CAPÍTULO 7 #2
—Está a punto de empezar el vals. Será mejor que nos encaminemos a la pista.
—¡No! —respondió la joven en un tono excesivamente claro y directo.
Un sonido de murmullos se propagó alrededor de la pareja. ¿La solterona Rigby estaba rechazando un baile con un duque? ¿Había osado contestarle tan groseramente? ¿Delante de la alta sociedad? Arthur hizo un gran esfuerzo por no perder las formas.
—Por las buenas o por las malas, pero va a bailar conmigo. ¡Usted elige! —la amenazó. En respuesta, la joven se cruzó de brazos y giró la cara hacia la pared, ignorándolo por completo.
Los murmullos se incrementaron. Estaban dando un espectáculo que seguramente saldría en portada de los panfletos de cotilleos del día siguiente. El duque se acercó más a ella. Lilian seguía sentada, manteniendo como podía la calma ante tal bochorno.
—Doy gracias a que una mocosa me recordó, en cierta ocasión, que era un duque y podía hacer lo que me viniera en gana, por encima del decoro y la corrección… le advierto que está a punto de sufrir su propio consejo.
Ella abrió los ojos, lo volvió a mirar y le contestó con descaro:
—¿Todavía sigue aquí?
Los murmullos se incrementaron ante aquel nuevo desplante.
El duque no se lo pensó dos veces: la sujetó por la muñeca, tiró de ella y con un gesto rápido y preciso, se la echó sobre el hombro, tal como había hecho el día de la cabaña.
Sin inmutarse, emprendió la marcha hacia el centro de la pista.
Los leves murmullos iniciales se convirtieron rápidamente en exclamaciones de estupor y sorpresa nada comedidos.
Un pasillo inesperado se abrió entre la multitud para dejar pasar al duque de Cavendish cargado con la dama.
Las caras boquiabiertas de los asistentes no perdían detalle de lo que estaba aconteciendo.
—¡Por el amor de Dios! ¿Se ha vuelto loco? ¡Bájeme! ¿Qué se cree que está haciendo?
—Bailar con mi futura duquesa.
—No pienso bailar con usted.
—¡Me está dando demasiadas esperanzas, Lilian! ¡Eso es muy peligroso!
—¿Acaso no ha oído que no pienso bailar con usted? —dijo rabiosa.
—¿Acaso no se ha dado cuenta que solo ha negado esa parte de mi frase? ¿Acepta, por fin, que será mi duquesa?
—Creí que eso ya había quedado claro el otro día… ¿Otra vez le falla la memoria?
—¡Lilian! —la llamó al orden—. ¡Bailará conmigo y hará lo que yo ordene!
—¡Jamás! —le contestó ella—. Está dando un espectáculo bochornoso.
—¿Yo? —preguntó irónico.
—¿Quién sino?
—Le di la opción de ir por su propio pie.
—¡Es usted insoportable!
Llegaron al centro de la pista. Debido a la situación, los asistentes se alejaron de ellos, formándose un círculo a su alrededor. El duque la depositó con delicadeza en el suelo.
—¿Satisfecho? Ya me tiene en la pista de baile, pero no cante victoria… no pienso bailar con usted.
El duque colocó sus manos en la posición que se requería para iniciar el vals, sujetando su cintura y su mano.
—No vuelva a huir de mí, Lilian. No me gustó nada que se fuera de esa forma de casa de los Abbot.
—¿Su orgullo masculino hace aguas?
—En absoluto. Gracias a su numerito, jovencita, mi orgullo está acariciando el cielo. Toda la sociedad sabe ahora que usted es mi objetivo. Solo tú serás mi duquesa —su seguridad era apabullante. Ella hincó su mirada en la de él como si fuera un mordisco.
El corrillo que se había formado los mantenía aislados en medio de la pista.
La música no comenzaba y el duque miró a la orquesta para averiguar cuál era el motivo.
El director y los músicos los miraban expectantes, sin saber qué hacer.
Cavendish movió su mano al aire como indicando que comenzaran de una vez.
Y así lo hicieron: sonaron las primeras notas del vals.
—No pienso mover mis pies —lo amenazó ella.
—Díscola hasta el final —le recriminó—. Empieza a bailar o juro que te vuelvo a alzar en brazos y bailaré contigo de esa manera.
—No se atreverá.
—¿Todavía dudas de lo que soy capaz de hacer? —levantó una ceja—. Mueve los pies, Lilian.
—¡No! —Sus pies seguían anclados al suelo.
—Tú lo has querido —Arthur alzó a Lilian de nuevo en brazos. Ella se sujetó a su nuca para no caerse y enterró la cara en la curva de su cuello.
—¡Bájeme, Arthur! ¿Estamos haciendo el ridículo más espantoso de la historia? —Lilian sintió que la vergüenza iba a matarla, su rubor se ancló en sus mejillas sin poder evitarlo.
—¿Ahora te das cuenta?
Él ya había empezado a moverse por la pista danzando con ella en brazos, ejecutando los pasos del vals. La orquesta estaba mirando más a la curiosa pareja que a sus partituras, por lo que algunas notas desafinadas rasgaron el aire como una tortura inesperada.
