CAPÍTULO 8 #3
—Una lástima… me inclinaba por la tercera —murmuró ella mientras le servía una taza, le incluía un poco de azúcar y se lo acercaba hasta donde él se había sentado—.
¿Va a decirme qué hace aquí? Algo le ha impulsado a venir anticipando su presencia.
Me temo que ocurre algo grave. ¿Acaso ha venido para…
anular la cita de mañana? —imprimió ilusión en las últimas palabras.
—Es demasiado inteligente, Lilian. Eso me fascina de usted a la vez que me aterra.
—¿Yo le aterro? ¿Una simple solterona, al gran Arthur Wesley? —La joven tomó asiento frente a él.
—Me fascina mucho más de lo que me aterra, por eso no cesaré en mi empeño de conquistarla.
—Qué interesante reflexión… —se mofó—. ¿Le apetecen unas pastas? —le preguntó mientras le acercaba un plato con galletas de mantequilla recién horneadas.
—Gracias, huelen deliciosas. Tomaré una —y así lo hizo.
—¿Y bien? ¿Qué necesita decirme?
—He venido porque no podemos discutir nuestro comportamiento en público. Vamos a acordarlo civilizadamente en la intimidad. No estoy dispuesto a que me avergüence más con sus desplantes ante los ojos de la gente.
—Arthur… —hizo una pausa— no soy uno de sus sirvientes que tenga que acatar sus órdenes, no hay nada que acordar.
Me comportaré como desee hacerlo con usted.
No le debo respeto. No en un cortejo que me ha obligado a acatar sin pedirme opinión, que no deseo y que se empeña en seguir interpretando a fuerza de imponerlo.
—Vengo a pactar, Lilian. Todo sobre la mesa: deme cinco citas con mis condiciones.
Si después de esas cinco citas no desea volver a verme, lo aceptaré.
Si tras esos cinco encuentros conmigo no he conseguido despertar el más mínimo interés en usted como mujer, si sigue odiándome del modo que intenta convencerme de que lo hace…
si no consigo hacerla sentir nada… prometo olvidarme de usted y dejarla libre.
Por más que me pese, porque sé que solo junto a usted podré ser feliz.
Lilian escuchaba con los ojos como platos. ¿Cinco citas y la dejaría tranquila? Sonaba interesante.
—Me temo que está intentando tenderme una trampa —desconfió la joven.
—Lilian, soy un hombre de honor. Si le doy mi palabra de que serán cinco, y solo cinco, no habrá ni una más. Pero eso sí, acatando mis normas.
—¿Tres citas? —intentó reducir su martirio.
—No, no vengo a regatear. Si a cada cosa que diga va a poner objeciones no acabaremos nunca —dijo el duque—. Las condiciones que le pido son pocas: cinco citas y que se relaje en mi presencia.
—¿Qué significa exactamente eso? ¿Qué acate todas sus órdenes sin rechistar?
—No… solo que me permita hablarle con sinceridad y que usted pueda hacer lo mismo conmigo.
Deseo que nos conozcamos, que podamos escucharnos sin hacer de nuestras conversaciones una guerra constante, que me vea como a un hombre que desea hacerla feliz, no como su enemigo.
Que disfrute, que no se cierre en banda por el simple hecho de estar a mi lado…
pero ante todo que salga del personaje que ha creado de su persona… y que se permita ser feliz.
Arthur había tocado el punto más sensible de su secreto.
No podía ser feliz. Llevaba años negándose a seguir adelante, no después de haber perdido al gran amor de su vida.
Aquella pérdida no le permitiría jamás acariciar la felicidad de nuevo.
Su existencia había sido gris desde aquel triste día.
Lilian se quedó pensativa ante sus palabras, pero tomó aire y replicó:
—¿Qué le hace pensar que no lo soy? Yo… ya soy feliz —mintió disimulando sus verdaderos sentimientos.
—Yo también la veo, Lilian. Sé que esconde sus propios secretos…
No sé el alcance de ellos ni cómo ha llegado a engañar a la sociedad al completo, pero deje de ocultarse.
No de mí. No en esas cinco citas que le pido.
Sea la auténtica Lilian Rigby, sin máscaras.
Sea usted misma. Yo no seré el duque de Cavendish, solo seré Arthur Wesley, un hombre que cree que ha encontrado una joya en mitad del océano.
La joven se quedó callada durante unos segundos. Luego lo miró con interés y le preguntó:
—¿Qué consigo yo a cambio si accedo? Son sus condiciones, pero ¿qué hay de las mías?
—Es el momento de ponerlas también sobre la mesa. ¿Cuáles son las suyas?
La joven evaluó rápidamente la situación y pronunció lo que serían sus cláusulas:
—La duración de cada una de las citas no sobrepasará las dos horas, no habrá más visitas inesperadas como esta, ni descubriré mi aspecto real en público —concluyó ella. Arthur se maravilló por la velocidad y precisión de su respuesta.
—Debería contratarla como uno de mis asesores económicos: dura, directa y rápida. Sería usted un gran hombre de negocios si hubiera nacido varón.
—Nací mujer.
—Doy gracias al cielo por ello. Además, tengo otro puesto mucho más elevado a mi servicio para su persona.
Lilian le sonrió, a su pesar, y luego le dijo:
—Es usted demasiado optimista. ¿Acepta, pues, también mis condiciones?
—Me da diez horas para conquistar a una cabezota e irreverente dama misteriosa. Es un reto demasiado alto para cualquier hombre. Pero si usted acepta las mías, yo acepto las suyas —se mostró satisfecho el duque.
—Con diez horas debería tener suficiente, pues, según me aseguró usted, sus aptitudes son portentosas.
Pondrá a prueba su capacidad de seducción, si es que la tiene —le provocó mirándolo con descaro—.
Espero que lo haga mejor a partir de ahora ya que, le aseguro que, en todos nuestros encuentros previos, no he experimentado absolutamente nada —mintió.
Lilian Rigby no volvería a abrir su corazón.
—Señorita Rigby, escuche con atención mis palabras: por más que intente negarse a ello, será mía.
Conseguiré que se derrita entre mis brazos y los reclame como el sediento hace con el agua —sentenció con una seguridad absoluta para luego añadir solemnemente—, si no me caso con usted, no lo haré con ninguna otra.
—¿Es una amenaza?
—Es una certeza.
El duque dejó la taza de té a medio tomar sobre la mesa, se levantó de su asiento y se acercó a ella hasta quedar a corta distancia. La miró intensamente y dijo:
—Mañana, primera cita. La recogeré a las diez.
Tras eso, salió del salón dejando a Lilian con el pulso acelerado y sin saber si estaba contenta o asustada por el nuevo rumbo que había tomado aquel asunto.