Lilian sintió un cosquilleo desconcertante en su vientre—.

Nada en el mundo huele mejor que usted —susurró arrastrando un dedo a lo largo de su nuca hasta el lóbulo de su oreja.

La joven sentía sus manos y su proximidad. Movió el cuello hacia el lado opuesto dándole acceso a él. Sus caricias eran placenteras. Era imposible no rendirse a ellas.

—No sabe lo que me supone contener mis impulsos, no aproximar mis labios a su cuello y besarlo. Observar su piel me prende como una llama.

La joven empezó a girarse hacia él, lentamente, hasta que quedaron frente a frente de nuevo.

Lo que vio la sobrecogió: la mirada del duque se había vuelto mucho más intensa que antes.

Muchísimo más. Se asemejaba a la de un animal salvaje a punto de atacar.

Para colmo, su proximidad se había reducido a la mínima expresión.

De repente el cuarto parecía más pequeño y le faltaba el aire.

Lilian se echó hacia atrás, pero la pared le impidió retroceder más.

Su corazón se encabritó latiendo con fuerza.

—Y… la tercera cosa que va a hacer… ¿es? —Lilian lo sabía. Iba a besarla. No hacía falta que se lo dijera. Para eso se había encerrado allí con ella. Por eso necesitaba intimidad.

—Besarla.

—Arthur… —Lilian no sabía si había pronunciado su nombre para que cesara en su empeño o para alentarlo más.

—Cierre los ojos, Lilian… sin barreras… déjese llevar…

—Arthur… de verdad… yo no… no… no deberíamos… —aun así, ella obedeció y bajó sus párpados.

El duque sujetó el rostro femenino con ambas manos y lo inclinó hacia arriba para hacerlo encajar con el suyo.

Lilian contuvo la respiración y abrió levemente los labios anticipando su boca.

El duque cerró los ojos y depositó sus labios sobre ella con la dulzura más grande que su alma le permitía.

Mantuvo sus labios sobre su piel unos instantes y luego se retiró.

El desconcierto de la joven fue mayúsculo.

—¿Me ha besado… en la frente? —inquirió, abriendo los ojos, y con un tono de voz que sonaba a queja.

—¿Decepcionada? —preguntó irónico.

—Eh… eh… no… yo… —no tenía palabras—. Solo pensé que…

El duque no pudo reprimir una sonrisa ante su reacción y decidió ayudarla.

—Si la beso en los labios, no hubiera podido detenerme, Lilian. Estoy demasiado sediento de usted.

Luego le colocó de nuevo las gafas y le acarició la mejilla con el dorso de su mano.

—No es el momento ni el lugar —siguió explicándole.

¿Por qué se sentía engañada? ¡Ella esperaba un beso!

¡Un beso de verdad! ¡Ohhh, estaba indignada!

¿O aliviada? Con tal confusión, Arthur abrió la puerta y tras comprobar que no había nadie que los pudiese ver, volvió a guiarla hacia el pasillo principal.

Después regresaron al palco, como si nada hubiese pasado, y esperaron a que diera comienzo la función.

No tardaron en apagarse las luces de la sala y quedaron solo las del escenario. Se alzó el telón. Lilian y Arthur estaban sentados uno al lado del otro, y su tía Josephine permanecía junto a la balaustrada un poco separada de ellos.

—Espero que le guste la función —susurró Arthur—. ¿Suele venir al teatro?

—No mucho. Esta temporada aún no había venido —respondió ella en voz baja, todavía afectada por el encuentro furtivo con Arthur.

—Me han recomendado especialmente esta obra. Hablan maravillas del reparto y de la trama. Según dicen cuenta con los actores más afamados del momento.

Arthur no se equivocaba. Enseguida los espectadores quedaron atrapados por la historia: una joven noble se había enamorado de un campesino y ambos luchaban por su amor contra las convenciones sociales, pero sobre todo contra el tío de la muchacha, quien se había convertido en su tutor tras la muerte de sus padres y no aceptaba tal unión.

Lilian se sintió identificada con esa joven enamorada a quien le negaban la felicidad.

Se transportó ocho años atrás y revivió en propia piel cómo su padre había alejado al hombre que ella amaba por motivos muy similares.

Llegó el clímax de la historia de aquel amor imposible: el joven campesino debía alejarse de su enamorada y ambos se estaban despidiendo para siempre, declarándose amor eterno entre las sombras. Dos lágrimas descendieron inexorables por las mejillas de Lilian, incapaz de contener sus emociones.

Una cálida mano se posó sobre la suya y la sujetó con cariño imprimiendo una leve presión.

El duque enlazó sus dedos con los de ella.

No la miró, simplemente lo hizo. Arthur seguía observando la escena, pero Lilian lo miraba a él.

Acaba de demostrarle con ese simple gesto que estaba ahí, pendiente de ella.

Que se podía aferrar a su mano y que él la ayudaría a aliviar su pena.

Lilian se sintió reconfortada. ¿Cómo había detectado que lloraba?

Apenas acababan de aparecer sus lágrimas y el duque ya la había descubierto… y actuado para calmarla.

La obra siguió avanzando, pero ninguno de los dos se molestó en deshacer la unión de sus manos.

Cuando Lilian estuvo más serena, Arthur hizo una maniobra que la descolocó.

Empezó a quitarle el guante. ¡Dios! ¿Qué estaba haciendo?

¡Aquello era totalmente indecoroso! La piel de ambos no debería entrar en contacto directo.

¿Debía retirar su mano?