La misteriosa Lilian Rigby (Damas Insólitas nº 1) CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

—Lilian, ¿necesita que me arrodille frente a usted para suplicarle que se sujete a mi brazo? Porque si he de hacerlo, lo haré.

—No empiece con sus escándalos circenses, por favor. Ya estamos siendo el centro de las miradas.

—Entonces, creo que será necesario explicarle el porqué de mi petición.

—Aquí el duque hizo una pausa en la que Lilian volvió a mirarlo a los ojos, arrepintiéndose de inmediato al detectar en ellos aquella ternura imposible de ignorar—.

Sueño con tocarla, Lilian, con sentir su piel junto a la mía, pero nunca lo haré sin su permiso, sin que usted lo desee.

Sé que eso todavía no puedo exigirlo, no está preparada para entregarse.

Ahora mismo, ni tan siquiera piensa en que eso sea posible.

Pero, de momento, me conformo con sentir su cálida mano reposando en mi brazo, pues, aunque nos separe la tela de mi chaqueta y la de su guante, es lo más cerca que sé que puedo estar de usted…

y para mí eso sería como tocar el cielo.

Lilian se sentía vulnerable. ¿Qué debía hacer? ¿Acatar su petición? ¿Seguir obcecada en su cabezonería de rechazar cualquier propuesta de acercamiento por su parte? Decidió que ni para uno ni para otro. No iba a ponerle las cosas tan fáciles.

—El camino de ida lo haremos a mi modo. El de vuelta al suyo —claudicó por fin. El ego del duque daba saltos de alegría.

—Me parece bien.

—Y, puestos a hacer peticiones, yo también tengo la mía.

—¿De qué se trata? —indagó el duque.

—No deseo conversar con usted. Haremos el camino en absoluto silencio.

—Se empeña en no hablarme, pero, ya que usted ha accedido a una petición mía, yo no puedo ser descortés y no acceder a la suya.

He de decir, en mi favor, que voy a permitirle hacer todo el paseo de ese modo.

No soy de los que ponen condiciones a una petición —la provocó—.

Se lo permitiré tanto en el camino de ida como en el de vuelta.

«¡Es un manipulador incorregible!», pensó Lilian. Y, de ese modo, pasearon por Hyde Park ante los murmullos y las miradas escrutadoras de los curiosos que se cruzaban con ellos.

Al regresar del paseo, el carruaje del duque se detuvo enfrente de la casa de tía Josephine. Él bajó primero y ayudó a las damas a descender.

—Pasado mañana estrenan una obra en el teatro de Covent Garden. Tengo un palco privado y me gustaría invitarlas—propuso Arthur.

—Será un auténtico placer —respondió la tía adelantándose a la muchacha.

—Si les parece bien, las recogeré a las diez de la noche —dijo mirando a ambas damas.

—¿Tan pronto otra cita? —Lilian estuvo a punto de decir encerrona, pero se mordió la lengua.

—Agradezca, señorita Rigby —usó un tono más formal, ya que su tía estaba presente—, que le doy libre el día de mañana.

Lilian resopló resignada y se despidió con frialdad antes de girarse y subir la escalinata para entrar en casa.

Unas horas más tarde en el club, los tres amigos tomaban unas copas mientras el duque de Cavendish era sometido a un interrogatorio constante:

—¿Vais a dejar de fusilarme a preguntas? —se quejó Arthur.

—Perdona, Caven, pero es que, de entre todas las damas que hay en Londres… ¿Lilian Rigby? ¿En serio? —dijo Leonard, el joven marqués de Lennox.

—¡Tenías que haber visto el espectáculo que brindó el día del baile! —comentó Rockingham mirando a Leonard—. Cómo se echó a la muchacha al hombro y la obligó a bailar con él. Todavía no puedo creerme que nuestro siempre cabal, correcto e inalterable amigo… fuera capaz de protagonizar tal escándalo.

—No tuve el placer de presenciarlo en persona —siguió hablando Leonard—, pero lo he leído en tantos panfletos de sociedad que es como si hubiese estado presente. ¡Hasta tres páginas han dedicado algunos de ellos! Aunque, para ser honesto, daría cinco años de mi vida por haberlo disfrutado in situ.

—Te lo perdiste por ingrato. Si me hubieras acompañado, como te pedí… —le reprochó el duque— podrías haberlo visto con tus propios ojos.

—Pensé que solo me arrastrabas a otro soporífero baile. En cambio, si me hubieras avisado de que ibas a hacer un numerito de tal calibre, te garantizo que no hubiera faltado.

—Ni yo mismo pude preveerlo… —reconoció Arthur con cierto apuro.

—Todavía no me ha quedado claro… ¿Qué tiene Lilian Rigby que no tengan las demás? —preguntó Rockingham, quien no entendía qué había visto en una dama así: una florero sin nada de encanto.

—Lo tiene todo, os lo he dicho ya… —repitió por enésima vez—. Es mi elegida.

—¿Qué pasó en casa de los Abbot? ¿Acaso la comprometiste y te sientes obligado a…? —indagó Leonard. Sabía que el duque era tan íntegro que si la hubiera deshonrado de alguna forma la llevaría al altar.

—¡No! —se indignó Arthur ante tal insinuación—. ¡Por supuesto que no! ¿Cómo preguntas semejante estupidez? Lo único que os puedo decir es que allí, la descubrí… en todos los sentidos, menos en ese que tú insinúas.

