CAPÍTULO 8
No se hablaba de nada más en toda la ciudad.
Si Lilian Rigby había luchado durante seis años para permanecer en el anonimato más absoluto y alejada de las miradas de la sociedad, Arthur Wesley, duque de Cavendish, había invertido la situación en apenas quince minutos.
No había nadie que no comentase lo acontecido en el baile de la noche anterior, ni quedó panfleto social que no hiciera mención al asunto, siendo ese día, uno de los que más ejemplares se vendieron.
Un buen chisme siempre era algo jugoso, pero el espectáculo ofrecido por ellos dos, sería algo que se recordaría a lo largo de los años. Lilian se lamentaba paseando por el salón de su casa, mientras su tía servía el té.
—Lily, deberías estar contenta —le dijo con cariño—. ¡Un duque…! ¡Un duque! —exclamó—. Ayer casi sufro una apoplejía cuando vi lo que sucedía en la pista de baile.
—No es lo que deseo, tía Josephine —confesó con tristeza.
—Es un hombre apuesto —observó la mujer—, quizás sus formas fueron un poco groseras, pero…
—¿Un poco groseras? —la interrumpió indignada—. ¡Me exhibió como a una oveja en el mercado de animales! Me avergonzó delante de todo el baile.
—Llámame romántica, pero la acción del duque provocó que todas las presentes se murieran de envidia.
—¡Qué suerte tuvieron! ¡Yo me morí de… vergüenza!
—Está claro que el duque tiene interés en ti.
—Pero yo no en él.
—¿Qué piensas hacer, Lily? Un caballero de su rango no aceptará un no por respuesta.
—Es solo un hombre, tía Josephine.
—No lo es, cielo… no lo es… Es un duque.
—El amor no entiende de eso, tía. No me casaré con él solo porque ostente ese título.
—¿Sientes algo por él? —preguntó sosteniendo la taza entre sus manos capturando el calor que desprendía la porcelana—.
¿Qué sucedió en casa de los Abbot? No creas que estoy tan ciega como para no darme cuenta de que algo ocurrió allí, y que ese fue el motivo por el que me pediste que nos fuéramos antes de tiempo.
—No pasó nada, solo conversamos en un par de ocasiones… —no era del todo mentira—. No sé a qué vino su reacción de ayer. Fue desproporcionada, innecesaria, aborrecible…
—Los hombres son así… —explicó con calma mientras daba el primer sorbo a su té—. Marcan su territorio. Ese caballero te ha marcado a fuego delante de la sociedad. Literalmente ha puesto su sello ducal sobre tu piel.
—Grrr… —gruñó con frustración—. Me trata como si fuese ganado… una simple vaca en la que ha estampado un hierro al rojo vivo con sus odiosas iniciales.
Lilian se dejó caer en el sillón desanimada.
¿Qué opción tenía? ¡Maldito Cavendish! ¿Acaso su opinión no era importante?
¿Cuál sería el siguiente paso en su perverso plan para obligarla a casarse con él?
¿Por qué no había puesto sus miras en cualquier otra?
¡Londres estaba plagado de mujeres que se morirían por casarse con él! ¡Posiblemente todas menos ella!
—Sea como sea, Lily, es tu gran oportunidad.
En todos los años que llevamos acudiendo a bailes muy pocos caballeros se han fijado en ti.
Claro que tu timidez y tu actitud distante tampoco han favorecido que se acercaran.
Prácticamente he tenido que obligarte a bailar con los pocos que lo han hecho.
Y ahora, todo un duque desea cortejarte —exclamó tía Josephine que no podía ocultar su alegría.
—No deseo su cortejo.
—Pero, si él lo solicita, ¿cómo vamos a negarnos?
—Hablaré con él. Debo dejarle bien claro —«más aún… por lo visto», pensó Lilian— que no soy la adecuada en su elección.
—¡Ay, Lily! ¿Cómo explicaremos a tu padre que has rechazado a un duque? —se lamentó la mujer temiendo la ira de su hermano.
—Tendrá que aceptarlo, tía.
De hecho, era la ocasión perfecta para golpear a su padre donde más le dolía: en su orgullo aristocrático. Se juró a sí misma que jamás se casaría y mucho menos con alguien de un rango tan alto como el que ostentaba Arthur.
El mayordomo interrumpió la conversación al entrar al salón portando un ramo de flores casi más grande que él. Era el más espectacular que Lilian o tía Josephine habían visto en su vida. Una tarjeta asomaba entre las flores. La mujer miró a la muchacha y exclamó:
—¡Ya puedes ser convincente, querida sobrina! Porque me parece que ese hombre es bastante testarudo. No sé cómo vas a convencerlo de que desista.
Lilian alzó una ceja.
—Puede que no sea de él…
«Dicen que la esperanza es lo último que se pierde».
Josephine Rigby se echó a reír.
—Querida sobrina, llevamos seis años sin recibir un solo ramo y, después del espectáculo de ayer, llega este. ¿Realmente tienes dudas de quién puede haberlo enviado?
—Puede que sea para ti, tía Josephine. Todavía no hemos leído la tarjeta.
La tía se echó a reír todavía con más intensidad.
—Si un hombre me enviara un ramo de ese tamaño te aseguro que me casaría con él sin dudarlo. Ni tu tío, que en paz descanse, me regaló nunca algo similar.