—Arthur, por favor.
—Solo te bajaré si accedes a bailar conmigo, Lilian —susurró con ternura.
Era prácticamente una súplica—. ¿Acaso no ves que es lo que más deseo?
Poder bailar contigo como un simple hombre, sentir lo que es tenerte entre mis brazos mientras suena esta melodía, ver tus ojos mientras nos deslizamos por la pista…
Dame ese privilegio… por favor… te lo ruego.
—Bájeme… —esta vez, ella también usó un tono más comedido.
—Solo si me lo concedes.
—Solo por esta vez —dijo a regañadientes—, pero detén este indigno espectáculo que estamos protagonizando.
—¡Aleluya! —exclamó él mientras la depositaba en el suelo.
Después, la volvió a sujetar en la posición correcta y comenzaron a danzar ante la atenta mirada de los invitados al baile.
Su amigo el conde de Rockingham no sabía dónde meterse, procesando lo que Arthur acababa de hacer.
No sabía que lo había arrastrado a esa fiesta para hacer… ¿¡Eso!?
—¿Ya está contento? —la voz de Lilian aún desprendía hostilidad.
—Lilian, estoy bailando contigo. En estos instantes soy el hombre más feliz de la faz de la tierra. Contento se queda corto.
—¿Ahora pretende halagarme?
—Lo haré hasta la tumba.
—No lo entiendo. La sala está llena de damas que desearían ocupar mi lugar. ¿Por qué yo?
—¿Qué otras damas, Lilian? En esta sala solo existes tú.
El corazón de la joven se aceleró ante sus palabras.
De nuevo, sintió lo mismo que el día que casi unen sus labios.
La intensa mirada del duque, aquellos ojos grises, la atrapaban como un imán.
No pudo seguir hablando, no pudo reprenderle más por su osada conducta.
Se perdió en la música y en el contacto de su mano que la sujetaba con seguridad y la otra que acariciaba sutilmente su cintura.
Inexplicablemente empezó a disfrutar del vals: bailar con él, dejándose llevar fue, simplemente, algo natural.
Los dos se miraban fijamente y, a pesar de ser el centro de atención, dejó de importarles.
En aquel instante, estaban solo ellos dos.
Era como deslizarse entre las nubes. Lilian se sentía flotar entre algodones. Arthur le dedicó una sonrisa.
—Daría mi título y mi fortuna entera porque este instante durase para siempre.
—Arthur… —al oír su nombre de pila, el conde se acercó a ella dos centímetros más.
—No soy tan iluso, Lilian. Sé que en cuanto acabe la música se romperá el hechizo. Me harás algún desplante de los tuyos y saldrás huyendo de mí. Pero, aunque tenga que cavar un profundo túnel hasta llegar a tu corazón, no desistiré. No me rendiré, tienes que saberlo.
La conocía demasiado bien: era precisamente lo que ella había pensado hacer. En cuanto acabara la música iba a dejarlo plantado en medio de la pista. ¡Odiaba que la predijera de esa forma tan concisa!
—Eso es precisamente lo que haré —se lo reafirmó.
—Te concedo el privilegio para que lo hagas —usó el habitual juego de palabras entre ellos—, porque sé que todavía no estás preparada para quedarte a mi lado. Pero, si has sentido una milésima parte de lo que yo siento al tenerte en mis brazos, conseguiré conquistar tu alma.
Siguieron bailando, envueltos en la magia de colores que desprendían las lámparas en tonos anaranjados y brillantes.
El olor a las flores que decoraban el salón invadió sus sentidos.
Una nota antes de que finalizara el vals, Arthur detuvo sus pasos.
Soltó su mano y acarició la mejilla femenina con gran ternura antes de susurrarle:
—Gracias por bailar conmigo, este baile será eterno en mi memoria —tras lo cual la música cesó.
Lilian le mantuvo la mirada con la dignidad de una reina.
Después hizo una reverencia sujetando sus faldas y bajando la cabeza ante él.
Acto seguido, según lo acordado, se retiró de su lado para regresar al lugar que había ocupado durante la noche.
El duque se quedó plantado en la pista, viéndola alejarse, experimentando dicha y pena al mismo tiempo: dicha por haberla tenido entre sus brazos, pena porque no podía retenerla.
La joven avanzó hasta su silla, con la cabeza en alto, abriéndose paso por el pasillo de personas que la rodeaban.
Después de aquello, el duque buscó a su amigo con quien había llegado minutos antes. El conde de Rockingham, Edward Barrows, no se había movido de su sitio, estupefacto sin saber qué hacer. Arthur le indicó con la mano la salida y añadió:
—Ya podemos marcharnos. Lo que venía a hacer aquí… ya está hecho —le informó satisfecho.
—¿Me explicas que ha sido… esto? —preguntó todavía clavado en su sitio como una estatua.
—Vamos al club. Te lo explicaré allí tomando una copa. Pero el resumen es que Lilian Rigby es mi elegida.