—Si quieres un consejo de amigo, te diría que pensaras bien lo estás haciendo. Con tantas apariciones públicas con ella, al final no vas a tener más remedio que casarte… Si solo es un capricho pasajero deberías haber sido más discreto —apuntó Rockingham.

—No es un capricho… es ella. Si no me caso con Lilian Rigby, no lo haré con ninguna.

—Pero la dama te desafió ante la concurrencia y dejó claro que no desea casarse contigo —le señaló el conde.

—Tengo mis motivos para tener esperanzas… —rebatió Cavendish.

Sus amigos se miraron uno a otro.

—¿Serías tan amable de compartirlos con nosotros? Somos todo oídos —le incitó Lennox para que siguiera hablando.

Arthur se inclinó hacia adelante como si fuera a confesar un gran secreto. Incluso bajó su tono de voz.

—Se sonrojó cuando la miré… —expuso convencido de haber detectado un signo inequívoco de lo que él provocaba en Lilian.

Sus dos amigos estallaron en estrepitosas carcajadas. El duque los miró irritado por su insolente reacción. ¿Encima se reían de él? Al conde y al marqués les costó recuperar la calma, pues, cada vez que pensaban en el ingenuo razonamiento del duque, volvían a explotar en risas incontenibles.

—¡Callad de una vez, mentecatos! —los frenó en sus aspavientos y risas. No estaba para burlas, más cuando les estaba mostrando abiertamente sus sentimientos.

—Caven, perdona que sea yo el que te lo diga, pero una joven inocente se sonroja solo con decirle buenos días —le hizo ver Leonard—. ¿Basas tu conquista en esa mísera e insignificante señal? ¡Dios mío! ¡Te vas a dar de bruces contra una pared!

Ya lo había hecho. Su pared era Lilian Rigby y el impacto que sufrió al ver su imagen real el día de la lluvia le hizo caer de su ordenado mundo ducal para adentrarse en un laberinto de sensaciones que lo estaban llevando al límite de su propia cordura.

El duque recordó otro detalle, en este caso más íntimo y personal: Lilian había elevado sus pies para unir sus labios a los suyos cuando estuvieron a punto de besarse después de la carrera a caballo. Pero aquello no pensaba compartirlo con sus dos cargantes compañeros de mesa.

—Lennox tiene razón, Cavendish —se unió Rockingham a la teoría del primero—. Esa dama me parece que no tiene el menor interés en ti. Todo el mundo comenta que vuestro paseo por Hyde Park ha sido frío como el invierno.

—No fue así. Ella iba alegremente sujeta de mi brazo —se defendió Arthur. Ni él mismo creía en sus palabras—. Eso solo son calumnias de esos aristócratas chismosos que no tienen nada mejor con lo que pasar el rato. El paseo fue como el de cualquier pareja en su primer día de cortejo.

—Engáñate todo lo que quieras, pero dicen que Lilian Rigby miraba más al suelo que a su propio acompañante… —dijo Lennox.

—Y que su cara era todo un poema… ¡Sí! ¡La tienes rendida a tus pies, Cavendish! —se burló Rockingham.

—La tengo donde quiero que esté. Vosotros no estabais allí para saberlo. —Estaba empezando a cansarse de esos dos. Otra grosería más y se levantaría para irse a casa.

—Estuve en el baile —le recordó Rockingham—. No creo que en tan poco tiempo haya cambiado tanto la actitud de esa muchacha hacia ti.

—¡Basta! —El duque se levantó de su silla—. Por hoy ya os he servido bastante de mono de feria. Buscaros otra distracción, porque yo me marcho. ¡Hasta mañana!

El duque se fue del club. Era paciente, pero los desplantes en público de Lilian estaban dejándolo en muy mal lugar.

Debía poner fin a aquello o acabaría siendo un bufón del que se reiría toda la nobleza de Londres.

Todo un duque arrastrándose por una dama, y más concretamente, por una solterona.

¡No! ¡No iba a permitirle más comportamientos de ese tipo en público!

Por ese motivo, el día antes de la cita en el teatro, Arthur fue a visitarla.

Tía Josephine no estaba en casa pues había quedado para tomar el té con unas amigas.

Lilian se disponía a tomarlo sola cuando el duque irrumpió por la puerta, exigiendo verla.

El mayordomo no osó detenerlo y Lilian casi derrama el té que vertía sobre su taza cuando lo vio aparecer en el salón. Después de un largo suspiro, soltó:

—¿No era hoy mi día libre? ¿Qué hace aquí? —le echó en cara la joven, pero en tono relajado, como si no le afectara su presencia.

—Vengo a tomar el té con usted —improvisó al ver lo que ella hacía.

—No recuerdo haberlo invitado.

—Si tuviera que esperar a recibir una invitación por su parte, no podría venir nunca a visitarla.

—Siéntese… —le indicó Lilian amablemente, señalando una silla cercana. El duque tomó asiento de buen grado. «Bien», pensó él. Parecía que se mostraba bastante dócil—. ¿Cómo le gusta el té? ¿Con azúcar, solo o con cianuro?

«¡Falsa alarma!», se lamentó Arthur.

—Cualquiera de las dos primeras opciones me sirve —respondió él.