—¡Oh! ¡Es eso! ¡Intenta comprarme! —exclamó ofendida—. ¿Piensa que por enviarme un magnífico ramo caeré rendida a sus pies? Este duque tiene que saber dónde puede meterse ese ramo.
—¡Lilian! —gritó su tía—. ¡Tus modales! ¡No perdamos las formas! —ordenó—. Además… como el duque te oiga hablar en esos términos lo ahuyentarás.
«Si supieras, querida tía, que no me ha quedado insulto que propinarle y, al parecer con cada uno de ellos, lo he animado a aumentar su interés por mí», se lamentó la Rigby más joven.
Con reticencia, Lilian cogió la tarjeta para leerla. ¿En qué momento se había complicado tanto su vida?
“Mañana la recogeré a las once, iremos a pasear por Hyde Park.
PD: No lo ponga difícil o puede acabar paseando a rastras por todo el parque”
¡Maldito engreído!
Lilian soltó un grito de frustración e hizo trizas el papel dejando el trozo más pequeño del tamaño de una uña.
—¡Será majadero el muy cretino estúpido entre los mentecatos más necios del…!
—¿Siguiendo mis consejos de no perder las formas, Lilian? —ironizó su tía al ver a su sobrina soltar exabruptos más típicos de marinos borrachos que de una dama de alta cuna—. Veo que mantienes unos modales impecables.
***
Al día siguiente, el duque de Cavendish acudió a casa de Lilian para recogerla e iniciar su primera cita.
Ella estaba irritable, odiaba sentirse obligada a acatar las órdenes del todopoderoso Arthur Wesley.
Sabía, por otro lado, que durante su paseo por el concurrido Hyde Park iba a ser el centro de atención.
De nuevo, iba a estar en el punto de mira de la alta sociedad.
En el carruaje, en dirección al parque, el duque iba frente a su futura esposa y frente a tía Josephine, quien haría de carabina de la pareja.
Lilian había saludado cortésmente al duque cuando llegó a su casa y se subió al vehículo, pero no había pronunciado ni una sola palabra más.
De hecho, lo ignoraba por completo mirando hacia el lado opuesto, dejando su mirada perdida a través de la ventanilla.
La tía, decidió intervenir dada la tensión que se palpaba dentro del habitáculo.
—Excelencia, debe perdonar a mi sobrina.
Uno de sus mayores encantos es su timidez —apuntó—.
Por eso se muestra tan reservada. Debe estar profundamente impresionada por su majestuosa presencia.
Ruego que no tome a mal su actitud de silencio y le permita el tiempo necesario para que, poco a poco, vaya ganando confianza.
«¿Timidez? ¿La descarada jovenzuela? ¡Ja!», pensó el duque. Si de algo estaba seguro era que el mutismo de Lilian no se debía a que podía sentirse cohibida ante su presencia. Galantemente, Arthur contestó a su preocupada tía Josephine:
—La timidez de su sobrina es, sin duda, una de sus más bellas cualidades —dijo. Lilian le mandó una mirada iracunda y el duque no pudo evitar sonreír por haberla provocado. La joven puso los ojos en blanco—. No se preocupe, querida Josephine, por suerte, la paciencia es una de mis mayores virtudes.
Lilian volvió a mirar por la ventanilla y suspiró profundamente, sin nada de elegancia. Aquello iba a ser insoportable.
En cuanto llegaron al parque, la pareja emprendió la marcha por el bello entorno seguidos por la tía, quien les ofreció una distancia prudencial para que pudieran conversar tranquilamente y preservar su intimidad. Caminando uno al lado del otro, Arthur le hizo una sugerencia a Lilian:
—Si le parece bien, puede sujetarse de mi brazo —propuso ahuecando levemente el codo. Era habitual que el caballero ofreciera su brazo a la dama y más si iba a cortejarla formalmente. Por otro lado, el duque se moría por sentir el contacto de la joven.
—¿No prefiere que dé un salto y me suba a sus brazos como hicimos en el bochornoso baile? —le dijo rabiosa.
—¿Haría eso por mí…? ¡Por supuesto que lo prefiero! —Si iban a fastidiarse durante el paseo, él también quería participar.
—Agradezca que estoy aquí. No me pida que encima vaya sujeta a usted.
—Lilian… —la llamó al orden imprimiendo cierta inflexión en su voz.
—Excelencia… —ella también podía usar ese ridículo tono autoritario si se lo proponía.
—¡Arthur! —le recordó cómo debía dirigirse a él.
—¡Viejo verde! —le contestó ella. El duque soltó una carcajada.
Provocadora y molesta, pero él podía con eso y mucho más, porque era ella.
A ninguna otra le toleraría sus desplantes, sus malas formas, su irreverencia constante.
Él la haría cambiar de parecer, conseguiría que lo amara hasta el punto de que fuese ella quien deseara ir sujeta de su brazo sin tan siquiera tener que pedírselo.
—¡Duquesa! —la provocó Arthur.
—¡Oh… jamás…! —replicó ella.
—¡…dejará usted de serlo! —finalizó él la frase.
Lilian lo miró desafiante y él la miró con ternura. La mirada de aquel hombre tenía una poderosa influencia sobre ella. ¿Qué le sucedía cada vez que él la miraba de esa forma? Algo imposible de controlar hacía que sus barreras se diluyeran como mantequilla. El duque le habló con cariño: